«DIOS NO TIENE QUE HACER JUSTICIA HUMANA» de Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos

Lc 18, 1-8

Comentar las lecturas de hoy es complicado porque partiendo de ellas, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª:el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. Amalec es para Dios tan querido como el pueblo israelita, aunque los judíos sigan pensando otra cosa. La 2ª: El mito de la inspiración. No toda la Escritura es útil para enseñar. Recordad las palabras de Jesús: habéis oído que se dijo… pero yo os digo… La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Ni ahora ni después, ni al que se lo pida con insistencia ni al que no se lo pida, va a hacer justicia humana de ninguna manera.

La Escritura es fruto de una experiencia religiosa, pero está expresada en conceptos que corresponden a una visión mítica del mundo. Al entenderla y juzgarla desde nuestra mentalidad, que ya no es mítica, distorsionamos el mensaje. Debemos tener la valentía de separar el mensaje, del envoltorio en que ha sido transmitido. Nuestra teología ha sido un intento de convertir el mito en logos. La racionalización del mito nos impide descubrir su valor y nos lleva a una falsificación de la verdad que en él se contiene. A este proceso que ha durado veinte siglos, le podíamos llamar mitologización. Por eso desde Bultmann se habla de una necesaria desmitologización.

La modernidad cometió el error de lanzar por la borda la increíble riqueza de la experiencia religiosa, porque confundió el embalaje mítico en que venía presentada con la verdad que quería trasmitir. Con el agua del baño hemos tirado por la ventana al niño. Pero las religiones, sobre todo la nuestra, siguen manteniendo el error de no querer prescindir del envoltorio porque, después de tanto tiempo insistiendo en que había que mantener a toda costa el mito, ahora no tienen la valentía de proponer la verdad separada del mismo mito.

También hoy es imprescindible atender al contexto para entender el texto. A continuación del relato de los diez leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuando llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre la última venida del Hijo del hombre. Con la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato de hoy cobra su verdadero sentido. No trata de prevenir cualquier desánimo, sino del peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo.

La parábola del juez y la viuda no tiene aplicación posible desde nuestra religiosidad actual. No se trata solo de no confundir al juez injusto con Dios. Es que ni siquiera podemos esperar que haga justicia. Hoy sabemos que Dios no puede tener ahora una postura y otra para dentro de una hora o para el final de los tiempos. Dios es siempre el mismo y no puede cambiar para amoldarse a una petición. No tenemos que esperar al final del tiempo para descubrir la bondad de Dios. Se puede descubrir a Dios presente, incluso en todas las calamidades, injusticias y sufrimientos que los hombres nos causamos unos a otros.

El tema es de máxima importancia, porque la oración, en cualquiera de sus formas, es una de las manifestaciones religiosas que más nos dice sobre nuestra manera de entender a Dios y al hombre. En concreto, lo que esperamos de la oración de petición nos puede servir de test para comprender el estadio en que se encuentra nuestra religiosidad. Agustín, con su genialidad, nos ha metido por un callejón sin salida cuando afirmó que la oración no era eficaz, quia malum, quia mala, quia male. Que quiere decir: porque soy malo, porque pido cosas malas, porque las pido de mala manera. Este razonamiento es insostenible, porque, constatado que Dios no responde, nos las arreglamos para dejar a salvo a Dios, pues la culpa la tenemos siempre nosotros.

De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible y además, está en nuestras manos: cambiar nosotros.

No es tarea de Dios impartir justicia humana, y la justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. El que es objeto de injusticia no será afectado en su verdadero ser si él no se deja arrastrar por la misma injusticia. La justicia humana se impone por el poderjudicial.Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe como los poderosos. Dios no puede actuar contra nadie por muchas fechorías que haya hecho. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca para concederles la revancha contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es liberar al oprimido. Ésta era la acción más propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias de entonces y de ahora, Dios se calla. Es muy difícil armonizar este silencio de Dios con la insistencia en la eficacia de la oración. Dios no puede hacer justicia, tal como la entendemos los humanos.

No se trata de la oración en general, sino de una oración muy concreta: la petición a Dios de justicia para los oprimidos. No tenemos que esperar a la acción puntual de Dios, sino descubrir su presencia en todo acontecer y en toda situación. Es mucho más importante saber aguantar la injusticia que alcanzar nuestra justicia. Es mucho más importante ser siempre “justos” que conseguir justicia de otros. La justicia de Dios es una actitud que permite descubrir todo lo que puedo esperar en el momento actual, sin que Dios tenga que hacer nada, mucho menos, teniendo que echar mano de su poder.

La oración no la hago para que la oiga Dios, sino para escucharla yo mismo y darme la ocasión de profundizar en el conocimiento de mi ser profundo. Todo ello me llevará a dar sentido al sinsentido aparente. El silencio de Dios me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. Mi justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia del otro no me debe hacer injusto a mí.

Pedir a Dios justicia, aquí o para el más allá, es mantener el ídolo que hemos creado a nuestra medida. La justicia en el más allá se inventó precisamente para armonizar la idea de un Dios justo al modo humano con la hiriente realidad de una injusticia que clamaba al cielo. En tiempo de los macabeos se vio que los males que afligían a los seres humanos no se podían explicar como castigo de Dios, porque Antíoco estaba sacrificando precisamente a los más fieles a la Ley. Para superar esa contradicción se sacó de la manga un castigo y un premio para después de la muerte.

El mensaje de Jesús está sin estrenar. ¿A quién de nosotros se nos ha ocurrido alguna vez dar la túnica al que nos roba el manto? ¿Quién ha puesto una sola vez la otra mejilla cuando le han dado una bofetada? Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.

 

Meditación-contemplación

La plenitud de la justicia está en la entrega absoluta y total.
Esto no tiene nada que ver con nuestra justicia.
La mayor de las injusticias sufrida desde esta perspectiva,
es compatible con la plenitud humana más absoluta.
…………………

Jesús en la cruz, llegó a la plenitud humana porque se identificó totalmente con Dios.
Ahí está su máxima gloria.
Ese es el camino que él ha marcado para todo ser humano.
Darse totalmente es la meta más alta que puede alcanzar el hombre.
…………………

Nuestra justicia está siempre mezclada con la venganza.
Mi plenitud no está en la derrota del enemigo
sino en dejarme derrotar por mantenerme en el amor.
Esto es el evangelio. ¿Quién se lo cree?

Fray Marcos

 

 

PEDIR PERDÓN Y FOMENTAR LA RECONCILIACIÓN


Comunicado en nombre de seglares y sacerdotes de las Comunidades Cristianas de Base de Navarra
y Reacciones posteriores Arzobispado

Ante las alegaciones, presentadas por las Autoridades Diocesanas, a los procedimientos en curso para exhumar los restos de los difuntos contenidos en el mausoleo conocido como Monumento a los Caídos, sito en la Plaza de la Libertad de Pamplona, en nombre de las Comunidades Cristianas de Base, queremos hacer una llamada  a los obispos y a la Iglesia de Navarra.

Al comenzar, como cristianas y cristianos, expresamos nuestro respeto a los familiares de los difuntos cuyos restos yacen en la cripta y deseamos para éstos que reposen en la paz del Dios, misericordioso para con todos, en quien creemos. Leer más

La urgente regeneración ética de España

José M. Castillo, teólogo

Enviado a la página web de Redes Cristianas
Fuente: Teología sin censura

¿A qué nivel de degeneración ética y moral hemos llegado, en este país nuestro, que ahora mismo nos vemos en la extraña situación de constatar que aquellos que más nos engañan y nos roban son los que – según dice todo el mundo – tienen más aceptación para seguir gobernando? Cuando, en una sociedad, las víctimas quieren que les sigan mandando los mismos que les han engañado y robado,………. Leer más

Comunidades Eclesiales de Base, cincuenta años de presencia entre los predilectos de Dios. 3 art.

Luis Miguel Modino en Religión Digital

La Iglesia de base ha retomado el aliento en los últimos tiempos, se percibe que hay más ganas de seguir apostando por una forma de ser Iglesia más comprometida, más pobre y para los pobres.

El X Encuentro Continental de las CEBs (Comunidades Eclesiales de Base), que ha tenido lugar en Luque, Paraguay, del 13 al 17 de septiembre con el lema «Las CEBs caminando y el Reino Proclamando«, ha sido una prueba de que esa Iglesia que apuesta por hacer realidad el Reino goza de buena salud. Leer más

Domingo 16 de octubre de 2016, 29º Ordinario, Servicios Koinonia

SERVICIOS KOINONIA

Lucas 18, 1-8

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan:

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.»

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre suele suceder así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 74 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El juez y las viudas». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí:https://radialistas.net/article/74-el-juez-y-las-viudas

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de la oración clásica de petición se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse» de él más que de servirle. Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros» y le vemos menos sentido a estar recurriendo a él a cada instante. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi Deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. O, como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios pero sin dios», es decir, sin poder echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas ni hacer milagros. Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fundo es querer influir a Dios, hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras inquietudes. Como un desahogo personal, con una forma «teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles.

 

 

 

Urteko 29. igandea – 29 domingo T. O., Jose A. Pagola

– C (Lukas 18,1-8)

Evangelio del 16/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

SUFRITZEN ARI DIRENEN DEIADARRA – EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN

Emakume alargunaren eta eskrupulorik gabeko epailearen parabola hau, beste hainbat bezala, kontakizun irekia da; oihartzun desberdinak eragin ditzake entzuleengan. Lukasen arabera, etsi gabe otoitz egiteko deia da; aldi berean, gonbita da gau eta egun dei egiten diotenei Jainkoak justizia egingo diela konfiantza izatera. Zer oihartzun izan lezake gaur egun gu baitan kontakizun dramatiko honek, beren zoriaren menpe zuzengabeki utziak ditugun hainbeste biktima gogoratzen digularik?

Tradizio biblikoan, bakarrik eta babesik gabe bizi den pertsonaren sinbolo gorena da emakume alarguna. Parabolako emakume honek ez du defendituko duen senarrik, ez seme-alabarik. Ez du sostengurik, ez gomendiorik. Soilik, beraz abusatzen duten etsaiak ditu, eta erlijiorik eta kontzientziarik gabeko epaile bat, zeini bost axola baitzaio inoren sufrimendua.

Emakumeak eskatzen duena ez da nahikera bat. Zuzenbidea du eskatzen soilki. Hauxe da epailearen aurrean behin eta berriz irmoki egiten duen protesta: «Egidazu justizia». Zuzengabeki zapalduak diren guztien eskaria da. Jesusek bereei esaten zienaren ildoko oihua da: «Bila ezazue Jainkoaren erreinua eta haren zuzentasuna».

Egia esan, Jainkoak du azken hitza eta egingo die justizia gau eta egun eskatzen diotenei. Hori da Kristok, heriotza zuzengabetik Aitak piztu duen hark, gu baitan esnatu duen esperantza. Baina, ordu hori iritsi bitartean, inork entzuten ez diela, oihuka bizi direnen deiadarra etengabea da.

Gizarteko gehiengo batentzat itxarote-gau amairik gabea da bizitza. Erlijioek salbamena hots egiten dute. Jesus gurutziltzatuagan gizon egindako Jainkoaren Maitasunaren garaipena aldarrikatzen du kristautasunak. Bitartean, milioika gizakik beren haurrideen gogorkeria eta Jainkoaren isiltasuna esperimentatzen du soilik. Eta, askotan, sinestedunak berak gara Aita den haren aurpegia, geure geurekoikeria erlijiosoz estaltzen dugularik.

Nolatan ez digu entzunarazten, noizbait ere, Jainkoarekiko geure komunikazioak zuzengabeki sufritzen ari direnen deiadarra eta mila eratako haien oihu hau: «Egiguzue justizia»? Otoitz egitean, Jainkoarekin benetan topo egiten badugu, nolatan ez gara gai indartsuago entzuteko Aitaren bihotzera iristen diren zuzentasun-eskariak?

Fededun guztiak interpelatzen gaitu parabolak. Geure debozio partikularrak indartzen jarraitu behar ote dugu, sufritzen ari direnez ahazturik? Jainkoari otoitz egiten jarraitu behar ote dugu hura geure interesen zerbitzari egin nahiz, munduan diren zuzengabekeriak bost axola zaizkigula? Baina otoitz egitea, hain juxtu, geure buruaz ahaztea eta, Jainkoarekin bat, guztientzat mundua zuzenago egiten saiatzea balitz?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

9 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,1-8)

por Coordinador Grupos de Jesús

EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN

La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar en que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Solo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Solo reclama justicia. Esta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: «Buscad el reino de Dios y su justicia».

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Esta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos solo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: «Hacednos justicia»? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?

José Antonio Pagola

 

 

EL SACRAMENTO DE LA COMUNIDAD

MIGUEL ÁNGEL MESA BOUZAS

ECLESALIA.- Una comunidad se recrea cada día en la mesa de la vida, del compartir, de la intimidad, de sentirnos unidos por el anhelo renovado de una auténtica fraternidad y amistad.

La comunidad nace de una llamada que se escucha desde distintas realidades existenciales, que se nos comunica por medio de otros, que se metaboliza y discierne en lo hondo de nosotros mismos. Leer más

El azobispo de Madrid, Carlos Osoro, nuevo cardenal de la Iglesia

El Papa Francisco anuncia la creación de 13 nuevos purpurados.  Tras la solemne misa del Jubileo mariano, el Papa rezó el ángelus, impartió la bendición apostólica y anunció el nombramiento de 13 nuevos cardenales electores en el consistorio que se celebrará el 19 de noviembre. Entre ellos el español Carlos Osoro, arzobispo de Madrid. Los nuevos purpurados proceden de los cinco continentes y de 11 países. También anunció  la creación de 4 cardenales no electores, entre ellos un sacerdote albanés.

 

Haití, a la espera de la llegada de la ayuda internacional

Haití continúa evaluando los severos daños y las víctimas provocadas por el paso del huracán Matthew, y espera la ayuda internacional para enfrentar la crisis que todavía mantiene zonas del país incomunicadas. Según el último balance provisional dado a conocer este sábado por Protección Civil, Matthew dejó a su paso 336 muertos, cuatro desaparecidos, 211 heridos y 61.537 personas en albergues. Sin embargo, fuentes de organismos de socorro y autoridades locales aseguran que las víctimas mortales sobrepasan los 800.

 

“Aquí en Alepo solo quedan los pobres, aquellos que no tienen adónde ir”

En Alepo, escenario de una de las batallas más duras de la guerra civil, aún quedan decenas de miles de civiles, tanto en la zona bajo dominio del régimen de Bachar el Asad como en la parte controlada por los rebeldes. No tienen dinero para huir. La Alepo actual es una sombra de lo que era hace solo cinco años: la mayor ciudad y el corazón económico del país. La guerra civil siria, que comenzó hace cinco años y medio, ha causado la muerte de más de 300.000 personas, 5 millones de sirios han buscado refugio en el extranjero, y más de 7 millones son desplazados internos.