Cristianos Socialistas reivindica la política «al servicio del bien común»

El Grupo Federal de Cristianos Socialistas, formado por militantes y simpatizantes del PSOE, y distribuidos a través de grupos territoriales coordinados por una Comisión Federal, pidieron impulsar la regeneración política con el objetivo de incorporar a la dinámica social y cultural de la mayoría a «los más débiles, los más pobres, los más vulnerables de nuestros pueblos, barrios y ciudades».  Reafirmaban su compromiso de modificar las reglas de juego que han fomentado el individualismo, el egoísmo o la insolidaridad.

 

 

Crisis política en Francia: la Iglesia francesa da la alerta

Honorio Cadarso
Atrio

Amigo Duato: Te dejo a ti la labor de señalar hasta qué punto este diagnóstico de los obispos franceses es aplicable a nuestro país y a nuestra iglesia española. Y de calcular cuándo los obispos españoles serán capaces de denunciar este cuadro macabro y reconocer sus propias faltas y responsabilidades de esta situación. Esto ha sido publicado por el periódico GARA de la izquierda abertzale vasca en francés hoy. Lo firma un tal Antton Rouget, journaliste freelance.

La considero, Honorio, muy novedosa (la noticia en sí y el medio que la publica) y creo que vale la pena publicarla. Gracias por la traducción. AD Leer más

Urteko 30. igandea – Domingo 30º T. O., José A. Pagola

C (Lukas 18,9-14)

Evangelio del 23/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

JARRERA ZUZENA

Jainkoaren aurrean zuzenak zirela uste zuten eta gainerakoak mespretxatzen zituzten batzuei zuzendu zien Jesusek fariseuaren eta zerga-biltzailearen parabola hau, Lukasen arabera. Tenplura otoitz egitera igo diren bi protagonistek bi jarrera erlijioso ordezkatzen dituzte, jarrera kontrajarriak eta bateraezinak. Baina zein da jarrera zuzena eta zinezkoa Jainkoaren aurrean? Hori da sakoneko galdera.

Legearen betetzaile zorrotza da fariseua, eta bere erlijioa fidelki betetzen du. Bere burua seguru sentitzen du tenpluan. Zutik egiten du otoitz eta burua tente. Otoitzik ederrena du egiten: gorespen-kanta eta esker otoitza Jainkoari. Baina ez dizkio eskerrak ematen Jainkoa handia, onbera edo errukiorra delako, baizik bera, fariseua, ona eta handia omen delako.

Berehala ikusten da zerbait faltsurik otoitz horretan. Otoitz egin baino gehiago, bere burua du kontenplatzen gizon honek. Bere historia du kontatzen, merezimenduz betea. Jainkoaren aurrean legearen arabera dagoela sentitu nahi du eta gainerakoak baino gailenago dela agertu.

Gizon honek ez daki otoitz egitea zer den. Ez du aitortzen Jainkoaren misteriozko gorentasuna, ezta bere xumetasuna ere. Jainkoaren bila ibiltzea, nork bere egintza onak zerrendatzeko eta gainerakoak mespretxatzeko, zoroarena egitea da. Gizon honen itxurazko jainkotasunaren pean otoitz «ateo» bat ageri da. Gizon honek ez du Jainkoaren premiarik. Ez dio ezer eskatzen. Aski du bere burua.

Oso bestelakoa da zerga-biltzailearen otoitza. Badaki gaizki ikusia dela bera tenpluan egotea. Honen lanbidea, zergak biltzekoa, gorrotagarria da eta mespretxatua. Baina ez da ari aitzakia bila. Aitortzen du bekatari dela. Hau bular joka ikusteak eta xuxurlatzen dituen hitz apurrek nabari dute: «Ene Jainkoa, erruki zakizkio bekatari honi!».

Gizon honek badaki ez duela zertan harrotu. Ez du ezer Jainkoari eskaintzeko; bai, ordea, hartzeko asko harengandik: barkazioa eta errukia. Jatortasuna ageri da honen otoitzean. Bekataria da gizon hau, baina egiaren bidean dabil.

Fariseuak ezin egin izan du topo Jainkoarekin. Zerga.biltzaile honek, ostera, berehala aurkitu du jarrera jatorra Jainkoaren aurrean: deusik ez duenaren eta guztiaren premia duenaren jarrera. Ez da luzatzen ere bere erruak xeheki aitortzen. Bekatari aitortzen du bere burua. Uste horretatik dario otoitza: «Erruki zakizkio bekatari honi».

Biak igo dira tenplura otoitz egitera; alabaina, Jainkoaz nork bere irudia du bihotzean eta harekin erlazionatzeko nork bere era. Fariseuak erlijio legalistan trabaturik jarraitzen du: honentzat gauzarik garrantzizkoena Jainkoaren aurrean legearen arabera egotea da eta beste guztiak baino betetzaileago izatea. Zerga.biltzaileak, ostera, Jesusek hots egiten duen Maitasunaren Jainkoari ireki dio bere bihotza: barkatua dela jakitetik bizi da, ezertaz harrotu gabe eta inor gaitzetsi gabe.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)
Evangelio del 23/Oct/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

LA POSTURA JUSTA

Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Esta es la pregunta de fondo.

El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.

En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.

Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración «atea». Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.

La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.

El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».

Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie.

José Antonio Pagola

 

 

18.10.16. Lucas, el primer escritor cristiano

El blog de Xabier Pikaza Ibarrondo

Celebra hoy la Iglesia la fiesta de San Lucas, que es según la tradición el primer escritor cristiano:

— Jesús no escribió nada (quizá en el polvo, como dice Jn 8), no tenía biblioteca, aunque conocía la Biblia de Israel por tradición, por experiencia interna, según se decía en la Sinagoga y en las discusiones de grupos judíos. Era hombre de palabra directa, de anuncio inmediato del Reino, de parábolas brillantes… Él mismo era el «libro hecho persona», su vida fue y sigue siendo la Escritura de Dios para los cristianos.

— Tampoco Pablo fue escritor, aunque sabía leer y había estudiado, y conocía las tradiciones de Israel de un modo intenso. No era hombre de libro, sino un hombre de palabra directa, cuerpo a cuerpo, grupo a grupo. No era escritor profesional, aunque sabía escribir con arte y escribió, de un modo circunstancial (y para siempre), unas cartas que siguen siendo el primer documento oficial del Cristianismo… Porque no era escritor profesional pudo dejar la mejor colección de cartas del mundo antiguo, dando testimonio de aquello que hacía, de Aquel en quien creía, en un mundo convulso e ilusionado.
— Tampoco Marcos, Mateo o Juan fueron escritores…Ciertamente, sabían escribir, y lo hicieron de un modo ejemplar, cada uno en su línea, para servicio de sus comunidades, pero no eran hombres de libro escrito, sino de profecía, de catequesis o experiencia mística.

— Lucas, en cambio, fue el primer escritor «profesional» del cristianismo. Buscó y consultó libros anteriores (cf. Lc 1, 1-2), tuvo biblioteca, y redactó sus dos libros de un modo casi profesional, conforme a los métodos y estilo de los historiadores helenistas y de los traductores de la Biblia al griego, los llamados LXX. Sin él, el cristianismo no sería lo que ha sido y lo que es. Por eso quiero celebrar hoy su memoria y recordar sus dos escritos.

Dicen que Lucas escribía «pintando», y así se le venera como el primer iconógrafo cristiano, patrono de pintores y artistas, un hombre que supo recoger la memoria cristiana… y hacerla memoria viva, para los hombres cultos de su tiempo y de la actualidad.

((Texto tomado de X. Pikaza, Gran Diccionario de la Biblia, Estella 2015)). Buen día a los Lucas y a todos los amigos de la Escritura y de la Biblia.

LUCAS 1. Evangelio

Hacia el año 90/95 d.C., un cristiano culto, de origen probablemente pagano, que había sido prosélito judío y conocía bien la Biblia Griega (los LXX), quiso escribir la primera historia de Jesús y de su movimiento, siguiendo modelos cristianos y helenistas: «Muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas (pragmatôn) que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, conver¬tidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1, 1-4).

(1) Un escritor de tradición. Le llamamos Lucas con la tradición, pero ignoramos su nombre y lugar de residencia. Escribió una obra en dos partes (Lc y Hech). Algunos dicen que lo hizo en Roma, porque allí culmina la segunda parte de su obra (Hechos), otros piensan que en Éfeso (que parece estar más vinculada a la tradición paulina que se desarrolla en las pastorales). Sea como fuere, su obra se sitúa en un lugar donde se reconocen y aceptan dos escritos cristianos anteriores (Marcos y Q), porque los utiliza como base de su obra. Escribe porque se lo pide la Iglesia, que acogerá pronto su obra como propia.

Conoce la Biblia (los LXX) y se ha informado, en lo posible, de los momentos principales de la vida de Jesús, dialogando probablemente con testigos y evangelistas anteriores (promotores del movimiento de Jesús), partiendo básicamente de los dos textos ya citados.

(a) El documento Q*, que le sirva básicamente para recrear el mensaje de Jesús.

(b) Del evangelio de Marcos toma básicamente el programa narrativo. En ese sentido su evangelio puede y debe compararse al de Mateo, que utiliza y recrea también los mismos textos anteriores (Mc y Q). Pero Mateo lo hace desde una tradición judeo-cristiana, más centrada en el cumplimiento mesiánico de la Ley judía. Lucas, en cambio, desde el fondo de la tradición cristiano-helenista, para ofrecer así un evangelio más apropiado a los gentiles, añadiendo una serie de textos propios, tomados en parte de tradiciones judeo-cristianas anteriores, con una fuerte elaboración suya.

(2) División. Lucas toma sus motivos no sólo de Mc y el Q, sino también de su propia fuente, que algunos llaman L, pero su texto no es un simple mosaico, sino que forma una unidad literaria (narrativa) y teológico, de tal manera que cada uno de sus elementos ha de interpretarse desde el conjunto, como vienen destacando los investigadores. No escribe una narración a la que “luego” se le añaden algunas notas teológicas, sino que su misma estructura narrativa tiene ya un intenso carácter teológico. En un sentido general, podemos dividir el evangelio en cuatro partes, con un prólogo y un epílogo.

Según el prólogo (Lc 1, 1-4), Lucas dedica el libro, escrito con los métodos histórico-literarios de su tiempo, a un tal Teófilo (=amante de Dios), como una contribución al conocimiento del cristianismo, entendido como un fenómeno religioso y cultural. El epílogo (Lc 24, 50-53) sirve para concluir el evangelio, cerrándolo en sí mismo (en el nacimiento, vida y pascua de Jesús): en contra del Jesús de Marcos y Mateo, que no se va, sino que “queda” en Galilea con los suyos, el Jesús de Lucas sube al cielo desde Jerusalén (como había anunciado en Lc 24, 46-49), abriendo así un tema nuevo que será desarrollado en Hechos. Entre ese prólogo y epílogo se sitúan sus cuatro partes:

Presentación. Jesús, evangelio de Dios (Lc 1, 5 – 4, 13). Se divide en tres partes.

1. Anuncio del nacimiento de Juan y Jesús (Lc 1, 5-56). 2. Dos nacimientos (Lc 1, 57-2, 52). 3. Primera actividad de Juan y Jesús (Lc 3, 1-4, 13). A diferencia de Marcos y en paralelo con Mateo (aunque de un modo distinto), Lucas empieza con un “evangelio de la infancia”, situando a Jesús en el trasfondo de la esperanza de Israel, en paralelo con Juan Bautista. Jesús se entronca en la esperanza y profecía de Israel, aunque la desborda y culmina. En el último apartado, sigue más de cerca a Marcos. El centro de esta sección lo forma “la proclama del evangelio”: Os anuncio una buena noticia (evangelio) que será de gran gozo para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 10-11). Este “evangelio” o buena noticia sustituye a los “evangelios imperiales”, en los que se anunciaba el nacimiento del nuevo emperador, como en la famosa Inscripción de Priene, del año 9. a. C., en la que se celebra el nacimiento de Augusto como comienzo de una nueva era de salvación.

Actividad en Galilea (Lc 4, 14 – 9, 50).

Puede dividirse también en tres partes. 1. Manifestación y rechazo de Jesús (Lc 4, 14-6, 11). 2. Enseñanzas y milagros (Lc 6, 12-8, 56). 3. Revelación a los discípulos (Lc 9, 1-50). Aquí aparece el mensaje básico de Jesús en Galilea, en línea profética, abierta al mesianismo. En la primera y última parte sigue más a Marcos. En la parte central está más cerca del Q. En los dos casos, el evangelio recoge las tradiciones de las iglesias y misión de Galilea. Todo el tema se presenta y centra en el “discurso de Nazaret” (Lc 4, 16-30).

Viaje a Jerusalén (Lc 9, 51?19, 27).

Se divide igualmente en tres partes. 1. Seguimiento y confianza en el Padre (Lc 9, 51 – 13, 21). 2. Comidas cristianas (Lc 13, 22 –1 7, 10). 3. Llegada del Reino (Lc 17, 11 – 19, 28). Esta sección comienza con una introducción solemne, que enmarca y sitúa todo lo que sigue: “Cuando llegó el tiempo en que había de ser recibido (ascendido), afirmó su rostro y comenzó a subir hacia Jerusalén” (cf. 9, 51). Lucas introduce y reinterpreta aquí mucho material del “Q”, pero no en forma de sabiduría desvinculada de la vida de Jesús, sino como expresión de un camino que conduce a Jerusalén (un nuevo Éxodo). Eso significa que el material Q (que podría convertirse en doctrina gnóstica), viene a entenderse y se entiende en el contexto de un camino mesiánico de entrega de la vida. Éste es el centro del evangelio: la subida a Jerusalén, como cumplimiento de las promesas de Israel y como principio de un nuevo éxodo cristiano.

Actividad en Jerusalén: Pasión y resurrección (Lc 19, 28-24, 49), con tres partes.

1. Entrada en Jerusalén y controversias con los jefes de Israel (Lc 19, 28 – 21, 4) c) Discurso escatológico (Lc 21, 5-38). 2. Juicio y muerte (Lc 22, 1-23, 56. 3. Resurrección y apariciones de Jesús (Lc 24, 1-49). Lucas vuelve al esquema y los temas de Marcos, con cambios menores. También esta sección comienza con la “decisión” de culminar la subida a Jerusalén (19, 28; retomando el motivo anterior de 9, 51). Todo el mensaje y camino de Jesús en Galilea ha de entenderse desde su “oferta de salvación” en Jerusalén, en disputa con la autoridades de la ciudad. En ese contexto se sitúa el discurso escatológico, donde ya no es esencial la “prisa por la hora”. En la historia de la pasión, intenta “disculpar” a Pilato, representante del gobierno romano, cargando la responsabilidad en los “jerarcas judíos” (nunca en el pueblo de Israel, en cuanto tal). Ofrece una catequesis de Pascua, con el relato de los discípulos de Emaús y la gran aparición/misión a todos los discípulos, en Jerusalén (no en Galilea, como en Marcos 16, 1-8 y en Mt 28, 16-20).

(3) Teología básica: historia de la salvación.

Lucas define su teología en el prólogo: “He decidido escribir un relato de los acontecimientos que han venido a suceder entre nosotros…, a fin de que así reconozcas la fir¬meza de las doctrinas que has recibido” cf. (Lc 1, 1-4). ¿Qué acontecimientos? Las cosas que Jesús ha cumplido y enseñado, hasta su ascensión al cielo (Hch 1, 1-2). Las otras cosas (los primeros pasos de la iglesia) quedan para Hechos. Los acontecimientos de Jesús se han realizado, según Lucas, a la luz de todo el mundo (Hch 26, 26). No son objeto de un mensaje intimista, propio de un libro de meditaciones, sino el tema de una historia que merece ser contada.

Lucas parece ser el único escritor del Nuevo Testamento que escribe también para no creyentes, ofreciendo así su libro en el mercado abierto de su tiempo. Pero no abandona la tradición, sino al contrario: se apoya en otros libros y testigos de la iglesia. De un modo especial (lo mismo que Mateo) asume dos “textos previos” (Mc y Q) que él ha querido precisar y completar y selecciona sus fuentes, pero lo hace de un modo dialogante y así, a diferencia de Marcos y, quizá, en contra de Mateo, ha podido aceptar tradiciones de la Iglesia de Jerusalén, vinculada a la figura de Santiago, el “hermano” del Señor, al comienzo del evangelio y de Hechos ((Lc 1-2; Hch 1-7).

En esa línea, él ha visto a Jesús como punto de partida y centro de un profundo movimiento religioso que se va extendiendo por el mundo y que merece ser contado. Lucas puede realizar su cometido porque es un buen narrador con un buen argumento (Jesús), y porque sabe exponerlo no sólo en un plano kerigmático (Marcos) o catequético/eclesial (Mateo), sino en un plano histórico-literario, transmitiendo, al mismo tiempo, la fe de su Iglesia (¿Roma, Éfeso…?). Con el paso de los años, la inquietud de aquellos cristianos que esperaban el fin del mundo y la venida inmediata de Jesús se ha ido trasformando. Ciertamente, Lucas sabe que “Jesús vendrá”, pero mientras tanto él abre un largo tiempo de vida creyente para los cristianos. De esa forma el interés del mensaje de Jesús (el pasado de su historia) se desplaza hacia la iglesia (Hechos); pero la misma identidad de la iglesia exige que quede clara la historia de Jesús (evangelio de Lucas).

(4) Temas abiertos. Lucas parece el único escritor del NT que (dirigiéndose a la iglesia) escribe también para no creyentes,

editando su libro para el mercado cultural y religioso de su tiempo. Marcos (y en un sentido también Mateo) estaban más interesados en la “venida” final de Jesús. Ciertamente, Lucas sabe que “Jesús vendrá”, pero mientras vuelva en su gloria se abre (el mismo Jesús abre, desde el trono de Dios) un largo tiempo de vida creyente. De esa forma distingue tres “tiempos”: época de Israel (AT), vida de Jesús (Lc) y tiempo de la Iglesia (Hch).

Una historia acabada. Según Lucas, la historia de Jesús en el mundo ha terminado (se ha cerrado en la Ascensión: Lc 24; Hch 1). En esa línea, podríamos decir que su Evangelio (Lc), siendo en un sentido autónomo y muy valioso, puede interpretarse, en otro, como “prólogo” del libro de los Hechos. El pasado de la historia de Jesús, que termina en la Ascensión, se vuelve principio de vida para la Iglesia. Jesús ha sido recibido en la Gloria de Dios Padre y, desde allí, guía el camino de la Iglesia, por medio del Espíritu Santo.

Del Jesús histórico al Cristo universal. El Jesús de la historia (que ha vivido y muerto) es principio y modelo, impulso y misterio del camino (¡toda la vida de Jesús es camino! cf. Lc 9-18) que lleva a los hombres al cumplimiento de la esperanza que se expresa en forma de resurrección. La meta de la historia se expresa y concreta según eso en la victoria de Jesús, que está ya sentado a la Derecha del Padre y que atrae a todos, desde su altura (cf. buen ladrón: Lc 23, 43, y visión de Esteban: Hch 7, 56-60).
Jesús y la iglesia. El evangelio de Jesús resultan inseparables del despliegue de la Iglesia, como muestra el hecho de que Lc y Hch forman dos partes de un mismo “libro cristiano”, el libro de la historia y vida de los seguidores de Jesús.

Entre los comentarios, cf. J. A. FITZMYER, El evangelio según san Lucas, I-4. Cristiandad, Madrid 1986/7 y 2004; F. BOVON, El evangelio según san Lucas I-IV. Sígueme, Salamanca 1995-2010. Cf. además C. ESCUDERO FREIRE, Devolver el evangelio a los pobres. A propósito de Lc 1-2, BEB 19, Sígueme, Salamanca 1978; I. GÓMEZ-ACEBO (ed.), Relectura de Lucas. El clave de mujer, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998; I. M. FORNARI-CARBONELL, La escucha del huésped (Lc 10,38-42). La hospitalidad en el horizonte de la comunicación, Verbo Divino, Estella 1995; J. RIUS CAMPS, El éxodo del hombre libre. Catequesis sobre el evangelio de Lucas, El Almendro, Córdoba 1991.

Lucas 2. Obra doble (? evangelios, iglesia, Hechos).

Con el nombre de Lucas aludimos, de modo general, a un autor que ha escrito la primera historia sobre los principios del cristianismo. Su obra, que en principio tenía carácter unitario, aunque constaba de dos tomos, ha sido luego dividida, de manera que en las ediciones oficiales de la Biblia aparece en dos lugares: (a) el Evangelio de Lucas, queda tras el Mateo y Marcos, formando parte de los cuatro evangelios canónicos; (b los Hechos de los Apóstoles viene después de los evangelios, como si fuera una introducción a la cartas de Pablo y al resto de escritos del Nuevo Testamento.

(a) Una obra doble. Tomando su obra en unidad, debemos afirmar que Lucas ha escrito un tratado (logos: Hech 1, 1), una obra literaria (diéguesis) sobre el tema (logos: Lc 1, 2) de Jesús y sus discípulos. Conserva la tensión kerigmática de Mc y las enseñanzas principales de Mt (tomadas del Q), pero reelabora la figura de Jesús de una manera poderosa, dentro de un esquema de conjunto en el que quiere ofrecer al lector culto (incluso no cristiano) una visión general del movimiento cristiano. Se trata de una obra paradójica. Por un lado quiere ser irénica, suavizando aquellos rasgos de Jesús y de sus discípulos que pueden parecer más duros para un lector de origen pagano y de cultura griega. Pero, desde la distancia que ofrece la lejanía literaria y teológica (no está implicado en la disputa inmediata sobre el sentido de la pascua, como Mc, ni sobre la ley judía, como Mt), Lucas puede recuperar en plano histórico y narrativo elementos que Mc y Mt habían relegado, especialmente en referencia al judaísmo.

Por otra parte, Lucas es un buen narrador y ha escrito un libro paradójico, hábil en datos y omisiones, irénico en conjunto, pero radical e intenso en la valoración del movimiento de Jesús. Ciertamente, quiere pactar con Roma mostrando que Jesús y su iglesia no son contrarias al imperio; pero, al mismo tiempo, conserva la radicalidad mesiánica del evangelio, la novedad más honda del mensaje de Jesús en relación a la pobreza y la superación de la violencia. Lucas ofrece con su obra doble, evangelio y hecho, el primer tratado que existe sobre el cristianismo.

(1) Tiempo de Israel, tiempo de Jesús.

Su obra es relativamente larga y está bien articulada. En el fondo de ella puede distinguirse los siguientes momentos, presentados de un modo histórico o temporal.

(a) Hay un tiempo y verdad de Israel,

definido por las promesas anteriores (del Antiguo Testamento) y por la piedad sincera de sus protagonistas, que aparecen sobre todo en Lc 1-2 y Hech 1-5. El ambiente y tono de esos capítulos es totalmente israelita. Como israelita nace Jesús (Lc 1-2) y dentro de Israel, en el contexto del templo de Jerusalén, nace la iglesia. Por eso, frente a Mc 16 y Mt 28 que sitúan el primer mensaje de la iglesia en Galilea (consumando de esa forma la ruptura de los cristianos frente a Jerusalén), Lucas funda la venida de Jesús (cf. Lc 1) y el origen de la iglesia (cf. Hech 1-5) en el entorno del templo. Su cristología se integra, por tanto, en la historia de la profecía y esperanza israelita.

(b) Hay un tiempo de Jesús,

bien delimitado, entre nacimiento y ascensión. Ese es el tiempo del que trata el evangelio. Ciertamente, Jesús sigue guiando el camino de la iglesia posterior (cf. Hech 9, 5; 16, 7), pero, en un sentido estricto, él ha llegado con la pascua al final de su camino histórico, de forma que ahora lo hallamos sentado a la derecha de Dios, desde donde envía su Espíritu (Hech 2, 32-33), para fundar así su iglesia, hasta el momento en que vuelva otra vez, al final, para culminar su obra (Hech 3, 20). De esa forma, el tiempo y figura de Jesús, queda delimitado dentro de una historia real, que ha sucedido ya y que se narra en el evangelio. Marcos y Mateo no necesitaban escribir un segundo libro como Hechos, para narrar la presencia y acción de Jesús resucitado en la iglesia, por medio del Espíritu, pues sus evangelios bastaban para trazar el sentido de la vida cristiana; para ellos, el tiempo de la iglesia no podía separarse del tiempo del evangelio. Lucas, en cambio, ha separado esos tiempos al escribir su libro en dos partes y más los han separado aún los editores del Nuevo Testamento, al colocar cada parte del libro de Lucas en un lugar separado, como libros distinto: un evangelio de Jesús y un libro de los Hechos.

(c) Tiempo de la iglesia.

La novedad de Lucas está en fijar y desarrollar el tiempo de de la iglesia tras la ascensión o subida de Jesús (Lc 24, 50-53; Hech 1, 9-11). Este es el tema del libro de los Hechos. La misma ausencia de Jesús se convierte para Lucas en principio teológico: Jesús ha superado ya su antigua forma de existencia, para enviar su Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hech 2, 33), iniciando el tiempo y camino de la iglesia, que Lucas vincula a la experiencia de Pentecostés (Hech 2, 1-13). Tenemos, por tanto, tres tiempos y dos libros: del primer tiempo trata todo el Antiguo Testamento; de los otros dos tratan los dos libros de Lucas. Esta visión, de tipo más línea y pedagógico que la de Pablo, Marcos o Mateo, ha podido convertirse en presupuesto normal de la visión cristiana de la salvación y constituye, a mi entender, el logro histórico/teológico más hondo de Lucas. Él podía haber escrito quizá otro tipo de trabajo: un ensayo moral sobre la novedad cristiana, un sermón pascual… Pero ha preferido trazar una historia seguida y unitaria donde el misterio de Dios se revela a lo largo del mismo despliegue de la salvación humana. Lucas ha integrado así la cristología (narración de Jesús: Lc) en un contexto teológico ternario, por no decir trinitario. No ha tenido que escribir una primera obra sobre Dios (historia israelita), porque la encuentra escrita y la emplea como fuente de inspiración y punto de partida: es la Biblia que asume en su versión de los LXX, sirviéndose de ella para escribir los comienzos de la historia de Jesús y de la iglesia (Lc 1-2; Hech 1-5). Su cristología propiamente dicha (Lc), se encuentra así precedida por la teología (Biblia israelita) y seguida por la pneumatología, que se expresa en el mismo despliegue de la iglesia, que aparece así como expresión y presencia de un Jesús ausente (Hech).

(4) El evangelio de Lucas (? evangelios, Q).

Significativamente, Lc no ha empleado la palabra evangelio en su libro sobre Jesús, sino que la emplea sólo en contexto de iglesia (en Hech 15, 7; 20, 24). Eso no es casualidad, sino que responde a su visión de historiador de los orígenes del cristianismo y a su propia forma de entender su trabajo literario, que él introducido de este forma: «Ya muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, conver¬tidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1, 1-4). Lucas conoce la existencia de diversas diéguesis o relatos que narran dentro de la iglesia las cosas (pragmata) que en ella han sucedido desde los mismos orígenes del acontecimiento de Jesús. No rechaza la validez de esos relatos, pero piensa que pueden completar¬se, para expresar así mejor la coherencia (solidez) de la enseñanza cristian¬a. Los relatos anteriores pueden contener buenas historias y enseñanzas de Jesús, pero a juicio carecen de un orden de conjunto. Por eso, Lucas ha querido escribir una nueva diéguesis donde presenta en forma ordenada los acontec¬imientos y enseñanzas de Jesús, tal como han sido testifica¬dos y transmitidos por los primeros misioneros. Según eso, él no inventa, transmite; no crea, organ¬iza y unifica lo transmi¬tido. De esa forma, su relato puede presentarse como un logos (cf. Hech 1, 1), una especie de tratado en dos volúmenes o tomos, como ya hemos visto (? Lucas 1). Lucas no escribe un eu-angelion como Marcos, ni tampoco un libro de genealogía de Jesús como Mateo, sino un relato-tratado de los acontecimientos y palabras relativas a Jesús y a los principios de la iglesia, en dos volúmenes. Sólo cuando la iglesia posterior, a finales del siglo II, ha separado las dos partes, la primera ha podido presentarse como unidad en sí misma, interpretándola a modo de evange¬lio y poniéndola al lado de los otros evangelios (Mc, Mt, Jn)¬.

(5) Jesús y el evangelio.

Más que contenido del evangelio, el Jesús de Lucas aparece como evangelizador. Ciertamente, Lucas conoce el sentido que la palabra evangelio ha tenido dentro de la iglesia. Por eso en Hech 15, 7 ha presentado a Pedro como el primero en extender a los gentiles «la palabra del evangelio» (que aquí significa buena nueva universal del Cristo). Pablo, por su parte, en el sermón de su solemne despedida aparece como aquel que ha dado siempre testimonio «del evangelio de la gracia» (Hech 20, 24). El evangelio pertenece, por tanto, al misterio de la predicación cristiana, asumida por los dos grandes fundadores de la iglesia, como palabra pascual de salvación. Por eso, siendo buen historiador, no ha podido presen¬tar a Jesús hablando de un evangelio, pues esa palabra sólo adquirirá sentido tras la pascua. Pero, al mismo tiempo, el mismo verbo «evangelizar» y el contenido del evangelio ha recibido en Lucas un sentido más extenso, que se abre ya a la iglesia. Ciertamente, siendo fiel a sus propias tradicio¬nes, Lc conserva el verbo eu-angelidsein en los lugares clave de la historia de Jesús (Lc 4, 18; 7, 22; quizá también 16, 16). Pero en otros lugares ese verbo tiende a perder su fuerza mesiánica original (procedente del Segundo Isaías) para tomar el sentido más genérico de anuncio-anunciar. En esta perspectiva es importante el pasaje en que Lucas trasmite un «evangelio del nacimiento», porque nos sitúa en la línea de lo que podríamos llamar el evangelio hele¬nista del culto al emperador, a que alude una inscripción de Priene. El ángel del nacimiento dice a los pastores: «No temáis, os evangelizo una alegría grande… hoy ha nacido para vosotros el salvador (sôtêr), ¬que es el Cristo, Kyrios, en la ciudad de David» (Lc 2, 11). E¬ste sería para Lucas el evangelio estrictamente dicho: el anuncio de la buena noticia del nacimiento del salvador, noticia donde viene a encontrar su centro y plenitud toda la historia de los hombres.

(cf. J. N. ALETTI, El arte de contar a Jesucristo. Lectura narrativa del evangelio de Lucas, Sígueme, Salamanca 1992; H. CONZELMANN, El centro del tiempo. La teología de Lucas, Fax, Madrid 1974; E. RASCO, La teología de Lucas. Origen, desarrollo, orientaciones, AnGreg 201, Gregoriana, Roma 1976).

 

 

Cáritas apoya las marchas en la Semana Contra La Pobreza bajo el lema «No dejemos a nadie atrás»

Cáritas secunda en toda España la intensa agenda de movilizaciones que laAlianza Española Contra la Pobreza y Pobreza Cero convocan en el marco de la Semana contra la Pobreza bajo el lema «No dejemos a nadie atrás ¡Exigimos soluciones basadas en derechos!». Del 14 al 21 de octubre, ciudades y plazas de todo el país acogerán actos y marchas que se celebrarán, como cada año en torno al 17 de octubre, que es el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Con ese motivo, las entidades sociales lanzan a toda la ciudadanía una invitación para que se movilice y demande conjuntamente que se acabe con un modelo de crecimiento que empobrece dentro y fuera de España.

 

Domingo 23 de octubre de 2016, 30º Ordinario, Koinonia

Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. «

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

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La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo: el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 80 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El piadoso y el granuja». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/80-el-piadoso-y-el-granuja

 

 

Una batería de ‘obispos de hierro’ lucha para que la Iglesia española no se modernice

Eldiario.es
Jesús Bastante

  • Una docena de prelados forma la «línea dura» de oposición a las reformas del Papa en la Iglesia española
  • Dirigidos en la sombra por el cardenal Rouco, se encuentran los arzobispos de Burgos, Oviedo, Toledo, Sevilla o Valencia y centran sus ataques en los franciscanos

Durante décadas fue «martillo de herejes y luz de Trento». La  Iglesia española es, junto con la italiana, la más importante a los ojos del Vaticano. Históricamente, sus obispos han seguido a pies juntillas las indicaciones de Roma sin rechistar, especialmente en los momentos en los que la doctrina eclesiástica se tornaba más dura y reaccionaria. El fallecido cardenal Tarancón se lamentaba señalando que los obispos «tenían tortícolis de tanto mirar a Roma». Nada se hacía si no lo decía el Papa. Ahora, sin embargo, ya no es así. Leer más

El Arzobispado de Pamplona crea una crisis en los Scouts Católicos al disolver su asociación navarra

Los problemas comenzaron con la puesta al mando sin consenso de un comisario Se crea una nueva entidad que aún no tiene unos estatutos formados El comisario alude a problemas en la confesionalidad de muchos de los grupos

Leticia de las Heras en Diario de Noticias de Navarra, 12 de Octubre de 2016

El Arzobispado de Pamplona disolvió el lunes la asociación Scout Católicos de Navarra-Euskalerriko Eskautak Nafarroa, formada por nueve grupos, 850 menores y 150 monitores. Se trata de una decisión que comunicó a sus integrantes ese mismo día y que ha creado una crisis interna debido a la situación de incertidumbre y a las discrepancias y la falta de entendimiento que desde algunos grupos observan entre sus bases y el Arzobispado. Leer más

Examen de izquierdas

José Ignacio González Faus

Es tópica la afirmación de que la derecha está siempre unida porque la unen intereses, y la izquierda siempre desunida porque la unen ideales. La imagen vuelve a ser desgraciadamente actual. Pero, para afrontarla mejor, convendría examinar un poco más la identidad de la izquierda.

En realidad, hay dos clases de izquierda. Cabría llamarlas izquierda-Voltaire e izquierda-Marx. La primera es anticlerical, antimonárquica, irónica y simpática; pero profundamente burguesa: recordemos el célebre verso de Voltaire (“lo superfluo ¡tan necesario!”) y su defensa de la esclavitud para que no subiera el precio del cacao. Leer más