Urteko 12. igandea – A – José A. Pagola

Grupos de Jesús
(Mateo 10,26-33)

ASKATU BELDURRETIK GEURE ELKARTEAK- LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES

Kristau-iturriek jendea beldurretik askatzen aurkeztu digute Jesus. Atsekabetu egiten zuen jendea Erromaren boterepean izuturik ikusteak, legearen maisuen mehatxuez beldurturik, Jainkoagandik urrundurik beronen haserrearen beldurrez, legearekiko leialtasun eskasa leporatzen ziotelarik. Jainkoaz betea zuen bihotzetik desio bat bakarrik irten zekiokeen: «Ez beldur izan». Jesusen hitzak dira, behin eta berriz errepikatuak ebanjelioetan. Gehiago errepikatu beharko liratekeenak gaur egun ere beraren Elizan.

Beldurra nagusitzen da gutaz, gure bihotzean mesfidantza, segurtasun-eza eta barneko askatasun-falta hazten direnean. Beldur hau da gizakiaren problema nagusia. Beronetatik liberatzeko, geure bizitza Jainkoagan sustraitu besterik ez daukagu, gure ona bakarrik nahi baitu.

Horrela ikusten zuen Jesusek. Horregatik eman zion, beste ezer baino lehen, jendearen bihotzean konfiantza esnatzeari. Jesusen fede sakon eta xume hura kutsagarria zen: Jainkoak landako txolarreak, Galileako txori txikienak, horretarainoko txeraz zaintzen baditu, nolatan ez zaituzte zainduko zuek? Jainkoarentzat zeruko txori guztiak baino garrantzizkoago eta maiteago zarete. Lehen belaunaldiko kristau batek ondo jaso zuen mezua: «Ipini Jainkoagan zeuen itobehar guztia, berari zuen ona baitzaio axola».

Hona zein indartsu hitz egiten zion Jesusek gaixo bakoitzari: «Izan ezazu fedea. Jainkoa ez da ahaztu zutaz». Hona nolako pozez agur egiten zien sendaturik ikusten zituenean: «Zoaz bakean. Bizi zaitez ondo». Horixe zuen bere desio handia. Jendea bakean bizi zedila, beldurrik gabe, larritasunik gabe: «Ez ezazue elkar juzkatu, ez ezazua elkar gaitzetsi, ez iezaiozue elkarri kalterik egin. Bizi zaitezte adiskidetsu».

Asko dira jendeari sufriarazten dioten beldurrak, ezkutuan. Kalte egiten du beldurrak, kalte handia. Beldurra handitzen den lekuan, Jainkoa galdu egiten da begi-bistatik eta ito egiten da pertsonaren bihotzean berez egon ohi den onberatasuna. Itzali egiten da bizia, galdu egiten da poza.

Jesusen jarraitzaileen elkarte batek, beste gauza asko baino lehen, jendeak bere beldurra galduko duen leku izan behar du, Jainkoagan konfiantza jarriz biziko den leku. Elkarte bat, bake kutsagarria biziko duena, adiskidetasun min-mina biziko duena, gaur Jesusen deia entzuteko aukera emango duen leku: «Ez beldur izan».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES – (Mateo 10,26-33)

Las fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir también hoy en su Iglesia.

El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra vida en un Dios que solo busca nuestro bien.

Así lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios cuida con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien».

Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera amistosa».

Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.

Una comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».

José Antonio Pagola

DOMINGO 12 T.O. – (A) – Fray Marcos

(Mt 10,26-33)

Tu verdadero ser es inviolable. De todo lo demás debes librarte.

El “no tengáis miedo” está encuadrado en el contexto de misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán, incluso los matarán. La advertencia de superar el miedo es aplicable a todas las situaciones que podemos encontrar en nuestra vida.

Hay un miedo instintivo que es producto de la evolución, imprescindible para mantener la vida biológica, ya sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza real. El hombre puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que nos traiciona y nos lleva a desatinos constantes porque nos paraliza y atenaza.

Anhelamos lo que no tenemos y surge el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. No hemos descubierto lo que somos y buscamos seguridades en otra parte. Conocido nuestro verdadero ser no hay lugar para el miedo.

Jesús no nos invita a no tener miedo, porque nos promete un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o que, si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades, porque no puede anular lo que de verdad somos.

Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestra verdadera riqueza, es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está de mí, sino en Él. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios, no tengo nada que temer.

La confianza en Dios, nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. La creación es como tiene que ser, si sé percibirla.

El miedo es el mejor medio de someter a otro. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir el sometimiento de sus súbditos. Incluso las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La jerarquía ha caído en la trampa de potenciar ese miedo. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos para domesticar los animales: zanahoria o palo.

La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos, ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho la creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación que se fundamenta en Él.

Esta seguridad no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos y en nuestras obras.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a morir, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida.

La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. El evangelio está hoy muy claro. Todo lo que te pueden arrebatar, aunque sea la vida, no debía importarte porque no es esencial.

12º domingo del T. O. –  Koinonía

Jeremías 20,10-13

Libró la vida del pobre de manos de los impíos

Dijo Jeremías: «Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «a ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.» Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.»

Salmo responsorial: 68

Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Por ti he aguantado afrentas, / la vergüenza cubrió mi rostro. / Soy un extraño para mis hermanos, / un extranjero para los hijos de mi madre; / porque me devora el celo de tu templo, / y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R.

Pero mi oración se dirige a ti, / Dios mío, el día de tu favor; / que me escuche tu gran bondad, / que tu fidelidad me ayude. / Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; / por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R.

Miradlo, los humildes, y alegraos, / buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. / Que el Señor escucha a sus pobres, / no desprecia a sus cautivos. / Alábenlo el cielo y la tierra, / las aguas y cuanto bulle en ellas. R.

Romanos 5,12-15

No hay proporción entre el delito y el don

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Pero, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.

Mateo 10,26-33

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

No hay mentira que no encuentre su verdad tarde o temprano. En julio de 2014, luego de 38 años de impunidad, en un juicio sin precedentes, fueron condenados a cadena perpetua los autores del homicidio de Mons. Enrique Angelelli, obispo mártir de La Rioja, Argentina. Días antes el prelado había confesado a sus allegados que querían alejarlo del país: “Tengo miedo… pero no se puede esconder el evangelio debajo de la cama”. Su muerte fue presentada por la prensa local como un accidente y como tal fue tratada durante mucho tiempo, incluso por sus hermanos en el episcopado. Como tantos otros testigos de Jesús, Angelelli prefirió la verdad desnuda del evangelio a la incómoda seguridad de los cobardes.

El evangelio nos ha conservado algunos dichos o refranes con los que Jesús exhortaba a la comunidad de discípulos a no dejarse intimidar por las adversidades. Los discípulos, con frecuencia, veían la amenaza evidente que representaban los grupos armados, pero eran incapaces de descubrir el peligro encubierto en muchas personas e instituciones que alienaban y sometían ideológicamente a las personas.

Las comunidades cristianas primitivas tuvieron que afrontar la misma amenaza, que provenía de los ‘actores armados’ en conflicto. De una parte, las autoridades romanas con un despliegue enorme de fuerza militar y policial. De la otra parte, los fanáticos rebeldes dispuestos a eliminar al que no estuviera de acuerdo con ellos. En medio del ‘fuego cruzado’ estaba la comunidad cristiana con una propuesta alternativa de paz y justicia que no coincidía con ninguno de los dos bandos. Para los romanos, la justicia era, en gran medida, la aplicación universal de los principios que sostenían la legislación romana. El sometimiento a las duras condiciones de la ‘paz romana’ obligaba a las poblaciones de las colonias a pagar fuertes tributos, a incorporar en la propia religión el culto a los dioses imperiales y a destinar grandes masas de la población a la esclavitud y al servicio militar obligatorio. La comunidad cristiana luchaba por lugar un espacio para su propuesta en la sociedad: ellos querían una comunidad humana en la que fuera posible la solidaridad, el respeto por el otro, la distribución equitativa de los recursos. Sin embargo, en esta lucha estaban prácticamente solos. Los grupos rebeldes que se presentaban como la gran alternativa contra el imperio estaban regidos por la lógica de la violencia incontrolable, el sometimiento de los disidentes y por la imposición de la ideología del grupo. Estos grupos fanáticos veían a los cristianos como una amenaza para la identidad del grupo, por eso, con frecuencia los convertían en blanco de persecuciones y en ‘chivo expiatorio’ sobre el cual descargar toda su frustración, prepotencia e intolerancia.

Pero, Jesús ponía en guardia a toda la comunidad contra la creencia de que la única amenaza estaba representada por las armas de metal, piedra y madera. La amenaza mas grave provenía, con frecuencia, de las ideologías que estos grupos representaban. Tanto la ideología de legitimación del imperio romano como los ideales de venganza de los fanáticos rebeldes escondían todo su veneno. Cada grupo se presentaba como un defensor de la justicia, la paz y la libertad, pero evidentemente los hechos contradecían sus grandilocuentes discursos. Cada grupo perseguía sus intereses particulares ignorando los más mínimos principios éticos. El dilema para los cristianos era el de alinearse en uno u otro bando, creyendo que así se alcanzarían los ideales de justicia, paz y libertad que Jesús de Nazaret había propuesto con su ideal del reinado de Dios.

Este mismo problema lo afronta Pablo desde el punto de vista de la justificación por la ley. Las comunidades cristianas estaban deslumbradas por la creencia de que el cumplimiento estricto de los preceptos religiosos conducía inevitablemente a la salvación del individuo. Pero, Pablo denuncia esta falsa creencia al denunciar que el mero cumplimiento de la letra de la ley no conduce a la justicia. La ejecución de los deberes del culto, como las ofrendas, los baños rituales, los sacrificios, las peregrinaciones… no garantizan una auténtica experiencia de Dios. La reunión de grandes masas en los templos o en las sinagogas no son sin más expresión de un auténtico encuentro con el hermano. Los favores intercambiados entre parientes, colegas, coterráneos o correligionarios no constituyen genuina solidaridad. Pablo denuncia precisamente la incapacidad de los mecanismos habituales de la religión para brindar a la comunidad humana una auténtica experiencia de fraternidad, esperanza y comunión.

Pablo invita a la comunidad a no dejarse engañar por las artimañas de el legalismo, el ritualismo y la religión de masas. La justicia que nos une al Dios de la vida es un don para toda la comunidad. La auténtica religión es aquella que nos conduce del hermano hacia Dios, mediante la compasión, la misericordia y la solidaridad.

El cristiano que se ha comprometido con la causa del reino puede, entonces, hacer suyas las palabras del profeta Jeremías y clamar: «a ti, Señor, he encomendado mi causa». Pero no como expresión superflua de triunfalismo religioso ni como pura exaltación individualista de los bienes recibidos, sino como expresión de la única justicia posible: la vida plena del pobre. Porque, la vida plena es manifestación patente de que la lógica de la muerte no ha prevalecido. Si el pobre vive, vive por gracia de Dios y por la opción radical de las comunidades humanas que no se dejan sumir en la lógica legalizada de la barbarie. Por eso el profeta nos invita a alabar al Señor, porque Él ha salvado la vida del pobre.

Tanto la violencia, el afán de venganza, el imperialismo como el ritualismo, el legalismo y la alienación son armas ideológicas ocultas que conducen imperceptiblemente a la pequeña comunidad hacia la muerte. Estos son los enemigos que pueden matar no solo el cuerpo, sino también el alma y llevar a la gente a las inaplacables llamas del fanatismo. Si una comunidad no va a fondo en su conocimiento de la palabra de Jesús, si no descubre los peligros ocultos al interior de ella misma, si no es radical en su opción por la vida, es muy probable que termine creyendo que la paz es la ausencia de guerra y que la justicia es un asunto individual, negando así la gracia y la justicia como bien mayor.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 93 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Los que matan el cuerpo». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/93-los-que-matan-el-cuerpo/.

 

NO VAYÁIS A TIERRA DE PAGANOS-Fidel Aizpurúa

Fidel Aizpurúa

Leer el evangelio reflexivamente conlleva el leerlo, así mismo, críticamente, de manera atenta. En los detalles se encierra, muchas veces, una luz.

En las recomendaciones que Jesús da a sus discípulos cuando van a la misión hay una que nos choca: NO VAYÁIS A TIERRA DE PAGANOS. Jesús mismo contravendrá esta orientación: él fue a tierra de paganos (a Fenicia, a la Decápolis). A la primera comunidad cristiana le costará entender algo muy sencillo: que la oferta del reino que hace Jesús es para todos, incluso para esos paganos que creíamos destinados al infierno. También ellos llevan el “soplo incorruptible” de Dios, su espíritu, como diría muchos años antes el libro de la Sabiduría (Sab 12,1).

¿Cómo ir nosotros a tierra de paganos? Muchos dirán que ya estamos en ella. Nos rodea la increencia, la práctica religiosa es baja, el cumplimiento de la moral religiosa mermado. ¿Cómo vivir la fe en un ambiente tal?

  • Con equilibrio: nuestra época no es ni mejor ni peor que otras. Hay cosas cuestionables y otras muy buenas. Hemos de amar el tiempo que nos ha tocado en suerte.
  • Con empatía: sin orgullo innecesario por ser cristianos y sin complejo de inferioridad. Podemos vivir la fe como ciudadanos normales que tienen unos valores que humanizan.
  • Con colaboración:haciendo ver que las situaciones sociales nos interesan y que estamos dispuestos a poner de nuestra parte lo que todo buen ciudadano debería poner.

Se dice que estamos asistiendo a u renacimiento religioso. Si fuere así, nosotros nos alegramos. Pero si no fuera así, los seguidores/as de Jesús sabemos que tenemos un lugar en la sociedad siempre que seamos buenos vecinos, cosa sencilla pero no fácil. Desde ahí podremos hacer la oferta del evangelio en modos asequibles y convincentes.

En una sociedad sumida en la incertidumbre, León XIV ha decidido rescatar la esperanza. Quizá por eso sus palabras encuentran eco mucho más allá de los creyentes. Porque allí donde otros ofrecen miedo, odio o resentimiento, él recuerda una verdad elemental: que ninguna época ni ninguna generación están condenadas para siempre si hay hombres y mujeres bondadosos. Y que el mal, por poderoso que parezca, nunca debe tener la última palabra.

Fidel Aizpurúa Donaza

DOMINGO XI – A – Fray Marcos

Mt 9,36-10,8

Estar más cerca o más lejos de Jesús no lo determina él. Lo elige cada uno.

Las lecturas de hoy tienen una gran variedad de temas. La pregunta que nos debíamos hacer en este domingo es la siguiente: ¿Qué salvación ofrece Jesús en el evangelio? Lo que ha llegado a nosotros es ya una interpretación de lo que dijo.

El relato del Éxodo fue para el pueblo judío la cima de su experiencia religiosa, pero no se trató de ninguna actuación puntual de Dios. La experiencia de salvación de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos favorables. Cuando los aconteci­mientos eran adversos, los interpretaban como castigo del mismo Dios.

En tiempo de Jesús se sintieron liberados del demonio, de las enfermeda­des, de sus pecados. ¿De qué nos tienen que salvar hoy? Para la mayoría de los cristianos, salvarse es evitar la condenación. Salvación debe ser alcanzar la plenitud de ser a la que estoy destinado. Esa plenitud tenía que dar sentido a toda mi vida.

Tal como entendemos la salvación, da la impresión de que a Dios le salió mal la creación y ahora solo con remiendos puede llevar a feliz término su obra. La Biblia dice en el relato de la creación que vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Dios no tiene que cambiar nada, somos nosotros lo que debemos cambiar.

Dios no tiene que librarnos de nada. Nuestras limitaciones son consecuencia de nuestra condición de criaturas. Dios no puede evitarlas. La salvación hay que buscarla a pesar de las limitaciones. En una ocasión Jesús dijo «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo.»

Cuando habla de los doce no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, con nombres y apellidos, sino el nuevo Israel. También las doce tribus son un mito: El dios sol rodeado de los signos del zodiaco. Tomar hoy los doce como número de personas investidas por Jesús de un poder especia es anacrónico. La necesidad de un nuevo fundamento del nuevo pueblo llegó mucho más tarde.

No podemos seguir manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía. La obligación de “proclamar” el evangelio es de todos los que forman la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa tarea. El Vaticano II habló de la misión de los laicos, pero no queremos enterarnos.

La misión no debía ser un ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia, sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado. El verdadero seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su servicio.

Una comunidad no es cristiana si no está abierta a todos los hombres. A la comunidad cristiana pertenecen todos los seres humanos. Si dejamos fuera a uno solo, se convertirá en un gueto y dejaría de ser la comunidad de Jesús. La Iglesia (pueblo de Dios) debe estar volcada sobre los demás, no replegada sobre sí misma.

Es sorprendente la frase:” no vayáis a tierra de paganos”. Parece que va en contra del espíritu de Jesús. Él mismo salió varias veces de galilea. Una vez más, nos faltan datos para una interpretación adecuada. Tal vez quiera decir que no los veía preparados para una tares universal y prefería afianzar la fe de los ya judíos.

Termina el evangelio con una frase tajante: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Solo cuando doy lo que he recibido, lleno de sentido el don que se me ha regalado. Cuando quiero acaparar lo que soy y lo que tengo, Lo convierto en algo estéril para mí y para los demás. La gratuidad tenía que ser la norma de la comunidad cristiana.

Urteko 11. igandea – A – José A. Pagola

Mateo 9,35–10,8)

por Coordinador – Mario González Jurado

EGITARAU ASKATZAILEA – PROGRAMA LIBERADOR

Kristau askok uste du bere fedea erantzukizunez ari dela bizitzen, praktika erlijioso jakin batzuk betetzen dituelako eta bere portaera lege moral eta arau eliztar batzuen araberakoa delako.

Era berean, kristau-elkarte askok pentsatzen du leial ari dela betetzen bere egitekoa, katekesi-zerbitzua eta fede-heziketa eskaintzen saiatzen delako, eta kristau-kultua duinki ospatzen ahalegintzen delako.

Hau al da Jesusek abian jarri nahi izan zuen gauza bakarra bere ikasleak munduan barna bidali zituenean? Hau al da historiaren bihotzean isuri nahi izan zuen bizia?

Jesusen hitzak berriro entzun beharra dugu, fededunek gizarte honetan dugun benetako misioa berraurkitzeko. Honela jaso du Mateo ebanjelariak Jesusen agindua: «Zoazte eta hots egin hurbil dela zeruetako erreinua. Sendatu gaixoak, berpiztu hildakoak, garbitu lepradunak, bota deabruak. Doan hartu duzu, eman doan».

Gure lehen egitekoa gaur egun ere hots egitea da Jainkoa gugandik hurbil dagoela, gizadiaren zoriontasuna salbatzen tematurik. Baina Jainko salbatzaile baten iragarpen hau ez da gauzatzen diskurtso eta hitz iradokitzailez bakarrik. Ez da segurtatzen, ez katekesiaz, ez erlijio-irakasketaz. Jesusek berak gogorazi digu Jainkoa hots egiteko modua: doan lan egitea gizon-emakumeei bizi berria isurtzeko.

«Sendatu gaixoak, hau da, liberatu bizia lapurtzen eta sufriarazten dien guztitik. Sendatu arima eta gorputza minez deseginik eta eguneroko bizitzaren laztasun gupidagabeak estuturik sentitzen direnei.

«Berpiztu hildakoak», hau da, liberatu jendea bere bizia blokeatzen eta bere esperantza hiltzen dion guztitik. Iratzarri berriro biziaren maitasuna, Jainkoarekiko konfiantza, borrokarako gogoa eta askatasun-nahia bizitza pixkana hiltzen ari zaien hainbat eta hainbat gizon-emakumeri.

«Garbitu lepradunak», hau da, garbitu gizarte hau hainbat eta hainbat gezur, hipokresia eta konbentzionalismotik. Lagundu jendeari egia, xumetasun eta ondradutasun handiagoz bizitzen.

«Bota deabruak», hau da, liberatu jendea hainbat eta hainbat idolotatik, esklabo bihurtzen gaituzten, gutaz jabetzen diren eta geure bizikidetasuna txartzen diguten idoloetatik. Jendea liberatzen ari garen lekuan, han ari gara Jainkoa hots egiten.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

11 Tiempo ordinario – A (Mateo 9,36–10,8)

por Coordinador – Mario González Jurado

PROGRAMA LIBERADOR

Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.

Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.

¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?

Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.

«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.

«Resucitar muertos», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.

«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.

«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios. José Antonio Pagola

11º domingo de T.O. – Koinonía

Éxodo 19,2-6a

Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

En aquellos días, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí y acamparaon allí, frente al monte. Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los israelitas: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.»

Salmo responsorial: 99

Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aclama al Señor, tierra entera, / servid al Señor con alegría, / entrad en su presencia con vítores, R.

Sabed que el Señor es Dios: / que él nos hizo y somos suyos, / su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

El Señor es bueno, / su misericordia es eterna, / su fidelidad por todas las edades. R.

Romanos 5,6-11

Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvados por su vida!

Hermanos: Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Mateo 9,36-10,8

Llamando a sus doce discípulos, los envió

En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entoces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Comentamos los textos de este domingo. Aun sin aparente conexión entre ellos, podemos vertebrarlos en torno al concepto de la Alianza.

  1. Éxodo 19, 2-6a: Seréis para mí mi propiedad personal entre todos los pueblos.

El capítulo 19 del libro del éxodo da comienzo a lo relativo a la Alianza de Dios con su pueblo. Bien sabemos que «la Alianza» es uno de los temas capitales del Antiguo Testamento, de la religión judeo-israelita. Dios -el único Dios existente- ha establecido una alianza con este pueblo étnico, y sólo con él. Ello pone a Israel-Judá en una situación absolutamente única en el Universo: no hay siquiera un solo pueblo en el mundo que goce de ese estatuto y ese privilegio: ser el único pueblo que conoce al único Dios, y haber sido escogido por Él para pactar una Alianza mutua, salvadora en primer lugar para el propio pueblo, y salvadora para todos los pueblos, que serán llamados a venir a adorar a Dios al Monte Sión.

Aunque esta fe cayó como anillo al dedo al pueblo de Israel (no al «pasar» por el monte del Sinaí, sino cuando se redactó esta tradición, ocho siglos más tarde, ya bien avanzada la historia de Israel), y aunque como cristianos (que hemos seguido gustosa y convencidamente enclaustrados en la caja bíblica) también no ha hecho sentirnos orgullosamente pertenecientes a una religión que nos colocaba en un puesto tan privilegiado –el más privilegiado de toda la humanidad, habida y por haber–, hoy resulta obviamente desproporcionada en su formulación. En aquella época de un conocimiento de estrechísimos alcances (tanto históricos, cuanto geográficos como culturales), no les chirriaba, no dejaba de parecerles plausibles que a ellos, precisamente a ellos, su religión los pusiera en la cima religiosa de la Humanidad. Ellos eran el único pueblo de Dios, escogidos por el único Dios (todos los demás dioses eran «obra de manos humanas»).

Con la concepción mítica y mágica tradicional de la revelación, quien todavía la conserve es probable que siga manteniendo aquellos gratificantes sentimientos de autoestima que su religión otorgaba a los israelitas, y después a los cristianos -magnificados y elevados de dimensión los privilegios de éstos-. Para un cristianismo renovado –simplemente puesto a la altura del conocimiento de los tiempos actuales– se ha hecho necesario «repensar» esa Alianza del libro del Éxodo, y tantas consecuencias teológicas que allí echaban sus raíces: superación del exclusivismo, aceptación del pluralismo, replanteamiento del significado universal de Israel, repensamiento de los títulos cristológicos, etc.

 Rom 5,6-11: Se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios

Para Pablo, la Alianza veterotestamentaria se renovó y subió a un nivel muy superior en Jesús. Pablo interpreta su muerte como un sacrificio transcendental que aplacó la «ira de dios», y el castigo que esperaba a la Humanidad entera, y esa muerte fue «la nueva alianza en su sangre». Es decir: estamos en la misma visión de la Alianza veterotestamentaria, aunque proyectado a un plano muy superior. Los privilegios aquellos no sólo se mantienen, sino que se magnifican y se fortalecen.

 Mateo 9,36–10.8: Llamando a sus doce discípulos, los envió.

El fragmento de Mateo que leemos, pareciera estar ajeno a lo que dicen las otras dos lecturas. Jesús apenas habla de la Alianza: no es su tema. Ni se refiere a todos aquellos privilegios. Aunque sí le preocupa el estado del pueblo. Los siente como «ovejas sin pastor», extenuados, abandonados… y por eso envía a «los doce», de alguna manera representantes del Pueblo de la Alianza a través de sus doce tribus. Diríamos que Mateo nos da, de parte de Jesús una nueva visión más humilde, sin privilegios, de una misión apostólica, sobre todo de servicio, de atención a la gente, sin poner el acento en trasladarles una interpretación del estatuto religioso del pueblo de Israel.

¿Cómo entender, acoger, repensar y «pasar» a otros el tema de la Alianza? ¿Qué sentido puede tener hoy?

CORPUS (A) – Fray Marcos

(Jn 6,51-59)

Yo soy pan que se parte y se reparte. Si entrega no puede haber vida cristiana.

La eucaristía es una realidad muy compleja, que formar parte de la más antigua tradición. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su riqueza. Podíamos considerarla como ‘acción de gracias’ (eucaristía), ‘Sacrificio’, ‘Presencia’, ‘recuerdo’, ‘alimento’, ‘fiesta’, ‘unidad’, ágape.

La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son milagros ni son magia. Se realiza un sacramento cuando un signo nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. La realidad trascendente, ni se crea ni se destruye; ni se trae ni se lleva; ni se pone ni se quita. Es inmutable y eterna. Está siempre ahí pero no se ve.

Para que haya conexión entre un signo y la realidad significada tiene que haber una mente activa que realice la conexión. La Realidad significad no es objetivable, más allá del sujeto que establece la relación no hay nada. La relación entre el signo y lo significado es real, pro solo mientras mi mente está activando esa conexión entre ambos.

Los signos no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino servido. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, que es don infinito y total. Si quieres ser cristiano tienes que partirte, repartirte, dejarte comer, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás.

Es más tajante aún el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo: esto es mi vida que se derrama en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tienes que hacer tuya, mi vida y derramar la tuya en beneficio de los demás.

La realidad significada no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don cuya entrega tengo que imitar. Ese es el significado que yo tengo que descubrir y vivir. Puedo oír misa sin que me obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los demás. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el rito.

No debemos confundir la eucaristía con la comunión. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa solo con la intención de comulgar es sencillamente una trampa.

La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La comunión no es un premio para los buenos. No son los que “que están en gracia” los que deben acercarse a comulgar. Somos los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de realizar el último signo del sacramento. Necesito el signo del amor cuando me siento separado de Dios.

Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Solo entregando vuestra vida a los demás como he hecho yo, llegaréis a plenitud humana.

Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que queremos expresar en este sacramento.

Kristoren gorputz eta odol santu-santuak – A – José A. Pagola

(Joan 6,51-58)

por Coordinador – Mario González Jurado

IGANDE BERRIA – EL NUEVO DOMINGO

Igandea ez da jadanik duela urte batzuk zen hura. Denbora gutxian hazi egin da eta «asteburu» bihurtu da; ostiral arratsaldean hasten da; jendearen gehiengoa beste era batean bizi daiteke, lana egiteari ihes eginez, ezarritako ordutegia eta eguneroko errutina alde batera utziz.

Ez dugu bizi guztiok era berean asteburua. Batzuentzat egiazko zoriona da: berek dute ekimena, berek ahalbideak eta adiskideak egun horietan gozatzeko. Beste batzuentzat jasangaitza da denbora hori; izan ere, bortitzago sentitzen dute beren bakardadea, beren gaixotasuna edo zahartzaroa; igandeak jende horrengan tristura bakarrik eragiten du, nostalgia bakarrik. Beste batzuek beldurra diote igandeari, ez dute jakiten zer egin egun horretan, aspertu egiten dira, futbolik ez balego jasanezina izango lukete.

Teologoek eta liturgia-adituek kezkati galdegiten dute nolakoa izango ote den bihar eguneko kristau-igandea. Meza isolatu bat, jendearen asteburuarekin inolako loturarik ez duen bat, ospatzera mugatuko al da? Aitzitik, «ez ote da posible izango –galdetzen du Xabier Basurkok- asteburuko giza baloreak igandeko mistikan dinamikoki integratzea?» Liturgian aditua den euskaldun horrek pista batzuk eman dizkigu.

Kristau-igandea asteburuaren arima izan liteke, fededunei Jainkoaren seme-alaba bezala duten askatasuna hobeto esperimentatzen lagunduko liekeena, inolako ezarpenik gabea eta helburu utilitariorik gabea. Eukaristiak laguntzen ahal lieke fededunei sosegua berreskuratzen eta barneko arnasa biziberritzen. Asteburuan izan gintezke, gehixeago, «gu geu».

Bestetik, berreskura genezake larunbata kreazioaren jai bezala; horrela, jarraitzen ahal genuke igandea salbazioaren ospakizun bezala bizitzen. Hori uste dute zenbait liturgia-adituk. Fedeak, orduan, asteburua Kreatzailearen jai bezala ospatzen lagunduko liguke, eta naturarekin topaketa egiten, ez lana dela bide, baizik eta gozamena eta kontenplazioa direla medio.

Azkenik, «batzar eukaristikoaren» ospakizunak zentzu hondokoago bat emango lioke asteburuaren alderdi horri; asteburua komunikazio barnekoi eta atsegin bihurtuko luke adiskide eta familiartekoekin bizitzeko, edota topaketa beste lagun eta beste herri batzuekin. Asteburua, beraz, anai-arrebekin egindako esperientziaren topaketa edo elkartasun izango litzateke. Haziko ote da kristau-igandea gaur egungo kulturaren asteburuaren «legamia eta gatz» izateraino? Nolanahi den, egin genezake galdera bat: gauza al gara kristauok igandeko eukaristiatik hatsa eta poza atera eta igande berria bizitzeko?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – A (Juan 6,51-58)

EL NUEVO DOMINGO

El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible –se pregunta Xabier Basurko– una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». El liturgista vasco nos ofrece algunas pistas.

El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

José Antonio Pagola

Festividad del Cuerpo de Cristo – Koinonía

Deuteronomio 8,2-3.14b-16a

Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres.»

Salmo responsorial: 147

Glorifica al Señor, Jerusalén.

Glorifica al Señor, Jerusalén; / alaba a tu Dios, Sión: / que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, / y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.

Ha puesto paz en tus fronteras, / te sacia con flor de harina. / Él envía su mensaje a la tierra, / y su palabra corre veloz. R.

Anuncia su palabra a Jacob, / sus decretos y mandatos a Israel; / con ninguna nación obro así, / ni les dio a conocer sus mandatos. R.

1Corintios 10,16-17

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo

Hermanos: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Juan 6,51-58

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Por distintas razones históricas y culturales nuestra iglesia ha cultivado durante mucho tiempo una perspectiva negativa del cuerpo humano. A excepción de la solemnidad que hoy conmemoramos, casi nunca ha considerado la celebración de la corporalidad del varón o la mujer, de la cual hay testimonio en el libro del Cantar de los Cantares. Una perspectiva renovada de la antropología cristiana y la corporalidad humana se impone paulatinamente en la espiritualidad y la práctica pastoral de nuestra comunidad eclesial desde la renovación impulsada por del Concilio Vaticano II, celebrado hace más de 50 años. Sin embargo llama la atención que muchas propuestas eclesiales reafirmen aún hoy una reflexión y una praxis bastante conservadora. El influjo de cierto dualismo filosófico griego todavía se hace sentir en la espiritualidad cristiana y en la teología práctica de la iglesia. Desde este enfoque, el cuerpo y todas las realidades “materiales” están sujetos al pecado y a la corrupción; por tanto son pensados como obstáculos para los deseos del “espíritu” y las búsquedas del “alma” humana que, por contraposición, son vistas como algo más sublime.

Por lo general los católicos concebimos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo como la fiesta de Jesús-Pan-de-Vida; y las lecturas que nos propone la liturgia del día nos llevan en esa dirección. Pero la celebración del Corpus Christi implica una realidad que incluye y a la vez trasciende la sola dimensión eucarística de la corporalidad de Jesús. Tenemos la firme convicción que el Cuerpo y la Sangre de Jesús que compartimos en la comunión son la presencia real de Cristo portadora de vida y salvación; pero nos cuesta comprender el sentido de esta afirmación y, particularmente, percibir la continuidad en la discontinuidad del mismo y único Jesucristo. El recorte litúrgico del evangelio del día acentúa esta perspectiva clásica.

En esta celebración se hace necesario incluir la memoria del Jesús histórico que pone a disposición de la salvación del mundo la totalidad de su persona. El Cristo que ofrece su cuerpo progresivamente andando por los polvorientos caminos de Galilea. Ya desde entonces su existencia está puesta a disposición del proyecto salvador del Padre. Jesús se deja conducir por el Espíritu hasta las últimas consecuencias. Y si en el camino a Jerusalén abraza la perspectiva de la cruz es porque antes había puesto a disposición su cuerpo, al abrazar la carne doliente de tantos hermanos y hermanas. Los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección en Jerusalén tanto como la reflexión posterior de la comunidad cristiana no se entienden sin aquella solidaridad primera de Jesús que ofrece su cuerpo para que lo encuentren quienes lo buscan en sus necesidades.

En cuanto a los textos litúrgicos, el texto del Deuteronomio pone en boca de Moisés tres grandes y solemnes discursos ante el pueblo, antes de entrar en la tierra prometida. Algunos han catalogado el Deuteronomio como el «testamento de Moisés», refiriéndose a sus últimas palabras, llenas de unción y de una honda espiritualidad. Moisés hace memoria del pasado, para dar sentido al hoy de cada generación.

La primera palabra de nuestro texto es «recuerda». Recordar, hacer memoria, conectar con el pasado glorioso, es parte de la historia de fe, o de la salvación. Dios no sólo ha irrumpido en un momento dado en la historia de este pueblo, sino que ha estado presente en todos los momentos alegres y tristes. Nunca le ha abandonado. Más aún las pruebas sufridas en el desierto, fueron necesarias para madurar, para confiar, para vivir exclusivamente de Yahvé, sin apoyos humanos. El desierto es símbolo de la fe pura. El hambre, necesidad básica y urgente se convirtió en prueba para medir la fe-confianza en el Dios que sacia plenamente. Más tarde en una sociedad próspera y consumista el pueblo se olvidó de Yahveh. Fue entonces cuando estos discursos de Moisés adquirieron plena actualidad. Se les recuerda que: «no sólo de pan vive el ser humano sino de cuanto sale de la boca de Dios«. Desde esta perspectiva el ayuno adquiere su sentido profundo. Recuérdese que Mateo retomará este verso para enfrentar las tentaciones de Jesús. En la fiesta de hoy proclamamos a Jesús, Pan de vida, ante las hambres de nuestros desiertos. El es el verdadero maná que Dios da a la humanidad. Todos los demás panes (el dinero, el sexo, el consumismo, la fama, el poder…) no logran saciar plenamente las ansias de hambre del corazón humano, más aún dejan un hambre mayor… Viene entonces Jesús con su palabra y sus gestos, con su propuesta de Reino y Alianza y hace posible un mundo lleno de posibilidades en donde todo se comparte y nadie pasa necesidad.

Pablo orienta a una comunidad de los peligros de división. Aprovecha el contexto comunitario de la Eucaristía para hacer algunas aplicaciones prácticas a este respecto. La palabra clave es: el Cáliz, el Pan… ¿no nos «une» a todos, en la sangre, en el cuerpo de Cristo?. El tema es: La unión de todos en el cuerpo y la sangre de Cristo. De este modo revela el grave compromiso de unidad (común – unión) entre todos. Beber el Cáliz, comer el Pan…expresan el hondo sentido de una fe comprometida por la unidad, la fraternidad, el amor, la solidaridad, la entrega, a los hermanos en Cristo. Si esto no está claro, nuestras Eucaristías están vacías de sentido, o son un mero rito religioso intimista, muy lejos de lo que lo que Pablo quiso inculcar a su comunidad. Acto seguido el Apóstol de los gentiles remacha el tema con la comparación «el Pan es uno… nosotros somos muchos»… para concluir que al comulgar «formamos un solo cuerpo». La unidad en la universalidad, es un tema de gran actualidad. Pero también «el cuerpo» expresa la dimensión sacramental de la Iglesia que en la diversidad de razas y culturas visibiliza al Cristo total.

«Mi Cuerpo es Comida»

Mis manos, esas manos y Tus manos

hacemos este Gesto, compartida

la mesa y el destino, como hermanos.

Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,

iremos aprendiendo a ser la unida

Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.

Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.

El pan que ellos no tienen nos convoca

a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,

marchamos hacia el Reino haciendo Historia,

fraterna y subversiva Eucaristía.

(Pedro CASALDÁLIGA)

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 058 de la serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/), de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El gemido del viento».

La serie «Otro Dios es posible» contiene la entrevista 64, titulada «¿El Cuerpo y la sangre de Cristo?», que puede ser útil para un debate en grupo.

[http://radialistas.net/article/63-santisima-trinidad/]