Urteko 21. igandea / Domingo 21 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Joan 6,601-69)

Evangelio del 26/agosto/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

GALDERA ERABAKITZAILEA

Joanen ebanjelioak Jesusen jarraitzaileen arteko krisi handi baten oroitzapena gorde du. Ez dugu daturik, esateko. Soilik esan digu, ikasleei gogor gertatzen zitzaiela Jesusen hitz egiteko modua. Agian, gehiegizkoa iruditzen zaie eskatzen dien atxikimendua. Halako batean, «Jesusen ikasle askok atzera egin zuen eta orduz gero ez ziren ibiltzen harekin».

Lehenengo aldiz sentitu du Jesusek bere hitzek ez dutela nahi bezalako indarrik. Halere, ez du atzera egin, baizik eta are indartsuago baietsi ditu bere hitzak: «Esan dizkizuedan hitzak espiritu dira eta bizi. Halaz guztiz, zuetako batzuek ez dute sinetsi». Haren hitzek gogorrak direla ematen dute; alabaina, bizia dakarte, biziarazi egiten dute, Jainkoaren Espiritua baitute berekin.

Jesusek ez du bakea galdu. Ez da larritu porrota dela eta. Hamabiei hitz eginez, galdera erabakitzailea egin die: «Zuek ere alde egin behar al duzue?». Ez ditu behartu nahi berarekin gelditzera. Aske ikusi nahi ditu erabakitzeko. Ez du nahi bere ikasleak jopu izatea, baizik adiskide. Nahi badute, itzul daitezke nor bere etxera.

Beste behin, guztien izenean erantzun dio Pedrok. Eredugarria da erantzuna. Egiatia, apala, zentzuduna, Jesus aski ezagutzen duen batena, hura bertan behera ez uzteko. Pedroren jarrera lagungarri izan daiteke gaur egun ere, fedea koloka izanik fede oro utzi ala ez pentsatzen ari direnentzat.

«Jauna, norengana joko dugu?». Ez da zentzuzkoa Jesus bertan behera uztea edozein eratan, maisu hoberik eta konbentzigarriagorik aurkitu gabe. Jesusi jarraitu ezean, nori jarraitu ez dakitela geldituko dira. Ez da zertan jokatu zalapartaka. Ez da on bizitzan argirik eta gidaririk gabe gelditzea.

Errealista da Pedro. Gauza ona ote da Jesus bertan behera uztea, esperantza konbentzigarriagorik eta erakarleagorik aurkitu gabe? Aski ote da haren ordez bizieran beheiti egitea, kasik jomugarik eta horizonterik gabe? Hobe ote da galderarik gabe bizitzea, inolako planteamendurik eta bilatzerik gabe?

Bada Pedrok ahaztu ez duen beste zerbait: «Zuk, betiko bizirako hitzak dituzu». Sumatu du ezen Jesusen hitzak ez direla hitz hutsal eta engainagarri. Jesusen ondoan beste modu batean agertu zaie bizitza. Haren mezuak betiko bizira begira jarri ditu. Non aurki lezakete Berri hoberik Jainkoaz?

Pedro, azkenik, oinarrizko esperientziaz gogoratu da. Jesusekin bizitzean, hura Jainkoaren misteriotik datorrela aurkitu du. Urrunetik, urrutitik, axola-ezetik edo arduragabekeriatik ezin antzeman zaio Jesusek bere baitan duen misterioari. Hamabiek hurbileko tratua izan dute Jesusekin. Horregatik esan ahal dute: «Guk, sinesten dugu eta badakigu zu Jainkoaren Santua zarela». Jesusen inguruan jarraituko dute.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain


B (Joan 6,601-69)

Evangelio del 26/agosto/2018

PREGUNTA DECISIVA

El evangelio de Juan ha conservado el recuerdo de una fuerte crisis entre los seguidores de Jesús. No tenemos apenas datos. Solo se nos dice que a los discípulos les resulta duro su modo de hablar. Probablemente les parece excesiva la adhesión que reclama de ellos. En un determinado momento, «muchos discípulos se retiraron y ya no iban con él».

Por primera vez experimenta Jesús que sus palabras no tienen la fuerza deseada. Sin embargo no las retira, sino que se reafirma más: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida, pero algunos de vosotros no creen». Sus palabras parecen duras, pero transmiten vida, hacen vivir, pues contienen Espíritu de Dios.

Jesús no pierde la paz. No le inquieta el fracaso. Dirigiéndose a los Doce les hace la pregunta decisiva:«¿También vosotros queréis marcharos?». No los quiere retener por la fuerza. Les deja la libertad de decidir. Sus discípulos no han de ser siervos, sino amigos. Si quieren, pueden volver a sus casas.

Una vez más, Pedro responde en nombre de todos. Su respuesta es ejemplar. Sincera, humilde, sensata, propia de un discípulo que conoce a Jesús lo suficiente como para no abandonarlo. Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe.

«Señor, ¿a quién iríamos?». No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente. Si no siguen a Jesús, se quedarán sin saber a quién seguir. No han de precipitarse. No es bueno quedarse sin luz ni guía en la vida.

Pedro es realista. ¿Es bueno abandonar a Jesús sin haber encontrado una esperanza más convincente y atractiva? ¿Basta sustituirlo por un estilo de vida rebajada, sin apenas metas ni horizonte? ¿Es mejor vivir sin preguntas, planteamientos ni búsqueda de ninguna clase?

Hay algo que Pedro no olvida: «Tus palabras dan vida eterna». Siente que las palabras de Jesús no son palabras vacías ni engañosas. Junto a él han descubierto la vida de otra manera. Su mensaje les ha abierto a la vida eterna. ¿Dónde podrían encontrar una noticia mejor de Dios?

Pedro recuerda, por último, la experiencia fundamental. Al convivir con Jesús ha descubierto que viene del misterio de Dios. Desde lejos, a distancia, desde la indiferencia o el desinterés no se puede reconocer el misterio que se encierra en Jesús. Los Doce lo han tratado de cerca. Por eso pueden decir: «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Seguirán junto a Jesús.

José Antonio Pagola

 

Domingo 21º ordinario 26 de agosto – Koinonía

Jos 24,1-2a.15-17.18b: Serviremos al Señor, él es nuestro Dios
Salmo 33: Gusten y vean qué bueno es el Señor
Ef 5,21-32: Es éste un gran misterio
Jn 6,60-69: Tú tienes palabras de vida eterna

Juan 6, 60-69

¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. «Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Josué organiza la gran asamblea de Siquem, como la reunión constitutiva del pueblo de las tribus. Es el punto de partida de un movimiento nuevo que arranca del Éxodo. El pueblo debe aceptar su nueva identidad teológica, social, cultural. Es fundamental identificar al Dios del Éxodo: el que ve la opresión del pueblo, el que oye el griterío de dolor y conoce sus sufrimientos, el que está decidido a bajar para librarlo del poder de los opresores (Ex 3,7-8). El Dios de sus Padres, el Dios de la Historia.

Las tribus proceden de diferentes orígenes culturales, religiosos, étnicos, pero ahora se aglutinan, gracias a la fe en este Dios del éxodo, en un solo pueblo: Israel. Es la teología, la fe en Yahvé y no la sangre quien los compacta para una alianza tribal.

El corazón de esta alianza tribal es la fe común en este Dios de los pobres. Pero supone también, identificar a los dioses «extraños» a los dioses cananeos y egipcios, imágenes corrompidas de Dios, que generan esclavitud y muerte: un sistema de impuestos, una vida de esclavos, una religión opresora. Cambiar esos dioses por el Dios del Éxodo, fundando una sociedad de leyes para la vida, de reparto de la tierra, de culto nuevo basado en la pascua es el tema central de esta gran asamblea de Josué en Siquem.

Las tribus de Israel hacen un pacto de amor con este Dios de los pobres. Unos desposorios, como nos insinúa la carta a los Efesios. «Una Iglesia dócil al Mesías» «para hacerla radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada parecido».

Las palabras de Jesús chocan con la mentalidad vigente. Hace veinte siglos parecía inadmisible que una persona pudiera comunicar un mensaje tan exigente y tan liberador. Hoy, seguimos en el mismo plan: tratamos de endulzar las palabras de Jesús para que no hieran nuestros prejuicios. Con frecuencia queremos convertir la palabra de Jesús en el ejercicio de un conjunto de ritos. Pero, la palabra de Jesús nos desestabiliza, nos desquicia y nos lleva a cuestionar la vida diaria. A veces, incluso, decimos como los discípulos. «Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso? No obstante, si queremos seguir a Jesús, la única respuesta posible es un «sí» rotundo, un «amén» decidido y generoso. Queremos seguirlo y queremos ser como él. No deseamos contentarnos con los laureles que nos ofrece el mundo, sino que anhelamos caminar con el Nazareno la difícil y tortuosa vía del pueblo de Dios en la historia.

¡Qué útil sería examinar nuestras eucaristías…! ¿Generan un «movimiento de Jesús» en dirección hacia la Utopía solidaria de lo que Él llamaba Reino? ¿Van cambiando nuestro modo de pensar y actuar? ¿Nos hacen capaces de identificar las otras presencias del Dios entre los desheredados de la vida? El mismo Jesús, en cuya boca Juan puso estas palabras: «Yo soy el Pan de Vida», según Mateo también dijo: «tuve hambre y me diste de comer, cada vez que lo hicieron con mis hermanos más pequeños, era conmigo mismo con quien lo estaban haciendo» (Mt 25,35).

Completamos nuestra reflexión con palabras de José Antonio Pagola que continúan las que citábamos la semana pasada, sobre la forma actual de celebrar la Eucaristía: Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?

¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?

Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa, sino contribuir a la conversión a Jesucristo.

El evangelio de este domingo no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil. Pero puede echarse mano de cualquiera de los que se refieren a la eucaristía, por ejemplo los referidos a la última cena (109, 110 y 111), que pueden ser tomados dehttp://radialistas.net/category/un-tal-jesus

 

El que come mi carne – Fray Marcos

(Prov 9,1-6) “Los inexpertos que vengan, voy a hablar a los faltos de juicio”.

(Ef. 5,15-20) “No os emborrachéis con vino, sino dejaros llenar del Espíritu”.

(Jn 6,51-59) “Yo vivo por el Padre y el que me coma vivirá por mí”.

El concepto “Vida” aplicado a Dios es una metáfora. Dios es, para Jesús y para nosotros, infinitamente más de lo que podemos expresar con “vida”.

El evangelio del hoy no solo es continuación del domingo pasado, sino que se repite el último versículo para que no perdamos el hilo. Ya dijimos que todo el capítulo está concebido como un proceso de iniciación. Partiendo del pan compartido, ha ido progresando hasta la oferta definitiva de hoy. Después de esa oferta ya no queda más alternativa: o seguir a Jesús o abandonar la empresa y seguir cada uno el camino de su ego.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Para los judíos del tiempo de Jesús el ser humano era un bloque monolítico, ni siquiera tenían un término para designar lo que nosotros llamamos alma sin el cuerpo o cuerpo sin el alma. Hablar de carne era hablar de la persona entera. Esa carne es su misma realidad humana, no la carne física separada. Para un judío la idea de comer (masticar) la carne de otro era sencillamente repugnante, porque significaba que se tenía que aniquilar al otro para hacer suya la sustancia vital del otro.

Si no coméis la carne de este Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Jesús, en vez de intentar suavizar su propuesta, la hace aún más dura; porque si era ya inaceptable el comer la carne, fijaros qué tendría que suponer para un judío la sola idea de beber la sangre, que para ellos era la vida, propiedad exclusiva de Dios, con prohibición absoluta de comerla. Jesús les pone como condición indispensable para seguirle que coman su carne y beban su sangre. Jn insiste en que eso que les repugna es lo que deben hacer con Jesús. Apropiarse de su energía, hacer suya  su misma vida.

Debemos tener muy en cuenta que en este capítulo se habla de “carne”, pero en todas las referencias a la eucaristía de los sinópticos y de Pablo se habla de “cuerpo”. Para nosotros los dos términos son intercambiables, pero para la antropología judía eran aspectos muy diferentes. Carne es el aspecto más bajo del hombre, la causa de todas sus limitaciones. Cuerpo, por el contrario, significa el aspecto humano que le permite establecer relaciones; sería el sujeto de todos los verbos: yo, tú, él… Es la persona, el yo como posibilidad de enriquecerse o empobrecerse en sus relaciones con los demás seres humanos.

La cultura griega introdujo un concepto que no existía en la mentalidad judía. Al entender “cuerpo” como la parte física hemos tergiversado la comprensión del sacramento de la eucaristía. Para ser fieles al relato evangélico tendríamos que traducir: “esto en mi persona, esto soy yo”. Sin olvidar que lo  esencial no es lo que dijo, sino lo que hizo. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En esto coinciden los tres sinópticos. No se trata de un pan cualquiera, sino de un pan tomado, eucaristizado, partido y repartido. Después de hacer eso Jesús queda identificado con ese pan que se parte y se reparte.

Al hablar de “carne” Jn está en otra dinámica. Trata de decirnos que lo que tenemos que hacer nuestro de Jesús es su parte más terrena, la realidad más humilde y baja de su ser. Tenemos que imitar lo que él es en la carne pero gracias al Espíritu. Sin duda está pensando en el significado más profundo de la encarnación, a la que Jn da tanta importancia.

En la concepción falseada de “cuerpo” no hay ninguna diferencia entre el cuerpo y la sangre, porque la sangre es también cuerpo. Pero si hacemos la distinción adecuada, resulta que son dos signos diferentes. El primero hace referencia a la persona en su vida normal de cada día. El segundo, sangre, hace referencia a la vida. En efecto, cuando la sangre se escapa por la herida la vida también desaparece. Cuando Jesús dice que tenemos que comer su cuerpo y beber su sangre está diciendo que tenemos que apropiarnos de su persona y de su viva. La prueba de que está hablando de símbolos y no de palabras que hay que tomar al pie de la letra está en que, unas líneas más abajo, nos dice: “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada”.

El comer y el beber son símbolos increíblemente profundos de lo que tenemos que hacer con la persona de Jesús. Tenemos que identificarnos con él, tenemos que hacer nuestra su propia Vida, tenemos que masticarlo, digerirlo, asimilarlo, apropiarnos de su sustancia. Esta es la raíz del mensaje. Su Vida tiene que pasar a ser nuestra propia Vida. Solo así haremos nuestra la Vida de Dios. Lo que Jesús les dice es, precisamente, lo que hiere su sensibilidad. No se trata de la biología, ni en Jesús ni en nosotros. Se está hablando de la VIDA de Dios.

Por activa y por pasiva insiste Jesús en la necesidad de comer su carne y beber su sangre. El que come mi carne… tiene vida definitiva. Si no coméis la carne… no tendréis vida en vosotros. Si hemos comprendido de qué Vida está hablando, descubriremos lo que significa: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Es comida y es bebida porque alimentan la Vida. La Vida verdadera no es la biológica. Esto fue difícil de aceptar para ellos y sigue siendo inaceptable para nosotros. A continuación lo explica un poco mejor.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Cuando nos referimos a la eucaristía nos fijamos en la segunda parte de la proposición, “yo recibo a Jesús y Jesús está en mí”, pero olvidamos la primera. Pero resulta que lo primero y más importante es que “yo esté en él”. De nosotros depende hacernos, como, Jesús pan partido para dejar que nos coman. Estamos muy acostumbrados a considerar la “gracia” como consecuencia automática de unos ritos, sin darnos cuenta que en la vida espiritua­l no puede haber automatismo.

Como a mí me envió el Padre que vive y así yo vivo por el Padre, también aquel que me come vivirá por mí. Una vez más hace referencia al Padre. El designio de Dios es comunicar Vida a Jesús y a nosotros. La actitud del que se adhiere a Jesús debe ser la misma que él tiene hacia su Padre: recibir la Vida y comunicarla a los demás. Jesús nos está pidiendo que hagamos con él lo que él mismo ha hecho con su Padre. Al hacer nuestra su Vida, hacemos nuestra la misma Vida de Dios. Cuando Jesús dijo: “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando cuál es la meta de todo ser humano. Esa identificación con Dios.

Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; quien come pan de este vivirá para siempre. Una y otra vez se repite la idea, señal de la importancia que el evangelista quiere darle. Seguramente la polémica seguía con los judíos que no acababan de aceptar el significado de Jesús. Al evangelista lo que le interesa es dejar claro el sentido de la adhesión a Jesús. Existen dos panes bajados del cielo (venidos de Dios), uno espiritual, su persona; otro material, el maná.

La eucaristía, el discurso del pan de vida y el lavatorio de los pies están conectados, pero cada uno tiene un matiz diferente que ayuda a entender la realidad a la que hacen referencia. La eucaristía resalta el aspecto de entregarse a los demás. El discurso del pan de vida acentúa el aspecto de alimento de la verdadera Vida y la necesidad de descubrir ese alimento en la carne, es decir, en lo perceptible de Jesús. En el lavatorio de los pies se resalta el aspecto de servicio a los demás. Lavar los pies era una tarea de esclavos. El servicio a los demás (diaconía) es la clave para entender la nueva comunidad.

 

Meditación

Una misma Vida atraviesa a Dios, a Jesús y a todo ser humano.

No son vidas distintas que se suceden, sino la misma y única VIDA.

La tarea fundamental de todo ser humano

es nacer a esa Vida que se le ofrece gratuitamente,

aunque para ello tenga que morir

a todo lo que signifique egoísmo e individualidad.

 

 

Urteko 20. igandea / Domingo 20 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Joan 6,51-58)

Evangelio del 19/agosto/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

JESUS GURE JANARI

Joanen kontakizunaren arabera, juduek beste behin, gauza fisiko eta materialez harago joan ezinik, eten egin diote hitza Jesusi, honek darabilen hizkuntza oldarkorraz eskandalizaturik: «Nolatan ematen ahal digu honek bere haragia jateko?». Jesusek ez du atzera egin, baizik eta eduki sakonago bat eman die bere hitzei.

Haren adierazpenaren muinak bide ematen digu, lehen kristau-elkarteek eukaristia ospatzean bizi ohi zuten esperientzian murgiltzeko. Jesusen arabera, ikasleek, beragan sinetsi ez ezik, janari eta elikagaitzat hartu behar dute bera. Eukaristia funtsezko esperientzia da Jesusen jarraitzaileentzat.

Segidako hitzek hitz horien funtsezko eta ezinbesteko izaera azpimarratzen dute: «Nire haragia benetako janaria da eta nire odola benetako edaria». Ikasleek, Jesus janaritzat hartzen ez badute, gauza asko egin eta esan ahalko dituzte, baina ezin ahaztuko dira haren hitz hauez: «Ez duzue bizirik izango zeuen baitan».

Geure baitan bizia ukan ahal izateko, Jesus janaritzat hartu beharra dugu, haren bizi-arnasaz elikatu beharra, haren jarrera eta haren bizi-irizpideak barneratu beharra. Hauxe da eukaristiaren sekretua eta indarra. Harekin bat egiten dutenek eta Aitarekiko haren grinaz eta Aitaren seme-alabekiko Aitaren maitasunaz elikatzen direnek bakarrik ezagutzen dute hori.

Jesusen hizkuntzak indar adierazkor handia du. Bera janaritzat hartzen dakienari, promes hau egin dio: «Nigan du horrek bizilekua eta nik horrengan». Eukaristiaz elikatzen denak sentitzen du, Jesusekiko bere erlazioa ez dela kanpoko edo azaleko zenbait. Jesus ez da kanpotik imitatzen dugun bizi-eredu bat. Barnetik janaritzen du gure bizitza.

Jesus geure «bizileku» izatearen eta gu Jesusen «bizileku» izaten uztearen esperientzia honek errotik eralda dezake gure fedea. Bien arteko truke horrek, hitzez nekez adierazi den elkartasun estu horrek, eratzen du ikasleak Jesusekin duen erlazioa. Horretan datza Jesusi jarraitzea, haren bizi-indarra sostengu dugula.

Jesusek eukaristian ikasleei eskualdatzen dien bizia, Aitagandik, bizi betearen Iturburu agorrezin den harengandik, berak hartu duen bizia da. Gure hiltze biologikoaz galtzen ez den bizia da. Horregatik ausartu da Jesus bereei promes hau egitera: «Ogi hau jaten duena betiko biziko da».

Dudarik gabe, kristau-fedearen krisiaren seinalerik larriena, gure artean, igandeko eukaristia modu jeneralizatuan alde batera utzi izana da. Jesus maite duenarentzat mingarria da behatzea, nola ari den eukaristia bere erakarmen-indarra galtzen. Baina are mingarriagoa da ikustea, erreakzionatzera ausartu gabe bizi dugula Elizatik gertaera hau. Zer dela eta?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Joan 6,51-58)

Evangelio del 19/agosto/2018

ALIMENTARNOS DE JESÚS

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Jesús no retira su afirmación, sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en los seguidores de Jesús.

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: «No tendréis vida en vosotros». Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él le hace esta promesa: «Ese habita en mí y yo en él». Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

Esta experiencia de «habitar» en Jesús y dejar que Jesús «habite» en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirlo sostenidos por su fuerza vital.

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre, que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: «El que coma de este pan vivirá para siempre».

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?

José Antonio Pagola

 

Domingo 20º ordinario 19 de agosto – Koinonía

Prov 9,1-6: Vengan a comer pan y vino
Salmo 33: Gusten y vean qué bueno es el Señor
Ef 5,15-20: Dense cuenta de lo que el Señor quiere
Jn 6,51-58: Mi carne es verdadera comida, mi sangre verdadera bebida

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Esta primera lectura de hoy es como un anuncio de lo que Jesús, sabiduría del Padre, va a decir en el evangelio que leemos en este domingo. Jesús, Sabiduría encarnada, ha preparado para nosotros su banquete, ha mezclado el vino, y ha puesto la mesa eucarística, y despacha a sus evangelizadores a todos los sitios a invitar a las gentes a su Eucaristía. Y nos sigue diciendo a todos nosotros: «vengan a comer mi pan». El pan y el vino que la sabiduría ofrece, son el pan y el vino que nos ofrece Jesucristo, Sabiduría eterna, son su Cuerpo y su Sangre. En estos pocos renglones es fácil descubrir la figura de Cristo. La Sabiduría es figura y representación del Hijo de Dios. En el evangelio de San Mateo (22,4) se leen unas palabras de Jesús muy parecidas a estas: «»vengan, que mi banquete está preparado». Este banquete es para todos, para sabios e ignorantes, para prudentes e imprudentes. Es lo que dirá San Bernardo: «si eres imprudente, acércate al que es Fuente de toda Sabiduría, y El te dará la prudencia que necesitas». Para algunos parece que la vida no nos hubiera enseñado nada. Como que no somos capaces de sacar lecciones de nuestras amargas experiencias. No saber sacar lecciones provechosas de las experiencias de la vida es la «inexperiencia». La lectura de hoy nos invita a dejar la inexperiencia y a adquirir la «prudencia», que es la virtud por medio de la cual cuando tenemos que escoger entre dos cosas, escogemos la que mejor nos aproveche para nuestra vida. Los entendidos dicen que por inexperiencia se entiende aquí el no saber gobernar y dirigir la propia vida.

En la segunda lectura de hoy encontraremos una frase muy parecida a esta que acabamos de comentar en el libro de los Proverbios, cuando la carta a los Efesios nos invita a no ser insensatos, sino sensatos. Este texto distingue tres exhortaciones. La primera se concreta en una doble llamada a aguzar la inteligencia para orientar la propia vida como corresponde al momento especial que se está viviendo y que, por el hecho mismo de poder vivirlo es de suyo el mejor. Lo que debe preocupar al cristiano es en realidad saber en cada momento, y en medio de la maldad dominante, qué es lo que Dios quiere realmente de él. La segunda exhortación es concreta: no emborracharse. Refleja las llamadas de los sabios a tener cuidado con el vino, pero también puede ser que se piense en los cultos paganos a Dionisios, donde el vino era el medio para unirse más estrechamente a la divinidad. Por último, la exhortación es a la alabanza, que el creyente debe dirigir siempre a Dios Padre en nombre del Hijo y a impulsos del Espíritu, y con sentimientos de gratitud por todos sus dones.

Juan desarrolla el tema de la «incomprensión» para adentrarnos de forma didáctica en el conflicto entre los practicantes de la religión judía y los cristianos. La eucaristía desató sospechas entre israelitas, romanos y griegos. No podían entender como una comunidad de creyentes podían celebrar con gozo y entusiasmo la muerte de su Señor y Maestro. Sin embargo, lo que en realidad no entendían era el misterio pascual. Jesús había resucitado, superando el cerco de una muerte violenta e injusta, y ahora vivía en medio de sus seguidores. Él se había convertido en principio de vida para aquellos que yacían inermes bajo la opresión de una religión agobiada por un sinnúmero de preceptos o por una religión que adoraba al déspota de turno. La presencia de Jesús liberaba a sus seguidores del caos informe de religiones mistéricas que abundaban en el mundo antiguo y de las rígidas disposiciones de una religión étnica.

Jesús era el pan vivo, bajado del cielo, para alimentar a una muchedumbre que añoraba una vida de paz y plenitud. Para ellos la verdad no residía en un sistema abstracto de proposiciones o en la adecuación lógica de la ideología a la realidad. Para ellos la verdad era una praxis de vida que transformaba al ser humano y lo habilitaba para vivir en comunión con sus congéneres y con el universo.

Hace unos meses, José Antonio Pagola, reconocido especialista en cristología, publicaba estas reflexiones en torno a la eucaristía:

Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.

Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?

La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva solo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?

Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?

Reflexiones para hacernos pensar a todos, principalmente a los responsables de la inmovilidad de la liturgia de la Iglesia.

El evangelio de este domingo no está dramatizado en ninguno de los 144 episodios de la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil. Pero puede echarse mano de cualquiera de los que se refieren a la eucaristía, por ejemplo los referidos a la última cena (109, 110 y 111), que pueden ser tomados dehttps://radialistas.net/category/un-tal-jesus/

 

Yo soy el pan de vida – Fray Marcos

(Re 19,4-14) con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y noches.

(Ef. 4,30-5,2) “Sed imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor.”

(Jn 6,41-52) “Yo soy el pan de vida. El que coma este pan, vivirá para siempre.”

 

En la “carne” de Jesús debemos descubrir lo divino. Dios es encarnación y está encarnando siempre y en todo.

Seguimos en el capítulo 6 del evangelio de Juan. Aumenta la tensión entre los judíos y Jesús. A medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y ellos creen entender lo que quiere decir, se hace más insoportable su mensaje. La propuesta sigue siendo la misma, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido de los rabinos y lo que Jesús les quiere trasmitir. Recordemos que el balance final no puede ser más desolador; de los cinco mil quedaron doce, y uno es Judas.

Lo criticaban porque había dicho: yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Bajar del cielo es una de las claves para comprender a Jesús en este evangelio. Siguen las alusiones al AT. “Criticaban” es el mismo verbo que la versión de los LXX utiliza para hablar de las murmuraciones en el desierto. Los israelitas murmuraron contra Moisés en el desierto por no darles de comer como comían en Egipto. Les recuerda que el pueblo estuvo contra Moisés en los momentos difíciles. Aquellos no confiaron en Moisés  y estos no confían en él.

¿No es este el hijo de José? En los sinópticos hacen el mismo comentario los vecinos de su pueblo. El mayor obstáculo para acercarse a Jesús es conocerlo demasiado. Para su mentalidad, que no superaba la idea del dios antropomórfico, la lógica es aplastante. Si es hijo de José y de María no puede ser hijo de Dios. Hoy apreciamos el ridículo que supone contraponer la paternidad de Dios y la de José. Son realidades de naturaleza distinta. Hemos caído en la trampa al revés: Jesús no puede ser hijo de José porque es hijo de Dios.

Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae. Más de 90 veces hace Juan referencia al Padre,  pero lo entendemos mal. Nuestro concepto de padre tenemos que cambiarlo por el de principio, origen, fundamento, germen, comienzo, razón de ser, realidad última. La última realidad no se puede expresar con palabras ni con imágenes, por eso encontramos en los evangelios tantas aparentes contradicciones. El mismo Jesús dice en otro lugar: “Nadie va al Padre si no es por mí”. Para llegar a la Verdad, tenemos que ir más allá de los contrarios.

Y yo lo resucitaré el último día. Debemos tener mucho cuidado con esta frase. Lo que normalmente hemos entendido por resurrección no sirve para descubrir el sentido. Es una manera de decir que está tratando de una Vida a la que no afecta la muerte. “Hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos”. La Vida definitiva tiene que tener un alimento también trascendente. Ese alimento tiene el mismo origen que tiene esa Vida: Dios. “El último día” esa Vida permanecerá idéntica a hoy.

Serán todos discípulos de Dios. También Jesús es discípulo, el mejor; por eso puede ser a la vez maestro. Ir a Jesús, ir al Padre, es conocerlos no por vía racional, sino por vía vivencial. La fe es actitud vital y no asentimiento a verdades teóricas. “Esta es la salvación, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”. Solo la persona que ha tenido experiencia de Dios puede comprender lo que otra diga de Él. Ellos estaban incapacitados para comprender a un Dios que está al servicio del hombre. Para ellos Dios es el Soberano, el Señor. La única relación que cabe con Él es un servilismo de toma y da acá.

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. Una nueva referencia al maná para dejar bien clara la diferencia. El maná alimenta el cuerpo que tiene que morir. Jesús, como pan de Vida, alimenta el espíritu con una Vida a la que no afecta la muerte. Esa es la diferen­cia. La expresión «pan de Vida» no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia; eso indica la originalidad de la doctrina de Juan. La VIDA, con mayúsculas, es el tema fundamental de todo el evangelio de Juan. Se trata de la misma Vida de Dios. Más adelante nos dirá: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre”. No se trata de vida material ni algo parecido pero espiritual. Se trata de la VIDA que es el mismo Dios.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre. Jesús es el alimento de la verdadera Vida. Este es el mensaje de Juan. Dios lo es todo para Jesús, y lo tiene que seguir siendo para todo cristiano. Jesús no puede suplantar en ningún momento a Dios. En este capítulo más de quince veces se hace referencia a Dios para dejar claro que el verdadero protagonista es Él, no Jesús. Es verdad que, con el tiempo, los cristianos terminaron predicando a Cristo, pero era solo una manera de comunicar su mensaje. Ya en las primeras comunidades se pasó del Jesús que predica al Cristo predicado. En el evangelio de Juan se ha dado ya claramente este paso.

El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo. No pueden comprender que su Dios se pueda manifestar en la carne. Recordemos que “carne” para los judíos era el mismo ser humano pero en su aspecto más bajo; lo que le hacía limitado y contingente; aquello por lo que le venían todos sus “males”: dolor, enfermedad, muerte… Es tal vez la afirmación más rotunda sobre la encarnación en todo el NT. Para ellos Dios era lo contrario de cualquier limitación. Para ellos un Dios-carne, un Dios ‘limitado’ es inaceptable. Jesús quiere hacerles ver que el Espíritu se manifiesta siempre en la carne. No puede haber don del Espíritu donde no hay carne. El significado de esta afirmación hay que entenderlo bien.

La grandeza de la carne consiste en que está informada y trasformada por el Espíritu sin dejar de ser carne. Desde ahora solo se puede encontrar a Dios en la realidad concreta y en el Hombre. Esa transformación es la que está manifestando el evangelio de Juan desde el principio. Pensemos en el diálogo con Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. La carne es neutral; puede ser la base de lo más bajo y de lo más sublime; depende de cada uno. Nuestro gran error consiste en seguir pensando que, para acercarse a Dios, hay que alejarse de la carne

Lo que no aguantaron aquellos judíos seguimos sin aceptarlo nosotros. Un Dios involucrado en la carne sigue siendo inaceptable. Por eso hemos descarnado la persona misma de Jesús. La carne sigue siendo para nosotros perversa. La Escritura dice que el Verbo se hizo carne, pero nosotros nos empeñamos en decir que la carne (Jesús) se hizo Dios. El Dios identificado con la carne (con toda carne) no interesa a los dirigentes, porque hace imposible la manipulación de los intermediarios. Pero es inaceptable también para los cristianos de a pie, porque nos impide la relación intimista que no pasa por el encuentro con los demás.

Hemos convertido la misma eucaristía en cosa sagrada en sí, olvidándonos de que es, sobre todo, sacramento (signo) del amor y de la entrega a los otros. El fin de la eucaristía no es el consagrar un trozo de pan y un poco de vino sino  hacer sagrado (consagrar) a todo ser humano, identificándolo con Dios mismo y haciéndole objeto de nuestro servicio y adoración. Cada vez que nos arrodillamos ante Dios estamos creando un ídolo. Dios no es objetivable. Cuando me arrodillo estoy poniendo a Dios de rodillas ante mi falso yo, que intento potenciar. Seguimos empeñados en que en la eucaristía el pan se convierte en Jesús, pero el evangelio dice que Jesús se convierte en pan. No tengo que adorar a Jesús convertido en pan sino convertirme yo en pan, como él, para que todos me coman.

 

Meditación

La vida biológica no tiene más remedio que acabar.

Si hago mía la misma Vida de Jesús,

ya estoy en la eternidad, aquí y ahora,

porque he entrado a formar parte de la Vida de Dios.

Cuanto antes deje de identificarme con mi yo,

antes alcanzaré la plenitud de ser en una Vida definitiva.

 

 

 

Urteko 19. igandea / Domingo 19 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Joan 6,41-51)

Evangelio del 12/agosto/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

AITAK ERAKARRIAK JESUSENGANANTZ

Joanen kontaeraren arabera, gero eta argiago errepikatzen du Jesusek, Jainkoagandik datorrela bera, guztiei betiko bizia ematen duen janaria eskaintzeko. Jendeak, ordea, ezin jarraitu du gauza hain eskandalagarri hori entzuten, erreakzionatu gabe. Ezagunak dituzte beraren gurasoak. Nola esan dezake Jainkoagandik datorrela?

Ezin gerta dakiguke harrigarri beraien erreakzioa. Arrazoizkoa al da Jesu Kristogan sinestea? Nolatan sinets genezake, gizon jakin eta ezagun horrengan, Herodes Handia hil baino zerbait lehenago jaioa den eta hogeita hamargarren urte inguruan Galilean egin duen biziera profetikoagatik ezaguna den horrengan, Jainkoaren Misterio atzeman ezina haragitu dela?

Jesusek ez die erantzun jendearen objekzioei. Beraien sinesgabetasunaren sustraira jo du: «Ez ezazue jarraitu marmarrean». Errore handia da Jesusen errotiko berritasunari ezentzunarena egitea, tematuz, jada ezaguna dutela beraren egiazko nortasuna. Jarrai dezaketen bidea seinalatuko die Jesusek.

Jesusek jakindakotzat emana du, ezin duela inork beragan sinetsi, berak erakarria sentitzen ez bada. Hala da. Agian, hobeto uler genezake hori gaur egun geure kulturatik. Ez dugu batere erraza izaten doktrinetan eta ideologietan sinestea. Fedea eta konfiantza esnatu, ondo egiten digun batek eta bizitzen irakasten digun batek erakarririk sentitzen garenean esnatzen dira gugan.

Baina oso gauza inportante batez ohartarazi die Jesusek: «Ezin onartu nau inork, bidali nauen Aitak ematen ez badio horretarako bidea». Jesusekiko erakarmena Jainkoak berak eragiten du. Jesus mundura bidali duen Aitak esnatzen du gure bihotza, Jesusengana pozik eta konfiantzaz hurbil gaitezen, duda-mudak eta buru-gogorkeriak gaindituz.

Horregatik, geure bihotzean Jainkoaren hitza entzuten ikasi beharra dugu eta Jesusengana gida gaitzan uzten. Apal eta otzan, Aitari, biziaren Kreatzaile eta gizakiaren Adiskideari, irakats diezagun utzi beharra: «Aitari entzun eta haren irakaspena onartzen duen orok ni neu onartzen nau».

Jesusen baieztapena iraultzaile gertatu zen judu haientzat. Tradizio biblikoak esan ohi zuen, gizakiak bere bihotzean entzuten duela Jainkoaren deia, Legea leial betetzeko deia. Jeremias profetak honela aldarrikatu zuen Jainkoaren promesa: «Nik zuen barnean ipiniko dut Legea eta zuen bihotzean idatziko».

Jesusen hitzek beste esperientzia batera, desberdina, gonbidatzen gaituzte. Kontzientzia ez da Jainkoaren legea entzuteko leku ezkutu eta pribilegiatua bakarrik. Geure izatearen hondoenean on denak, eder denak, jator denak erakarririk sentitzen bagara, gizakia on egiten duenak alegia, mundu hobe bat eraikitzen duenak alegia, erraz sentituko dugu Jainkoaren gonbita Jesusekin sintonizatzeko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Joan 6,41-51)

Evangelio del 12/agosto/2018

ATRAÍDOS POR EL PADRE HACIA JESÚS

Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios?

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: «No sigáis murmurando». Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos hoy mejor. No nos resulta fácil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

Pero Jesús les advierte de algo muy importante: «Nadie puede aceptarme si el Padre, que me ha enviado, no se lo concede». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: «Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí».

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos judíos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente nos sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús.

José Antonio Pagola

 

 

 

Domingo 19º ordinario 12 de agosto – Koinonía

1Re 19,4-8: Elías caminó hasta el monte de Dios
Salmo 33: Gusten y vean qué bueno es el Señor
Ef 4,30–5,2: Vivan en el amor, como Cristo
Jn 6,41-51: Yo soy el Pan Vivo bajado del cielo

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

COMENTARIO LITÚRGICO

La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.

La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.

El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo.

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo.

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer.

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10).

El evangelio de este domingo no está dramatizado por la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil. Pero puede echarse mano de cualquiera de los que se refieren a la eucaristía, por ejemplo los referidos a la última cena (109, 110 y 111), que pueden ser tomados de http://www.untaljesus.net

 

El pan de vida – Fray Marcos

(Ex 16,2-15) “Yo haré llover pan del cielo”.

(Ef. 4,17-24) “Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad”.

(Jn 6,24-35) “Yo soy el pan de Vida, el que viene a mí nunca pasará hambre”.

No te da Vida comer el pan sino el dejarte comer. Date a los demás como Jesús y la  Vida verdadera se desplegará en ti.

Seguimos en el capítulo 6 del evangelio de Jn, pero hemos pasado por alto el relato de la travesía del lago y la aparición de Jesús andando sobre el agua. La lectura de hoy afronta directamente la discusión con los judíos. En el versículo 59 se dice que el encuentro tuvo lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, pero no tiene importancia. En todo caso se plantea una discusión larga y dura, en la que Jesús va concretando y profundizando las exigencias del seguimiento. Se va acentuando la distancia a medida que Jesús va aquilatando el discurso. El proceso será: Entusiasmo, duda, desencanto, desilusión, oposición, rechazo, abandono.

El diálogo es un montaje que  permite a Jn poner en boca de Jesús lo que aquella comunidad consideraba las claves del seguimiento. No contesta a la pregunta ¿Cómo y cuándo has llegado aquí? sino a las verdaderas intenciones de la gente, llevando el diálogo a su terreno. Lo que de verdad tiene importancia es el compromiso de entrega al que quiere llevarlos.

Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. La “señal” era una invitación a compartir, pero ellos vieron solo en ella la satisfacción del apetito. Vaciado el signo de contenido, esa búsqueda de Jesús no es correcta, solo pretenden seguridades. Jesús va directamente al grano y desenmascara su intención. No le buscan a él sino el pan que les ha dado. No le buscan porque les haya abierto las puertas de un futuro más humano. Esas palabras que Jn pone en boca de Jesús critican la religión de todos los tiempos. Todas las religiones terminan manipulando a Dios para ponerlo a su servicio.

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que dura dando Vida definitiva. Esta propuesta de trabajar por la Vida es el resumen de todo su mensaje. Vale lo mismo para aquel tiempo que para hoy. Trata de advertir de la facilidad que tiene el hombre de malograr su vida enredándose en lo puramente material o dejándose llevar por lo sensible. La búsqueda del verdadero pan exige esfuerzo. Es un camino de lucha, de superación, de purificación, de regeneración, de muerte y nuevo nacimiento (bautismo).

Ese alimento que perdura lo da Dios gratuitamente. Jesús descubrió ese don y desplegó su verdadera Vida humana. Sin alimento no se puede recorrer camino alguno. Por eso hay que escucharle cuando habla de otro tipo de comida que es la que nos salva. También hay que trabajar por el alimento que perece, pero no debe ser el objetivo único ni último de nuestra vida. Los judíos muestran un cierto interés por enterarse pero, como se demostrará más tarde, es puramente superficial. Acostumbrados a moverse a golpe de preceptos, preguntan a Jesús por las normas. Son incapaces de imaginar que Dios pueda dar algo por nada.

Éste es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhesión al que él ha enviado. Conocer lo que Dios espera de nosotros parecería el verdadero camino para llegar, pero ese interés es solo aparente. En realidad no nos interesa demasiado lo que Dios quiere. Lo que de verdad nos interesa es lo que nosotros esperamos de Dios. Para garantizar unas seguridades, nos hemos fabricado un Dios a nuestra medida. De todas formas Jesús les dice lo que Dios espera de ellos: que le presten su adhesión. La discusión entre fe y obras queda superada de una manera drástica: confiar en Jesús es la obra primera y más importante que Dios espera.

Pero inmediatamente viene la institución y nos dice: lo que Dios quiere es esto y aquello; que no es más que lo que les interesa a los dirigentes de turno. Jesús no vino a dar nuevas normas morales sino a enseñarnos el camino de la verdadera Vida. Lo que tengo que “hacer” lo tengo que descubrir yo, no me tiene que llegar de fuera como programación, no tengo que ser un robot al que le han introducido un programa. Lo que Dios quiere es que lleguemos a nuestra plenitud, y el “mapa de ruta” está en nuestro interior, no fuera.

A Dios le importa más lo que somos que lo que hacemos. Mostramos nuestra ceguera cuando estamos preocupados por lo que Dios quiere que hagamos o dejemos de hacer. Solo una cosa es fundamen­tal: confiar. Creer no es aceptar una serie de verdades teóricas y quedar tan tranquilos. En la Biblia creer es tener confianza en… Esto es lo que pide Jesús a sus oyentes. Tergiversamos esa confianza cuando la convertimos en esperanza de que Dios cumpla nuestros deseos. Confiar es aceptar la voluntad de Dios, no venida de fuera sino como inserta en la raíz de nuestro ser. La clave está en saber pasar de un pan a otro pan.

¿Qué señal realizas tú para que viéndola te creamos? La exigencia de una señal es la demostración de que no creen. Estarían dispuestos a aceptar un Mesías, semejante a Moisés, que demostrara su valía a base de prodigios. El maná estaba considerado como el mayor de los milagros. Exigen de Jesús que legitime sus pretensiones con otro prodigio igual o mayor. Pero la Vida que Jesús promete no viene de fuera y espectacularmente; está en cada uno y se manifiesta en lo cotidiano como amor desinteresado, como preocupación por el otro.

No os dio Moisés el pan del cielo; no, es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aquello no era más que un símbolo. La realidad está en Jesús, verdadero pan del cielo, que alimenta la verdadera Vida. Recordemos que los rabinos consideraban la Torah como el pan que Dios les había otorgado. Ahora es Jesús la única Ley que salva. Danos siempre pan de ese. Reacción aparentemente sincera, pero equivocada. Le llaman Señor; creen en sus palabras; esperan que satisfaga sus anhelos; pero no le dan su adhesión; buscan una salvación que les llegue de fuera sin que ellos tengan que hacer nada.

Yo soy el pan de Vida. En todos los discursos que encontramos en este evangelio se hace referencia a la Vida. Se trata de una realidad que no podemos explicar con palabras ni meter en conceptos humanos. Solo a través de símbolos y metáforas podemos indicar el camino de una vivencia, que es lo único que nos llevará a descubrir de qué se está hablando. “Yo soy” en Jn es la suprema manifestación de la conciencia de lo que era Jesús. Cada uno de nosotros debemos descubrir lo que verdaderamente somos, como lo descubrió Jesús.

El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed. ¿Qué significa “ir a él, creer en él?” Aquí radica todo el meollo del discurso. No se trata de recibir nada de Jesús, sino de descubrir que todo lo que él tenía lo tengo yo. Lo que Jesús quería proponer es que los seres humanos descubrieran que se podía vivir desde una perspectiva diferente, que alcanzar la plenitud humana significaba el descubrir lo que Dios es en cada uno y, una vez descubierto ese don total (Vida), respondiéramos como respondió Jesús.

Lo que propone Jesús está en contra de toda lógica racional. Nos está diciendo que el pan que da Vida no es el pan que se come, sino el pan que se da. Si te conviertes en pan como él, entonces ese darte se convertirá en Vida. Jesús no invita a buscar la propia perfección, sino a desarrollar la capacidad de darse a sí mismo. Solo dándote superarás el egoísmo y alcanzarás plenitud. “Yo soy” es la clave de la comprensión de Jesús en el evangelio de Jn. Lo que pongamos después del ‘yo soy’ no tiene importancia. Aquí añade… pan de Vida, que quiere decir VIDA. Quien se identifique con él, será también Vida y la podrá dar a los demás.

 

Meditación

‘Comida’ es una gran metáfora aplicada a la Vida espiritual.

La Vida espiritual también necesita de alimento.

Jn presenta a Jesús como el alimento que da Vida.

Para que alimente, tengo que asimilarlo.

Como Jesús, tenemos que descubrirla

y dejar que nos atraviese desde lo hondo del ser.

 

 

 

 

 

Urteko 18. igandea / Domingo 18 Tiempo ordinario – José A. Pagola

B (Joan 6,24-35)

Evangelio del 5/agosto/2018

por Coordinador – Mario González Jurado

BETIKO BIZI OGIA

Zer dela eta jarraitu Jesus aintzat hartzen hogei menderen ondoren? Zer espero dezakegu harengandik? Zer ekarpen egiten ahal digu gure aldi honetako gizon-emakumeei? Gaurko mundu honetako problemak konponduko ote dizkigu? Axola handiko elkarrizketa batez mintzo da Joanen ebanjelioa: Galileako aintzira ondoan Jesusek jendetza handi batekin izandakoaz.

Bezperan otordu harrigarri eta doakoa partekatu dute Jesusekin. Ase arte jan dute ogia. Nolatan utzi hari alde egiten? Nahi dutena, Jesusek keinu bera egin dezan da eta berriro jaten eman diezaien doan. Ez dute buruan beste ezer.

Alabaina, nahasgarri gertatu zaie Jesusen ustekabeko planteamendu hau: «Lan egizue, ez galtzen den janari baten bila, baizik betiko biziraino irauten duenaren bila». Baina nolatan ez gara arduratuko, ba, eguneroko ogiaz? Premiazkoa da ogia, bizitzeko. Beharrezkoa dugu eta lan egin beharra inori inoiz falta ez dakion.

Badaki hori Jesusek. Ogia da lehenengo gauza. Jan gabe ezin bizi gara. Horregatik arduratu da horrenbeste goseak direnez eta eskekoez, aberatsengandik mahaitik erortzen diren apurrak ere hartu ezin dituztenez. Horregatik madarikatu ditu lurjabe zoroak, alea mandioan pilatzen dutenez, pobreez axolatu gabe. Horregatik irakatsi die bere jarraitzaileei Aitari seme-alaba guztientzat eguneroko ogia eskatzen.

Alabaina, beste gose bat ernearazi nahi du haiengan Jesusek. Gosea asetzen duen ogiaz hitz egin nahi die, ez egun batekoa soilik, baizik gizakiak bere baitan dituen gose-egarriak asetzen dituenaz. Ez gaitezen ahaztu. Gugan bada beste gose bat: justiziarena guztientzat, askatasun, bake eta egiaren gosea. Aitagandik datorkigun Ogi hori bezala aurkeztu zaigu Jesus, ez janariaz asetzeko, baizik «munduari bizia emateko».

Ogi horrek, Jainkoagandik etorria den horrek, «betiko bizia ematen du». Eguneroko janariak urtetan eusten digu bizirik, baina heriotzatik libratu ezin gaituen une bat iristen zaio. Alferrik da orduan jaten segitzea. Ezin eman digu bizirik heriotzatik hara.

«Betiko biziaren Ogi» bezala aurkeztu zaigu Jesus. Bakoitzak erabaki behar du, nola nahi duen bizi eta nola nahi duen hil. Baina haren jarraitzaile deitzen garenok, jakin behar dugu, Kristogan sinestea, geuregan indar suntsiezin bat elikatzea dela, gure heriotzarekin amaituko ez den zerbait bizitzen hastea dela. Bi hitzez esanik, Jesusi jarraitzea, heriotzaren misterioan murgiltzea da, haren indar berpizgarria sostengu dugula.

Jesusen hitzak entzutean, Kafarnaumeko jende hark beren bihotz hondotik egiten dio oihu: «Jauna, emaguzu beti ogi horretatik». Gu, ordea, koloka dugun geure fedetik, ez gara ausartzen horrelakorik eskatzera. Eguneroko ogia dugu, agian, kezka bakarra. Eta, batzuetan, geurearena soilik.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

B (Juan 6,24-35)

Evangelio del 5/agosto/2018

PAN DE VIDA ETERNA

¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla de un diálogo de gran interés que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en otra cosa.

Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: «Esforzaos no por conseguir el alimento transitorio, sino por el permanente, el que da la vida eterna». Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie. Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos, que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre no para hartarnos de comida, sino «para dar vida al mundo».

Este Pan venido de Dios «da la vida eterna». Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.

Jesús se presenta como «Pan de vida eterna». Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero quienes nos llamamos seguidores suyos hemos de saber que creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza imperecedera, empezar a vivir algo que no acabará en nuestra muerte. Sencillamente, seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.

Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: «Señor, danos siempre de ese pan». Desde nuestra fe vacilante, a veces nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizá solo nos preocupa la comida de cada día. Y a veces solo la nuestra.

José Antonio Pagola