TODO EL QUE SE DEJE LLEVAR DE LA CÓLERA SERÁ PROCESADO- Fidel Aizpurúa

FE ADULTA

La Palabra de los evangelios resulta, a veces, algo intricada. Pero, en otras ocasiones, como ocurre en este domingo, tiene un mensaje claro.

Jesús era un judío piadoso que amaba la Ley pero que la llevaba hasta las últimas consecuencias. Por eso viene a decir en el pasaje de este domingo algo que nos parece exagerado: hablar mal del hermano es tan grave como matarlo: TODO EL QUE SE DEJE LLEVAR POR LA CÓLERA CONTRA SU HERMANO SERÁ PROCESADO. Para Jesús, la maledicencia es planta del mismo jardín que el asesinato y entra bajo el mismo mandamiento: “no matarás”.

Sabemos distinguir la gravedad entre una cosa y otra. Pero lo cierto es que, como decimos popularmente, hay palabras que matan. Ambas realidades tienen efectos similares. Con las palabras se puede destruir a una persona, se le puede anular, se le puede crucificar. Se difunde su debilidad, su fallo y ese sambenito le acompañará siempre. A veces se inventa un bulo sobre ella que las redes se encargan de difundir y, aunque de demuestre luego que fue un error, el daño está hecho.  Por eso hay que tener un cuidado riguroso sobre nuestra manera de hablar.

¿Cómo alejar de nuestra vida cristiana la maledicencia que destruye la relación humana?

  • No hables nunca sin respeto: si se pierde el respeto al hablar, se pierde el respeto en la vida. Cuestiona, discierne, critica incluso, pero siempre con respeto.
  • No hables con crueldad: sobre todo de aquellos que están más indefensos, que son más frágiles, que no tienen a nadie que les defienda.
  • No hables con mentira: si sabes que algo es mentira no lo propagues. No inventemos bulos acerca de los demás. Es algo gravísimo que hace un enorme daño personal y social.

Tiene san Francisco un dicho acertado: “Dichoso aquel que tanto ama y respeta a su hermano cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice de él a sus espaldas lo que no se atrevería a decir delante de él”. La maledicencia es consecuencia y reflejo del mal pensar. Ya está bien de reír las gracias a quien habla mal del hermano ausente. Esto no habría de ser tolerable entre cristianos. Y, por cierto, la acusación de maledicencia, para que sea perdonada, ha de hacerse no tanto ante un sacerdote, sino ante aquel del que se maldijo a sus espaldas. Si no, estamos en una ficción.

Se nos tendría que notar que somos cristianos por nuestra manera de hablar con respeto y fraternidad en este tiempo de tanta violencia verbal. Si hablamos como todos, ¿para qué nos sirve el evangelio?

Fidel Aizpurúa Donazar

DOMINGO 6º (A) – Fray Marcos

(Mt 5,17-37)

Si la Ley puede perfeccionarse, no es perfecta. Si no es perfecta, no es de Dios.

Cómo armonizar la predicación y la praxis de Jesús con la Ley de Dios, que para los judíos era sagrada y definitiva. Ir más allá de lo establecido es el problema radical que se plantea en todos los órdenes de la vida. Damos valor absoluto a lo ya conocido pero nuestro conocimiento será necesariamente limitado, debemos ir siempre más allá.

Tuvo que ser muy difícil para un judío aceptar que la Ley no era absoluta. Jesús fue contundente en esto. Abrió una nueva manera de relacionarnos con Dios. El Dios todopoderoso que está en los cielos y ordena y manda, deja paso al Abba, amor que se identifica con cada uno de nosotros y nos invita a descubrirlo en los demás.

Toda norma metida en palabras nunca podrá ser definitiva. El hombre siempre tiene que estar diciendo lo que dijo Jesús en el evangelio: habéis oído que se dijo …, pero yo os digo, porque conocemos cada vez mejor la naturaleza del ser humano. Si Jesús hubiera creído que la Ley era de Dios, no se hubieran atrevido a darle plenitud.

No existe ninguna “Ley de Dios”, porque no es un ser que tenga una voluntad que impone desde fuera. Toda ley es producto del hombre. Dios no se comunica a través de signos externos, la voluntad de Dios es la misma naturaleza de cada criatura.

La voluntad de Dios no es nada añadido a mi propio ser, no me viene de fuera. Está siempre ahí pero no soy capaz de descubrirla. Esta es la razón por la que tenemos que echar mano de lo que nos han dicho algunos que sí fueron capaces de bajar hasta el fondo de su ser y descubrir lo que Dios es y lo que somos cada uno de nosotros.

No es que Dios haya manifes­tado a Moisés su voluntad, es que él supo aprove­char las circunstan­cias especia­les para profundi­zar en sí mismo. Lo que descubrió es voluntad de Dios, porque lo único que Él quiere es que seamos fieles a lo que ya somos.

Cumplir la Ley es algo muy distinto de lo que acostumbramos a pensar. Una ley de tráfico, se puede cumplir perfectamente solo externamente. En lo que llamamos Ley de Dios, las cosas no funcionan así. Si no descubro la razón de bien en lo que hago no significará nada para mí. Los fariseos se conformaban con cumplir la Ley literalmente.

Nos queda mucho camino por andar para superar la idea de un Dios Legislador que impone su voluntad a pesar nuestro. En la Biblia hay 613 preceptos. Nos parecen infinitos, pero el Código de Derecho Canónico tiene 1.752 cánones. Jesús nos dejó un solo mandamiento: que os améis, y además el amor nunca puede ser fruto de una ley.

Jesús no fue contra la Ley, sino más allá de ella. Quiso decirnos que toda ley es solo un apunte, se queda siempre corta. Siempre tenemos que ir más allá de la pura literalidad, hasta descubrir el espíritu más allá y superando cualquier formulación.

Jesús pasó, de un cumplimiento externo de leyes, a un descubrimiento de las exigencias de su propio ser. Esa revolución que intentó Jesús, está aún sin hacer. Todas las propuestas de Jesús en el sentido de vivir en el espíritu, han sido ignoradas. Seguimos más pendientes de lo que está mandado que de descubrir lo que somos.

Las propuestas concretas son algunos ejemplos de lo que debíamos hacer con todas las normas. Superar la trampa de un cumplimiento literal y entrar en el Espíritu. Si no somos capaces de ir más allá de la norma, nos quedaremos siempre a medio camino.

De todas formas, las leyes solo se pueden tirar por la borda cuando la persona ha llegado a un conocimiento profundo de su propio ser y descubre las más auténticas exigencias del verdadero ser. Ya no necesita apoyaturas externas para caminar hacia su meta. “Ama y haz lo que quieras” o “el que ama ha cumplido el resto de la Ley”.

Urteko 6. igandea – A – José A. Pagola

Grupos de Jesús

(Mateo 5,17-37)

BARKAZIOAREN GIZARTE-GARRANTZIA – IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDÓN

Ez da erraza entzutea barkaziorako Jesusek egin digun deia. Ezta inplikazio guztiak ateratzea ere, onartzen denean gizakia gizatiarrago dela barkatzean mendekua egitean baino.

Jakina, zuzen ulertu behar da Jesusen pentsaera. Barkatzeak ez du esan nahi egindako zuzengabekeriari ezikusia eta ezezaguna egitea, ezta era pasiboan eta axolagabean onartzea ere. Aitzitik, zerbait barkatzen baduzu, suntsitzeko da, nolabait esateko, gaitzaren espirala, eta besteari laguntzea birgaitzen eta etorkizunean beste era batean jokatzen.

Barkatzearen dinamikan ahalegin bat dago beti, gaizkia ongiaz garaitzeko. Barkazioa keinu bat da, pertsonen arteko harremanak era kualitatiboan aldatzen dituena eta ondorengo bizikidetasuna beste era batean bizitzea planteatzen duena. Horregatik, barkazioak ez du izan behar eskakizun indibidual bat, baizik eta ondorio sozial bat izan beharko luke.

Gizarteak ez luke gizaki bat, edozein delarik ere, bertan behera utzi behar, ezta erruduna ere. Pertsona orok du eskubidea maitatua izateko. Ezin onartu dugu zigor-errepresioak presoari, soilik «gaitza gaitz-ordain» itzul diezaion, beraren delituan murgildurik utzita, beraren bizitza are gehiago hondatuz eta benetan birgaitu dadin eragotziz.

  1. Radbruch jurista handiak uste du ezen zigorrak, gaitza gaitz-ordain bezala harturik, galduz joan beharko lukeela gure gizartean, eta, ahal den neurrian, «estimulu bihurtu beharko lukeela gaitza ongiaz kitatzeko; hau baita era bakarra lurrean zuzentasuna eragiteko, lurra okertu gabe, aitzitik mundua hobetu egingo duelarik».

Ez dago inolako zuzenespenik inongo presori tratu iraingarri eta zuzengabekorik emateko, gaizkile komun nahiz politiko izan. Ez dugu sekula aurrera egingo gizarte gizatiarrago baterako bidean, bazter uzten ez baditugu jarrera errepresibo, gorrotozko eta mendekuzkoak.

Horregatik, errakuntza handia da jendeari errebantxara eragitea. «Herriak ez du barkatuko» delako oihua ulergarri da, zoritxarrez, baina ez da bide egokia etorkizun gizatiarrago bat eraikitzen irakasteko.

Barkazioari uko egitea, fededun bezala, inoiz ere sinatu ezin dugun oihua da; azken batean, guztioi barkatu digun hark maite duen haurridetasunari uko egitea baita.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

6 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,17-37)

BARKAZIOAREN GIZARTE-GARRANTZIA – IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDÓN

Ez da erraza entzutea barkaziorako Jesusek egin digun deia. Ezta inplikazio guztiak ateratzea ere, onartzen denean gizakia gizatiarrago dela barkatzean mendekua egitean baino.

Jakina, zuzen ulertu behar da Jesusen pentsaera. Barkatzeak ez du esan nahi egindako zuzengabekeriari ezikusia eta ezezaguna egitea, ezta era pasiboan eta axolagabean onartzea ere. Aitzitik, zerbait barkatzen baduzu, suntsitzeko da, nolabait esateko, gaitzaren espirala, eta besteari laguntzea birgaitzen eta etorkizunean beste era batean jokatzen.

Barkatzearen dinamikan ahalegin bat dago beti, gaizkia ongiaz garaitzeko. Barkazioa keinu bat da, pertsonen arteko harremanak era kualitatiboan aldatzen dituena eta ondorengo bizikidetasuna beste era batean bizitzea planteatzen duena. Horregatik, barkazioak ez du izan behar eskakizun indibidual bat, baizik eta ondorio sozial bat izan beharko luke.

Gizarteak ez luke gizaki bat, edozein delarik ere, bertan behera utzi behar, ezta erruduna ere. Pertsona orok du eskubidea maitatua izateko. Ezin onartu dugu zigor-errepresioak presoari, soilik «gaitza gaitz-ordain» itzul diezaion, beraren delituan murgildurik utzita, beraren bizitza are gehiago hondatuz eta benetan birgaitu dadin eragotziz.

  1. Radbruch jurista handiak uste du ezen zigorrak, gaitza gaitz-ordain bezala harturik, galduz joan beharko lukeela gure gizartean, eta, ahal den neurrian, «estimulu bihurtu beharko lukeela gaitza ongiaz kitatzeko; hau baita era bakarra lurrean zuzentasuna eragiteko, lurra okertu gabe, aitzitik mundua hobetu egingo duelarik».

Ez dago inolako zuzenespenik inongo presori tratu iraingarri eta zuzengabekorik emateko, gaizkile komun nahiz politiko izan. Ez dugu sekula aurrera egingo gizarte gizatiarrago baterako bidean, bazter uzten ez baditugu jarrera errepresibo, gorrotozko eta mendekuzkoak.

Horregatik, errakuntza handia da jendeari errebantxara eragitea. «Herriak ez du barkatuko» delako oihua ulergarri da, zoritxarrez, baina ez da bide egokia etorkizun gizatiarrago bat eraikitzen irakasteko.

Barkazioari uko egitea, fededun bezala, inoiz ere sinatu ezin dugun oihua da; azken batean, guztioi barkatu digun hark maite duen haurridetasunari uko egitea baita.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

6 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,17-37)

IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDÓN

No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón ni sacar todas las implicaciones que puede tener el aceptar que un hombre es más humano cuando perdona que cuando se venga.

Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.

En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. El perdón es un gesto que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y busca plantearse la convivencia futura de manera nueva. Por eso el perdón no ha de ser solo una exigencia individual, sino que debería tener una traducción social.

La sociedad no debe dejar abandonado a ningún hombre, ni siquiera al culpable. Toda persona tiene derecho a ser amada. No podemos aceptar que la represión penal solo «devuelva mal por mal» al encarcelado, hundiéndolo en su delito, degradando su existencia e impidiendo su verdadera rehabilitación.

El gran jurista G. Radbruch entiende que el castigo como imposición del mal por el mal ha de ir desapareciendo para convertirse, en lo posible, en «estímulo para saldar el mal con el bien, único modo en que puede ejercerse en la tierra una justicia que no empeora a esta, sino que la transforma en un mundo mejor».

No existe justificación alguna para actuar de manera vejatoria o injusta con ningún encarcelado, sea delincuente común o político. Nunca avanzaremos hacia una sociedad más humana si no abandonamos posturas de represalia, odio y venganza.

Por eso es también una equivocación incitar a la gente a la revancha. El grito de «el pueblo no perdonará» es, por desgracia, comprensible, pero no es el camino acertado para enseñarle a construir un futuro más humano.

El rechazo del perdón es un grito que, como creyentes, no podemos suscribir nunca, porque, en definitiva, es un rechazo de la fraternidad querida por Aquel que nos perdona a todos.

José Antonio Pagola

BARKAZIOAREN GIZARTE-GARRANTZIA – IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDÓN

Ez da erraza entzutea barkaziorako Jesusek egin digun deia. Ezta inplikazio guztiak ateratzea ere, onartzen denean gizakia gizatiarrago dela barkatzean mendekua egitean baino.

Jakina, zuzen ulertu behar da Jesusen pentsaera. Barkatzeak ez du esan nahi egindako zuzengabekeriari ezikusia eta ezezaguna egitea, ezta era pasiboan eta axolagabean onartzea ere. Aitzitik, zerbait barkatzen baduzu, suntsitzeko da, nolabait esateko, gaitzaren espirala, eta besteari laguntzea birgaitzen eta etorkizunean beste era batean jokatzen.

Barkatzearen dinamikan ahalegin bat dago beti, gaizkia ongiaz garaitzeko. Barkazioa keinu bat da, pertsonen arteko harremanak era kualitatiboan aldatzen dituena eta ondorengo bizikidetasuna beste era batean bizitzea planteatzen duena. Horregatik, barkazioak ez du izan behar eskakizun indibidual bat, baizik eta ondorio sozial bat izan beharko luke.

Gizarteak ez luke gizaki bat, edozein delarik ere, bertan behera utzi behar, ezta erruduna ere. Pertsona orok du eskubidea maitatua izateko. Ezin onartu dugu zigor-errepresioak presoari, soilik «gaitza gaitz-ordain» itzul diezaion, beraren delituan murgildurik utzita, beraren bizitza are gehiago hondatuz eta benetan birgaitu dadin eragotziz.

  1. Radbruch jurista handiak uste du ezen zigorrak, gaitza gaitz-ordain bezala harturik, galduz joan beharko lukeela gure gizartean, eta, ahal den neurrian, «estimulu bihurtu beharko lukeela gaitza ongiaz kitatzeko; hau baita era bakarra lurrean zuzentasuna eragiteko, lurra okertu gabe, aitzitik mundua hobetu egingo duelarik».

Ez dago inolako zuzenespenik inongo presori tratu iraingarri eta zuzengabekorik emateko, gaizkile komun nahiz politiko izan. Ez dugu sekula aurrera egingo gizarte gizatiarrago baterako bidean, bazter uzten ez baditugu jarrera errepresibo, gorrotozko eta mendekuzkoak.

Horregatik, errakuntza handia da jendeari errebantxara eragitea. «Herriak ez du barkatuko» delako oihua ulergarri da, zoritxarrez, baina ez da bide egokia etorkizun gizatiarrago bat eraikitzen irakasteko.

Barkazioari uko egitea, fededun bezala, inoiz ere sinatu ezin dugun oihua da; azken batean, guztioi barkatu digun hark maite duen haurridetasunari uko egitea baita.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

6 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,17-37)

IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDÓN

No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón ni sacar todas las implicaciones que puede tener el aceptar que un hombre es más humano cuando perdona que cuando se venga.

Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.

En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. El perdón es un gesto que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y busca plantearse la convivencia futura de manera nueva. Por eso el perdón no ha de ser solo una exigencia individual, sino que debería tener una traducción social.

La sociedad no debe dejar abandonado a ningún hombre, ni siquiera al culpable. Toda persona tiene derecho a ser amada. No podemos aceptar que la represión penal solo «devuelva mal por mal» al encarcelado, hundiéndolo en su delito, degradando su existencia e impidiendo su verdadera rehabilitación.

El gran jurista G. Radbruch entiende que el castigo como imposición del mal por el mal ha de ir desapareciendo para convertirse, en lo posible, en «estímulo para saldar el mal con el bien, único modo en que puede ejercerse en la tierra una justicia que no empeora a esta, sino que la transforma en un mundo mejor».

No existe justificación alguna para actuar de manera vejatoria o injusta con ningún encarcelado, sea delincuente común o político. Nunca avanzaremos hacia una sociedad más humana si no abandonamos posturas de represalia, odio y venganza.

Por eso es también una equivocación incitar a la gente a la revancha. El grito de «el pueblo no perdonará» es, por desgracia, comprensible, pero no es el camino acertado para enseñarle a construir un futuro más humano.

El rechazo del perdón es un grito que, como creyentes, no podemos suscribir nunca, porque, en definitiva, es un rechazo de la fraternidad querida por Aquel que nos perdona a todos.

José Antonio Pagola

IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDÓN

No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón ni sacar todas las implicaciones que puede tener el aceptar que un hombre es más humano cuando perdona que cuando se venga.

Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.

En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. El perdón es un gesto que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y busca plantearse la convivencia futura de manera nueva. Por eso el perdón no ha de ser solo una exigencia individual, sino que debería tener una traducción social.

La sociedad no debe dejar abandonado a ningún hombre, ni siquiera al culpable. Toda persona tiene derecho a ser amada. No podemos aceptar que la represión penal solo «devuelva mal por mal» al encarcelado, hundiéndolo en su delito, degradando su existencia e impidiendo su verdadera rehabilitación.

El gran jurista G. Radbruch entiende que el castigo como imposición del mal por el mal ha de ir desapareciendo para convertirse, en lo posible, en «estímulo para saldar el mal con el bien, único modo en que puede ejercerse en la tierra una justicia que no empeora a esta, sino que la transforma en un mundo mejor».

No existe justificación alguna para actuar de manera vejatoria o injusta con ningún encarcelado, sea delincuente común o político. Nunca avanzaremos hacia una sociedad más humana si no abandonamos posturas de represalia, odio y venganza.

Por eso es también una equivocación incitar a la gente a la revancha. El grito de «el pueblo no perdonará» es, por desgracia, comprensible, pero no es el camino acertado para enseñarle a construir un futuro más humano.

El rechazo del perdón es un grito que, como creyentes, no podemos suscribir nunca, porque, en definitiva, es un rechazo de la fraternidad querida por Aquel que nos perdona a todos.

José Antonio Pagola

Domingo 6º T.O. – A – Koinonía

Eclesiástico 15,16-21

No mandó pecar al hombre

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

Salmo responsorial: 118

Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Dichoso el que, con vida intachable, / camina en la voluntad del Señor; / dichoso el que, guardando sus preceptos, / lo busca de todo corazón. R.

Tú promulgas tus decretos / para que se observen exactamente. / Ojalá esté firme mi camino, / para cumplir tus consignas. R.

Haz bien a tu siervo: viviré / y cumpliré tus palabras; / ábreme los ojos, y contemplaré / las maravillas de tu voluntad. R.

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, / y lo seguiré puntualmente; / enséñame a cumplir tu voluntad / y a guardarla de todo corazón. R.

1Corintios 2,6-10

Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Mateo 5,17-37

Se dijo a los antiguos, pero yo os digo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: [«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.] Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «renegado», merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.]

Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. [Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.» Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.]

Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo.] A vosotros os basta decir «si» o «no». Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Comentario a los textos:

Las lecturas de este domingo nos dejan ver cómo Dios actúa en medio de la humanidad, nos permiten comprender la lógica de Dios, nos revelan la manera en que Dios salva al ser humano del pecado, entendiendo el pecado como esa tendencia presente en el interior de la persona que la lleva a encerrarse en sí misma, en sus propios límites humanos, sin abrirse al amor.

La primera lectura, del libro del Eclesiástico, desarrolla el tema de la libertad que posee el ser humano para elegir lo bueno o lo malo, la vida o la muerte. Somos libres, y «condenados a ser libres» de alguna manera, como bien dijo Sartre. No podemos abdicar de nuestra responsabilidad. Ante nosotros tenemos las grandes opciones, las grandes Causas, esperando que nos decidamos. «Muerte y vida» están ante nosotros, al alcance de nuestra mano, por la vía de una opción ineludible.

Si en nuestra vida dominan el mal y la muerte, y con ellos el sinsentido y la desesperación, hemos sido advertidos: podemos hacer de nuestra vida una cosa u otra, gracias al poder de la libertad que se nos ha dado, la capacidad de elegir la muerte o la vida, y con ello, la capacidad de convertirnos en vida o en muerte. La capacidad de hacernos a nosotros mismos. Es uno de los misterios más grandes de nuestra existencia, el misterio de la libertad.

En el fragmento de la carta a los Corintios que hoy leemos, Pablo habla, de pasada, de «una sabiduría que no es de este mundo», que procede de otro mundo, que está en otro mundo, el mundo de Dios, que es un mundo «superior», situado literalmente encima del nuestro. Es el mundo superior que los filósofos y sabios del mundo cultural helenista han «imaginado» (no deja de ser una «imagen») para explicar la realidad, y que ha resultado ser una imagen genial, que parece expresar una explicación natural y obvia del mundo, que será acogida por casi todas las culturas subsiguientes (hasta la época moderna).

Y es un conocimiento escondido, inalcanzable, que nada tiene que ver con los saberes de este mundo, y que pertenece sólo a Dios y a quienes Él quiera revelarlo… Es la visión «gnóstica», de la «gnosis» o «conocimiento», un conocimiento divino que pasa a fungir como símbolo del principal bien salvífico: participar de ese conocimiento que salva es el objetivo de la vida humana, porque ese conocimiento es el que salva a la persona al hacerle tomar las decisiones adecuadas en su vida, las decisiones que le hacen caminar el camino de Dios. Es la misma tradición de «la Sabiduría», ya presente en el Primer Testamento, por influjo también helenista. Pablo se mueve en ese mismo ámbito de pensamiento y en esa misma cosmovisión griega de los dos mundos, o dos pisos, uno arriba (el de Dios y los suyos, o el de las Ideas, según Platón) y otro abajo (el de los humanos, o el de la materia corruptible según Platón).

Hoy continuamos leyendo el evangelio de Mateo, en secuencia consecutiva con los fragmentos proclamados en los domingos anteriores. Es el sermón de la Montaña, que comenzó con las Bienaventuranzas, y que continúa con la exposición de las exigencias de la Ley de Moisés (Torá), explicadas por Mateo, que está escribiendo para una comunidad de judíos que se han hecho cristianos, obviamente sin dejar de ser judíos, como ocurrió por lo demás con todos los cristianos. Tenemos pues que caer en la cuenta de que esta re-presentación de la Ley en el evangelio de Mateo está escrita para esa comunidad concreta, que difiere no poco de las nuestras. Obviamente, tiene también un valor universal, pero debe saberse la peculiaridad de esta comunidad, para no hacernos «judaizar» innecesariamente a todos los demás.

Pero, además de esa peculiaridad del evangelio de Mateo, todo el evangelio tiene otra peculiaridad significativa en este campo de lo moral, de la Ley, y es semejante a la que hacíamos notar respecto a la lectura anterior, la de Pablo sobre el conocimiento salvífico o gnosis. La moral vendría a ser también una especie de conocimiento gnóstico: sería una voluntad, divina, superior, venida de fuera, desde arriba, desde «el segundo piso», que tenemos que tratar de escuchar en esa dirección. Es una moral «heteró-noma», una «norma ajena», venida de fuera, y de arriba, a la que nos tendríamos que someter. Someterse a esa ley sería el sentido de la vida humana: ésa ha sido la sabiduría religiosa predicada permanentemente en el ámbito de la religión.

La moral, los preceptos, los mandamientos… con su constricción sobre la vida humana, y la consiguiente amenaza de pecado y de condenación, han sido uno de los frentes clásicos de fricción de la religión con el mundo moderno. Durante todo el mundo antiguo, configurado con los patrones del autoritarismo, los imperios, el feudalismo, las monarquías absolutas… el ser humano aceptaba «como lo más natural del mundo» que el «mundo de arriba» era estructuralmente como el de aquí abajo, es decir, un mundo donde está Dios sentado en su trono (como el emperador o el rey o el señor feudal aquí abajo), con su séquito de cortesanos y servidores de la «Corte celestial» (como en la Corte de cualquier rey humano), vigilando el mundo para que se cumplan las órdenes que desde allí se dictan.

San Ignacio de Loyola, como persona todavía del medievo en su cosmovisión, lo refleja ejemplarmente en su explicación global del sentido de la vida humana, en su meditación central, la del Principio y fundamento (con su castellano medieval): «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (Ejercicios espirituales, 23).

No inventó nada nuevo ahí san Ignacio. Expresaba –antológicamente, eso sí– la visión medieval y premoderna de una cosmovisión salvífica estructurada en «dos pisos», uno superior (no sólo porque está encima, sino porque es absolutamente «superior» en su naturaleza), y otro inferior (temporal, pasajero, corruptible, peligroso…). Del piso de arriba viene todo: el Ser, el Amor, la Verdad, la Belleza… y la moral. Una moral pues absolutamente heterónoma, indiscutible, abrumadoramente inapelable, y en ese sentido fácilmente perceptible como constringente y ciegamente obligatoria, ajena a toda explicación justificativa, y en ese sentido opresiva.

En realidad, si nos fijamos, aunque esa cosmovisión cristiana parezca medieval, hunde sus raíces en el pensamiento platónico. Un poco injustamente, pero con cierta dosis de verdad, Nietzsche dijo que Platón era un modelo cristiano, y que el cristianismo venía a ser «platonismo para las masas», y Whitehead dijo que la doctrina cristiana sería «notas a pie de página en el platonismo». Sin darse mucha cuenta, el cristianismo canonizó el pensamiento de Platón, con su mundo superior de las ideas, eternas, perfectas, inmutables, como el pensamiento de Dios… y con su visión despectiva del mundo de abajo, de la tierra, de la carne: inferior, pasajero, sin consistencia ontológica, sin valor salvífico, despreciable, vitando.

El mundo moderno cambió radicalmente. El Ancien Regime, del autoritarismo, imperialismo, de la obediencia ciega, del sometimiento omnímodo y a-racional se acabó. Los imperios, reinos y monarquías se acabaron, y aparecieron las repúblicas y las democracias, y los derechos de los «ciudadanos» (que ya no súbditos). Una moral exterior, pre-establecida, superior (venida del cielo), sin justificación humana (dictada por Dios), inapelable… es sentida ahora como sofocadoramente opresora.

Con el advenimiento de la modernidad, en todos los campos, el mundo de arriba -el segundo piso que genialmente configuraron los helenistas, con Platón a la cabeza- desaparece, como que se evapora. No hace falta que sea negado, sino que la ciencia, con sus avances, cada día lo desplaza hacia atrás, replegándose en favor del descubrimiento de que todo funciona «etsi Deus non daretur», como si Dios no existiese. El cristiano «moderno» –el que no sigue viviendo con su cabeza en el mundo premoderno medieval– no puede aceptar aquella visión escindida en dos mundos, por muy espiritual que se presente, sino que pasa a vivir en un mundo nuevo, un mundo único, en la única realidad, sin dos pisos superpuestos.

Esta transformación ya es una realidad en la cultura moderna –por más que muchos cristianos y no pocas religiones sigan viviendo escindidamente entre la vida real de la calle y la vida espiritual dualista de sus representaciones religiosas–. Por eso, muchos cristianos se sienten retrotraídos al mundo de sus abuelos cuando escuchan este tipo de discursos morales «heterónomos», como si continuaran existiendo unos preceptos caídos de lo alto, revelados, y por eso mismo indiscutibles, incuestionables, a los que sólo cabría someterse acríticamente como súbditos del Rey del cielo (el cielo de un segundo piso).

El tema es profundo, y decisivo para dirimir la diferencia entre un cristianismo de hoy y otro del pasado; aquí sólo hemos querido evocarlo e invitar a estudiarlo en profundidad. Sugeriremos para ello un libro práctico y pedagógico: Roger LENAERS, Otro cristianismo es posible, Abya Yala, Quito 2008, disponible en la red (http://2006.atrio.org/?page_id=1616).

SOMOS LUZ Y SABOR – Rosario Ramos

FE ADULTA

Mt 5, 13-16

El evangelio de este domingo nos regala unas palabras que Mateo pone en boca de Jesús con un mensaje de mucha trascendencia para el discipulado. Este texto pertenece a la segunda parte de este Evangelio en el que se refleja la intención de Jesús de construir una nueva Humanidad a pesar de la ruptura provocada en los que le escuchan. Se trata de un texto intimista en el que revela la identidad y la misión de los que deciden pertenecer a su movimiento.

Es importante destacar que las palabras de Jesús dirigidas al discipulado no son una promesa sino una realidad existencial porque les dice que ya son sal y ya son luz. Utiliza estas dos metáforas para que comprendan que están equipados de sabiduría y luz para iniciar este camino. El despliegue de esta identidad sí puede encontrarse con obstáculos que lo bloqueen, pero no que lo anulen o aniquilen.

La sal sirve para dar sabor. Las palabras sabor y sabiduría tienen la misma raíz lingüística: así como está el sabor de los alimentos, también está el sabor de la vida. Lo que le da gusto o sentido a la vida, la sabiduría, es decir: aprender a vivir como personas sin mucha más explicación. El arte no sólo de hacer las cosas, sino de hacerlas con dignidad, con consciencia, con responsabilidad, con alegría profunda. La verdadera sabiduría nos ayuda a descubrir la honda raíz de la vida y cómo invertir, de la mejor marera y en su justa medida, nuestras energías vitales. Pero hay una fuerte alerta: “si la sal pierde su sabor ¿cómo seguirá salando?” Esta frase es un proverbio usado en la literatura rabínica. Se alude a una sal extraída del mar Muerto y que perdía su sabor muy pronto. Ahora pone delante una gran responsabilidad al discipulado: la inutilidad de una fe creída desde la mente y no vivida desde la hondura humana. Situarse simplemente desde una fe creída genera ideología, pero vivida como raíz existencial genera sentido para llegar a ser lo que somos en potencialidad.

“Sois la luz del mundo”, nuevamente no es una expresión de futuro sino de lo que ya es presente. Si retomamos el relato de la Creación en el Génesis, lo primero que apreciamos es que Dios crea la luz, es la primera palabra que pronuncia como potencia creadora y que posibilita la vida. Se trata de una referencia a la luz no como materia sino a la luz como “conocimiento”, la consciencia de existir y de ser, la esencia de la que está hecha la verdadera naturaleza humana. Las tinieblas, las sombras, la oscuridad es no ser y no existir. Nuestra fuente original es LUZ. El simbolismo de la luz está muy presente en las Escrituras, pero hay dos claves que sitúan la temática de la luz en un nivel muy profundo: en la primera carta de Juan que define a Dios como LUZ sin mezcla de tinieblas; y la alusión de Pablo, en no pocas ocasiones, a que somos hijos de la luz, a caminar en la luz, a desenmascarar las tinieblas, a conectar con la luz para que nuestras obras sean luz.

La vida del discipulado transcurre en un complejo discernimiento para encontrar la medida justa de sal/sabor y la medida justa de luz. Un exceso de sal convierte en intragable cualquier alimento, un exceso de luz deslumbra hasta no ver. A veces, el discipulado se ve envuelto en un ego que vierte un exceso de sabor hasta alejar a los comensales. De la misma manera, un exceso de luz deslumbra y hace permanecer en la sombra a los que va dirigida. Esto suele ocurrir cuando se vive el discipulado como una elección exclusiva de Dios y que excluye a otros que parece no haber sido llamados. Lo mismo cuando la dosis es menor y genera una falta de sabor que diluye el sentido original o la poca luz que genera un ambiente sombrío y frío. Es la tibieza de un discipulado que no se atreve a vivir con orgullo esta misión porque sus raíces se han desconectado de la fuente y se han quedado en cumplir con los mínimos que les permite seguir justificando una vida de fe.  Las palabras en sí mismas no son luz, no son los discursos los que se convierten en faros de otras vidas o de la propia vida, sino esas palabras encarnadas, vividas, haciendo coherentes a quienes las pronuncian, sí son luz.

A través de estas palabras de Jesús somos invitados a aprender a gestionar nuestra luz y sabor / sabiduría, a vivir en conexión con nuestra verdadera identidad, a generar espacios de conocimiento de lo que es esencial para que nuestra Iglesia, nuestras comunidades, nuestro mundo, nuestra casa común, sean reflejo del movimiento profundo de la fuente de la VIDA.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

DOMINGO 5º (A) Fray Marcos

(Mt 5,13-16)

Tienes tu luz bajo el celemín. Quita el obstáculo, quedarás iluminado e iluminarás.

Continuamos con el primer discurso de Jesús en el evangelio de Mateo. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran calado para la vida humana. La tarea más importante de todo ser humano sería estar ardiendo e iluminar.

Todo el que ha alcanzado la iluminación, iluminará. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que dar luz. Si echas sal a un alimento, quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto iluminado?

Somos plenitud de luz, pero no es fácil tomar conciencia de ello. Solo lo comprenderemos en la mediad que descubramos esa luz. Está claro que no nos referimos a ninguna clase de luz material o conocimiento especial. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano.

El evangelio da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y capaces de iluminar a los demás y eso no es lo que dicen los evangelios. Estar despierto no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás estes de estar ardiendo.

Ni la sal ni la luz son provechosa por sí mismas. La sal sola es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que los fotones tropiezan con un objeto material. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser ella. La lámpara o la vela produce luz, pero el aceite o la cera se consumen.

La sal actúa desde el anonimato, ni se ve ni se aprecia. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida. Si a un alimento le falta o le sobra, nos acordamos de ella. No es importante la sal, sino la comida sazonada. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra “salario” y “asalariado”

Jesús dice: sois la sal, sois la luz. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal ni otra luz. Todos esperan algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. El mundo tiene que quedar sazonado e iluminado a través de los que siguen a Jesús.

Cuando se nos pide que seamos luz, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz y calor.

Debemos iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en su bien no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos imponerle. Los cristianos somos más aficionados a deslumbrar que a iluminar.

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora: “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz de trasmitir el mensaje son las obras. Evangelizar no es proponer una doctrina elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra ideología o manera de entender la realidad.

Solo las obras que nacen de una actitud auténtica pueden iluminar. Lo que hay en mi interior solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor es luz. Si nos conformamos con una programación, nadie nos hará caso.

En el centro de ti mismo hay una hoguera, no necesitas que llegue del exterior. Toda la energía está ya dentro de ti. Si no ahogas la llama iluminará a todos. Lo más profundo de ti mismo es lo eterno. Eres una sola cosa con la Esencia universal que lo atraviesa todo. No Mieres hacia fuera, solo dentro de ti encontrarás la Última Realidad que te atraviesa.

Urteko 5. igandea – A – José A. Pagola

(Mateo 5,13-16)

BIZIARI GUSTUA EMAN – DAR SABOR A LA VIDA

Gaur egungo eta betiko Elizaren egiteko premiatsuenetako bat fedea gizakiengana «berri on» gisa iritsaraztea da.

Sarritan hartu ohi dugu ebanjelizazioa kasik irakaspen huts bezala. Ebanjelizatzea Jesu Kristoren doktrina ematea izango litzateke, dela artean, oraindik, ezagutzen ez dutenei, dela era eskasean ezagutzen dutenei.

Orduan kezka guztia erlijio-irakaspena segurtatzea izango litzateke, eta beste ideología eta irizpide-korronte batzuen kontra argitzea. Ondo eskolatutako gizon-emakumeen bila ibiliko ginateke, kristau-mezua ondo ezagutzen eta era egokian eskualdatuko luketenen bila, alegia. Gure ardura teknika berriak eta pastoraltza-antolaketa bilatzea izango litzateke.

Jakina, garrantzizkoa da hori guztia; izan ere, ebanjelizazioak Jesu Kristoren mezua iragartzea eskatzen du. Baina ez da hori gauza bakarra, erabakigarriena ere. Ebanjelizatzeak ez du esan nahi doktrina bat hitzez iragartzea bakarrik, baizik eta jendearen bizitzan agerian ipintzea Jesu Kristok, gertaera bezala eta pertsona bezala, bizi izan duen indar gizatiartzaile, askatzaile eta salbatzailea.

Ebanjelizazioa horrela harturik, garrantzizkoena ez da erlijio-propagandarako baliabide boteretsuak eta eraginkorrak eskura izatea, baizik eta Jesusen era askatzaileaz jokatzen jakitea.

Gauza erabakigarria ez da gizon eta emakume doktrinaz ondo eskolatuak izatea, baizik eta ebanjelioa bizi duten lekukoak ukaitea. Fededunak zeinen bizitzan ebanjelioak bere baitan duen indar gizatiartzaile eta salbatzailea ikusi ahalko den, hura konbentzimenduz eta erantzukizunez onartua denean.

Kristauok askotan nahastu izan dugu ebanjelizazioa «gure kristautasuna» sozialki onartua izateko desioarekin. Jesusen hitzek, «lurraren gatz» eta «munduaren argi» izatera deitzen gaituztelarik, galdera osoa larriak egitera behartzen gaituzte.

«Berri on» al gara kristauok norbaitentzat? Gure kristau-elkarteetan bizi ohi dena, fededunen artean nabari ohi dena, «berri on» al da gaur egungo jendearentzat?

Kristauok ipintzen al dugu gaur egungo gizartean bizitzari gustu apur bat emango dion zerbait, garbituko duen zerbait, saneatuko duen zerbait, usteldura espiritualetik eta egoismo basati eta solidaritate-gabeziatik askatuko duen zerbait? Bizi al dugu ziurtasun gabeko aldi hauetan jendea argituko duen zerbait, esperantza-apur bat eta salbazio bila dabiltzanei horizonte berri bat eskainiz?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

5 Tiempo ordinario – A (Mateo 5,13-16)

DAR SABOR A LA VIDA

Una de las tareas más urgentes de la Iglesia de hoy y de siempre es conseguir que la fe llegue a los hombres como «buena noticia».

Con frecuencia entendemos la evangelización como una tarea casi exclusivamente doctrinal. Evangelizar sería llevar la doctrina de Jesucristo a aquellos que todavía no la conocen o la conocen de manera insuficiente.

Entonces nos preocupamos de asegurar la enseñanza religiosa y la propagación de la fe frente a otras ideologías y corrientes de opinión. Buscamos hombres y mujeres bien formados, que conozcan perfectamente el mensaje cristiano y lo transmitan de manera correcta. Tratamos de mejorar nuestras técnicas y organización pastoral.

Naturalmente, todo esto es importante, pues la evangelización implica anunciar el mensaje de Jesucristo. Pero no es esto lo único ni lo más decisivo. Evangelizar no significa solo anunciar verbalmente una doctrina, sino hacer presente en la vida de las gentes la fuerza humanizadora, liberadora y salvadora que se encierra en el acontecimiento y la persona de Jesucristo.

Entendida así la evangelización, lo más importante no es contar con medios poderosos y eficaces de propaganda religiosa, sino saber actuar con el estilo liberador de Jesús.

Lo decisivo no es tener hombres y mujeres bien formados doctrinalmente, sino poder contar con testigos vivientes del evangelio. Creyentes en cuya vida se pueda ver la fuerza humanizadora y salvadora que encierra el evangelio cuando es acogido con convicción y de manera responsable.

Los cristianos hemos confundido muchas veces la evangelización con el deseo de que se acepte socialmente «nuestro cristianismo». Las palabras de Jesús llamándonos a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» nos obligan a hacernos preguntas muy graves.

¿Somos los creyentes una «buena noticia» para alguien? Lo que se vive en nuestras comunidades cristianas, lo que se observa entre los creyentes, ¿es «buena noticia» para la gente de hoy?

¿Ponemos los cristianos en la actual sociedad algo que dé sabor a la vida, algo que purifique, sane y libere de la descomposición espiritual y del egoísmo brutal e insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a las gentes en estos tiempos de incertidumbre, ofreciendo una esperanza y un horizonte nuevo a quienes buscan salvación?

José Antonio Pagola

 

5º domingo T.O. – Koinonía

Isaías 58,7-10

Romperá tu luz como la aurora

Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy.» Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.»

Salmo responsorial: 111

El justo brilla en las tinieblas como una luz.

En las tinieblas brilla como una luz / el que es justo, clemente y compasivo. / Dichoso el que se apiada y presta, / y administra rectamente sus asuntos. R.

El justo jamás vacilará, / su recuerdo será perpetuo. / No temerá las malas noticias, / su corazón está firme en el Señor. R.

Su corazón está seguro, sin temor. / Reparte limosna a los pobres; / su caridad es constante, sin falta, / y alzará la frente con dignidad. R.

1Corintios 2,1-5

Os anuncié el misterio de Cristo crucificado

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Mateo 5,13-16

Vosotros sois la luz del mundo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Comentario a los textos Bíblicos: 

Las lecturas de hoy tienen como tema central la justicia de Dios, expresada plenamente en el amor misericordioso para con el prójimo. El relato que leemos del profeta Isaías se enmarca en el contexto del ayuno, en donde se realiza una fuerte crítica al pueblo de Israel por sus prácticas religiosas desarticuladas de la fe y la justicia con los pobres. El profeta llama a realizar el verdadero culto a Yahvé, ligado íntimamente con la justicia y la misericordia. Las prácticas religiosas deben salir del corazón y deben dar como fruto una verdadera justicia social, concretizada en el compartir del pan con el hambriento, en la solidaridad con los que sufren, en preocuparse visceralmente por los hermanos pobres, pues en ellos, en los abatidos, en los mal vistos, es donde el mismo Dios se revela; es en ellos donde la luz de Dios se hace presente; es donde el Dios de Israel verdaderamente habita.

En relación con lo anterior, Pablo expresa a los corintios que el misterio de Dios anunciado por él no se fundamenta en la sabiduría humana, sino en el mismo Señor crucificado, lo cual significa que es Dios quien ha actuado en Pablo y en la comunidad. Es relevante que Pablo se refiera a la cruz de Cristo como el elemento esencial de su predicación. Con ello quiere hacer presente el verdadero rostro de Dios que se revela no a los sabios ni a los poderosos, sino a los más vulnerables de la sociedad. De ahí que el anuncio de la Palabra transformadora de Dios no pertenezca al mundo de la sabiduría humana, sino a la fuerza salvífica del Espíritu de Dios; es decir, que la fe y su debido comportamiento moral, sintetizado en la justicia y en la misericordia, sea una iniciativa exclusiva de Dios, una acción liberadora que penetra en el corazón del ser humano y que lo empuja a actuar de una manera coherente con la Palabra escuchada. Por tanto, el anuncio del misterio de Dios realizado por Pablo a la comunidad griega de Corinto es su propia experiencia de Cristo; lo que realmente anuncia es la vivencia de ese mensaje.

El evangelio de hoy, de Mateo, expresa cuál es la misión de los creyentes de todos los tiempos: ser sal y luz para el mundo. Tanto la sal como la luz son elementos necesarios en la vida cotidiana de las familias. La sal da sabor a las comidas, conserva los alimentos, purifica; en la antigua Palestina servía para encender y mantener el fuego de los hornos de tierra. Por su parte, como es sabido, la luz disipa las tinieblas, ilumina y orienta a las personas; es la metáfora perfecta que emplea el AT para hacer referencia a Dios; y es la tarea de los profetas y en especial la del Mesías: ser luz de las naciones (Is 42,6). Sal y luz, entonces, hablan de la tarea del seguidor fiel de Jesús: Expresar la fe, su integración con el proyecto de Dios a través del testimonio de vida, a través de las buenas obras, de los buenos frutos; tiene la misión de mantener el sabor y la luminosidad de la Palabra de Dios en todo tiempo y lugar del mundo –empresa que únicamente se logra por medio de una conciencia plena de la necesidad de fomentar en la comunidad mundial la justicia y la solidaridad entre los hermanos.

¿Y cuando la Iglesia no es «luz del mundo», sino que también aporta oscuridad, el pecado de sus fieles y hasta de sus sacerdotes, y la falta de renovación para ser sal de la tierra? También hay que preguntarse eso. Porque la frase del evangelio no es una declaración dogmática que nos haga inmunes al mal… El mal y el pecado también se adentran en nuestras vidas, y en la del colectivo eclesial, y hace falta coraje para verlo, para reconocerlo, y para combatirlo. Combatir el mal, también cuando lo vemos dentro de nuestra propia Iglesia, es un deber. No es mayor amor el de que prefiere callar… Ciertamente que la denuncia del mal de la Iglesia tiene que ser por amor, pero un amor probablemente conflictivo, que encontrará resistencias. Pero el amor no es capaz de callar de forma cómplice, cuando se siente en la obligación de combatir el mal, precisamente por amor.

SED FELICES – INMA EIBE

FE ADULTA

Mt 5,1-12

En los evangelios se nos describe el Reinado de Dios de muchas maneras. Casi siempre a través de parábolas sencillas, que eran ?y siguen siendo? comprensibles y cercanas. Todos entendemos qué es una semilla de mostaza que crece, un poco de levadura que hace que fermente una masa, un tesoro escondido en un campo o una perla preciosa que es descubierta de repente… Todo nos habla de algo pequeño, que pasa desapercibido en primera instancia, pero que está presente y que alberga en sí promesa de alegría, crecimiento y vida.

El Sermón de la Montaña es otro modo de describir este Reinado de Dios. Tanto Mateo como Lucas nos ofrecen una versión de este discurso, acercándonos lo que aprendieron de Jesús y trasmitiéndolo cada uno desde su contexto y con sus matices teológicos. Mateo (cuyo evangelio es el que hoy leemos) describe a Jesús proclamando estas palabras desde una montaña, lo que nos transporta a otro monte, el Sinaí, y a otro discurso, el de Moisés cuando presenta al pueblo de Israel las tablas de la Ley. De este modo, el evangelista nos muestra a Jesús como el nuevo Moisés, aquel que presenta y actualiza la voluntad de Dios, el deseo que Dios tiene para la humanidad, para sus hijas e hijos, y aquel que libera del yugo de toda esclavitud.

De boca de Jesús escuchamos continuamente “bienaventurados”, que es la traducción más habitual de ????????, un término que también podemos traducirlo por “felices”, “dichosos”, “afortunados”… Así Jesús desea que la gente que le escucha se sienta alegre y feliz ante circunstancias que, a priori, a nosotros nos resulta imposible reconocerlas como “afortunadas”. ¿Cómo ser feliz cuando se está llorando, se vive en pobreza o se es perseguido? ¿Cómo ser feliz al optar por la mansedumbre, la misericordia, la paz… por tener un corazón limpio, sin odio ni maldad cuando alrededor solo se experimenta violencia, abuso, injusticia…? ¡Qué locura es esta que pronuncia el Maestro!

Sin embargo, quienes le escuchaban en ese momento, que le habían buscado para ser curados o liberados por Él, experimentaban un gran gozo al oír esas palabras, porque sentían que estaban dirigidas a ellos. Con este modo de hablar, Jesús les repetía que ellos son los preferidos de Dios y que son amados por Él. Era a ellos a quienes llamaba “bienaventurados” y se sentían bendecidos y acogidos por Jesús, formando parte de su grupo. En sus oídos resonaría este mensaje como esperanza: ¡el Reino de Dios está irrumpiendo y vosotros sois parte de él!

No es que Jesús quiera que consideremos el sufrimiento, la pobreza o la persecución como realidades positivas. No es que tengamos que buscar de algún modo el sufrimiento o el dolor. Estos son males opuestos al querer de Dios y Jesús no los desea para nadie, pero alienta a enfrentarse a ellos como Él mismo lo hizo: con amor, con mansedumbre, paz y bondad. Son esas actitudes y no sus contrarias las que posibilitan el crecimiento del Reino de Dios, como la pequeña semilla de mostaza o la levadura en la masa.

Por eso este evangelio es para todos. Quizás nosotros no somos pobres o no estamos perseguidos, pero podemos escoger a lado de quiénes nos posicionamos y con qué actitudes vivimos. En estos momentos en los que parece que la violencia y la opresión alzan su voz a nivel mundial, que los poderes políticos y económicos muestran la cara más voraz de la avaricia, ¿cuál es nuestra postura?, ¿cuáles son nuestras opciones? Solo si compartimos verdaderamente la causa de quienes sufren, de quienes hoy lloran o son perseguidos, si experimentamos con fuerza hambre y sed de justicia, si optamos por la paz y la bondad en lo pequeño y concreto del día a día, estas palabras que hoy escuchamos nos llenarán de profunda alegría. Solo entonces podremos oír “sed felices” y, a pesar del dolor o el sufrimiento que experimentemos, nuestro corazón se llenará de un gozo y una paz que nada ni nadie nos podrá quitar.

DOMINGO 4º T.O. – Fray Marcos

(Mt 5,1-12)

A pesar de llorar, puedes ser feliz si no haces llorar a otros. No más allá sino aquí.

Después de sesenta años explicando las bienaventuranzas me he dado cuenta de que no tienen explicación posible. No van dirigidas a la racionalidad sino al ser, al corazón. ¿Te atreverías a decirle a uno que pasa hambre, ¡Enhorabuena! Que suerte tienes, da gracias a Dios por lo que te está pasando. Sería un sarcasmo cruel e inaceptable.

Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido aguanta, porque algún día se cambiarán las tornas y tú serás como el que ahora te oprime. La formulación arcaica, impide descubrir su sentido. Quieren decir que la verdadera humanidad no consiste en buscar el placer, sino en desplegarla al máximo.

Sobre las bienaventuranzas se han dicho las cosas más dispares. Para Gandhi eran la quintaesencia del evangelio. Para Nietzsche son una maldición ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística. El otro pretende comprenderlas desde la razón.

Mateo las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, un nuevo Moisés que promulga la “nueva Ley”.

No tiene importancia que Lucas proponga cuatro y Mateo, nueve. Bastaría con una para romper los esquemas mentales de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas.

La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras de Lucas, recogidas también en Mateo, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mateo las espiritualiza, no solo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón, que nos saca de la materialidad.

Las bienaventuranzas quieren decir: es preferible ser pobre, que ser rico a costa de la pobreza de los demás. Es preferible llorar a hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros pasen hambre. Dichosos no por ser pobres, sino por no empobrecer a otro. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no ser opresores.

Si el ser pobre es motivo de dicha, por qué Jesús se empeñó en liberarlos de sus miserias. Y si la pobreza es una desgracia, por qué la disfrazamos de bienaventuranza. Ahí tenemos la contradicción más radical al intentar explicar racionalmente las bienaventuranzas.

Por paradójico que pueda parecer, la exaltación de la pobreza que hace Jesús, tiene como objetivo el que deje de haber pobres. En ningún caso puede bendecirse la pobreza. Cualquier clase de pobreza causada por el hombre debe ser combatida como una lacra y la causada por los desastres naturales debe ser compartida y en lo posible paliada.

Las bienaventuranzas nos dicen que otro mundo es posible. No es justo que yo esté pensando en consumir más, mientras hay personas que mueren por no tener un puñado de arroz que comer. Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, no ponas el objetivo en consumir. Comprende que mientras menos necesites más rico eres.

Ni el pobre ni el rico se puede considerar aisladamente. La riqueza y la pobreza son dos términos correlativos, no existiría uno sin el otro. Es más, la pobreza es mayor cuanto mayor es la riqueza, y viceversa. Si desaparece la pobreza, desaparecerá la riqueza. Si todos fuésemos igualmente pobres o igualmente ricos no había problema alguno.