En Kangemi, un ‘slum’ (villa miseria) de los más populosos de África, con sus 200.000 pobladores, el Papa estaba en su salsa. «Me siento como en casa». Porque los pobres son sus predilectos (como lo eran de Cristo, cuyo camino va «desde los pobres y con los pobres hacia todos») y no se avergüenza decirlo. Y con los pobres no sólo se siente a gusto, sino que los valora, porque son capaces de convertir «el hacinamiento en una experiencia comunitaria». Por eso, el Papa, en Kangemi hizo todo un canto a la «cultura de los barrios populares» y a sus valores: solidaridad, vida, alegría, compartir, cercanía, compasión. Valores que «no cotizan en Bolsa ni tiene precio de mercado», pero que pueden salvar a la humanidad.