CONTAR A JESÚS Y CONTAR CON JESÚS: CENTRADAS EN EL REINO Y EN LAS ÚLTIMAS (1ª y 2ª Parte)

Conferencia pronunciada en la XVII Semana Andaluza de Teología Seguir a Jesús desde las víctimas,
Málaga, 22 Noviembre 2014
FE ADULTA

Agradecimiento

En primer lugar, quiero agradecer a la organización la invitación y la oportunidad de participar en esta conocida y famosa Semana Andaluza de Teología, felicitar a todas las personas que lo hacéis posible. Siempre es un placer volver a Andalucía. Me siento «con temor y temblor» ante la confianza depositada, y ante este auditorio imponente.

1.- ALGUNAS CUESTIONES PRELIMINARES

Punto de partida
Desde el momento en que supe que tenía que preparar este tema, sentí una gran alegría y también una gran responsabilidad. Me preguntaba porque el tema lo sentía cómo propio y de dónde procedía esa inquietud, en mi búsqueda encontré alguna posible respuesta.
Para ubicar y comprender mi inquietud, observé que un pensamiento me asaltaba: ¿Por qué me sentía como parte de las últimas?, acaso no iba a contar quiénes son, descubrí que de alguna manera estaba dentro del escenario no fuera.

Y fui comprendiendo mi inquietud, que respondía a la experiencia común de sufrimiento de las mujeres, a la experiencia del mal, por eso, me siento “última”, en esas categorías que construimos los seres humanos. En mi condición de mujer, sentía el dolor de mi género, en mi condición de cristiana, sentía el dolor de la Iglesia, en mi condición de teóloga, sentía el dolor de la invisibilidad, fueron todas esas razones que me recordaron que mi reflexión nacía de la experiencia, que era contextual, y cómo, a través de mi propia historia, la teología feminista critica de la liberación me aportó claves liberadoras para releer mi historia como mujer, como cristiana, como teóloga.
Desde esta perspectiva, como sujeto teológico y no como objeto de la teología, quiero aportar mi reflexión, para recuperar la voz espiritual, moral, social y teológica, esa voz que siempre tuvimos, y que el patriarcado nos arrebató.

En mi infancia recuerdo me fascinaba la figura de Jesús, me parecía un ser revolucionario, que echaba del templo a quienes hacían un uso inadecuado de él, que también se enfadaba, -no solo era rubio con los ojos azules-. Era curioso, no entendía, por qué era rubio con ojos azules, si era judío, y además en todas las historias que me contaban, solo existían dos mujeres, la Virgen y la pecadora arrepentida, ¿no había mujeres en la Biblia? ¿No había mujeres en tiempos de Jesús? La historia del pastor que conduce las ovejas, y sobre todo, a las descarriadas, no me gustaba, pues no me sentía oveja, y sigue sin gustarme. Mis preguntas no obtenían respuestas, solo que era así, pero me parecía extraño, que si Dios era justo, bueno y hacia salir el sol sobre malos y buenos, ¿porque sólo había discípulos, seguidores, Dios era Padre, Jesús era su Hijo, y el Espíritu era una paloma? entonces ¿qué papel podía tener yo en aquella historia, si era una niña?. Todo aquello no me cuadraba, pero lejos de hacerme abandonar, pensando que era un cuento, me hizo buscar qué sentido tenía. ¿Cómo iba a creer en un Dios que discrimina? Aquella niña que no entendía casi nada, fue quien me guio para no dejar de hacer preguntas, la diferencia fue la que me zarandeó desde entonces. Hoy me sigue fascinando Jesús, pero tuve que deconstruir los presupuestos en los que fui socializada, deconstruir las imágenes sobre Dios, deconstruir la teología aprendida, entre otras cosas, y en ello sigo.
Contar a Jesús, desde otros paradigmas como una búsqueda vital es apasionante, sobretodo, por la coherencia de su vida y su mensaje, y por las implicaciones que tiene su legado.
Por todo esto, es importante no olvidar que toda reflexión teológica, es contextual, y es subjetiva, venga de donde venga, puesto que está condicionada por el contexto de quien la realiza, y en este sentido, es dinámica y se va construyendo. Tener claro esta idea, puede ayudarnos a tomar conciencia de nuestra corresponsabilidad.

2.- CIFRAS QUE SACUDEN LA CONCIENCIA

Para iniciar nuestro breve recorrido, es importante ir poniendo nombres a las “ultimas”. Detrás de las cifras hay rostros, vidas, historias, que sacuden nuestra conciencia, si no nos indignan y nos mueven es que hemos perdido nuestro índice humano. Esos rostros se dibujan en el mundo en forma de niñas, y en forma de mujeres.
En el año 2013, el lema de la campaña anual de Manos Unidas, era “No hay justicia sin igualdad”, basada en el tercero de los Objetivos de Desarrollo del milenio: “Promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer”. Y tal y cómo aparecía en la presentación de dicha campaña, las cifras son las cifras de la vergüenza.

El Informe de la Campaña de Manos Unidas 3 decía que:
· El 70% de los 1300 millones de personas que viven en pobreza extrema son mujeres, el 60% de las personas con hambre en el mundo, también son mujeres.
· 2/3 de los 1000 millones de las personas que no saben leer son mujeres. Esto genera desigualdad y hace que la mujer dependa constantemente del hombre.
· Se estima en 2 millones de mujeres y de niñas al año el número que son objeto del comercio internacional, la mayoría para ser explotadas sexualmente.
· El matrimonio infantil en el que un contrayente o ambos son menores de 18 años, los padres lo permiten por tradición, necesidad económica, etc., creyendo que les protegen y en la mayoría de los casos ella no presta su consentimiento libremente.

· De 1990 a 2010 el trabajo asalariado de la mujer se ha mantenido en un 52% lo cual significa que gran parte de su labor no se ha valorado.
· La dificultad para acceder a los recursos naturales y al crédito, les obliga a depender de los usureros, agravando su ya precaria situación.

2.1.- Mapa de la desigualdad: Desheredadas
El Índice de Equidad de Género (IEG) mide la brecha entre hombres y mujeres en educación, actividad económica y empoderamiento político. Desde el año 2007 Social Watch desarrolla el IEG para volver más visibles las inequidades de género y para monitorear su evolución en los diferentes países del mundo.
La brecha de género se constata en multitud de estudios e informes, que analizan la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres5, solo quiero mostrar estos datos, que me impactaron, y creo son reveladores y concretos, para nuestra reflexión.
Como podemos ver en esta imagen, en los indicadores de la población, aunque el trabajo de las mujeres, representa el 52 % del total, sólo poseen el 1% de la tierra, el 2% del crédito agrícola y el 10 % del dinero en propiedad. El 67 % de los pobres en el mundo son mujeres, ellas representan el 80 % de la población desnutrida, el 70 % de adultos analfabetos y el 67% de los niños no escolarizados. Respecto a su acceso a los puestos de decisión política y
económica, las mujeres sólo ocupan un 17% de los escaños parlamentarios, un 16% de los puestos ministeriales y un 14% de los puestos de dirección económica.

2.2.- Ellas: las más pobres de los pobres
A partir de los datos, podemos concluir, que es un riesgo real nacer mujer en este mundo. Ellas son las más pobres de los pobres. Que el 1% de la tierra, únicamente, esté en manos de las mujeres, nos convierte en desheredadas, y parece que se cumpla aquello de desterradas hijas de Eva. La desigualdad y opresión de las mujeres en el mundo, no es una cuestión sociológica, únicamente, lo es política y también, teológica. La teóloga Lucia Ramón lo explica así:
Es teológica, porque tiene que ver con la acogida y el desarrollo del Reino de Dios en y en nosotros. A la luz del Dios de Jesús, que nos ha creado tanto a hombres como a mujeres a su imagen y nos muestra una nueva visión de la humanidad y de las relaciones humanas que la Iglesia está llamada a encarnar, la discriminación de la mujer interpela nuestra aceptación pasiva de la injusticia que supone que más de la mitad de la humanidad disfrute de menos oportunidades de vida y de desarrollo por razón de sexo.

3.- CONSTRUIR EL REINO ES SUBVERTIR EL SISTEMA OPRESOR
Recuerdo hace años, leí un libro que se llamaba “Deseo, mercado y religión”, del teólogo coreano Jung Mo Sung, que me ayudó a comprender las relaciones entre economía y teología. Desde entonces, me interesó, estar alerta de las lecturas sacrificiales de la teología y las justificaciones capitalistas de las injusticias sociales.
El mensaje transmitido desde la Iglesia-Institución, sobre el sacrificio, la culpa y la abnegación está interiorizado en el inconsciente del colectivo cristiano, sobre todo por las mujeres, puesto que el patriarcado eclesial lo diseñó para ellas. Pero hay que despertar, pues lo que Dios quiere “es misericordia y no sacrificios” (Mt 9,13).

Ignacio Ellacuria decía, a propósito, del pueblo crucificado que: El misterio de la cruz poco tiene que ver con la represión gratuita que sitúa la cruz donde uno quiere y no donde está puesta, como si el propio Jesús hubiera buscado para sí la muerte en cruz y no el anuncio del Reino. El anuncio del Reino es subversivo en sí mismo, porque removió las leyes establecidas en tiempos de Jesús, y las remueve ahora. A Jesús le costó la vida, ahora es el sistema establecido, neoliberal, capitalista y patriarcal el que se cobra muchas vidas, demasiadas vidas, y la opción por las últimas, implica no ser cómplice del sistema, implica despertar las conciencias, implica dar testimonio de nuestra fe en el Dios que quiere que “todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Para ello es importante identificar los paradigmas que sustentan este sistema.

3.1.- Identificar los paradigmas que sustentan el sistema
Una clave que podemos tener en cuenta, es la cosmovisión dualista de la realidad, que subyace en la mayoría de las culturas, no sólo en la judeocristiana, y que se basa en establecer oposición y exclusión, afirmar una idea supone excluir otra. Este pensamiento supone lucha permanente, puesto que una de las dos ideas es la que se considera superior a la otra. Este dualismo establece oposición entre lo diferente.
Este es un paradigma que crea dos partes diferenciadas, – hombres y mujeres, blancos y negros, nacionales y extranjeros, etc.-, una de las partes siempre se considera superior y prospera y progresa a expensas de la otra. El patriarcado se sirve de esta clave. Será necesario “superar el dualismo para pensar en clave de interdependencia”. Otra clave, será identificar la lógica de la identidad, que “concibe la diferencia como causa legitima de subordinación, es la lógica perversa que subyace en el orden patriarcal”.

3.2.- Visibilizar las víctimas: lo que no se nombra no existe
Para construir el Reino y subvertir el sistema será fundamental visibilizar a las víctimas, por razón de justicia, si no lo hacemos, aumentamos la violencia. Si no existen, no tienen voz, no son escuchadas, y no suponen ningún cuestionamiento para el cambio, puesto que no existen.

La invisibilidad es una forma de violencia, que aparta del sistema a quienes no interesan, bien porque sacuden las conciencias, bien porque no interesan al entramado político y social. Este silencio constituye un lastre que genera mayores “cargas” sobre quienes han sufrido abusos de cualquier tipo. La poeta y activista feminista, Audre Lorde, con conocimiento de haber sufrido bastante en su vida, decía sabiamente “El silencio no te protegerá”.
Muchas otras veces, el sistema culpabiliza las víctimas, y las sitúa en el punto del merecimiento, es esta frase tan perversa: “algo habrán hecho para obtener ese resultado”. Esta afirmación se justifica articulando la culpa. Estas formas de violencia son tan inhumanas y perversas, como anti-Reino, antievangélicas y anti-cristianas.

Ante estas mínimas pinceladas de realidad, me preguntaba durante un largo tiempo, por qué desde muchos espacios eclesiales se podían justificar muchas formas de violencia, y se justifican cuando no se condenan, puesto que el silencio es cómplice. Ante esto, encontré algunas posibles respuestas, son propuestas, que pueden ser útiles para mejorar este mundo, y para deconstruir todo un entramado, que genera infelicidad.

CONTAR A JESÚS Y CONTAR CON JESÚS: CENTRADAS EN EL REINO Y EN LAS ÚLTIMAS (2ª Parte)

Conferencia pronunciada en la XVII Semana Andaluza de Teología Seguir a Jesús desde las víctimas,
Málaga, 22 Noviembre 2014

4.- PROPUESTAS TEOLÓGICAS DESDE LA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Desde la perspectiva de enfoque que estamos reflexionando, conviene que comprendamos el enorme sentido que tiene, ya que supone un cambio, supone enfocar otra parte de la realidad oculta.

Estas propuestas son desde la perspectiva de género, que es aquella que busca evidenciar que las diferencias entre hombres y mujeres son una construcción social, producto de las relaciones de poder desiguales que se han establecido históricamente en el sistema patriarcal. El género pretende dar visibilidad a la construcción social de la diferencia sexual y a la división sexual del trabajo y el poder.

4.1.- Contar a Jesús centradas en el Reino

Contar a Jesús, es contar la historia de alguien subversivo, contar con Jesús es subvertir todo sistema que no promocione el compromiso con la vida, la dignidad y los derechos humanos.

¿Qué historia nos han contado sobre Jesús? ¿Quién nos la ha contado?

¿Desde qué lugar nos han contado su historia? ¿En qué Jesús creo? En un grafiti de grandes dimensiones, en la autovía del mediterráneo, a unos 15 km de Valencia, puede leerse un enorme letrero que reza: «Habrá crisis mientras no haya ética». Esta frase que, por cierto, me encanta que esté en grande y en el espacio público, explica muy bien la lógica del Reino.

La ética desde donde cada persona actúe, no importa, la clave está en que como ciudadanía, seamos capaces de construir una «ética de mínimos», puesto que la comunidad cristiana vivimos en una sociedad plural, con diversidad de filosofías, creencias y opciones. Es decir, al final, lo que importa es lo hagamos por los otros/as, desde las diferentes sensibilidades, desde una opción cristiana, musulmana, atea, etc., multitud de opciones, posiblemente los mecanismos que me muevan a la acción serán distintos, pero el fin ha de ser el mismo, que es la humanidad, que son las otras personas, esto es importante para evitar divisiones, el fin en sí mismo es la felicidad de los seres humanos, la justicia, indiferentemente de la raza, el sexo, la etnia. Esta ética de mínimos, continuamente me sacude, porque es básica, para trabajar en el mundo en el que vivimos, puesto que es clave para las relaciones con todas las personas, más que predicar, se trata de ética, «por sus hechos los conoceréis» (Mt 7,16).

Contar a Jesús es contar su Reino, y su lógica, que consiste en optar por la transformación social, como denuncia de todo aquello que deshumaniza. La ética cristiana se basa en el Sermón de la Montaña, (Mt 5, 3-12) «felices los que tienen hambre y sed de justicia, felices los compasivos, felices los que trabajan por la paz». Y en el texto de Mateo 25,35-40: «Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me acogisteis, anduve sin ropas y me vistieron, estuve enfermo y me visitaron, estuve en la cárcel y me fueron a ver, preguntaron cuando le vieron hambriento, sediento… y respondió: En verdad os digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos y hermanas, me lo hicieron a mi».

Este texto, aparte de que es maravilloso, es un texto que nunca se agota, lo leas o lo medites múltiples veces, siempre te aporta cosas nuevas, no son necesarias herramientas de interpretación bíblica para comprenderlo es un texto genial, que me persigue y que constituye la base, el kerigma del cristianismo.

Creo que es claro el mensaje, la ética no es moralina, no importa el sexo, la raza, la orientación sexual, lo que importa es si trabajas por la justicia, por la paz, por la igualdad, la moralidad no radica en los actos sexuales, sino en cómo trato a los demás, si respeto sus derechos, en este sentido, desde mi punto de vista, el evangelio, es una invitación a cumplir los Derechos Humanos, si somos imagen divina, cualquier ser humano es sagrado, y la violación de sus derechos, es antievangélica.

4.2.- Contar con Jesús desde el discipulado de iguales

La cosmovisión binaria y dualista que hemos comentado en el punto 3.1., y que mantiene el sistema patriarcal, es denominado por la teóloga Elisabeth Schüssler Fiorenza, como kyriarcado, porque en él cualquier persona diferente del sujeto griego Kyrios, el señor, – el esposo, el padre, el amo- y que responde al perfil de un varón, blanco, propietario, occidental y libre, es considerado como «lo otro» y subordinado «por su naturaleza». Este orden se construye como una pirámide de opresiones multiplicativas donde la mujer blanca occidental es considerada como legítimamente subordinada al marido, al señor, y a su vez, los esclavos, los negros o los extranjeros son considerados subordinados legítimamente a las mujeres blancas de élite, en la base de esta pirámide están las mujeres pobres, negras, indígenas, que son las «otras» de todos los demás.

Esta pirámide se convierte en un orden de opresiones multiplicativas, el racismo, el sexismo, la edad, la pobreza, la orientación sexual, etc. Una propuesta de la teología feminista critica de la liberación, es la propuesta de Elizabeth Schüssler Fiorenza, que trata de liberar la teología y la Biblia del kyriarcado/patriarcado.

Ella comenzó a hablar del término Ekklesia de las mujeres, este neologismo procede del griego, y su significado político es, en síntesis: asamblea de ciudadanos y ciudadanas, es un espacio plenamente democrático que se caracteriza por el sufragio universal, la igualdad de oportunidades, de

derechos, de bienestar, político, económico, social, religioso, de heterogeneidad, inclusividad, participación, autodeterminación, liderazgo

alternante.

Es un nuevo modelo que integra y supera los dualismos, es un discipulado de iguales, donde se crea una comunidad de iguales, integrando la diversidad y eliminando las diferencias de clase, etnia, género. Desde esa concepción se entiende el acceso de todas y todos, desde los talentos recibidos y no desde el poder impuesto.

Con esta propuesta, en palabras de la teóloga Lucia Ramón, vemos cómo: Las teologías críticas de la liberación comparten el mismo método y objetivos:

1) Análisis crítico de las experiencias del patriarcado y del androcentrismo;

2) Poner en diálogo estas experiencias con una lectura feminista de la Biblia y con otros textos cristianos relevantes;

3) Desarrollar estrategias para la acción transformativa y liberadora.

Estas teologías buscan tanto la transformación de las relaciones y de las

estructuras patriarcales tanto en la sociedad como en las Iglesias.

5.- LOS DERECHOS HUMANOS SON LA BASE DEL MENSAJE DE JESÚS

Me parece que las que tienen el coraje de rebelarse a cualquier edad son las que hacen posible la vida…, son las rebeldes quienes amplían las fronteras de los derechos, poco a poco…, quienes estrechan los confines del mal y los reducen a la inexistencia. NATALIE BARNEY.

Hemos apuntado ya, cómo los derechos humanos son la base del mensaje de Jesús, a través de la ética cristiana, pero sabemos del historial que nos precede.

Rosa Regás, en el prólogo del disco de Pedro Guerra «Hijas de Eva», dice: «En ninguna de las tres religiones que constituyen la base de nuestra cultura mediterránea y buena parte de la cultura occidental (la católica, la musulmana y la judía) se concede a la mujer la equidad que exige la Declaración de los Derechos Humanos: «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». En las tres religiones la mujer está sometida al hombre, en las tres la mujer no tiene voz, ni se oyen sus quejas ni sus lamentos, ni se castiga a quien la agrede, porque en las tres se la considera un ser inferior. Esas religiones que, aún hoy tienen o pretenden tener, esgrimiendo razones morales para defender la sumisión, el silencio, el sufrimiento de la mujer en aras de una estructura familiar y económica, y de un orden social piramidal, que sea por eso mismo controlable e inamovible. Ni el progreso, ni la riqueza, ni las leyes, ni los gobiernos democráticos logran acabar con esa lacra social que provoca cada año en España más víctimas que el terrorismo».

«El patriarcado o kyriarcado es una de las formas en las que las mujeres experimentan el mal, el mal, vivido y también el mal practicado por las mujeres, pues también ellas contribuyen a consolidarlo». Puesto que nosotras hemos sido socializadas en los roles de género, y somos susceptibles de reproducir los roles.

Cuando leí el libro de la teóloga Ivone Gebara, «El rostro oculto del mal», supuso, una gran revelación, porque tomé conciencia de la experiencia femenina del mal.

5.1.- Experiencia femenina del mal

Para explicar brevemente la experiencia del mal, seguiré el excelente texto de la teóloga Lucia Ramón, que afirma: La teóloga Ivone Gebara da prioridad a los relatos de las mujeres pobres y oprimidas, en su extenso trabajo sobre este tema, y desde esta opción preferencial agrupa las experiencias del mal de las mujeres en cinco ámbitos: la experiencia femenina del mal como no tener, como no poder, como no valer, como no saber y la discriminación sufrida por el color de la piel. No se trata de unificar el sufrimiento de las mujeres, sino de mostrar lo que hay de semejante en el hecho de ser mujer en diferentes partes del globo.

En primer lugar, La experiencia femenina del mal como «no tener» está ligada al «universal cultural» que impone en todas las sociedades a las mujeres la responsabilidad principal de alimentar y educar a la familia, y de cuidar a los enfermos, los moribundos y los heridos de guerra. Con frecuencia esta responsabilidad se convierte en un «destino», en un peso añadido que en situaciones de pobreza se convierte en una carga angustiosa y especifica de las mujeres. Hasta tal punto se les impone esa responsabilidad que también es un «universal cultural» o social, y por lo tanto no inmutable ni definitivo, en el que en situaciones de extrema necesidad las mujeres lleguen a vender el propio sexo para sobrevivir y salvar la vida de aquellos y aquellas que dependen de ellas.

En segundo lugar, La experiencia femenina del mal como «no poder» sobre la propia vida, como impotencia ante lo inexorable del mal en la enfermedad y la muerte, en la falta de libertad personal y política y en la «monotonía cotidiana y molesta» de la pobreza femenina. Ese mal oculto, el mal sin gloria que no entra en los anales de la historia y que acompaña a las necesidades más vitales del cuerpo: «cuerpo condenado por el hambre, cuerpo condenado por la sed, cuerpo condenado por la falta de vivienda, cuerpo condenado por la enfermedad, cuerpo golpeado, cuerpo expuesto a la violencia…, cuerpo sin salvación». También podríamos incluir en esta categoría la experiencia transcultural de ser excluidas de las funciones religiosas, las barreras que se les imponen para participar en la vida de sus comunidades religiosas por el hecho de ser mujeres.

En tercer lugar, La experiencia femenina del mal como «no saber», el deseo de saber cómo lugar de crucifixión o la falta de reconocimiento de su saber es otro de los ámbitos del mal que sufren las mujeres. Durante siglos la «sabiduría» se ha considerado el privilegio de una elite masculina convencida de su superioridad. Y a causa de ello cuántas mujeres han pagado con su vida la audacia de querer saber o de afirmar su sabiduría a lo largo de la historia. Todavía hoy muchos saberes siguen estando prohibidos para las mujeres o sólo son accesibles a un coste personal que no es equiparable al de los varones de su cultura y su condición. Permanentemente las mujeres tienen que «demostrar» que saben.

Para Ivone Gebara, Sor Juana Inés de la Cruz, es testigo de los sufrimientos que de todo ello resultan: «su vida profetiza hoy contra la opresión de las instituciones que, en nombre de Dios, mantienen a las mujeres en una situación de inferioridad». Ella, como muchas otras todavía hoy «tuvo que volverse ‘simbólicamente’ hombre para poder degustar los frutos del árbol del conocimiento. Tuvo que aprender a hablar el lenguaje de los hombres (…) para acceder a un mínimo de reconocimiento público».

Denunció el peso de la doble moral que atribuía mayor responsabilidad a las mujeres en aquellos pecados de las que las mujeres sólo eran parcialmente responsables, porque si hay un dominio del saber propio de las mujeres, no es otro que el del mal y el pecado. Y sufrió las consecuencias de vivir en un mundo que la aceptaba como «mujer doméstica» pero la rechazaba como intelectual, como un ser capaz de pensar en términos de igualdad y responsabilidad con los hombres: el exilio del saber y la escritura dentro de su propio convento. Un exilio impuesto por las autoridades eclesiásticas con la complicidad de sus superioras, que habían interiorizado el discurso de la superioridad masculina y vivían una rivalidad interna llena de celos y envidias.

De su extraordinaria figura la teóloga brasileña destaca que fue precisamente «su deseo de libertad, una libertad que se traduce en sus deseos de saber y de ver reconocido ese saber» lo que le llevó a la transgresión vital y artística, expresión de la libertad posible, como medio salvación.

En cuarto lugar, La experiencia femenina del mal como «no valer» no sólo en relación con los hombres, sino también en relación con otras mujeres en mejor situación económica o de otras razas privilegiadas. Es la experiencia de ser consideradas como «objetos», como «mercancía». Objetos de placer o de odio y de venganza. Su cuerpo es traficado, golpeado, abusado y violado. Utilizado como arma de guerra para minar la moral del enemigo. Sobrecargado con trabajos no reconocido a favor de la familia y de la comunidad, utilizado por la publicidad como moneda de cambio y devaluado por el fundamentalismo estético impuesto por las grandes multinacionales de la cosmética, la moda y los medios de comunicación de masas.

Por último la experiencia femenina de del mal como «la maldición del color de la piel» es otra experiencia que rara vez se menciona pero que constituye un sufrimiento impuesto a muchas mujeres de todo el mundo y una de sus principales fuentes de dolor. La desigualdad social, la miseria y la opresión también están ligadas racismo, pero hasta que las mujeres y los hombres negros no comenzaron a considerar su sufrimiento a causa del color de la piel como un sufrimiento teológico, la teología cristiana no ha comenzado a asumir ese sufrimiento como propio, como elemento fundamental de la ética cristiana y de la búsqueda de la justicia.

Mari Enrique Belvis