Domingo 31 T. O. – Fray Marcos

(Mal 2, 8-10)  ¿No tenemos todos un sólo Padre? ¿No nos creó el mismo Señor?

(1Tes 2, 7-13) «Os tratamos con delicadeza, como una madre a sus hijos.» 

(Mt 23, 1-12) «No os dejéis llamar maestro ni jefe; no llaméis a nadie padre.»

Santísimo Padre, eminencia Reverendísima. Mue Reverendo Padre Superior. A pesar de estar tan claro, no hacemos ningún caso al evangelio.

Sigue el mismo discurso. Después de las controversias, Mateo sigue hablando para su comunidad y poniendo en boca de Jesús lo que quiere decir él a aquellos cristianos. Su intención es hacer ver la diferencia entre el antiguo Israel y la nueva comunidad. En el relato de hoy, Jesús no habla a los fariseos, sino a la gente y a sus discípulos. Mateo pide a su comunidad que no caiga en los mismos errores que critica. Su preocupación está justificada, porque el cristianismo cayó muy pronto en un fariseísmo peor que el judío.

El ambiente reflejado en este texto, no es el del tiempo de Jesús, sino el de la comunidad de Mateo sesenta años después. Los furibundos ataques contra los fariseos que aparecen en los evangelios, seguramente no corresponden a Jesús, sino a una situación que comienza a partir de la muerte de Jesús y se agudiza a partir de la destrucción del Templo en el año 70. Desaparecido el sacerdocio y el culto, los fariseos se hicieron con el absoluto control del judaísmo e impusieron a todos su manera de pensar. Solo entonces decidieron expulsar del judaísmo a los cristianos y declararles formalmente herejes.

Lo que reflejan los evangelios es la reacción de los cristianos contra esos fariseos, que se mantuvo a través de los siglos. En el texto de hoy encontramos dos pistas para descubrir que esas palabras no las dijo Jesús: a) Nunca pudo decir que el único Señor era él mismo. b) La denominación de “hermanos”, que el evangelista pone en boca de Jesús, fue un distintivo de la primera comunidad cristiana. El saber que no lo dijo Jesús no resta un ápice la importancia de la advertencia a aquellas primeras comunidades.

Vamos a revisar alguna de las frases que acabamos de leer. Hoy no se necesita ninguna exégesis especializada. Se entiende todo perfectamente. Otra cosa es, que nos interese, de verdad, seguir las directrices del evangelio. De muchos, que se encuentran hoy sentados en cátedras, se podía decir lo mismo que el evangelio dice a los fariseos. ¡Qué poco han cambiado las cosas en veinte siglos! El texto sigue teniendo de una rabiosa actualidad.

Ellos no hacen lo que dicen. No es exacto que los fariseos fueran por definición “fariseos”. Eran cumplidores, pero su rigorismo en la interpretación de la Ley les obligó a disimular que eran incapaces de cumplirla, para poder seguir exigiendo a los demás lo que ellos no hacían. Pero el engaño mayor consistía en exigirles en nombre de Dios, unas prácticas que no les podían traer salvación, porque solo eran preceptos humanos.

 Cargan a la gente con fardos pesados e insoportables. Eran 613 los preceptos que tenía que cumplir todo israelita para ser fiel a la Ley, según algunos, todos tenían la misma importancia porque e3ran la voluntad de Dios. En ese fárrago de prescripciones la vida humana quedaba aprisionada y las personas sumidas en una frustración alienante. Recordemos lo que Jesús había dicho: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

 Todo lo que hacen es para que los vea la gente. Cuando se pone la perfección en el cumplimiento de normas externas, solo caben dos salidas: En la medida que la alcances, la soberbia. Soy más que los demás y puedo mirarlos por encima del hombro. En la medida que no la alcanzas, la simulación. Lo que los demás piensen de mí es más importante que lo que soy realmente. De ahí el afán por exagerar todos los signos externos de religiosidad. Muchos cristianos de hoy estamos es esa misma dinámica.

Vosotros, en cambio… Aquí tenemos la clave del texto. La nueva comunidad no debe comportarse como los fariseos, sino desde la autenticidad. Esto es lo que quiere dejar claro Mateo. El mensaje central del evangelio consiste en abandonar todo intento de superioridad y entrar en una dinámica de servicio incondicional a los demás. Cuando Juan habla del pecado del mundo, se refiere siempre al oprimir a otro o al dejarse oprimir.

 “No os dejéis llamar maestros, no llaméis a nadie padre, no os dejéis llamar jefes”. ¡Qué poco dura lo auténtico! Seguramente ya se empezaba a estructurar la comunidad y ya había, en aquella época, quien quería ser más que los demás. Los seres humanos somos capaces de remover el cielo y la tierra, con tal de justificar el estar pon encima de los demás y de alguna manera utilizarlos en beneficio propio.

 El primero entre vosotros será vuestro servidor. Jesús exige lo que él vivió. El mismo Jesús comenta en otro lugar: “lo mismo que el Hijo de hombre no ha venida para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Recordad que cuando Juan dice “dar su vida”, no emplea “zoe” ni “bios”, sino “psiques”. No está hablando de la vida biológica, que entregó en la cruz, sino de la vida sicológica (propiamente humana) que pone al servicio de los demás durante toda su andadura.

Ciertamente, a primera vista el principal reproche se hace a los superiores. A ello nos empuja también la primera lectura. Sin duda ninguna, la jerarquía debía hacer un serio examen de conciencia partiendo de estas palabras del evangelio y de otras que van en la misma dirección, pero los títulos se los damos nosotros. Una vez más debemos recordar que Jesús no lanza sus diatribas contra la autoridad, sino contra la autoridad que se ejerce como poder. El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos.

La Iglesia empezó muy pronto a organizarse copiando en su estructura el organigrama del imperio. Poco a poco, le fue dando más importancia al poder que a la autoridad, y terminó sacralizando la autoridad y olvidándose del servicio, en contra del evangelio. Una vez que entró por la dinámica del poder no ha visto la manera de salir de ella porque pensó que actuaba en nombre de Dios. Desde la Edad Media, se han alzado en todas las épocas voces en contra de la estructura de poder (jerarquía) de la Iglesia. Nadie ha sido capaz de emprender con éxito esa renovación. Juan Pablo I lo anunció, pero no vivió para realizarla.

No toda la culpa la tienen los superiores. Un examen cuidadoso de la psicología humana, nos llevara a descubrir, que somos los inferiores los que tendemos a buscar el refugio de otras personas en las que depositamos la responsabilidad para encontrar seguridad, a cambio de que nos liberen de la necesidad de decidir, aunque eso suponga un cierto grado de sumisión.  La carga de que me libero parece mayor de la que supone la sumisión. Esta es la trampa, porque actuando de esta manera renuncio a la responsabilidad de ser yo.

Obedecer órdenes no garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios. Ser fiel a Dios es ser fiel a ti mismo. Lo que Dios quiere de ti, te lo está diciendo desde dentro de ti mismo. Todo el que quiera doblegar tu voluntad en nombre de Dios, te está engañando. Es verdad que nunca podremos alcanzar la plenitud en soledad, pero los demás tienen que ayudarme a descubrir la meta de esa plenitud, mostrándome el camino para alcanzarla.

Urteko 31. igandea – José A. Pagola

ELIZAREN KONBERTSIOAN PARTE HARTU – CONTRIBUIR A LA CONVERSIÓN DE LA IGLESIA

Ez dira gutxi fedetik urrundu direnak, Elizaren jardueraz eskandalizaturik edo desengainaturik, beraien ustez ez zaiolako leiala ebanjelioari, beraren jokabidea bat ez datorrelako predikatzen duenarekin. Jesusek ere zorrotz kritikatu zituen buruzagi erlijiosoak: «Ez dute egiten esaten dutena». Jesus, ordea, ez zen gelditu horretan. Bila eta denei deika jarraitu zuen Jainkoaren aurrean duinagoa eta erantzukizunezkoagoa den bizierara.

Urtetan barna, neuk ere ezagutu ahal izan ditut, oso hurbiletik ere, ebanjelioarekin oso koherente ez diren Elizaren jarduerak. Batzuetan eskandalizatu egin naute, beste batzuetan kalte egin didate, kasik beti pena handiz utzi naute. Gaur egun, halere, inoiz baino hobeto ulertu dut Elizaren eskastasunak ez duela zuzenesten nire fedearen eskastasuna.

Elizak aldaketa handia jo beharko du, baina gauza garrantzizkoa bakoitzak nork bere fedea eraberritzea izango da, ikastea beste era batean sinesten, ez bizitzea Jainkoari iskin eginez, nork bere kontzientziaren deiari jator jarraitzea, bizitza ikusteko era aldatzea, ebanjelioaren muina aurkitzea eta hartaz gozatuz bizitzea,

Elizak gainditu beharko ditu bere inertziak eta beldurra, gizarte modernoan ebanjelioa haragitzeko, baina bakoitzak aurkitu beharko dugu gaur egun inoiz baino egiazkiago jarraitu ahal diogula Kristori, sostengu sozial faltsurik gabe eta ohikeria erlijiosorik gabe. Bakoitzak ikasi beharko dugu ebanjelio-era gabiagoz bizitzen, bai lana eta festa, bai jarduera eta isiltasuna, gizarteak modelatu gaitzan utzi gabe eta epelkeria moderno honetan nork bere kristau-nortasuna galdu gabe.

Elizak sakon berrikusi beharko du Kristorekiko bere leialtasuna, baina bakoitzak egiaztatu beharko dugu Kristorekiko geure atxikipena. Bakoitzak zaindu beharko dugu Jesusengan agertu zaigun Jainkoarekiko geure fedea. Eliza-erakundearen bekatuak eta miseriak ez naute liberatzen ezertatik, ez naute erantzukizun gabetzen ezertaz. Jainkoari irekitzeko edo berari uko egiteko erabakia neurea dut, bakarrik.

Elizak bere konfiantza iratzarri beharko du eta gaur egungo munduari esperantza kutsatzea eragozten dioten bere koldarkeriak eta errezeloak alde batera utzi beharko, baina bakoitza gara norberaren barne pozaren erantzule. Bakoitzak elikatu beharko dugu geure esperantza benetako iturrira joz.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

CONTRIBUIR A LA CONVERSIÓN DE LA IGLESIA

No son pocos los que se han alejado de la fe, escandalizados o decepcionados por la actuación de una Iglesia que, según ellos, no es fiel al evangelio ni actúa en coherencia con lo que predica. También Jesús criticó con fuerza a los dirigentes religiosos: «No hacen lo que dicen». Solo que Jesús no se quedó ahí. Siguió buscando y llamando a todos a una vida más digna y responsable ante Dios.

A lo largo de los años, también yo he podido conocer, incluso de cerca, actuaciones de la Iglesia poco coherentes con el evangelio. A veces me han escandalizado, otras me han hecho daño, casi siempre me han llenado de pena. Hoy, sin embargo, comprendo mejor que nunca que la mediocridad de la Iglesia no justifica la mediocridad de mi fe.

La Iglesia tendrá que cambiar mucho, pero lo importante es que cada uno reavivemos nuestra fe, que aprendamos a creer de manera diferente, que no vivamos eludiendo a Dios, que sigamos con honestidad las llamadas de la propia conciencia, que cambie nuestra manera de mirar la vida, que descubramos lo esencial del evangelio y lo vivamos con gozo.

La Iglesia tendrá que superar sus inercias y miedos para encarnar el evangelio en la sociedad moderna, pero cada uno hemos de descubrir que hoy se puede seguir a Cristo con más verdad que nunca, sin falsos apoyos sociales y sin rutinas religiosas. Cada uno hemos de aprender a vivir de manera más evangélica el trabajo y la fiesta, la actividad y el silencio, sin dejarnos modelar por la sociedad, y sin perder nuestra identidad cristiana en la frivolidad moderna.

La Iglesia tendrá que revisar a fondo su fidelidad a Cristo, pero cada uno hemos de verificar la calidad de nuestra adhesión a él. Cada uno hemos de cuidar nuestra fe en el Dios revelado en Jesús. El pecado y las miserias de la institución eclesial no me dispensan ni me desresponsabilizan de nada. La decisión de abrirme a Dios o de rechazarlo es solo mía.

La Iglesia tendrá que despertar su confianza y liberarse de cobardías y recelos que le impiden contagiar esperanza en el mundo actual, pero cada uno somos responsables de nuestra alegría interior. Cada uno hemos de alimentar nuestra esperanza acudiendo a la verdadera fuente.

José Antonio Pagola

TODOS  SANTOS  (A)-Fray Marcos

(Ap 7,2-14) «Vi una muchedumbre de toda nación, raza pueblo y lengua».

(1 Jn 3, 1-3) Todo el que tiene esta esperanza, se hace puro como puro es Él.

(Mt 5, 1-12) “Dichosos los pobres en el espíritu…”

Nadie se hace santo, lo es desde siempre. Lo descubrirá cuando tome conciencia de lo que la Deidad es mi esencia.

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de Todos los Santos, entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene sentido. Por eso la he títulodo: “Todos santos”; aunque también podía haber puesto “Todos pecadores” y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habría acabado su posibilidad de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Esa realidad permanece siempre intacta. Descubrir, vivir ese verdadero ser, es lo que podíamos llamar santidad y es posible para todos.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto sino el sincero. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que es Dios y está en vosotros.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, hemos caído en la trampa del ideal de perfección griega que se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: «Maestro bueno”. Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros; aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios o para los demás. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral en consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como “intercesores”. Si lo entendemos pensando en un Dios, que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son “recomendados”, estamos ridiculizando a Dios. En (Jn 16,26-27) dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que los es, sino porque Él es amor.  Es poco ridículo seguir repitiendo: Señor, ten piedad (15 veces en cada eucaristía.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto pueden acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino par todos los que después de su muerte, tuvieran noticia de ‘su vida y milagros’. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los “conscientes”.

Debemos tener cuidado con la “comunión de los santos”. No se trata de unos “dones” o unas “gracias” que ellos han merecido y que nos ceden. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: “Todos formamos un solo cuerpo”.

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, Hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. La vida merece siempre la pena. Esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del “santo”. ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común de los mortales. sobre todo, si le engañamos con la promesa de que serán felices más allá. Haber reservado la palabra “bienaventurado” para los que han muerto, es una manipulación inaceptable.  Aquí abajo, el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: Tú piensas como los hombres, no como Dios. Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir su sentido. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo no de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor que es Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas, es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser, nadie puede quitártelas

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, y ese descubrimiento les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar méritos, sino de reconocer la presencia de Dios que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios. Muchas de esas personas que se han ido y recordaremos mañana, son verdaderos santos.

Domingo 05 de Noviembre T.O. – KOINONÍA

Malaquías 1,14b-2,2b.8-10

Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a muchos en la ley

«Yo soy el Gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones -dice el Señor de los ejércitos-. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes. Si no obedecéis y no os proponéis dar gloria a mi nombre -dice el Señor de los ejércitos-, os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví -dice el Señor de los ejércitos-. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos, y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo, profanando la alianza de nuestros padres?»

Salmo responsorial: 130

Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Señor, mi corazón no es ambicioso, / ni mis ojos altaneros; / no pretendo grandezas / que superan mi capacidad. R.

Sino que acallo y modero mis deseos, / como un niño en brazos de su madre. R.

Espere Israel en el Señor / ahora y por siempre. R.

1Tesalonicenses 2,7b-9.13

Deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas

Hermanos: Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor. Recordad si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios. Ésta es la razón por la que no cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

Mateo 23,1-12

No hacen lo que dicen

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

Malaquías es un profeta de la época postexílica, o sea, después de que a finales del siglo VI a.C. el pueblo judío que se hallaba en Babilonia retornara a Jerusalén. Su labor se concentró en cuestionar la política de los exiliados que comenzaron a expropiar a la gente que habitaba las tierras de Palestina y que llevaba allí más de medio siglo. La mayor parte de los exiliados estaban más preocupados por hacer fortuna y ocupar la mayor parte de tierra posible, que por reedificar los fundamentos éticos, sociales y fraternos del nuevo Israel.

Por su parte, los habitantes de la provincia de Judá, Galilea y Samaría se vieron sacudidos por una ola de agresivos repatriados que, disponiendo de cuantiosos capitales, pretendían apoderarse de la tierra tratando a la gente del país como extranjeros. Esta situación echó por tierra la esperanza de muchos profetas que esperaban que Israel hubiera cambiado su proceder después del exilio. Lo peor de todo era que esta manera abusiva y violenta de proceder era liderada por un grupo de levitas que se consideraban los propietarios de la auténtica religión de Israel.

El profeta Malaquías es muy directo en sus denuncias. Utiliza el mismo lenguaje ampuloso y rimbombante de las celebraciones litúrgicas para denunciar las arbitrariedades de la casta sacerdotal que se aprovecha de la ignorancia de la gente humilde de la provincia para cometer toda clase de atropellos. Lo peor de todo es que los que se presentan como baluartes de la Ley, no tengan ni el más mínimo sentido de justicia. No respetar el derecho de los pobres es violar la alianza del Señor, y ésta es una ofensa más grave que cualquier infracción ritual o disciplinaria.

La enseñanza de Jesús se orienta en esta misma dirección y pone en jaque las pretensiones de tantas personas que preocupándose por la ortodoxia descuidan los principios elementales de la justicia.

La catequesis se ha preocupado durante muchos siglos por transmitir la doctrina correcta, y por que la gente muriera como «hijos fieles de la Iglesia». Saber el catecismo, a poder ser de memoria, era muy importante. No apartarse lo más mínimo de «la fe de la Iglesia», era prácticamente lo más valorado. Este interés catequético es legitimo, pero es necesario preguntar: ¿la catequesis que se preocupó tanto por la «doctrina correcta», la llamada «ortodoxia», se preocupó igualmente por la práctica correcta, la llamada «ortopraxis»?

El evangelio de Mateo es directo y tajante. Nos pide aceptar la ortodoxia pero siempre y cuando esté basada y fundamentada en la ortopraxis, es decir, en la práctica de la justicia. Pues, anunciar las doctrinas correctas, que todo el mundo acepta, es muy fácil. Lo difícil es practicarlas. Por eso, urge más revisar nuestras prácticas catequéticas que los sistemas doctrinales.

Durante mucho tiempo nuestra catequesis se limitó, en gran parte, a memorizar preceptos, doctrinas y fórmulas. El evangelio nos pide que, sin olvidar todo esto, nos preocupemos de realizar lo que ellas proponen. Lo fundamental de toda la doctrina cristiana, contenida en el evangelio, es la práctica comunitaria de la caridad expresada en una exigencia irrevocable de justicia. La comunidad cristiana existe para enunciar buenas noticias a la humanidad. Se convierte ella misma en buena noticia cuando transforma las realidades de muerte en caminos hacia la vida en abundancia y no cuando se anuncia a sí misma.

Por esta razón, la catequesis no puede convertirse en una transmisión individual de contenidos religiosos, sino en una práctica pedagógica comunitaria. La comunidad sólo puede enseñar y aprender con el ejemplo y la participación de todos sus integrantes, sin distinción de sexo, edad u oficio ministerial. Pues, mientras se trate de practicar y enseñar la justicia nadie está eximido de ser catequista y nadie está excluido de ser catecúmeno.

DOMINGO  30  (A) – Fray Marcos

(Ex 22,21-27) “No explotarás a viudas ni a huérfanos”.

(1 Es 1,5-10) “como abandonando los ídolos os volvisteis a Dios”

(Mt 22,34-40) «Amar a Dios y al prójimo sostienen la ley y los profetas”. 

 El amor de Dios no es relación sino identificación con Él. El amor a Dios consiste en vivir esa unidad con Él y con los demás.

La pregunta sobre el tributo al Cesar se la hicieron los fariseos y herodianos. A continuación, los saduceos le hicieron otra pregunta sobre la resurrección de los muertos, en la que ellos no creían. Quieren ridiculizar la creencia en otra vida con el supuesto de siete hermanos que estuvieron casados con la misma mujer. Jesús desbarata sus argumentos.  Por eso, a continuación, el texto de hoy dice: “Al oír que había hecho callar a los saduceos”, los fariseos vuelven a la carga: ¿Cuál es el primer mandamiento?

La pregunta no era tan sencilla. La mayoría consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Otros defendían que guardar el sábado era el primero. Había quien defendía el amor a Dios como el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento, eran dos. Jesús responde recitando la “shemá” (escucha), que todo israelita recitaba dos veces cada día (Dt 6, 4-9). Jesús hace referencia al (Lev 19,18) pero elimina la primera parte que dice: “no guardarás rencor ni tomarás venganza de los hijos de tu pueblo”, con lo que deja claro quién es el prójimo al que hay que amar.

La originalidad de Jesús está en unir los dos mandamientos. De hecho, lo único que hace es citar dos textos del AT. No se trata solo de una yuxtaposición o de una equiparación. Se trata de una identificación en toda regla, que, además, prepara el terreno a Juan para poder decir con rotundidad: un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que convierte la Ley en vieja. Después de 20 siglos, seguimos sin aceptar la diferencia entre AT y NT.

El valor absoluto de cada persona es una propuesta exclusiva de Jesús. Hasta entonces el individuo no contaba más que como perteneciente e integrado en el grupo. Desde esa perspectiva, lo único que interesaba era las manifes­taciones del amor, no el amor mismo. De ese modo, el precepto recaía sobre las manifestaciones. El amor que exige Jesús, no se puede alcanzar con el cumplimiento de un precepto. Ya no se trata de una ley, sino de una actitud. “Un amor que responde a su amor”. El amor que pide Jesús no se impone.

El concepto de “prójimo” es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y, a lo sumo, el prosélito. Jesús desbarata esa barrera y postula que todos somos exactamente iguales para Dios. El cristianismo no siempre ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos seguido creyendo, como los judíos de todos los tiempos, que nosotros somos los elegidos y que Dios es nuestro Dios.

Jesús no propone amor a Dios ni un amor a él mismo. Dios ni ama ni puede ser amado, es amor. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios sino con relación al hombre. Cuando seguimos proponiendo los mandamientos de la “Ley de Dios” como marco para la vida de la comunidad, es que no hemos entendido el mensaje de Jesús. S. Agustín dijo: Ama y haz lo que quieras. Y Pablo: Quien ama ha cumplido el resto de la Ley. No se trata de una nueva Ley, sino de hacer inútil toda ley, toda norma, todo precepto.

El “como a ti mismo” es también superado por Jesús: “como yo os he amado” necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré, que el amor solo se puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación con él nunca será de amor. Desde esta perspectiva, ¿a dónde se van todas nuestras “caridades”? Lo que nos pide Jesús es que quiera para los demás todo lo que estoy deseando para mí.  ¡De verdad creo hacer caridad cuando doy al mendigo la ropa usada que ya no voy a utilizar!

Una vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús sin abandonar la idea de Dios del AT. Esta es la trampa en la que cayeron los primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está la clave para entender tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de lo que puede enseñar una religión. La excesiva fidelidad a la institución, nos impide alcanzar el mandamiento nuevo. Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo (Templo, Ley, culto); se habían convertido en un obstáculo para llegar al hombre.

A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco. Dios no es un sujeto con el que me pueda relacionar. No es nada distinto de mí. Amar a Dios y amar al prójimo es un único acto. Dios y el prójimo no se pueden separar. Tampoco Dios puede amar a sus criaturas porque no son nada fuera de Él. Demuestro que estoy abierto al Amor si amo a todos. Si dejo de amar a una persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es amor, sino egoísmo, instinto, pasión, interés o la simple programación.

El amor no responde a necesidad alguna de mi ego. Acontece en la profundidad del ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento armónico del ser, impidiendo que la parte material y biológica del mismo, se imponga y arrastre a la parte espiritual, malogrando sus posibilidades de ser humano. El superar el egoísmo no significa una renuncia a nada sino plenitud de humanidad. No suprime ninguno de los aspectos de nuestra humanidad, sino que los colma y les da su verdadero sentido.

El amor es consecuencia del conocimiento. Los escolásticos decían: “no se puede amar nada, si antes no se conoce”. Pero no basta con conocer, debo conocerlo como bueno para mí.  El conocimiento racional será siempre egoísta, solo puede apreciar lo que es bueno para mi falso ser. Solo de un conocimiento vivencial puede nacer el verdadero amor. Si necesito motivos interesados para amar, no es amor. Si amamos para hacer un favor, tampoco funciona. Tengo que descubrir que soy yo el que me enriquezco al amar. Ese enriquecimiento se produce en mi verdadero ser, y eso no nos interesa demasiado.

El mayor peligro a la hora de comprender el amor evangélico es que lo confundimos con el deseo de que el otro me quiera. El deseo de que otro me ame es instintivo y no va más allá del egoísmo. La mayoría de las veces, cuando decimos te amo, en realidad queremos decir: “quiero que me quieras”. Esto no tiene nada que ver con el mensaje de Jesús. Cuando oímos decir a una persona: no puedo vivir sin ti; en realidad, lo que está diciendo es: no te voy a dejar vivir, porque te voy exigir que vivas solo para mí.

Es erróneo creer que podemos amar a Dios, aunque no amemos al prójimo; o peor aún, que podemos amar a uno mucho y a otro poco o nada. El amor es uno solo porque es una actitud personal. El amor queda especificado en la persona que ama, no por la persona amada. Tiene que existir antes de manifestarse. Lo que llega a los demás, lo que se percibe al exterior, son solo las manifestaciones de ese amor. La actitud vital es única en cada persona, pero el amor evangélico tiene que ser práctico, tiene que manifestarse en obras. Solo puede manifestarse cuando me encuentro con otro, con el próximo.

Urteko 30. igandea – José A. Pagola

A (Mateo 22,34-40)

JAINKOAZ IRRIKA ETA GIZAKIAZ GUPIDA- PASIÓN POR DIOS Y COMPASIÓN POR EL SER HUMANO

Funtsezkoaz ahazten direnean, erraz murgiltzen dira erlijioak jainkozaletasun eskaseko bidetan edota kasuistika moralean; Jainkoarekin harreman sanoak izateko ezgai bihurtzen dira orduan eta pertsonak larriki kaltetzen ahal dira. Erlijio bakar bat ere ez dago libre arrisku honetatik.

Ebanjelioetan datorren eszenak ingurumen erlijioso bat du oinarri; horretaz baliatzen dira apaizak eta lege-maisuak Jainkoaren Legeko ehunka agindu sailkatzeko: «erraz» eta «zail» bezala, «txiki» eta «handi» bezala. Kasik ezinezkoa da sare horretan bihotz sano batekin mugitzea.

Jesusi planteatu dioten galderak funtsezkoa zer den berreskuratu nahi du, «espiritu galdua» aurkitu: zein da agindu nagusia?, zer da funtsezkoa?, non dago ororen muina? Jesusen erantzunak, Hillel-enak eta beste judu-maisuenek bezala, Israel herriaren oinarrizko fedea biltzen du: «Maita ezazu Jauna, zeure Jainkoa, zeure bihotz guztiaz, zeure arima guztiaz, zeure izate guztiaz». «Maita ezazu lagun hurkoa zeure burua bezala».

Ez dezala inork pentsa ezen Jainkoa maitatzeaz ari garenean, irudimenezko Izaki batek eragindako zirrarez edo emozioez nahiz sentimenduez ari garenik, ezta errezo eta jaidurara gonbidatzeaz ere. «Jainkoa bihotz guztiaz maitatzeak» bizitzaren azken Misterioa apal-apal aitortzea esan nahi du; bizitza, Jainkoaren borondatearekin bat eginik, konfiantzaz norabidetzea: Jainkoa Aita bezala maitatzea, ona delako eta geure ona opa digulako.

Honek guztiak modu erabakitzailean markatzen du bizitza; izan ere, bizitza erro-errotik gorestea esan nahi du; bizitzan esker onez parte hartzea; on eta eder dena aukeratzea beti; haragizko bihotzaz bizitzea eta ez harrizkoaz; kontra egitea Jainkoaren borondateari saldukeria egiten dionari, beraren seme-alaben bizitza eta duintasuna ukatuz.

Horregatik, Jainkoa maitatze hori ezin bereizia da anai-arrebak maitatzetik. Honela gogorazten digu Jesusek: «Maita ezazu lagun hurkoa zeure burua bezala». Ezinezkoa da Jainkoa egiaz maitatzea beraren seme-alaben sufrimenduari ezentzun eginda. Zer erlijio-mota izango litzateke zeinetan elikatu gabeen goseak edota aseak direnen gehiegikeriak, ez galderarik, ez kezkarik ez bailieke planteatuko fededunei? Ez dabiltza batere oker Jesusen erlijioa «Jainkoaz irrika eta gizakiaz gupida» bezala laburbiltzen dutenak.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Domingo 30 T.O.-José A. Pagola

PASIÓN POR DIOS Y COMPASIÓN POR EL SER HUMANO

Cuando olvidan lo esencial, fácilmente se adentran las religiones por caminos de mediocridad piadosa o de casuística moral, que no solo incapacitan para una relación sana con Dios, sino que pueden dañar gravemente a las personas. Ninguna religión escapa a este riesgo.

La escena que se narra en los evangelios tiene como trasfondo una atmósfera religiosa en que sacerdotes y maestros de la ley clasifican cientos de mandatos de la Ley divina en «fáciles» y «difíciles», «graves» y «leves», «pequeños» y «grandes». Casi imposible moverse con un corazón sano en esta red.

La pregunta que plantean a Jesús busca recuperar lo esencial, descubrir el «espíritu perdido»: ¿cuál es el mandato principal?, ¿qué es lo esencial?, ¿dónde está el núcleo de todo? La respuesta de Jesús, como la de Hillel y otros maestros judíos, recoge la fe básica de Israel: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Que nadie piense que, al hablar del amor a Dios, se está hablando de emociones o sentimientos hacia un Ser imaginario, ni de invitaciones a rezos y devociones. «Amar a Dios con todo el corazón» es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad: amar a Dios como Padre, que es bueno y nos quiere bien.

Todo esto marca decisivamente la vida, pues significa alabar la existencia desde su raíz; tomar parte en la vida con gratitud; optar siempre por lo bueno y lo bello; vivir con corazón de carne y no de piedra; resistirnos a todo lo que traiciona la voluntad de Dios negando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas.

Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Así lo recuerda Jesús: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No es posible el amor real a Dios sin escuchar el sufrimiento de sus hijos e hijas. ¿Qué religión sería aquella en la que el hambre de los desnutridos o el exceso de los satisfechos no planteara pregunta ni inquietud alguna a los creyentes? No están descaminados quienes resumen la religión de Jesús como «pasión por Dios y compasión por la humanidad».

José Antonio Pagola

30º domingo T.O. Koinonía

4.2.7

Éxodo 22,20-26

Si explotáis a viudas y huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Salmo responsorial: 17

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; / Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, / mi fuerza salvadora, mi baluarte. / Invoco al Señor de mi alabanza / y quedo libre de mis enemigos. R.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, / sea ensalzado mi Dios y Salvador. / Tú diste gran victoria a tu rey, / tuviste misericordia de tu Ungido. R.

1Tesalonicenses 1,5c-10

Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo

Hermanos: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que os libra del castigo futuro.

Mateo 22,34-40

Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS:

La legislación de Israel estaba orientada a mitigar los efectos del empobrecimiento de

las grandes masas de campesinos. El exilio, el desplazamiento forzado por causa de la

guerra, la usura… se convertían en una amenaza para la convivencia y, sobre todo,

contradecían los fundamentos éticos del pueblo de Dios.

El «código de la alianza» hacía énfasis, no sólo en las rúbricas litúrgicas o en las

orientaciones religiosas, sino en la protección de los sectores más vulnerables de la

sociedad: forasteros, viudas, huérfanos, jornaleros y pobres en general. Los forasteros

porque, en la mayoría de los casos, eran exiliados de la guerra, que habían sufrido el

desplazamiento forzado y llegaban a las tierras de Israel sin otro recurso que sus propias

manos. La legislación recuerda los beneficios del éxodo y el cambio de situación del

pueblo hebreo que pasó de la servidumbre a la libertad. Las viudas y los huérfanos

estaban a merced de los parientes varones que detentaban el monopolio jurídico de la

tierra. Los jornaleros estaban a merced de los terratenientes que les pagaban cuando se

les venía en gana y no al terminar el día, como lo determinaba la Ley. El clamor de estas

personas se convertía en una preocupación del Dios liberador que no podía dejar impunes

a los opresores, explotadores y usureros.

Una persona del antiguo Israel, como Jesús, se sorprendería al ver que nuestra

sociedad se basa en la usura. Para ellos, los exagerados intereses de una deuda eran

una auténtica vergüenza. Y más se asustaría al saber que los grandes usureros gobiernan

las políticas de los países y determinan quién vivirá satisfecho y cuantos millones de

pobres morirán de hambre. La usura es, en la Biblia, un delito comparable sólo con el

asesinato. La usura es la mayor amenaza para la gente pobre que se ve obligada a

empeñar hasta la propia ropa para poder comer. La usura se origina en la injusta

percepción de los valores sociales, pues la ambición y la acumulación se convierten en el

objetivo de las relaciones sociales, quitándoles su carácter de gratuidad y solidaridad.

Esta situación queda consagrada igualmente en el plano internacional. Tan

consagrada, que se considera «natural» la situación de sometimiento absoluto con el que

las finanzas internacionales, impúdicamente especulativas, dominan la vida y el trabajo de

las mayorías de los distintos países, mediante la subida y la bajada, casi enteramente

caprichosa, de los intereses de «los mercados» internacionales. Hace unos años fue con

la famosa «Deuda Externa»: países enteros gravados con deudas que equivalían a

muchas veces su producto nacional bruto anual… es decir, que debían todo lo que podían

producir durante varios años; podríamos decir que, de alguna manera, se debían a sí

mismos. Y todo ello, proviniendo de unos préstamos que habían sido ofrecidos a intereses

bajísimos, pero «fluctuantes», intereses que una vez contraídas las deudas fueron

internacionalmente alzados hasta un 18%, cuando a lo largo de la historia tales intereses

nunca habían subido más allá de un 6%. En los préstamos personales sabemos cuándo

unos intereses comienzan a ser usureros. ¿Por qué no se sabe en qué cifra de interés

comienza la «usura» en el plano internacional? ¿No estamos viviendo una situación de

usura en el sistema financiero internacional? Solemos pensar que el mundo civilizado y

moderno es muy distinto de aquel mundo de masas pobres y de esclavos que no eran

dueños de sí mismos, pero la diferencia no es tan grande: las grandes estructuras de

injusticia son ahora mucho más complejas, sofisticadas y masivas, pero quizá muchas de

ellas no son menos injustas.

Pablo interpreta el paso de una mentalidad legalista y opresora, hacia una

mentalidad creativa y liberadora, como un cambio de la idolatría al culto al Dios verdadero,

al Dios de la Vida. Mientras los hebreos eran prisioneros de los interminables preceptos

de la Ley (la escrita y la oral), los así llamados paganos eran esclavos de la incesante

marea de modas de pensamiento y de religiones que les impedían descubrirse a sí

mismos como esclavos de la idolatría del imperio. Pablo propone a los gentiles no una

religión más, sino un nuevo estilo de vida donde el discernimiento, la gratuidad y la

conciencia de ser libres constituía el fundamento de la relación con Dios y con el prójimo.

El evangelio apunta, precisamente, en la misma dirección, al mostrarnos que, para

Jesús, el fundamento de la relación con Dios y el prójimo es el amor solidario. Jesús

sintetiza el decálogo y casi toda la legislación en su principio de amor fraternal y

recíproco.

Los juristas gustaban de probar los conocimientos que Jesús tenía sobre la Ley.

Para ellos el mandamiento más importante era la observancia del sábado. Ese día debían

dedicarse por completo al reposo y a escuchar la lectura de la Escritura. Con el tiempo

convirtieron esta ley en una carga que a duras penas soportaban los pobres.

El sábado había dejado de ser fiesta del Señor y se había convertido en un día

lúgubre, lleno de prescripciones ridículas que impedían a las personas movilizarse,

cocinar e incluso auxiliar al necesitado.

Cuando los juristas preguntan a Jesús por la ley más importante esperan que él

cometa un error y se pronuncie contra la Ley misma. Jesús se les adelanta y les hace ver

que en la Ley lo más importante es el amor a Dios y el amor al prójimo. El amor es el

espíritu mismo de la legislación divina.

Al colocar estos dos mandamientos como el eje de toda la Escritura, Jesús pone en

primer lugar la actitud filial con respecto a Dios y la solidaridad interhumana como los

fundamentos de toda la vida religiosa. Incluso, la adecuada interpretación de la Escritura

(la Ley y los Profetas) depende de que sean comprendidos y asumidos estos dos

imperativos éticos.

Nosotros vivimos hoy en sociedades que tienen muchas más normas que el pueblo

judío, incluso nuestras iglesias tienen extensas legislaciones. Vivimos también en un

mundo que tiene muchísimos más millones de pobres oprimidos bajo la usura

internacional, que los pobres oprimidos por los que clamaron los profetas. La Palabra de

Jesús que hoy recordamos y actualizamos en nuestra celebración es una invitación a

sacudir nuestra pasividad, a recuperar la indignación ética ante la situación intolerable de

este mundo llamado moderno y civilizado, y a volver a lo esencial del Evangelio, al

mandamiento principal, a los dos amores.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús». Puede acudirse

al portal de la serie (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/) para escoger algún capítulo.

Domingo 29. Ciclo A. T.O.

José Luis Sicre

Dos posturas ante el tributo al César

Seguimos en la explanada del templo de Jerusalén, en medio de los enfrentamientos de diversos grupos con Jesús. Esta vez, fariseos y herodianos lo van a poner en un serio compromiso preguntándole sobre la licitud del tributo al emperador romano. Por entonces, además de los impuestos que se pagaban a través de peajes, aduanas, tasas de sucesión y de ventas, los judíos debían pagar el tributo al César, que era la señal por excelencia de sometimiento a él.

Fariseos y herodianos no tenían dudas sobre este tema; ambos grupos eran partida­rios de pagarlo. Los fariseos, porque no querían con­flictos con los romanos mientras les permitieran observar sus prácticas religiosas. Los herodianos, porque mantenían buenas relaciones con Roma. Como a nadie le gusta pagar, los rabinos discutían si se podía eludir el tributo. Y algunos adoptaban la postura pragmática que refleja el tratado Pesajim 112b: «… no trates de eludir el tributo, no sea que te descubran y te quiten todo lo que tienes». Sin embargo, otros judíos adoptaban una postura de oposición radical, basada en motivos religiosos. Dado que el pago del tributo era signo de sometimiento al César, algunos lo interpretaban como un pecado de idolatría, ya que se reconocía a un señor distinto de Dios. Este era el punto de vista de los sicarios, grupo que comienza con Judas el Galileo, cuando el censo de Quirino, a comienzos del siglo I de nuestra era. Al narrar los comienzos del movimiento cuenta Flavio Josefo: «Durante su mandato [de Coponio], un hombre galileo, llamado Judas, indujo a los campesinos a rebelarse, insultándolos si consentían pagar tributo a los romanos y toleraban, junto a Dios, señores morta­les» (Guerra de los Judíos II, 118). Más adelante repite afirmaciones muy pareci­das: «Judas, llamado el galileo…, en tiempos de Quirino había atacado a los judíos por someterse a los romanos al mismo tiempo que a Dios» (Guerra de los Judíos II, 433).

La trampa de la pregunta

Con este presupuesto, se advierte que la pregunta que le hacen a Jesús sobre si es lícito pagar el tributo podía compro­meterlo gravemente ante las autoridades romanas (si decía que no), o ante los sectores más progresistas y politizados del país (si decía que sí). Además, la pregunta es especialmente insidiosa, porque no se mueve a nivel de hechos, sino a nivel principios, de licitud o ilicitud.

La respuesta de Jesús

Jesús, que advierte enseguida la mala intención, ataca desde el comienzo: «¿Por qué me tentáis, hipócritas?» Pide la moneda del tributo, devuelve la pregunta y saca la conclusión. Jesús, como sus contemporáneos, acepta que el ámbito de dominio de un rey es aquel en el que vale su moneda. Si en Judá se usa el denario, con la imagen del César, significa que quien manda allí es el César, y hay que darle lo que es suyo.

Estas palabras de Jesús, tan breves, han sido de enorme trascen­dencia al elaborar la teoría de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Y se han prestado también a inter­pretaciones muy distin­tas.

Las cosas de Dios

Si analizamos el texto, las palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», no constituyen una evasiva, como algunos piensan. Van al núcleo del problema. Los fariseos y herodianos han preguntado si es lícito pagar tributo desde un punto de vista religioso, si ofende a Dios el que se pague. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y ésas no se las quieren dar. Teniendo presente el conjunto del evangelio, «las cosas de Dios», lo que le interesa, es que se escuche a Jesús, su enviado, que se acepte el mensaje del Reino, que se adopte una actitud de conversión, que se ponga término al raquitismo espiritual y religioso, que se sepa acoger a los débiles, a los menesterosos, a los marginados. Eso no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos, pero es la cuestión principal. Si el evangelio no fuese tan escueto, podría haber parafraseado la respuesta de Jesús de esta manera: ¿Es lícito poner el sábado por encima del hombre? ¿Es lícito cargar fardos pesados sobre las espaldas de los hombres y no empujar ni con un dedo? ¿Es lícito llamar la atención de la gente para que os hagan reverencias y os llamen maestros? ¿Es lícito impedir a la gente el acceso al Reino de Dios? ¿Es lícito hacer estúpidas disquisiciones sobre los votos y juramentos? ¿Es lícito dejar morir de hambre al padre o a la madre por cumplir un voto? ¿Es lícito pagar los diezmos de la menta y del comino, y olvidar la honradez, la compasión y la sinceridad? En todo esto es donde están en juego «las cosas de Dios», no en el pago del tributo al César.

Naturalmente, la comunidad cristiana pudo sacar de aquí conse­cuencias prácticas. Frente a la postura intransigente de los sicarios, defender que no era pecado pagar tributo al César. Y, con una perspectiva más amplia, fundamentar una teoría sobre la conviven­cia del cristiano en la sociedad civil, sin necesidad de buscar por todas partes enfrentamientos inútiles. Siempre, incluso en las peores circunstancias políticas, nadie podrá arrebatarle a la iglesia y al cristiano la posibilidad de dar a Dios lo que es de Dios.

El emperador no siempre es enemigo (1ª lectura)

En Israel, desde los primeros siglos, hubo gente fanática y enemiga de conceder el poder político a un hombre mortal. El único rey debía ser Dios, aunque no quedaba claro cómo ejercía en la práctica esa realeza. Otros grupos, sin negarle la autoridad suprema a Dios, aceptaban el gobierno de un rey humano. Pero siempre debía tratarse de un israelita, no de un extranjero. La novedad del texto de Isaías, una auténtica revolución teológica para la época, es que Dios, aunque afirma su suprema autoridad («Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios»), él mismo escoge al rey persa Ciro, lo lleva de la mano, le pone la insignia y le concede la victoria. Porque Ciro, al cabo de pocos años, será quien conquiste Babilonia y libere a los judíos, permitiéndoles volver a su tierra.

Este proceso de esclavitud – liberación – vuelta a la tierra recuerda al ocurrido siglos antes, cuando el pueblo salió de Egipto. La gran novedad, escandalosa para muchos judíos, es que ahora el salvador humano no es un nuevo Moisés sino un emperador pagano.

El texto ha sido elegido para confirmar con un ejemplo histórico que se puede respetar al emperador, pagar tributo, sin por ello ofender a Dios.

José Luis Sicre

DOMINGO   29  (A) – Fray Marcos

(Is 45,1-6) «Yo soy el Señor y no hay otro, fuera de mí no hay dios».

(I Tes 1,1-5) “No hubo solo palabras, sino fuerza del Espíritu y convicción”.

(Mt 22, 15-21) Devolved al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

No hay un Dios-César ni un César-Dio. La oposición está en cada uno y debemos superarla con la unidad de todo nuestro ser.

Los jefes comprendieron que las tres parábolas se referían a ellos (los obreros de última hora, los hermanos mandados a la viña, el banquete de boda. Contraatacan con tres preguntas que intentan tenderle una trampa para tener de qué acusarlo. La primera es la del tributo al César que acabamos de leer. La segunda es sobre la resurrección de los muertos. La tercera, cual es el primer mandamiento, que leeremos el próximo domingo.

 Merece atención el texto del segundo Isaías que hemos leído. Es muy interesante, porque es la primera vez que la Biblia habla de un único Dios. Estamos a mediados del s. VI a. c., y hasta ese momento, Israel tenía su Dios, pero no ponía en cuestión que otros pueblos tuvieran sus propios dioses. Esto no lo hemos tenido nunca claro. El creer en un Dios único es un salto cualitativo increíble en el proceso de maduración de la revelación.

El evangelio de hoy no es sencillo. Con la frasecita de marras, Jesús contesta a lo que no le habían preguntado. No se mete en política, pero apunta a una actitud vital que supera la disyuntiva que le proponen. Una nefasta interpretación de la frase de Jesús la convirtió en un argumento para apoyar el maniqueísmo en nombre del evangelio. Seguimos entendiendo la frase como una oposición entre lo religioso y lo profano; hoy entre la Iglesia y el Estado. Se trata de una falta absoluta de perspectiva histórica.

Moisés utilizó a Dios para agrupar a varias tribus en un solo pueblo. Israel fue siempre una teocracia en toda regla. Cuando se instauró la monarquía por influencia de las naciones próximas, al rey se le consideró como un representante de Dios (hijo de Dios), sin ningún poder al margen del conferido por su divinidad. Al proponer la pregunta, los fariseos no piensan en una confrontación entre el poder religioso y el poder civil, sino entre su Dios y el Cesar divinizado. La moneda es clave para entender la respuesta.

Jesús pregunta: ¿De quién es esa imagen e inscripción? Se cuestiona si un judío tiene que aceptar la soberanía del Cesar o seguir teniendo a Dios como único soberano. Con su respuesta, Jesús no está proponiendo una separación del mundo civil y el religioso. En tiempo de Jesús tal cosa era impensable. No hay en el evangelio base alguna para convertir la religión en una especulación de sacristía sin influencia en la vida real.

Fariseos y herodianos, enemigos irreconciliables, se une contra Jesús. Los fariseos eran contrarios a la ocupación, pero se había acomodado. Los herodianos eran partidarios del poder de Roma. La pregunta era una trampa. Si decía que no, se ponía en contra de Roma. Los herodianos lo podían acusar de subversivo. Si decían sí, los fariseos podían acusarlo de contrario al judaísmo, porque se ponía en contra del sentir del pueblo.

El verbo que emplea Jesús, «apodídômi», no significa dar sino, devolver. El que emplean los fariseos (dídomi), sí significa “dar”. Una pista para comprender la respuesta. Estaban contra el César, pero utilizaban su moneda y tiene derecho a exigir que se la devuelvan. Un verdadero judío, tenían que renunciar a utilizar el dinero de Roma. Les hace ver que ya han contestado, pues han aceptado la soberanía de Roma.

Al preguntar por la imagen, Jesús está haciendo clara referencia al Génesis, donde se dice que el hombre fue creado a imagen de Dios. Si el hombre es imagen de Dios, hay que devolver a Dios lo que se le ha arrebatado, el hombre. La moneda que representa al César, tiene un valor relativo, pero el hombre tiene un valor absoluto, porque representa a Dios. Jesús no pone al mismo nivel a Dios y al César, sino que toma claro partido por Dios. El hombre como valor supremo es la clave del mensaje de Jesús.

Tampoco se puede utilizar la frase para justificar el poder. Si algo está claro en el evangelio es que todo poder es nefasto, porque machaca al hombre. Se ha repetido hasta la saciedad, que todo poder viene de Dios. Pues bien, según el evangelio, ningún poder puede venir de Dios, ni el político ni le religioso. En toda organización humana, el que está más arriba está allí para servir a los demás, no para dominar.

Jesús dice que el César no es Dios, pero no hemos dudado en convertir a Dios en un César (he leído una homilía: “el único César que existe es Dios”). No es fácil asimilar que tampoco Dios es un César. No se trata de repartir dependencias, ni siquiera con ventaja para Dios. Dios no hace competencia a ningún poder terreno, sencillamente porque no tiene ningún poder. Esto, bien entendido, evitaría toda solución falsa. El problema es una trampa en sí mismo. No existe una alternativa entre César y Dios.

Se ha predicado que había que estar más pendiente del César religioso que del César civil. Ningún ejercicio del poder es evangélico. No hay nada más contrario al mensaje de Jesús que el poder. Siempre que pretendemos defender los derechos de Dios, estamos defendiendo nuestros propios intereses. El que te diga que está defendiendo a Dios, en realidad lo está suplantando. Tampoco el estado tiene derecho alguno que defender. Los dirigentes civiles tienen que defender siempre los derechos de los ciudadanos.

No hablamos de anarquismo. A contrario, una sociedad, aunque sea de dos personas, tiene que estar ordenada y en relaciones mutuas de interdependencia. En ella una tiene mayor responsabilidad; pero todas las relaciones humanas deben surgir del servicio a los demás, no del dominio. Ningún ser humano es más que otro ni está por encima de otro. “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie jefe, no llaméis a nadie señor”.

No existe una realidad sagrada y otra profana. Hoy no existe un Cesar con poder absoluto, ni existe un Dios que disputa el poder al Cesar. Es descabellado hacer creer a la gente que tiene unas obligaciones para con Dios y otras con la sociedad civil. Dios se encuentra en todo lo terreno, pero en lo más hondo del ser. Si solo lo encontramos en la iglesia, hemos caído en la idolatría. La única manera de entender todo el alcance del mensaje de hoy es superar la idea de un Dios fuera que arrastramos desde el neolítico.

Urteko 29. igandea – José Antonio Pagola

A (Mateo 22,15-21)

JAINKOARI JAINKOARENA – A DIOS LO QUE ES DE DIOS

Jesusi jarri dioten tranpa ondo pentsatua da: «Zilegi al da Zesarri zerga ordaintzea, bai ala ez?». Ezetz erantzuten badu, Erromaren aurka asaldatzeaz salatu ahalko dute. Ordaintzea onartzen badu, ospea galdurik geldituko da zergek estuturik bizi direnen aurrean, berak hartaraino maite eta defendatzen dituen horien aurrean.

«Zerga-txanpona» erakusteko eskatu die Jesusek. Berak ez du halakorik, eskale ibiltari bezala bizi baita, lurrik eta lan finkorik gabe; ez du problemarik zerga-biltzaileekin. Ondoren, zilarrezko denario hartan ageri den irudiaz galdetu die. Tiberio irudikatzen du, eta esakuneak dio: Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus». Kontrako aldean «Pontifex Maximus» irakur daiteke.

Jesusen keinua argigarria da besterik gabe. Beraren arerioak sistemaren esklabo bizi dira; izan ere, moneta hura, sinbolo politikoz eta erlijiosoz txanpondua, enperadorearen jauntasuna aitortzen ari da, Ez da Jesusen aitorpena, pobre bizi baita baina aske, pobreei emana eta Inperioak zokoraturik.

Jesusek orduan inork planteatu ez dion zerbait gehitu du. Zesarren eskubideez galdetu diote eta berak Jainkoaren eskubideak gogoraraziz erantzun die: «Ordaindu Zesarri Zesarrena, baina eman Jainkoari Jainkoarena». Monetak enperadorearen irudia du, baina gizakia, Hasiera liburu zaharrak gogorarazten duen bezala, «Jainkoaren irudi» da. Horregatik, ez da inongo enperadoreri menderatzekoa. Askotan gogorazia zuen hori Jesusek. Pobreak Jainkoarenak dira; txikiak Jainkoaren seme-alaka min dira; berauena da Jainkoaren erreinua. Inork ez du abusatu behar berauez.

Jesusek ez du esan bizitzaren alde bat, materiala eta ekonomikoa, Zesarren eremukoa denik, eta beste aldea, espirituala eta erlijiosoa, Jainkoaren eremukoa. Beste bat da beraren mezua: erreinuan sartzen bagara, ez dugu onartu behar inongo Zesarrek opari egin dezan Jainkoari bakarrik dagokiona: munduan gose direnak, bertan behera utziak eta pateratan iristen diren subsahararrak, gure hirietako paperik gabeak. Ez gaitzala gu kontuan har inongo Zesarrek.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundar

 29 Tiempo ordinario –

A (Mateo 22,15-21)

A DIOS LO QUE ES DE DIOS

La trampa que tienden a Jesús está bien pensada: «¿Es lícito pagar tributos al César o no?». Si responde negativamente, lo podrán acusar de rebelión contra Roma. Si acepta la tributación, quedará desacreditado ante aquellas gentes que viven exprimidas por los impuestos, y a las que él tanto quiere y defiende.

Jesús les pide que le enseñen «la moneda del impuesto». Él no la tiene, pues vive como un vagabundo itinerante, sin tierras ni trabajo fijo; no tiene problemas con los recaudadores. Después les pregunta por la imagen que aparece en aquel denario de plata. Representa a Tiberio, y la leyenda decía: «Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus». En el reverso se podía leer: «Pontifex Maximus».

El gesto de Jesús es ya clarificador. Sus adversarios viven esclavos del sistema, pues, al utilizar aquella moneda acuñada con símbolos políticos y religiosos, están reconociendo la soberanía del emperador. No es el caso de Jesús, que vive de manera pobre pero libre, dedicado a los más pobres y excluidos del Imperio.

Jesús añade entonces algo que nadie le ha planteado. Le preguntan por los derechos del César y él les responde recordando los derechos de Dios: «Pagadle al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano, como recuerda el viejo libro del Génesis, es «imagen de Dios». Por eso nunca ha de ser sometido a ningún emperador. Jesús lo había recordado muchas veces. Los pobres son de Dios; los pequeños son sus hijos predilectos; el reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.

Jesús no dice que una mitad de la vida, la material y económica, pertenece a la esfera del César, y la otra mitad, la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios. Su mensaje es otro: si entramos en el reino, no hemos de consentir que ningún César sacrifique lo que solo le pertenece a Dios: los hambrientos del mundo, los subsaharianos abandonados que llegan en las pateras, los «sin papeles» de nuestras ciudades. Que ningún César cuente con nosotros.

José Antonio Pagola