Urteko 21. igandea – C – José A. Pagola

ZEIN TOLERANTZIA? – ¿QUÉ TOLERANCIA?

(Lukas 13,22-30)

Tolerantziak leku gailena du gaur egun Mendebalean preziatuak diren bertuteen artean. Inkesta guztiek baiesten dute baieztapena da. Tolerante izatea balore sozial bat da gaur egun, gero eta zabalago aitortua. Gazte-belaunaldiek ezin jasan dute jadanik tolerantzia-falta edota besteekiko begirune-falta.

Ingurumen sozial berri hau ospatu beharra dugu, mendetan barna tolerantzia-eza eta indarkeria bizi izan ondoren, askotan erlijioaren edo dogmaren izenean bizi izana, gainera. Zenbateko eta nolako dardara eragiten duen gaur egun gure kontzientzian Miguel Delibesen El hereje nobela bikaina irakurtzeak!, eta zer gozotasun sentitzen duen gure bihotzak bertan tolerantziari eta pentsaera-askatasunari egiten zaien kantu biziarekin!

Horrek guztiak, ordea, ez digu eragozten «tolerantzia» mota batekin kritiko izatea; bertutea edo gizatar ideala baino gehiago baloreen gaitzespen eta edozein giza egitasmoaren zentzuaz ezaxola denarekin; esaten duenarekin: bakoitzak nahi duen bezala pentsa lezake eta nahi duena egin, gutxi inporta du-eta pertsonak bere biziarekin egiten duenak. «Tolerantzia» hau printzipio argiak falta direnean jaiotzen da, ongia eta gaizkia bereizteko printzipioak falta direnean edota eskakizun moralak lausoturik geratzen direnean edo gutxieneko mailara jaitsi direnean.

Egiazko tolerantzia ez da «nihilismo morala», ezta zinismoa edo axolarik eza ere, gaur egun nabari den baloreen higaduraren aurrean. Besteen kontzientzia begirunez errespetatzea da, giza balore guztiekiko irekitasuna da, gizaki izenak berak duinago aitortzen duen gizakiak egiten duenarekiko ardura. Balore handi bat da tolerantzia, ez egia objektiborik, ez moraltasunik ez dagoelako, baizik eta bi berauetara hurbiltzeko modurik hobena elkarrizketa eta elkarrekiko irekitasuna direlako.

Horrela ez denean, laster gelditzen da tolerantzia delako hori mozorroa galdurik, laster gelditzen da agerian benetan zer den. Tolerante bagina bezala hitz egiten dugu, baina zokoratze eta bereizkeria berriak agertzen dira; guztiekiko begirunea oihukatzen dugu, baina gogaikarri den hura deskalifikaturik eta barregarri uzten dugu. Nola argitu bere burua tolerante oihukatzen duen gizarte batean, xenofobia berriro jaiotzen ikustea edota erlijioso diren guztiekiko iseka janaritzea?

Egiazko tolerantzia bizi den gizartean gizakiarentzat hoberena dena bilatzeko gogoa ageri ohi da. Tolerante izatea elkarrizketa egitea da, guztiek batera bilatzea, etorkizun hobe baten bila jardutea, inor mespretxatu eta zokoratu gabe; halere, ez da erantzukizunik eza, ez da baloreak bertan behera uztea, ez da eskakizun moralak ahaztea. «Ate estutik» delako Jesusen deiak ez du zerikusirik zorrozkeria sumindu eta agorrarekin. Gizakiaren bizitza duinean ageri ohi diren eskakizunak, batzuetan premia handikoak, ahaztu gabe bizitzeko deia da.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)

por Coordinador – Mario González Jurado

 ¿QUÉ TOLERANCIA?

La tolerancia ocupa hoy un lugar eminente entre las virtudes más apreciadas en Occidente. Así lo confirman todas las encuestas. Ser tolerante es hoy un valor social cada vez más generalizado. Las jóvenes generaciones no soportan ya la intolerancia o la falta de respeto al otro.

Hemos de celebrar este nuevo clima social después de siglos de intolerancia y de violencia, perpetrada muchas veces en nombre de la religión o del dogma. Cómo se estremece hoy nuestra conciencia al leer obras como la excelente novela El hereje, de Miguel Delibes, y qué gozo experimenta nuestro corazón ante su canto apasionado a la tolerancia y a la libertad de pensamiento.

Todo ello no impide que seamos críticos con un tipo de «tolerancia» que más que virtud o ideal humano es desafección hacia los valores e indiferencia ante el sentido de cualquier proyecto humano: cada cual puede pensar lo que quiera y hacer lo que le dé la gana, pues poco importa lo que la persona haga con su vida. Esta «tolerancia» nace cuando faltan principios claros para distinguir el bien del mal o cuando las exigencias morales quedan diluidas o se mantienen bajo mínimos.

La verdadera tolerancia no es «nihilismo moral» ni cinismo o indiferencia ante la erosión actual de valores. Es respeto a la conciencia del otro, apertura a todo valor humano, interés por lo que hace al ser humano más digno de este nombre. La tolerancia es un gran valor no porque no haya verdad objetiva ni moral alguna, sino porque el mejor modo de acercarnos a ellas es el diálogo y la apertura mutua.

Cuando no es así, pronto queda desenmascarada. Se presume de tolerancia, pero se reproducen nuevas exclusiones y discriminaciones, se afirma el respeto a todos, pero se descalifica y ridiculiza a quien molesta. ¿Cómo explicar que, en una sociedad que se proclama tolerante, brote de nuevo la xenofobia o se alimente la burla de lo religioso?

En la dinámica de la verdadera tolerancia hay un deseo de buscar siempre lo mejor para el ser humano. Ser tolerante es dialogar, buscar juntos, construir un futuro mejor sin despreciar ni excluir a nadie, pero no es irresponsabilidad, abandono de valores, olvido de las exigencias morales. La llamada de Jesús a entrar por la «puerta estrecha» no tiene nada que ver con un rigorismo crispado y estéril. Es una llamada a vivir sin olvidar las exigencias, a veces apremiantes, de toda vida digna del ser humano.

José Antonio Pagola

21º domingo del T.O. Ciclo C – Koinonía

Isaías 66, 18-21

De todos los países traerán a todos vuestros hermanos

Así dice el Señor: «Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones. Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén -dice el Señor-, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes, y levitas» -dice el Señor-.

Salmo responsorial: 116

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. R.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. R.

Hebreos 12, 5-7. 11-13

El Señor reprende a los que ama

Hermanos: Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos.»

Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?

Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz.

Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.

Lucas 13, 22-30

Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos»;

y él os replicará: «No sé quiénes sois.»

Entonces comenzaréis a decir.

«Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.»

Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.»

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. Alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta, como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del «cuántos» al «cómo» nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan «cuándo» se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando «cómo» prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que atañen al Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.

Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes». En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: «Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta «otra cosa» es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la «puerta estrecha». Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una a la vida y otra a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didajé–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras, lo opuesto a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: «El Señor corrige al que ama…». El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y «volver a entrar»

Pero, ¿porqué camino «ancho» y camino «estrecho»? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió «cuál es su fin», o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada «comunidad» ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: «no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos».

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: «no puedo soportar falsedad y solemnidad» (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús «aléjense de mí, operarios de iniquidad». El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la «puerta estrecha», que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por «esforzarse». Indica una lucha, una especie de «agonía»; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no se reduce aciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción.

 

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/

Domingo 20 ciclo C – José Luis Sicre

FE ADULTA

ECHANDO LEÑA AL FUEGO

Dicen que ha sido la ola de calor más larga desde que existen registros, con incendios en España, Francia, Turquía… En este contexto parece de mal gusto que Jesús se presente como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa. Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división, incluso en el ámbito más íntimo de la familia.

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores, centradas en lo que nosotros debemos hacer, Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan Bautista al pecado: cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva. El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

El ejemplo de Jesús

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.

Reflexión final

Estas lecturas no han sido elegidas para amargarnos las vacaciones, pero nos ayudan a pensar en los que no tienen vacaciones, en los perseguidos por su fe y sus denuncias, como Jeremías; en los que han elegido un duro y peligroso trabajo de médico, enfermero, asistente social, ayudante de cualquier tipo, arriesgando su vida en Gaza, Ucrania, Siria, Sudán, Congo…; en las familias que se han roto porque uno o varios de sus miembros han decidido seguir a Jesús. Podemos hacer algo más útil que protestar del calor: pedir por ellos.

 

José Luis Sicre

 

DOMINGO 20 (C) – Fray Marcos

Mantener la vida supone lucha. También la Vida espiritual exige esfuerzo.

¿Qué clase de fuego trae Jesús al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil entender. Debemos estar muy atentos a la hora de interpretarlas para no llegar a conclusiones descabelladas.

Como armonizar las frases: no he venido ha traer paz, sino guerra, con aquella otra, la paz os doy, mi paz os dejo. No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista, sino del fuego que purifica.

¿Qué paz? 1.- En primer lugar la paz romana, que se consigue con violencia. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Podemos descubrir ejemplos de esta paz en nuestro entorno.

2.- La paz justa es la que se da entre los que dialogan y defienden posturas distintas, pero que saben respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses que puede impedir la guerra. Sería una paz positiva, pero no sería paz.

3.- La paz ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es lucha. Si llegáramos a conseguir esa paz dejamos de vivir, estamos ya muertos.

4.- La paz de Jesús es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser. Esta es la autentica paz. Esta armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con Dios y los demás. Es la consecuencia de descubrir tu verdadero ser.

¿Qué guerra? 1.- La guerra para someter al otro y para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona. Es el fruto del egoísmo más feroz. Surge siempre que utilizamos la superioridad para anular al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.

2.- La guerra que hace el sometido, para salir de su situación. Hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. Todo el evangelio es un canto a la no-violencia. Supera la opresión sin entrar en su misma dinámica.

3.- La guerra que se hace a otro porque es auténtico. Esta guerra no debemos provocarla, pero tampoco debemos temerla. No debemos actuar contra el que me molesta porque es mejor que yo, ni debemos dejar de ser humanos por no molestar.

4.- La guerra que debemos hacernos a nosotros mismos (Pablo). Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Todo lo que potencie el egoísmo debemos combatirlo en nosotros.

Con estos datos, cada uno podrá descubrir, qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar, qué guerra debemos evitar y que “guerra” debemos aceptar como imprescindible. Debemos estar atentos, porque las diferencias son muy sutiles.

En estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo se ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento.

Urteko 20. igandea – C José A. Pagola

(Lukas 12,49-53)

MAITASUNAREN SUA – EL FUEGO DEL AMOR

Beldurra ematen du «maitasuna» hitza ahoskatze hutsak. Hain prostituiturik baitago, non gauzarik hobena eta gauzarik okerrena har baititzake bere baitan, gauzarik bikainena eta gauzarik zekenena. Halaz guztiz, maitasuna da beti bizitza sano ororen iturburu, gugan den alderik hobena esnatuz eta hazaraziz.

Maitasuna falta denean, bizia mugiarazten duen sua falta izaten da. Maitasunik gabe, bizia itzali egiten da, existitu edo begetatu egiten du eta, azkenean, akabatu. Maitasunik ez duena hesitu egiten da eta gero eta gehiago bakantzen. Bere arazoen eta egitekoen munduan nahaspilatzen da zoro bat bezala, sexuaren sarean harrapaturik gelditzen da, eguneroko lanaren errutinan erortzen da: bizia mugiarazten duen motorra falta zaio.

Maitasuna dago Ebanjelioaren bihotzean, ez era estuan bete beharreko lege zorrotz gisa, baizik eta Jesusek Lurrean pizturik ikusi nahi duen «su» bezala, pasibotasuna baino harago, ordenu onaren eskastasuna edo errutina baino harago. Galileako Profetaren arabera, Jainkoa gugandik hurbil dago, maitasuna eta Aitaren zuzentasuna ernearazi, hazarazi eta fruitu emaile bihurrarazi nahi ditu. Jainkoaren presentzia hau ez da mendekuaz mintzo, baizik eta maitasun grinatsuaz eta ahaide arteko zuzentasunaz: Ebanjelioaren alderik funtsezkoena da.

Jesusek mundua Aitaren graziaz eta maitasunez beterik ikusi nahi du. Indar kreatzaile hori legamia-apur bat bezala da: orea legamiatuz joan behar du, mundu osoa sutan jarri behar duen su bizi bilakatu behar du. Jesusek giza familia bat amesten du, maitasunaren eta zuzentasunaren egarriaren bizileku bihurtua. Gizarte bat, guztientzat bizitza duinago eta zoriontsuago baten bila sutsuki dabilena.

Jesusen jarraitzaileen bekatu handia, beti, sua itzaltzen uztea izango da: maitasunaren garraren ordez doktrina erlijiosoa, ordenua edota kultuaren zaintza jartzea; kristautasuna ideologiaz jantzitako abstrakzio bihurtzea; kristautasunaren ahalmen eraldatzailea galtzen uztea. Baina, Jesus ez zen arduratu lehenik eta behin erlijio berri bat antolatzeaz, ezta liturgia berri bat asmatzeaz ere, baizik eta «izaki berri» bat arnastu zuen (P. Tillich), gizaki berri bat jaioarazi zuen, erro-errotik maitasunaren suak eta zuzentasunak mugitua.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-53)

EL FUEGO DEL AMOR

Da miedo pronunciar la palabra «amor». Está tan prostituida que en ella cabe lo mejor y lo peor, lo más sublime y lo más mezquino. Sin embargo, el amor está siempre en la fuente de toda vida sana, despertando y haciendo crecer lo mejor que hay en nosotros.

Cuando falta el amor, falta el fuego que mueve la vida. Sin amor, la vida se apaga, vegeta y termina extinguiéndose. El que no ama se cierra y se aísla cada vez más. Gira alocadamente sobre sus problemas y ocupaciones, queda aprisionado en las trampas del sexo, cae en la rutina del trabajo diario: le falta el motor que mueve la vida.

El amor está en el centro del Evangelio, no como una ley que hay que cumplir disciplinadamente, sino como el «fuego» que Jesús desea ver «ardiendo» sobre la Tierra, más allá de la pasividad, la mediocridad o la rutina del buen orden. Según el Profeta de Galilea, Dios está cerca de nosotros buscando hacer germinar, crecer y fructificar el amor y la justicia del Padre. Esta presencia de un Dios que no habla de venganza, sino de amor apasionado y de justicia fraterna, es lo más esencial del Evangelio.

Jesús contempla el mundo como lleno de la gracia y del amor del Padre. Esa fuerza creadora es como un poco de levadura que ha de ir fermentando la masa, un fuego encendido que ha de hacer arder al mundo entero. Jesús sueña con una familia humana habitada por el amor y la sed de justicia. Una sociedad que busca apasionadamente una vida más digna y feliz para todos.

El gran pecado de los seguidores de Jesús será siempre dejar que el fuego se apague: sustituir el ardor del amor por la doctrina religiosa, el orden o el cuidado del culto; reducir el cristianismo a una abstracción revestida de ideología; dejar que se pierda su poder transformador. Sin embargo, Jesús no se preocupó primordialmente de organizar una nueva religión ni de inventar una nueva liturgia, sino que alentó un «nuevo ser» (P. Tillich), el alumbramiento de un hombre nuevo movido radicalmente por el fuego del amor y la justicia.

José Antonio Pagola

20º domingo del T.O. – Koinonía

Jeremías 38, 4-6. 8-10

Me engendraste hombre de pleitos para todo el país

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: «Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.»

Respondió el rey Sedecías: «Ahí lo tenéis, en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros.»

Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.

Ebedmelek salió del palacio y habló al rey: «Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre, porque no queda pan en la ciudad.»

Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: «Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera.»

Salmo responsorial: 39

Señor, date prisa en socorrerme.

Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito . R.

Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. R.

Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. R.

Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes. R.

Hebreos 12, 1-4

Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos

Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.

Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo.

Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Lucas 12, 49-53

No he venido a traer paz, sino división

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS: 

Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y diferente contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10,38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16,3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra.

Tal vez donde más brilla esa fuerza de la gracia de Dios es en los momentos en que los hombres se parcializan hasta el extremo, y llegan a preferir sus opciones a la misma vida. No en vano Jesús alude al “bautismo” por el que ha de pasar, refiriéndose a la hora de su pasión y cruz. Nunca la división entre los hombres, incluso dentro de una misma familia, llegan a polarizarse tanto. Por eso también es la hora de las opciones más decisivas, que pueden llevar, y han llevado de hecho a muchos cristianos a la gracia del martirio, de seguir al Maestro hasta la hora de la cruz. Hay en nuestra reciente historia eclesial, sobre todo en América Latina, mucha sangre martirial; y es una tremenda ceguera el no saber reconocer ese “signo de los tiempos”. Sin duda ellos son los que más claramente han optado por Jesús, por la verdad esperada del Reino, y por la fraternidad humana soñada y anticipada en su misma vida ordinaria o en sus mejores gestos, como ese final glorioso. Si no hay que vanagloriarse, sí que hay que captar esa señal, y tomar ejemplo de ellos para hacer la misma valiente y radical opción que ellos hicieron con su vida entregada. La parte de la carta a los Hebreos que hoy se proclama está invitando a los lectores a tener el coraje de dar incluso la vida, en esa lucha contra el mal, en seguimiento entusiasta de ese iniciador y consumador de nuestra fe, Jesús el testigo del fuego del amor, el mártir del Reino.

NO DESCUIDÉIS LA VIDA. APUNTES PARA EL CAMINO – Carme Soto Varela

FE ADULTA

lc 12,32-48

El relato evangélico que nos ocupa nos sumerge en una amplia enseñanza de Jesús a su discípulos/as que, quizá, en una primera lectura nos resulte difícil de entender. Pero, si vamos poco a poco escuchando, podemos descubrir algunos de los hilos que tejen el mensaje y encontrarnos, una vez más, con ese horizonte desafiante que es seguir a Jesús.

En esta sección del evangelio, Lucas, une diversas enseñanzas de Jesús con el propósito de ayudar a su comunidad a responderse algunas preguntas que iban surgiendo en su caminar creyente: ¿Cómo mantener viva la utopía del Reino? ¿Qué valores hemos de priorizar en la comunidad? ¿Cómo sostener la esperanza en un mundo a veces hostil y otras indiferente?

Confía y comparte

Lucas y su comunidad saben muy bien que ser discípulo/a de Jesús no consiste en aprender o aceptar una serie de verdades sino adoptar un estilo de vida. Un estilo de vida que, tampoco, se queda en meras prácticas ascéticas, sino que abarca todo lo que son y hacen desde lo más cotidiano hasta lo más excepcional.

Las palabras de Jesús que Lucas recuerda buscan sostener ese estilo y lo hacen invitando a estar atentos/as a no dejarse vencer por el miedo o el desánimo y a ser responsables de no dejar que se apague la esperanza.

Jesús comienza su enseñanza invitando a los discípulos/as a no tener miedo porque Dios-Abba está sosteniendo sus vidas en el camino de seguir encarnando la Buena Noticia del Reino como comunidad y como miembros de una sociedad que no siempre los acoge y los entiende.

Esa confianza en el Dios del Reino se refleja, de forma significativa, para Lucas, en el uso de los bienes. La llamada a desprenderse de lo que se tiene y a repartirlo con quien lo necesita es un imperativo del discipulado. No se trata de ser generoso/a con los pobres sino de vivirse liberado/o de las etiquetas de poder y estatus que suponen la riqueza.

Para la Lucas la gratuidad es un signo de pertenecía a la comunidad no un tema ascético. La llamada es a educar el corazón desde la gratuidad, a mirar al otro/a desde el vínculo que nace de sentirse hermano/a y compañero/a de camino.

Atentos/as y responsables

Seguir a Jesús supone, además, estar siempre atentos/as a la vida, cuidándola e impulsándola. No se trata simplemente de un mandato, aunque sea evangélico, sino de una invitación a hacerse corresponsable en la tarea del Reino.

En esta tarea la recompensa es la acogida mutua, la hospitalidad y la mesa compartida. La invitación es a reorganizar las partencias, a cambiar el honor por el servicio, el tu por el nosotros.  Permanecer ahí no es fácil porque es fácil dejarse arrastrar por el cansancio, el desencanto o el fracaso. 

El desafío es permanecer alentados/as por la esperanza, no dejar que el tiempo haga rutinario el camino o vacío el deseo. El desafío es hacernos cargo de la Buena Noticia del Reino con gratuidad, responsabilidad y pasión.

Vivir el discipulado desde unos “mínimos aceptables” y no desde un horizonte de vida plena y plenificada empequeñecerá cualquier cosa que emprendamos, vaciará de aliento cualquier proyecto y sobre todo, pondrá freno a la Buena Noticia de Dios que es, en definitiva, la a misión que toda/o discípula/o de Jesús nos hemos comprometido.

Carme Soto Varela

DOMINGO 19 (C) T.O. – Fray Marcos

(Lc 12,32-48)

¿De qué Dios nos habla el evangelio? ¿un Padre o un Señor que quiere esclavos?

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos y tesoros en el cielo o que Dios llegará como un ladrón, nos ha alejado del Dios de Jesús. Dios no tiene que venir de ninguna parte, menos como ladrón. Está llamando siempre, pero desde dentro. No puede pretender entrar en nosotros sino aflorar a nuestra conciencia.

No hay que confiar en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe en Él, sino confianza absoluta en lo que de Dios hay en nosotros que nunca podrá rallarnos.

Hay que estar despiertos, no porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que realmente somos y no es fácil de descubrir. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros desde el momento en que ‘decidió’ darse él mismo sin limitación alguna.

A la institución no le interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. Si el Reino-Dios es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. El Reino es el mismo Dios escondido en mí. Los demás valores, deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino-Dios.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me explico con claridad: Dios es un continuo presente, es eternidad. Esa eternidad es el que tengo que descubrir en mí aquí y ahora en el presente.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma, no es un medio para alcanzar algo. Todo lo que proyectamos para el futuro, está ya aquí a nuestro alcance.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando siempre. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Para eso hay que estar despiertos.

Los seguidores de Jesús, todos judíos, fueron incapaces de librarse del Dios del AT. El Dios de los evangelios es un mezcla de ese Dios y de la increíble novedad del Dios Abba que descubrió. Lo preocupante es que después de dos mil años, nosotros nos sentimos más a gusto con aquel Dios justiciero y antropomórfico que con el Dios amor de Jesús.

El Dios de Jesús ni puede castigar por un pasado ni puede prometer nada para un futuro, porque ni tiene pasado ni tiene futuro. Dios es un eterno presente. No tiene ningún sentido preguntarnos si interviene en la historia, porque Él no tiene historia.

Urteko 19. igandea – C – José A. Pagola

Grupos de Jesús

(Lukas 12,32-48)

EZ BIZI LOTAN

Gaur egun mehatxu ditugun arriskuetako bat azaleko bizierara jotzea dugu, bizitza mekanikora, ohikeriazkora, masa-tankerakora. Ez da erraza ihes egitea. Urteak joan ahala, jende askoren egitasmoak, helmugak eta idealak itzali egiten dira. Ez jende gutxi jaikitzen da egunero «biziraute» hutserako.

Non aurki genezake gizatasun-emaile den printzipiorik, alienazio-suntsitzaile denik edota azalkeriatik, masifikaziotik, nahasmendutik, barne hustasunetik libera gaitzakeenik?

Harrigarria da zenbat azpimarratzen duen Jesusek zain-zain bizitzea. Esan daiteke ezen fedea zaintza-jarrera bezala, adi bizitze bezala, ulertzen duela: gizon-emakume asko dominatzen duen eta bizitzan helbururik eta helmugarik gabe bide egiten dugun zentzu-gabeziatik liberatzen gaituen zain-zain bizitze bezala hartzen duela fedea.

Fedea familia-tradizio bezala, ondare bat edo ohitura bat gehiago bezala, bizitzera ohiturik gaude; hartara, zail gertatzen zaigu fedeak duen indarra aurkitzea, dela gu gizatarrago bihurtzeko, dela geure bizitzari zentzu berri bat emateko. Horregatik, tristura ematen du erreparatzeak ezen aski gizon-emakumek bertan behera uzten duela era inkontzientean eta erantzukizun koxkorrez bizi izan duen fedea; guztia, jarrera sinesgabe bat hartzeko, lehenago bizi izan duen jarrera bezain inkontzientea eta erantzukizun koxkorrekoa hartzeko.

Jesusek adi eta zain bizitzeko egin digun deiak esna bizitzera gonbidatzen gaitu: ezaxolatik esnatzera, pasibotasunetik esnatzera, geure fedea sarritan bizi ohi dugun ardura-gabeziatik esnatzera. Fedea era buru-argiagoaz bizi nahi badugu, sakonago ezagutu beharra dugu, bizitzaren aurrean posible diren beste jarrera batzuekin konparatu beharra, eskertu eta bere ondorio guztiekin bizitzen saiatu beharra.

Orduan gure jarduera-irizpideak arnasten dituen argi izango da fedea, gizarte gizatiarragoa eraikitzeko konpromisoa eragingo duen indarra, gure eguneroko bizitza animatuko duen esperantza.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarai

19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

NO VIVIR DORMIDOS

Uno de los riesgos que nos amenazan hoy es caer en una vida superficial, mecánica, rutinaria, masificada… No es fácil escapar. Con el pasar de los años, los proyectos, las metas y los ideales de mucha gente terminan apagándose. No pocos terminan levantándose cada día solo para «ir tirando».

¿Dónde encontrar un principio humanizador, desalienante, capaz de liberarnos de la superficialidad, la masificación, el aturdimiento o el vacío interior?

Es sorprendente la insistencia con que Jesús habla de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sinsentido que domina a muchos hombres y mujeres, que caminan por la vida sin meta ni objetivo alguno.

Acostumbrados a vivir la fe como una tradición familiar, una herencia o una costumbre más, no somos capaces de descubrir toda la fuerza que encierra para humanizarnos y dar un sentido nuevo a nuestras vidas. Por eso es triste observar cómo bastantes hombres y mujeres abandonan una fe vivida de manera inconsciente y poco responsable para adoptar una actitud increyente tan inconsciente y poco responsable como su postura anterior.

La llamada de Jesús a la vigilancia nos llama a despertar de la indiferencia, la pasividad o el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Para vivirla de manera lúcida necesitamos conocerla con más profundidad, confrontarla con otras actitudes posibles ante la vida, agradecerla y tratar de vivirla con todas sus consecuencias.

Entonces la fe es luz que inspira nuestros criterios de actuación, fuerza que impulsa nuestro compromiso de construir una sociedad más humana, esperanza que anima todo nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

19 Domingo T.O. – Ciclo C – Koinonía

Sabiduría 18, 6-9

Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti

La noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres,

para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban.

Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables,

pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.

Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada:

que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

Salmo responsorial: 32

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. R.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R.

Hebreos 11, 1-2. 8-19

Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios

Hermanos: La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve.

Por su fe, son recordados los antiguos.

Por fe, obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.

Por fe, vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas -y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa-, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.

Por fe, también Sara, cuando ya le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía.

Y así, de uno solo y, en este aspecto, ya extinguido, nacieron hijos numerosos- como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.

Con fe murieron todos éstos, sin haber recibido lo prometido; pero viéndolo y saludándolo de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra.

Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues, si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver.

Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.

Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad.

Por fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac; y era su hijo único lo que ofrecía, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia.»

Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para hacer resucitar muertos.

Y así, recobró a Isaac como figura del futuro.

Lucas 12, 32-48

Estad preparados

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?»

El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?

Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Primera Lectura

Con la superación de la vieja «arqueología bíblica» y el advenimiento, a finales del siglo pasado, de una arqueología verdaderamente «científica», hoy día ya parece que estamos en condiciones de admirar la genialidad del pueblo de Israel al dotarse de aquella tradición religiosa, en el Reino del Norte, más que en Judá, que vinculaba sus orígenes a una identidad incluso étnica, racial, venida de fuera de «Canaán», con quien nada tendrían que ver. Israel provendría de una liberación espectacular liderada por Dios en el mayor de los enemigos políticos de aquellos tiempos, el poderoso Egipto. (Hay mucha literatura, científica pero muy accesible, sobre este nuevo paradigma arqueológico bíblico, con autores como Finkelstein, o Liverani, que recomendamos vivamente).La participación en un mismo «sacrificio» simbolizaba en aquel tiempo la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La idea pagana de los sacrificios ofrecidos a la divinidad es común en el universo religioso de la antigüedad. La celebración pascual les recordaba que Dios no cesaba de «elegir a su pueblo» entre los justos, y de «castigar a los impíos».

Por eso aquella noche mítica de la liberación pascual en Egipto tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios habría hecho a sus padres: que desde entonces Israel sería un pueblo libre, consagrado al Señor. Y aquella «primera cena» del cordero pascual serviría de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo «sacrificio» simbolizaba en aquel tiempo la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La idea pagana de los sacrificios ofrecidos a la divinidad es común en el universo religioso de la antigüedad. La celebración pascual les recordaba que Dios no cesaba de «elegir a su pueblo» entre los justos, y de «castigar a los impíos».

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige –y no a los otros–, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos, y da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, http://www.tiempoaxial.org;  también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor, que tiene muchas publicaciones en línea).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa, porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá fracasar el designio de Dios.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del rico necio del domingo anterior. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presenta el texto, y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con la que inicia el texto no debería de omitirse: “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, que tanto gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no ya de manera inminente, como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes 4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la Iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tiene estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia que tiene Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir («ya, pero todavía no»). De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de aquellos cuidados y bienes de este mundo que nos dificulten la entrega gozosa y apasionada a la Causa del Reino, que es precisamente Causa del «Buen vivir»… No olvidemos esa definición teológica del Reino de Dios que dice: «Ubi Bonum, ibi Regnum».

Parte del evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 105 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Un cielo nuevo y una nueva tierra». El guión y su guión y su comentario puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/1o5-un-cielo-nuevo-y-una-nueva-tierra/