Dualismo fe y politica

Redacción de Atrio

José María García Mauriño, responsable en España del Movimiento Cristianos por el Socialismo (que surgió en Chile y citaba ayer José Aldunate), ya había escrito un artículo en ATRIO: Otra Iglesia es imposible. Era 2007 y el Vaticano acababa de condenar a Jon Sobrino. José Mª, con el provocador realismo que siempre le ha acompañado, decía: “Mientras siga mandando y gobernando la Curia Romana, otra Iglesia es imposible. Mientras siga vigente el actual Código de Derecho Canónico que entroniza al Papa como un Rey Absoluto, otra Iglesia es imposible. Mientras esta institución eclesiástica siga atada y bien atada a este Capitalismo perverso, otra Iglesia es imposible…”

Hoy parece que nos haya visto tan filosóficos en ATRIO que nos quiere provocar con sencillez a que bajemos a lo concreto. Y la diferencia con 2007 es que un hombre, desde la cúspide del Vaticano,  anima a la revolución de los excluidos. AD

El dualismo de Fe y Política es un dualismo engañoso, propio de la mentalidad burguesa cristiana. Según dicen ellos, una cosa es la fe y otra cosa es la política. Estimo que no es un  problema que hay que analizar por separado. La fe no puede ir separada del compromiso político. ”Creer es comprometerse”. Creer es algo más que ir a Misa los domingos y participar en las liturgias tradicionales de bautizos, bodas y funerales.

Los cristianos deberíamos estar comprometidos en la construcción de un Socialismo, como alternativa al Capitalismo. El compromiso político tiene también una dimensión teologal. Con este dualismo, teológico, la Jerarquía y los cristianos conservadores, quieren salvar a toda costa por un lado, la “trascendencia de la fe”, que no sabemos muy bien cuál es su significado, y por otro, la libertad política de los cristianos y cristianas.

Según la jerarquía hay que tener en cuenta tres cosas: la misión “espiritual” y no política de la Iglesia, la libertad de los creyentes y la unidad de la Iglesia. Es decir, se reduce la fe a un campo neutro, apolítico y abstracto;  y además, se reduce el compromiso de los creyentes a un problema de libertad individual y responsabilidad personal. Y se intenta una unidad imposible al admitir el pluralismo en el mismo seno de la Iglesia.

El resultado de este dualismo es  un cristianismo desencarnado y vacío, castrado en su dimensión profética al situarse fuera de la realidad, fuera de la historia. Y por si fuera poco, se reconoce igual carta de ciudadanía en el interior de la Iglesia a todas las opciones políticas, sean de derechas o de extrema derecha o de izquierdas, estén con el pueblo, o se sitúan al margen de él. Entonces, para salvar la “trascendencia” de la fe y la misma “libertad” de los creyentes, el dualismo crea un cristianismo “platónico” y una moral social “liberal”.

Desde luego, no hay que identificar la fe  con el compromiso político, ni tampoco se puede deducir de los textos del Evangelio un programa de acción social concreta. Pero, la opción de lucha por las clases populares y la clase trabajadora no es ajena al planteamiento evangélico, tiene una clara dimensión teologal: la opción de clase se traduce desde la fe como un  compromiso con el Reino de Dios.

No hay una historia profana y otra historia sagrada, sino una única historia, la historia de la salvación. Y en esa historia los hechos políticos liberadores pueden ser interpretados a la luz de la fe, como palabra de Dios. Dios quiere la  liberación de su pueblo de toda opresión, quiere la vida y la dignidad para toda clase de personas, para toda la humanidad.

Los creyentes  que  admiten el Evangelio como proyecto de vida, no solamente no son apolíticos sino que son “clasistas”, han hecho una opción de clase. La opción de clase por las clases populares, pobres, menos favorecidas, es una opción descaradamente evangélica. Jesús nos invitó a luchar por los “últimos” de la sociedad.

En este análisis del dualismo, no se parte de consideraciones teológicas de textos básicos, para “aterrizar” después en los problemas concretos. Tomamos tierra en la realidad histórica. Partimos siempre de la realidad, de la constatación del hecho de la lucha de clases. Hay que descubrir, porque no está claro, que la lucha de clases se configura como eje fundamental de la realidad y de la historia. Cristianismo y  marxismo no son incompatibles. Cristianos y marxistas luchan en un frente común, la lucha por la liberación de todos los oprimidos. Buscamos el sentido profundo de la fe cristiana.

El planteamiento cristiano y teológico no se hace a partir de principios abstractos o textos magisteriales, sino que se parte de lo político, de  la situación real de la clase obrera y popular, del mundo de los pobres, para llegar inductivamente al problema teológico. El mundo de los pobres no es mundo amorfo y sin rostro, el pobre no es solo el que sufre, al que se le niegan los bienes básicos para vivir, sino que es un explotado, que pertenece a la clase de los explotados.

Habría que pasar de la actitud de acercarse y compartir lo posible la vida y el trabajo de los pobres, a la actitud de compartir la lucha de los pobres y con los pobres. La lucha de los pobres adquiere el rostro más definido de lucha política de la clase trabajadora contra el sistema capitalista y por la construcción del socialismo. Negar este hecho de la lucha de clases, es propio de la derecha.

Claro que hay que amar a todos, a los explotados y a los explotadores. Amar a los explotados  significa participar en la lucha política por su liberación; amar a los explotadores significa despojarlos de sus instrumentos de explotación, exigir que los ricos dejen de ser “buenos” ricos, es decir, que den limosnas y sigan con sus tranquilizantes de conciencia, sino que dejen de ser ricos, que compartan más sus riquezas y sus  propiedades con el mundo de los pobres. Los “buenos” ricos siempre tratarán de rebajar las exigencias éticas o evangélicas para  acomodarlas al nivel de su estilo de vida. Así no se sentirán tan incómodos en el cristianismo. El dualismo admite que dentro del cristianismo cabe optar por todas las clases sociales, es interclasista. Rechazamos ese “pluralismo” donde todas las opciones son legítimas dentro de la Iglesia. Es muy difícil llegar a una síntesis entre los dos polos, porque siempre habrá tensión entre los que son demasiado “políticos” y poco cristianos, y los que son muy “cristianos”, pero poco políticos.

El Papa Francisco ha dicho:

“Necesitamos un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio redentor. Necesitamos un cambio real. Este sistema ya no se aguanta. Y los más humildes, los explotados, pueden hacer mucho. El futuro de la humanidad está en sus manos”.

En un pasaje que puso la emoción a flor de piel, Bergoglio quiso hacer protagonistas de la salvación del mundo a los más humildes:

“¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora, frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para mis problemas?”.

A continuación, el Papa, entre aplausos, contestó su propia pregunta:

“¡Mucho! Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» (trabajo, techo, tierra). ¡No se achiquen!”