FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD – José Luis Sicre

Fe Adulta

El año litúrgico comienza celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, tema del domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando:

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT:

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,

paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15).

«El Señor es compasivo y clemente,

paciente y misericordioso;

no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.

No nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas;

como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos;

como un padres siente cariño por sus hijos,

siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,

paciente y misericordioso;

El Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,

paciente y misericordioso,

que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Conclusión

«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

TRINIDAD (A) Fray Marcos

(Ex 34,4-9) Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

(2Cor 13,11-13) tened un mismo sentir y el Dios de la paz estará con vosotros.

(Jn 3,16-18) Mandó su Hijo al mundo no para condenarlo sino para salvarlo.

Dios ni es 1 ni es 3. Es TODO y, a la vez, no es NADA de lo que es. Aplicar números a Dios es absurdo. Él es el infinito.

Nos ha hecho polvo el empeño griego de explicar racionalmente el evangelio.

Del Abba celeste (origen de todo lo que es) no se puede pasar al Padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra entendido literalmente.

De Hijo cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre y hacerlo presente allí donde actúa, no se puede pasar al Hijo engendrado no creado.

Del Espíritu que lo invade todo y esta en todo, no se puede pasar al sujeto concreto que está por ahí haciendo de las suyas y distribuyendo dones y frutos.

Esto no quiere decir que despreciemos el dogma. El famoso slogan que obsesionó a los teólogos de la Edad Media “fides quaerens intelectum” (la fe buscando ser entendida) ha perdido todo su mordiente. Hoy aceptamos que las verdades de fe no pueden ser demostradas. A lo máximo que podemos aspirar es a descubrir que no nos irracionales. Lo que me llevará a una verdadera fe no es el conocimiento sino la vivencia personal e interior. La gran enseñanza de la Trinidad es que solo vivimos si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que en todo momento reflejara el misterio de la Trinidad.

Debemos estar muy alerta, porque tanto en el AT como en el nuevo podemos encontrar retazos de este falso dios. Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. Muy pronto se olvidaron esos chispazos y el cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que le daba las seguridades que anhelaba.

La Trinidad no es una verdad para creer sino la base de nuestra vivencia cristiana. Una profunda experiencia del mensaje cristiano será siempre una aproximación al misterio Trinitario. Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar lo que algunos consideraron errores en las formulaciones racionales, pero lo verdaderamente importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.

Lo más urgente en este momento para el cristianismo, no es explicar mejor el dogma de la Trinidad, y menos aún, una nueva doctrina sobre Dios Trino. Tal vez nunca ha estado el mundo cristiano mejor preparado para intentar una nueva manera de entender el Dios de Jesús, una nueva espiritualidad que ponga en el centro al Espíritu-Dios, que impregna el cosmos, irrumpe como Vida, aflora en la conciencia de cada persona y se vive en comunidad. Sería, en definitiva, la búsqueda de un encuentro vivo con Dios. No se trata de explicar la esencia de la luz, sino de abrir los ojos para ver.

Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el TODO que nos identifica con Él. Debemos tomar conciencia de que cuando hablamos de cualquiera de las tres personas, estamos hablando de Dios. En teología, se llama “apropiación” (¿indebida?) esta manera impropia de asignar acciones distintas a cada persona. Ni el Padre ha creado ni el Hijo separado ha venido a salvarnos ni el Espíritu Santo actúa por su cuenta. Todo es obra del Dios sin hacer nada.

Nada de lo que pensamos o decimos sobre Dios es adecuado. Cualquier definición o cualquier calificativo que atribuyamos a Dios son incorrectos. Lo que creemos saber racionalmente de Dios, es un estorbo para vivir su presencia vivificadora en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos por lo menos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.

Los creyentes no solemos ir más allá de unas ideas (ídolos) que hemos fabricado a nuestra medida. Callar sobre Dios, es siempre más exacto que hablar. Dicen los orientales: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Las primeras líneas del “Tao” rezan: El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao; el nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre. Teniendo esto en cuenta, podemos hablar de Dios sin ninguna limitación, pero con la conciencia de que toda palabra es inadecuada.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios todo lo que hace los es. Si ama, es amor. Pero al decir que es amor, nos equivocamos también, porque le aplicamos el concepto de amor humano que no se puede aplicar Dios. En Dios el AMOR, es algo completamente distinto.

Es un amor que no podemos comprender, aunque sí experimentar. Los primeros cristianos emplearon siete palabras diferentes para hablar del amor. Al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En el amor humano hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él. El amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros; no puede no amar, dejaría de ser.

Vivir la experiencia de la Trinidad, sería convivir. Sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se está reflejando la Trinidad. Si descubrimos a Dios en nosotros, identificado con nuestro propio ser, descubriremos a Dios con nosotros en los demás. Descubrimos también a Dios que nos trasciende y en esa trascendencia completamos la imagen de Dios.

Hoy no tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios o dioses. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Lo que rechazan los ateos, es nuestra idea de Dios que no supera un teísmo interesado y miope. Después de darle muchas vueltas a tema, he llegado a la conclusión de que es más perjudicial para el ser humano el teísmo que el ateísmo.

La verdad es que no hemos hecho mucho caso al Dios revelado por Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abba insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la verdadera salvación que tenemos que apropiarnos. Es también el fundamento de nuestra confianza en Dios.

Más allá de la Trinidad

De Dios no podemos decir nada porque nada podemos pensar sobre Él

Pretender llegar a Dios por vía intelectual o racional o conceptual es absurdo

El único conocimiento de Dios posible es el vivencial, místico

Pero esa vivencia no se puede meter en palabras y conceptos

Eckhart hace una profunda, aunque sutil diferencia entre Dios y Deidad

Dios sería lo que percibimos de Dios en las criaturas, el Dios que puede ser nombrado

Las criaturas nos hablan de Dios, pero no pueden hablar de la Deidad

Deidad sería lo que trasciende y nada puede verse de ella porque es pura unidad

No se puede relacionar con nada porque no hay nada fuera de ella

En la divinidad todo es uno y todo se identifica con ella

El ser humano puede relacionarse con Dios como presente en su creación

Pero con la Divinidad no hay relación posible sino solo identidad total

La Trinidad es una representación que nos hacemos de Dios

Pero esa representación no puede afectar a la Divinidad porque es simplicidad absoluta

La Trinidad es Dios captado por el hombre y comprendido a su manera

La Deidad es Dios sacado de los límites de toda manipulación humana

Mientras tratemos con Dios podemos permanecer siendo nosotros mismos

Si me sumerjo en la Divinidad, no quedará nada de mí, me confundiré con ella

Al relacionarse con Dios, el hombre busca sus propios intereses

Si se relaciona con la Deidad, camina hacia la disolución total y desaparición del yo

No solo debe renunciar a todo lo externo a él sino renunciar a sí mismo

La pura Nada de Dios y el absoluto vacío del hombre se identifican

Cualquier palabra pronunciada te descentrará de la UNIDAD y te volverá a tu yo

La Deidad es nada y vacío, para alcanzarla tienes que vaciarte totalmente

Nada expresa la imposibilidad absoluta de identificar a la Deidad con nada

Hay que dejar de ser para llegar a ser uno con el ser absoluto

Ese vaciamiento exige incluso vaciarse de Dios (el dios pensado y visto desde fuera)

Ahora entenderéis la frase: pido a Dios que me libre de Dios

Esa nada absoluta de la Divinidad y del hombre está fuera del tiempo y el espacio

Solo se puede dar en el aquí y ahora eternos, es decir, en la eternidad presente

Por eso la encarnación no pudo darse en un único ser y un tiempo determinado

Dios es encarnación y se está encarnando siempre en todos y en todo

Todo ser humano puede vivir esa experiencia de encarnación en él mismo

Hirutasun Txit Santua -Santísima Trinidad–J. A. Pagola

KRISTAUA JAINKOAREN AURREAN

Kristauok ez dugu izaten beti gauza erraza Hirutasun bezala aitortzen dugun Jainkoaren misterioarekin harreman zehatz eta biziak izatea. Halaz guztiz, krisialdi erlijiosoa gonbidatzen ari zaigu berarekin harreman pertsonal, osasuntsu eta graziazkoak zaintzera, inoiz baino arduratsuago. Jesus, Galileako profetagan haragi egindakoa, dugu abiapuntu hobena geure fede xumea biziberritzeko.

Nola bizi Aitaren aurrean? Oinarrizko bi jarrera agertu dizkigu Jesusek. Lehenik eta behin, erabateko konfiantza. Ona da Aita. Mugarik gabe maite gaitu. Ezer ez zaio axola gure ongia baizik. Beldurrik gabe izan dezakegu konfiantza beragan, errezelorik gabe, kalkulurik edo estrategiarik gabe. Bizitzea Maitasunagan konfiantza izatea da, gauza guztien azken misterio gisa harturik.

Bigarrenik, baldintzarik gabeko esanekotasuna. On da Aita horren borondateari adi bizitzea, guztiontzat bizi duinago bat besterik ez baitu nahi. Ez dago bizitzeko modu osasuntsuago eta egokiagorik. Hauxe du bere arrazoi sekretua errealitatearen misterioa Jainko Aitarekiko fedeaz bizi duenak.

Zer da Jainkoaren Seme haragi eginarekin bizitzea? Lehenik eta behin, Jesusi jarraitzea: bera ezagutzea, berari sinestea, berarekin sintonizatzea, beraren urratsei jarraituz bizitzen ikastea. Bizitza berak ikusten zuen bezala ikustea; jendeari berak ematen zion bezalako tratua ematea; berak egiten zuen bezala, ontasunaren eta askatasun kreatzailearen zeinuak ereitea. Bizitza gizatiarrago eginez bizitzea. Horrela bizi da Jainkoa haragi egin denean. Kristau batentzat ez dago biziera zirraragarriagorik.

Bigarren, Aitaren borondateari jarraituz, Jesusek abian ipini duen Jainkoaren egitasmoan parte hartzea. Ezin gelditu gara besoak gurutzaturik. Negar dagitenak, barrez ikusi nahi ditu Jainkoak; gose direnak, jaten ikusi nahi ditu. Gauzak eraldatu egin behar ditugu, bizitza guztientzat bizitza izan dadin. Berak «Jainkoaren erreinua» deitzen duen egitasmo hau dugu giza bizitza gizatiarrago bihurtzeko Jesusek Jainkoaren azken misteriotik proposatzen digun esparrua, norabidea eta horizontea.

Zer da Espiritu Santuak arnasturik bizitzea? Lehenik eta behin, maitasuna arnasturik bizitzea. Hori ateratzen dugu Jesusen ibilbide guztitik. Funtsezkoa, den-dena maitasunez eta maitasunetik bizitzea da. Ez da ezer garrantzizkoagorik. Maitasuna da gure bizitzan zentzua, egia eta esperantza jartzen dituen indarra. Maitasunak salbatzen gaitu hainbat eta hainbat trakeskeria, errore eta miseriatatik.

Azkenik, «Jainkoaren Espirituak gantzuturik» bizi denak sentitzen du Berri Ona behartsuei hots egitera modu berezian bidalia dela. Halakoaren bizitza indar askatzailea da gatibuentzat; argi da itsu bizi direnentzat; opari da zoritxarreko sentitzen direnentzat.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

EL CRISTIANO ANTE DIOS

No siempre se nos hace fácil a los cristianos relacionarnos de manera concreta y viva con el misterio de Dios confesado como Trinidad. Sin embargo, la crisis religiosa nos está invitando a cuidar más que nunca una relación personal, sana y gratificante con él. Jesús, el Misterio de Dios hecho carne en el Profeta de Galilea, es el mejor punto de partida para reavivar una fe sencilla.

¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo.

En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues solo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.

¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.

En segundo lugar, colaborar en el proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran, Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este proyecto que Jesús llama «reino de Dios» es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.

¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.

Por último, quien vive «ungido por el Espíritu de Dios» se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.

José Antonio Pagola

04 de Junio de 2023 Santísima Trinidad – Koinonía

Éxodo 34,4b-6.8-9

Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él, proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»

2Corintios 13,11-13

La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo

Hermanos: Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.

Juan 3,16-18

Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

La Biblia nos revela en una palabra quién es Dios: Dios es amor (1 Jn 4,8). Amor personal (porque te ama a ti, como si sólo a ti te amase), amor total (sin medida, porque la medida del amor es dar sin medida), amor sacrificado (oblativo, entregado y paciente), amor universal (inclusivo, no excluyente), amor preferencial (se inclina más hacia el débil), y amor comunitario, amor que crea comunidad, porque en su origen mismo es comunidad. De las lecturas de hoy podemos obtener, de alguna manera, un perfil o rostro de Dios.

La lectura del Éxodo lo revela como un Dios «compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad» (34,6); y esto inmediatamente después del episodio de adoración al becerro de oro (Ex 32). Como queriendo contrastar la infidelidad del Pueblo y la fidelidad de Dios.

Es el Dios del éxodo, el Dios que acompaña a su pueblo en una historia de liberación, una historia de escape de la opresión. Esta voluntad de Dios de acompañar a su pueblo hacia la libertad, se convierte para los israelitas en Utopía, la Utopía que dios propone a la Israel, a los cristianos más tarde, y a través de ellos, a la Humanidad toda.

Significa esto que el Dios de Israel y el de Jesús, es un Dios de la historia. El antiguo y nuevo Pueblo de Dios no llegaron a la experiencia de Dios por la naturaleza (como ha sido tan frecuente y durante tanto tiempo toda la humanidad ha sentido la presencia de Dios en la naturaleza, en los largos tiempos del paleolítico), ni por la filosofía (la reflexión de la razón, como el caso de los filósofos, para a través de las causas segundas llegar a una primera causa: Dios); la religión israelita-cristiana, el judeocristianismo, se ha encontrado a sí mismo vibrando su sintonía con un Dios de la historia.

Lo podemos ver claramente en el hecho de que el credo de Israel y el de la Iglesia –sus textos oficiales de confesión de la fe– se definen como credos “históricos”; esos credos, efectivamente, son de hecho una historia, un relato, una narración de las acciones de Dios que su pueblo ha creído palpar en la historia. Dejar de lado la historia, equivocarse con Dios, sería cambiar de Dios. Y un Dios desentendido de la historia no sería el Dios de los cristianos.

De Pablo leemos hoy unos cortos versículos que, curiosamente semejan una concepción trinitaria, cuando sabemos que ésta fue una elaboración muy tardía, muy posterior a Pablo. Pero la intuición de Pablo adelante caminos. Es el saludo a la asamblea: «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con ustedes» 2 Cor 13,13.

El evangelio de hoy, tomado de Juan, es uno de esos textos-cumbre de la literatura bíblica: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo» (3,16). Aunque el conjunto de la perícopa es del estilo lapidario y extremadamente simbólico característico de Juan, que nunca podemos pensar que pudiera responder a palabras históricas directas de Jesús.

Lo importante de este fragmento evangélico es que también centra la “figura” de Dios en el amor. Dios es amor, hasta el punto de darlo todo. Y desde esta luz del evangelio hay que entender e interpretar la elaboración doctrinal trinitaria que sólo varios siglos más tarde será estructurada y definida, en diálogo con una cultura filosófica griega que a todos nosotros nos queda muy lejos (sobre todo queda lejos de la cultura actual).

En tiempo de Jesús, la idea-imagen principal que captó la mente de las comunidades de discípulos que lo recordaron y que elaboraron los evangelios, fue la idea del mesianismo, la imagen de un Mesías que se esperaba ardientemente que fuera enviado por Dios… Tres siglos más tarde esa idea estaba ya muy débil, no captaba las mentes, y casi estaba olvidada. La idea-imagen que sin embargo sí captó la mente de los cristianos de fin del tercero y cuarto siglos fueron las ideas e imágenes de la cultura filosófica griega, la metafísica y todas sus nociones emparentadas: sustancia, esencia, hipóstasis… Estas ideas captaban poderosamente el imaginario de los cristianos de aquellos siglos, y así fue posible la elaboración de aquella visión cristológica y trinitaria que quedó luego escrita en piedra al quedar proclamada como oficial y dogmática por aquellos concilios.

Es decir: cada generación, cada época cultural, está dominada por unas ideas principales, hegemónicas, que captan la atención y el sentido profundo del lenguaje cultural que les expresa, y es en ese lenguaje en el que expresan también su forma de ‘concebir’ y de sentir a Dios. Toda la teología trinitaria tiene como base este lenguaje cultural propio de esos primeros siglos de la historia de la Iglesia. Cuando pasa el tiempo, y sobre todo, cuando cambia la cultura y cuando lo hace en profundidad, los símbolos, conceptos y expresiones de la época anterior pierden fuertemente relevancia, dejan de captar las mentes y los corazones, pierden significado, y llegan incluso a perder su inteligibilidad.

Es nuestro caso, en el ocaso de una civilización cristiana occidental, en el que muchos símbolos y conceptos medievales, y sobre todo metafísicos de raigambre filosófica griega están dejando de ser utilizables en esta nueva cultura post-metafísica. Y con ello, también los símbolos, credos, concepciones y dogmas religiosos elaborados en aquella cultura, corren la misma suerte de deterioro, de pérdida de plausibilidad y de inteligibilidad.

Es por eso que los cristianos –y la teología fundamentalmente– están llamados a recrear el lenguaje, a re-expresar su fe en la nueva cultura de la sociedad posmoderna y secular del siglo XXI. Teneos derecho y también obligación de expresar y vivir nuestra fe en la cultura de hoy. O perderemos el tren de la historia.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 056 de la serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/), de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El gemido del viento».

La serie «Otro Dios es posible» contiene la entrevista 63, titulada «¿Santísima Trinidad?», que puede ser útil para un debate en grupo. [http://radialistas.net/article/63-santisima-trinidad/]

Domingo de Pentecostés. Ciclo A –  José L. Sicre

Fe Adulta

La liturgia de la misa no ha tratado muy bien al Espíritu Santo. En el Gloria, después de extenderse en el Padre y el Hijo, al final, casi por compromiso, se añade: «con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre». Y el Credo, aunque lo reconoce «Señor y dador de vida», da más importancia a su relación con las otras personas divinas («procede del Padre y del Hijo») y limita su acción al Antiguo Testamento («habló por los profetas»). Afortunadamente, los textos bíblicos ofrecen una imagen mucho más rica. Pero también más compleja. Lucas y Juan ofrecen dos versiones muy distintas del don del Espíritu Santo, porque cada uno quiere ofrecer un mensaje peculiar. Pero es preferible comenzar por el texto más antiguo, el de la primera carta a los Corintios (escrita hacia el año 51).

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)

En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Ya lo había anunciado el profeta Joel cuando dijo que el Señor enviaría su espíritu sobre todos los israelitas sin distinción de género (hijos e hijas) de edad (ancianos y jóvenes) ni de clase social (siervos y siervas). Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por diez). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.

La representación pictórica más famosa de esta escena es del cuadro de El Greco, conservado en el museo del Prado. Hay en él un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena. Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). El Greco no podía pintar una comunidad de ciento veinte personas, pero ha sugerido la diversidad y totalidad del don a través de la Magdalena.

La versión de Juan 20, 19-23

Este pasaje ya lo leímos el segundo domingo de Pascua. En el comentario que entonces envié destacaba los distintos temas: el miedo de los discípulos, el saludo de Jesús, la prueba de las manos y el costado, la alegría de los discípulos, la misión y el don del Espíritu. Recuerdo lo que dije a propósito del último tema, fundamental en la fiesta de hoy.

Los evangelios de Mc y Mt no dicen nada de este don, y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

Conclusión

Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el “profeta”).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

José Luis Sicre

PENTECOSTÉS (A) Fray Marcos

(Hch 2,1-11) Se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas…

(Cor 12,3-13) Nadie puede decir Jesús es Señor, si nos es bajo la acción del E.

(Jn 20,19-23) Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

Dios es Espíritu, imaginarlo de otra manera nos lleva a la idolatría. No tiene que venir de ninguna parte ni hay lugar alguno donde no esté.

Espíritu es el concepto más escurridizo de la teología. La Escritura no es de gran ayuda en este caso, porque las numerosas referencias al Espíritu, tanto en el AT como en el NT no se puede entender al pie de la letra. Apenas podremos encontrar dos pasajes en los que tenga el mismo significado. El valor teológico lo debemos descubrir en cada caso, más allá de la literalidad del discurso. Algo está claro: en ningún caso en toda la Biblia podemos entenderlo como una entidad separada que actúa por su cuenta.

Pablo aporta una idea genial al hablar de los distintos órganos. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que el cuerpo mantiene unidas a billones de células que vibran con la única vida. Todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa en la vida biológica. El evangelio de Juan escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lucas. Esas distintas “venidas” indican que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios: Pare, Hijo y Espíritu. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad.

Pablo dijo: sin el Espíritu no podríamos decir: Jesús es el Seño (1 Cor 12,3)”. Ni decir: “Abba” (Gal 4,6). Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que dar Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser lo que soy.

Cada uno de nosotros estamos impregnados de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió (dio) a los discípulos. Solo cada persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo viven los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Somos conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación “supra personal”. Lo llama papá, cosa inusitada en su época y en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Toda su predicación estuvo encaminada a hacer ver a los que le seguían que tenían que vivir esa misma experiencia para alcanzar la plenitud de humanidad que le alcanzó.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de sometimiento alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, interese, miedos. El Espíritu es la energía integradora de cada persona y también la integradora de la comunidad.

A veces hemos pretendido que el Espíritu nos lleva en volandas desde fuera. Otras veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuente que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán­dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto, esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, ser trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios está en cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando Él. Por el contrario, Jesús dijo que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. «El que quiera ser primero sea el servidor de todos.» O, «no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor.»

El Espíritu es la fuerza que mantiene unida la comunidad. En el relato de los Hechos, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico del relato. Dios hace de todos los pueblos uno, “destruyendo el muro que los separaba, el odio”. El Espíritu fue el alma de la primera comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción.

Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica. Cuando faltó la cohesión interna, hubo necesidad de buscar la fuerza de la ley para subsistir como comunidad.

“Obediencia” fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados, porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es nuestro verdadero ser.

Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto el superior como el inferior, tiene que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia de Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados o superiores con relación a los demás, anulará una verdadera escucha del Espíritu.

Mendekoste – A (Joan 20,19-23)

HASIERA BERRIA

Jesus erailtzeak izuturik, ikasleak etxe ezagun batean babestu dira. Elkartu dira berriro, baina Jesus ez dute jadanik berekin. Elkartean hutsune bat dute, inork bete ezin duena. Jesus falta zaie. Ezin dituzte jadanik suzko haren hitzak entzun. Ezin dute hura jadanik ikusi zoritxarrak jotako jendea samurkiro bedeinkatzen. Nori jarraituko diote orain?

Iluntzen ari du Jerusalemen; baita ikasleen bihotzean ere. Ezin kontsolatu ditu inork beren tristuratik. Pixkana-pixkana, beldurra ari da nagusitzen guztiez, baina Jesus ez dute beren artean aupa esanez bihotz emateko. Nolabaiteko segurtasun-apur bat ematen diena «ateak itxirik edukitzea» da. Inork ez du pentsatzen jadanik bideari ekitea Jainkoaren erreinua hots egiteko eta bizitza sendatzeko. Jesus gabe, nolatan kutsa dezakete haren Berri Ona?

Joan ebanjelariak era gaindiezinean deskribatu du ikasleengan gertatu den eraldaketa, Jesus, bizi-bizirik, beraien artean presente egin denean. Berpiztua bere elkartearen erdian dago berriro. Horrela izango da beti. Berarekin dena da posible: guztiok beldurretik liberatzea, ateak irekitzea eta ebanjelizazioa abian ipintzea.

Kontakizunaren arabera, Jesusek bere elkarteari ufatu dion lehenengo gauza bere bakea da. Inolako aurpegiratzerik ez bera alde batera utzi dutelako, inongo kexarik ez, gaitzespenik ez. Bakar-bakarrik, bakea eta poza. Beraren hats kreatzailea sentitu dute ikasleek. Dena hasi da berriro. Espirituak eraginik, lankide izaten jarraituko dute mendetan barna Aitak Jesusi gomendatu dion egitasmo salbatzaile berean.

Elizak gaur egun behar duena, ez dira erreforma erlijiosoak eta elkartasunerako, komuniorako, deiak bakarrik. Behar duguna, geure elkarteetan «hasiera berri bat» esperimentatzea da, geure artean Jesusen presentzia bizia sumatzen hasirik. Berari bakarrik dagokio Elizan erdigunea. Berak bakarrik eragin dezake elkartasuna, komunioa. Berak bakarrik eraberritu dezake gure bihotza.

Ez dira aski gure ahaleginak eta gure lanak. Jesus da zeruertzaren aldaketa leherrarazi dezakeena, beldurretik eta errezeloetatik liberatzea, bakearen eta baretasunaren klima sortzea, hartaraino behar baitugu hori guztia ateak irekitzeko eta ebanjelioa partekatzeko geure aldi honetako gizon-emakumeekin.

Baina beraren presentzia geure artean fedez onartzen ikasi beharra dugu. Jesus zortzigarren egunean berriro aurkeztu denean, narratzaileak diosku ateak itxirik daudela artean. Ez da Tomas bakarrik Berpiztuagan konfiantzaz sinesten ikasi behar duena. Gainerako ikasleek ere gaindituz joan behar dute beren beldurra eta duda-mudak, artean atean itxirik jarraitzen baitute ebanjelizaziora joateko.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

NUEVO INICIO

Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero ya no está Jesús con ellos. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. No pueden escuchar sus palabras llenas de fuego. No pueden verlo bendiciendo con ternura a los desgraciados. ¿A quién seguirán ahora?

Está anocheciendo en Jerusalén y también en su corazón. Nadie los puede consolar de su tristeza. Poco a poco, el miedo se va apoderando de todos, pero no tienen a Jesús para que fortalezca su ánimo. Lo único que les da cierta seguridad es «cerrar las puertas». Ya nadie piensa en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Sin Jesús, ¿cómo van a contagiar su Buena Noticia?

El evangelista Juan describe de manera insuperable la transformación que se produce en los discípulos cuando Jesús, lleno de vida, se hace presente en medio de ellos. El Resucitado está de nuevo en el centro de su comunidad. Así ha de ser para siempre. Con él todo es posible: liberarnos del miedo, abrir las puertas y poner en marcha la evangelización.

Según el relato, lo primero que infunde Jesús a su comunidad es su paz. Ningún reproche por haberlo abandonado, ninguna queja ni reprobación. Solo paz y alegría. Los discípulos sienten su aliento creador. Todo comienza de nuevo. Impulsados por su Espíritu, seguirán colaborando a lo largo de los siglos en el mismo proyecto salvador que el Padre ha encomendado a Jesús.

Lo que necesita hoy la Iglesia no es solo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un «nuevo inicio» a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Solo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Solo él puede impulsar la comunión. Solo él puede renovar nuestros corazones.

No bastan nuestros esfuerzos y trabajos. Es Jesús quien puede desencadenar el cambio de horizonte, la liberación del miedo y los recelos, el clima nuevo de paz y serenidad que tanto necesitamos para abrir las puertas y ser capaces de compartir el evangelio con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Pero hemos de aprender a acoger con fe su presencia en medio de nosotros. Cuando Jesús vuelve a presentarse a los ocho días, el narrador nos dice que todavía las puertas siguen cerradas. No es solo Tomás quien ha de aprender a creer con confianza en el Resucitado. También los demás discípulos han de ir superando poco a poco las dudas y miedos que todavía les hacen vivir con las puertas cerradas a la evangelización.

José Antonio Pagola

Pentecostés – Koinonía

Hechos 2,1-11: Se llenaron del Espíritu

Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra

1 Corintios 12,3b-7.12-13: Fuimos bautizados en un mismo Espíritu

Juan 20,19-23: Reciban el Espíritu Santo

Hechos 2,1-11: Se llenaron del Espíritu

La venida del Espíritu Santo

1 Cuando llegó la fiesta de Pentecostés,b todos los creyentes se encontraban reunidos en un mismo lugar. 2 De pronto, un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte, resonó en toda la casa donde estaban. 3 Y se les aparecieron lenguas como de fuego,c repartidas sobre cada uno de ellos. 4 Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,d y comenzaron a hablar en otras lenguase según el Espíritu les daba que hablasen.

5 Por aquellos días había en Jerusalén judíos cumplidores de sus deberes religiosos, llegados de todas las partes del mundo. 6 Mucha gente se reunió al oir aquel ruido, y no sabían qué pensar, porque cada uno oía a los creyentes hablar en su propia lengua.f 7 Eran tales su sorpresa y asombro, que se decían unos a otros:

–¿Acaso no son de Galilea todos estos que están hablando? 8 ¿Cómo es que les oímos hablar en nuestras propias lenguas? 9 Aquí hay gente de Partia, de Media, de Elam, de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia, del Ponto y de la provincia de Asia, 10 de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene. Hay también quienes vienen de Roma, 11 tanto judíos de nacimiento como convertidos al judaísmo; y también los hay venidos de Creta y de Arabia. ¡Y todos les oímos contar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios!g

12 Todos estaban asombrados, sin saber qué pensar, y se preguntaban:

–¿Qué significa todo esto?

1 Corintios 12,3b-7.12-13: Fuimos bautizados en un mismo Espíritu

1 Hermanos, no quiero que estéis en ignorancia respecto de los dones espirituales.

2 Sabéis que cuando todavía no erais creyentes os dejabais arrastrar ciegamente tras los ídolos mudos.b 3 Por eso quiero ahora que sepáis que nadie puede decir: “¡Maldito sea Jesús!”,c si está hablando por el poder del Espíritu de Dios. Como tampoco puede decir nadie: “¡Jesús es Señor!”, si no está hablando por el poder del Espíritu Santo.d

Unidad y diversidad de los dones

4 Los dones que recibimos son diversos,e pero el que los concede es un mismo Espíritu. 5 Hay diversas maneras de servir, pero todas lo son por encargo de un mismo Señor.f 6 Y hay diversos poderes para actuar, pero es un mismo Dios el que lo realiza todo en todos. 7 Dios da a cada uno alguna prueba de la presencia del Espíritu, para provecho de todos.g 8 Por medio del Espíritu, a unos les concede que hablen con sabiduría, y a otros, por el mismo Espíritu, les concede que hablen con profundidad de conocimiento. 9 Unos reciben feh por medio del mismo Espíritu y otros reciben el don de sanar enfermos. 10 Unos reciben poder para hacer milagros y otros tienen el don de profecía.i A unos, Dios les da la capacidad de distinguir entre los espíritus falsos y el Espíritu verdadero, y a otros les da la capacidad de hablar en lenguas;j y todavía a otros les da la de interpretar lo que en esas lenguas se haya dicho.k 11 Pero todas estas cosas las hace el mismo y único Espíritu, dando a cada cual lo que a él mejor le parece.l

Jesús se aparece a los discípulos

(Mt 28.16-20; Mc 16.14-18; Lc 24.36-49)

19 Al llegar la noche de aquel mismo día, primero de la semana,i los discípulos estaban reunidos y tenían las puertas cerradas por miedo a los judíos.j Jesús entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo:

–¡Pazk a vosotros!

20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado.l Y ellos se alegraronm de ver al Señor. 21 Luego Jesús dijo de nuevo:

–¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros.n

22 Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió:

–Recibid el Espírituñ Santo. 23 A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar.o

COMENTARIOS A LOS TEXTOS LITÚRGICOS:

Cualquier gran ciudad de nuestro mundo rememora ya el ambiente de la torre de Babel: pluralidad de lenguas, pluralidad de culturas, de ideas, de estilos de vida y problemas inmensos de intolerancia e incomprensión entre los que la habitan. ¿Cómo convivir y entenderse quienes tienen tantas diferencias? La situación está volviéndose especialmente problemática en los países desarrollados, pero también en las grandes ciudades de todo el mundo. Inmigrantes del campo, del interior, de otras provincias o países que lo dejan todo para buscar un trabajo, un hogar, un lugar donde recibir sustento y calidad de vida. A la desesperada, son cada día más los que abandonan su país para tocar a la puerta de los países desarrollados, aunque para ello haya que surcar mares tenebrosos en barcas desamparadas. Llegar a la otra orilla es la ilusión… Y cuando llegan, si es que los dejan entrar, comienza un verdadero calvario hasta poder situarse un poco al nivel de los que allí viven…

Nuestro mundo se ha convertido ya en paradigma de la torre de Babel, palabra que significaba «puerta de los dioses». Así se denominaba la ciudad, símbolo de la humanidad, precursora de la cultura urbana. Una ciudad en torno a una torre, una lengua y un proyecto: escalar el cielo, invadir el área de lo divino. El ser humano quiso ser como Dios (ya antes lo había intentado en el paraíso a nivel de pareja, ahora a nivel político) y se unió (-se uniformó-) para lograrlo.

Pero el proyecto se frustró: aquél Dios, celoso desde los comienzos del progreso humano, confundió (en hebreo, balal ) las lenguas y acabó para siempre con la Puerta de los dioses (Babel). Tal vez nunca existió aquel mundo uniformado; quizá fue sólo una tentadora aspiración de poder humano. Después del castigo divino, las diferentes lenguas fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de ruptura humana. El autor de la narración babélica no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó el gesto divino como castigo. Pero, a su pesar, hizo constar que Dios estaba por el pluralismo, diferenciando a los habitantes del globo por la lengua, y dispersándolos.

Siglos después de escribirse esta narración del libro del Génesis, leemos otra en el de los Hechos de los Apóstoles. Tuvo lugar el día de Pentecostés, fiesta de la siega en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí, «cincuenta días» (=Pentecostés) después de la salida de Egipto.

Estaban reunidos los discípulos, también cincuenta días después de la Resurrección (el éxodo de Jesús al Padre) e iban a recoger el fruto de la siembra del Maestro: la venida del Espíritu que se describe acompañada de sucesos, expresados como si se tratara de fenómenos sensibles: ruido como de viento huracanado, lenguas como de fuego que consume o acrisola, Espíritu (=ruah: aire, aliento vital, respiración) Santo (=hagios: no terreno, separado, divino). Es el modo que elige Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que les libraría del miedo y del temor y que les haría hablar con libertad para promulgar la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús.

Por esto, recibido el Espíritu, comienzan todos a hablar lenguas diferentes. Algunos han querido indicar con esta expresión que se trata de «ruidos extraños»; tal vez fuera así originariamente, al estilo de las reuniones de carismáticos. Pero Lucas dice «lenguas diferentes». Así como suena. Poco importa por lo demás averiguar en qué consistió aquel fenómeno para cuya explicación no contamos con más datos. Lo que sí importa es saber que el movimiento de Jesús nace abierto a todo el mundo y a todos, que Dios ya no quiere la uniformidad, sino la pluralidad; que no quiere la confrontación sino el diálogo; que ha comenzado una nueva era en la que hay que proclamar que todos pueden ser hermanos, no sólo a pesar de, sino gracias a las diferencias; que ya es posible entenderse superando todo tipo de barreras que impiden la comunicación.

Porque este Espíritu de Dios no es Espíritu de monotonía o de uniformidad: es políglota, polifónico. Espíritu de concertación (del latín «concertare»: debatir, discutir, componer, pactar, acordar). Espíritu que pone de acuerdo a gente que tiene puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. El día de Pentecostés, a más lenguas, no vino, como en Babel, más confusión. «Cada uno los oía hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios». Dios hacía posible el milagro de entenderse. Se estrenó así la nueva Babel, la pretendida de Dios, lejos de uniformidades malsanas, un mundo plural, pero acorde. Ojalá que la reinventemos y no sigamos levantando muros ni barreras entre ricos y pobres, entre países desarrollados y en vías de desarrollo o ni siquiera eso.

Y la venida del Espíritu significó para aquel puñado de discípulos el fin del miedo y del temor. Las puertas de la comunidad se abrieron. Nació una comunidad humana, libre como viento, como fuego ardiente. No sin razón dice Pablo: «Donde hay Espíritu de Dios hay libertad», y donde hay libertad, autonomía (el ser humano -y su bien- se hacen ley), y donde hay autonomía, se fomenta la pluralidad y la individualidad, como camino de unidad, y resplandece la verdad, porque el Espíritu es veraz y nos guiará por el camino de la verdad, de la autenticidad, de la vida, como dice Juan en su evangelio. Que venga un nuevo Pentecostés sobre nuestro mundo –es nuestra oración- para acabar con esta ola de intolerancia e intransigencia que nos invade por doquier.

ASCENSIÓN DEL SEÑOR. CICLO A – José Luis Sicre

Fe Adulta

El domingo de Resurrección celebramos la victoria de Jesús sobre la muerte; en la fiesta de la Ascensión celebramos su triunfo definitivo. Una especie de Premio Nobel después de una dura carrera. Algo que debe llenarnos de alegría y orgullo.

Las lecturas recurren a imágenes muy distintas. Lucas, en el libro de los Hechos, basándose en la cultura grecorromana, presenta el triunfo como subida al cielo; la carta a los Efesios, como estar sentado a la derecha de Dios; el evangelio, como la plenitud del poder (el conocedor del Antiguo Testamento percibe también la supremacía absoluta de Jesús sobre Moisés).  Pero no se trata de un triunfo para quedarnos embobados mirando al cielo. En la primera y tercera lecturas adquiere especial relieve el tema de la misión.

Subir al cielo como imagen del triunfo (Hechos 1,1-11)

Jesús subiendo al cielo es una imagen bastante representada por los artistas, y la tenemos incorporada desde niños, además de formar parte de nuestra profesión de fe. Alguno podría imaginar que esta escena se encuentra en los cuatro evangelios. Sin embargo, el único que la cuenta es Lucas, y por dos veces: al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos. Pero son versiones bastante distintas.

El evangelio ofrece una versión muy breve. El mismo día de la resurrección, después de aparecerse a los discípulos y hablar con ellos, Jesús los saca hacia Betania, los bendice alzando las manos y es llevado al cielo. Ellos se postran y vuelven alegres a Jerusalén.

Cuando escribe el libro de los Hechos, Lucas introduce cambios muy notables en este momento final.

  1. Los cuarenta días. El evangelio de Lucas y los otros evangelistas no dice nada de este período de 40 días entre la resurrección y la ascensión. ¿Por qué lo introduce Lucas en el libro de los Hechos? ¿Qué quiere decirnos? El número 40 se usa en la Biblia para indicar plenitud, sobre todo cuando se refiere a un período de tiempo. El diluvio dura 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús, 40 días… Se podrían citar otros muchos ejemplos. En este caso, lo que pretende decir Lucas es que los discípulos necesitaron más de un día para convencerse de la resurrección de Jesús, y que este se les hizo especialmente presente durante el tiempo que consideró necesario, para terminar también de instruirlos sobre el Reino de Dios.
  2. La comida de despedida. Se centra en la orden de Jesús de permanecer en Jerusalén hasta que reciban el Espíritu Santo. Algo parecido había escrito Lucas en el evangelio: «Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de una fuerza de lo alto». Aquí queda más clara la referencia al Espíritu Santo, preparándonos para la próxima fiesta de Pentecostés.
  3. Se supone que el grupo se pone en marcha hacia el monte de los Olivos, porque más tarde se dirá que «se volvieron a Jerusalén desde el monte de los Olivos». Al llegar allí los discípulos manifiestan su preocupación puramente política: la restauración del reino de Israel. Su pregunta le sirve a Jesús para volver la atención a lo realmente importante: la venida del Espíritu, que les dotará de fuerza para extender el evangelio desde Jerusalén hasta el confín de la tierra. Estas palabras resumen lo que contará el libro, que anuncia la llegada del evangelio a Samaria, la costa, los paganos de Cesarea, Antioquía de Siria, actual Turquía, Grecia, terminando en Roma (que algunos consideran “el confín del mundo”).

Apenas terminado de decir esto, Jesús es arrebatado e, igual que se contaba de Hércules, una nube lo oculta. Mientras los discípulos miran al cielo se les aparecen dos personajes vestidos de blanco que les hablan de la vuelta definitiva de Jesús.

Con respecto al momento de la ascensión se advierten las siguientes diferencias:

  • En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).
  • En Hechos, una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).
  • En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).
  • En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco que les dirigen unas palabras.

Si el mismo autor, Lucas, cuenta el mismo hecho de formas tan distintas, significa que no podemos quedarnos en lo externo, en el detalle, sino que debemos buscar el mensaje profundo.

Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos la idea de que una persona de vida intachable no muere, es arrebatada al cielo, donde se supone que Dios habita. Así ocurre en el Génesis con el patriarca Henoc, y lo mismo se cuenta más tarde a propósito del profeta Elías, que es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Interpretar esto en sentido histórico (como si un platillo volante hubiese recogido al profeta) significa no conocer la capacidad simbólica de los antiguos.

Sin embargo, existe una diferencia radical entre estos relatos del Antiguo Testamento y el de la ascensión de Jesús. Henoc y Elías no mueren. Jesús sí ha muerto. Por eso, no puede equipararse sin más el relato de la ascensión con el del rapto al cielo.

Es preferible buscar la explicación en la línea de la cultura clásica greco-romana. Aquí sí tenemos casos de personajes que son glorificados de forma parecida tras su muerte. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Alejandro Magno, Augusto, Drusila, Claudio, y Apolonio de Tiana. Los incluyo al final para los interesados.

Estos ejemplos confirman que el relato tan escueto de Lucas no debemos interpretarlo al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús.

Sentado a la derecha de Dios (Efesios 1,17-23)

En la segunda lectura, el autor de la carta a los Efesios (Pablo o, más probablemente, un colaborador suyo) no cuenta la ascensión de Jesús al cielo, pero se explaya hablando de su triunfo con una imagen distinta: está sentado a la derecha de Dios, por encima todo y de todos. Se cumple la promesa hecha al Mesías en el Salmo 110: «Siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos como escabel de tus pies». Pero la carta no menciona enemigos, sino realidades que le quedan sometidas. Quienes estudiábamos de pequeño los órdenes angélicos recordamos la serie: «ángeles, arcángeles, querubines, serafines, virtudes, tronos, dominaciones y potestades». En Éfeso, quienes tenían especial importancia en la piedad popular eran una especie de divinidades intermedias: principados, potestades, fuerzas, dominaciones. El autor de la carta no arremete contra ellos con pasión inquisitorial sino que los coloca a los pies de Jesús para dejar claro su triunfo.

Potestad plena y misión (Mateo 28,16-20)

La primera lectura (Hechos) y el evangelio (Mateo) coinciden en ofrecernos unas palabras de despedida de Jesús a sus discípulos. El evangelio las cuenta así:

Si comparamos lo que dice Mateo con lo que ha contado Lucas en los Hechos encontramos también aquí notables diferencias:

? Lucas sitúa la despedida en Jerusalén, los discípulos muestran una vez más su preocupación política por la restauración del reino de Israel, y Jesús desvía la atención hacia la próxima venida del Espíritu Santo.

? Mateo la sitúa en Galilea, los discípulos no dicen nada, Jesús los envía de inmediato al mundo entero y lo que promete no es la venida del Espíritu sino su compañía continua: «Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo».

A pesar de estas grandes diferencias, los dos textos coinciden en la importancia de la misión.

Hechos: Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.

Mateo: Id y haced discípulos de todos los pueblos.

Por eso, la Ascensión de Jesús no es motivo para quedarse mirando al cielo. Hay que mirar a la tierra, al mundo entero, en el que los discípulos de Jesús debemos continuar su misma obra, contando con la fuerza del Espíritu y la compañía continua del Señor.

Pero las palabras de Jesús comienzan con otra idea fundamental: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». El evangelio de Mateo ha ido contrastando desde el comienzo a Jesús con Moisés. Al principio sufrían la misma amenaza por parte del faraón o de Herodes; luego, Jesús aparecía en las tentaciones como un buen discípulo de Moisés, que citaba sus palabras en el momento oportuno; pero más tarde, en el Sermón del monte, Jesús se revela superior a Moisés, contraponiendo lo que él enseño con lo que él dice («Habéis oído que se dijo… pero yo os digo»). Cuando se llega al momento final, Moisés muere y se entona por él una elegía fúnebre al final del Deuteronomio (Dt 34). Jesús, en cambio, después de muerto recibe «pleno poder en cielo y tierra». Mateo no cuenta la ascensión pero exalta su triunfo final.

Textos clásicos sobre la subida al cielo de un gran personaje

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad…” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un antiguo pretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar, acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno» (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

José Luis Sicre

DOMINGO 7º DE PASCUA (A)-ASCENSIÓN- Fray Marcos

(Hch 1,1-11) Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, Judea…

(Efe 1,17-23) Que el Dios del Señor Jesucristo os dé espíritu de revelación.

(Mt 28,16-20) Haced discípulos de todos los pueblos, bautizándoles en nombre

La ascensión de Jesús se inició en su nacimiento y terminó en la muerte. Sin aclamaciones ni sonido de trompetas.

Si hemos vislumbrado en alguna medida lo que nos decía Juan los dos domingos pasados, se nos hará muy cuesta arriba entender la fiesta de hoy y la de los tres domingos siguientes. La subida de Jesús al cielo, la venida del Espíritu, la Trinidad, la Eucaristía están presentadas por los textos litúrgicos como realidades externas que se dieron en un determinado tiempo y lugar. Entendiendo literalmente los textos, desenfocamos su verdadero sentido. Estamos hablando de realidades que están fuera del tiempo y del espacio, de las que no podemos hablar en sentido estricto.

El lenguaje que utilizan los textos es simbólico y no podemos entenderlo como si fuera lógico. No podemos seguir falseando el lenguaje mítico. Cuando se creía que Dios estaba en el cielo, que el demonio estaba en el infierno y que el hombre estaba debatiéndose entre las dos ese modo hablar era normal y se entendía perfectamente en aquella época. De Jesús se dice expresamente: Bajó del cielo, se hizo hombre, descendió a los infiernos y volvió al cielo. Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado. Hoy no nos dice nada un cielo o un infierno como lugares de referencia.

Debemos entender la ascensión como parte del misterio pascual que es una única realidad. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu, son hechos separados. Se trata de una realidad única que está sucediendo en este mismo instante, porque está fuera del tiempo y del espacio. Decir de Jesús después de muerto: a los tres días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a la derecha de Dios, es literalmente absurdo.

Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es lo que está sujeto al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia. Esa realidad intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los seguidores de Jesús, y eso sí se puede descubrir a través de los sentidos. Esa realidad no temporal, es la que hay que descubrir para que tenga también en nosotros la misma eficacia. Si seguimos creyendo que es un acontecimiento que sucedió hace veinte siglos en un lugar y un momento determi­nado, ¿Qué puede significar para nosotros hoy?

Las realidades espirituales, por ser atemporales, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. No han sucedido en el pasado, sino que están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando a nuestra vida aquí y ahora. Puedo vivirlas yo como las vivieron los apóstoles. Es más, el único objetivo del mensaje evangélico, es que todos lleguemos a vivirlas como las vivieron ellos.

La ascensión empezó en el pesebre y terminó en la cruz: ¡Todo está cumplido! Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer como criatura. Después de eso no existe el tiempo para él, por lo tanto, no puede suceder nada en él. Es como un chispazo que dura toda la eternidad. Él había llegado a la plenitud total en Dios. Por haberse despegado de todo lo que en él era transitorio y terreno, solo permaneció de él lo que había de Dios, y con Él se identificó absolutamente, totalmente, definitivamente. Este es el sentido profundo de la Ascensión.

¿De verdad queremos ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no puede haber otro camino. Si renuncio al don total de mí mismo, renuncio a alcanzar la meta. Como en Jesús, ese don total solo será posible cuando descubra que Dios Espíritu se me ha dado totalmente y está en mí para llevar a cabo esa obra.

No podemos conformarnos con quedarnos pasmados mirando al cielo esperando que él vuelva. Esa es la mejor manera de hacer polvo todo el quehacer de Jesús en la tierra. La idea de que Dios o Jesús o el Espíritu pueden hacer en un momento determinado algo por mí, ha desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo han hecho todo por mí y lo siguen haciendo en todo instante. Yo soy el que tengo que hacer algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y vivirla.

El relato de Mateo que acabamos de leer, es un prodigio de síntesis teológica. No hay en él ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Consta simplemente, de una localización dada, una proclamación de poder y tres ideas básicas. Situar la escena en un monte, es una indicación suficiente de que lo que le interesa no es el lugar, sino el simbolismo (ámbito de lo divino donde está Dios). Que lo sitúe en Galilea, tiene para el evangelista un significado muy cncreto. Judea había rechazado a Jesús y no era ya el lugar donde encontrarse con Dios.

Jesús no pudo decir que se le ha dado todo poder, porque después del bautismo rechazó el poder como una tentación. Este doble lenguaje nos ha despistado. No hay un poder bueno y otro malo. Todos son perversos. Se trata de expresar que ha alcanzado la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí mismo. Debemos tener en cuenta que la primera interpretación del misterio pascual, está formulada en términos de glorificación; antes incluso de hablar de resurrección.

El envío a predicar también tiene un carácter absoluto “todos los pueblos”. El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales. La primera comunidad intenta justificar lo que era práctica generalizada de los cristianos. Predicar el Reino de Dios no es un capricho de unos iluminados sino mandato expreso de Jesús. Todo cristiano tiene como primera obligación, llevar a los demás el mensaje de su Maestro.

No se trata de enseñar doctrinas ni ritos ni normas morales sino de instar a una manera de proceder. Esto está muy de acuerdo con la insistencia de los evangelios en las obras como presencia de Dios en Jesús y en los que le siguen. Si tenemos en cuenta que el núcleo del evangelio es el amor, comprenderemos que, en la práctica, el amor es lo primero que tiene que manifestarse en un cristiano.

Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Fue el tema del evangelio de los dos domingos pasados. Ya habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre y del Espíritu. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a continuar la obra de salvación a través de sus seguidores. Jesús habla de enviar al Espíritu, de quedarse él con nosotros, de que el Padre vendrá a cada uno. Los tres “vendrán” a mí cuando me dé cuenta de que ya están.