DOMINGO  2º DE PASCUA  (B) Fray Marcos

(Hch 4,32-35) “Daban testimonio de la resurrección con mucho valor”.

(1 Jn 5,1-6) “El Espíritu es el que da testimonio, el Espíritu es la verdad”.

(Jn 20,19-31) ¿Porque me has visto ha creído? Dichosos los que crean sin ver

Jesús VIVE la Vida verdadera a pesar de la muerte. Su Vida no es la biológica sino la misma Vida de dios definitiva y eterna.

Este relato es la clave para entender el mensaje teológico de todas las apariciones pascuales. No pretenden decirnos qué pasó sino transmitirnos su propia vivencia interior. La experiencia pascual demostró que solo en la comunidad se descubre la presencia de Jesús vivo. La comunidad es la garantía de la fidelidad a Jesús. Es la comunidad la que recibe el encargo de predicar. La misión de anunciar el evangelio no se la han sacado ellos de la manga, sino que es un mandato que reciben de Jesús.

Juan es el único que desdobla el relato de la aparición a los apóstoles. Con ello personaliza en Tomás el tema de la duda, que es capital en todos los relatos de apariciones. “El primer día de la semana”. Jesús está ya fuera del tiempo y el espacio. Para él ya no hay días ni meses ni cuarentenas. En él no puede pasar nada, porque para que pase algo se necesita el tiempo y el espacio. Lo último que pasó en Jesús fue su muerte. Más allá de ella entra en la eternidad donde nada puede pasar.

Jesús aparece en el centro como factor de unidad. La comunidad está centrada en Jesús. No atraviesa la puerta o la pared, no recorre ningún espacio; se hace presente en medio de la comunidad. El saludo elimina el miedo. Las llagas, signo de su entrega, evidencian que es el mismo que murió en la cruz. La verdadera Vida nadie pudo quitársela a Jesús. La permanencia de las señales de muerte, indica la permanencia de su amor. Garantiza, además, la identificación del resucitado con el Jesús crucificado.     

El segundo saludo les refuerza para la misión. Les ofrece paz para el presente y para el futuro. En los relatos de apariciones la misión es algo esencial; los había elegido para llevarla a cabo. La misión deben cumplirla, demostrando un amor total, semejante al suyo. Si toman conciencia de que poseen la verdadera Vida, el miedo a la muerte biológica desaparecerá por completo. La Vida que él les comunica es definitiva.

El verbo soplar, usado por Juan, es el mismo que se emplea en Gn 2,7 para indicar que Dios comunicó vida al monigote de barro que había fabricado. Con aquel soplo el hombre barro se convirtió en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da otra Vida. Se trata de la nueva creación del hombre. La condición de hombre-carne se transforma en hombre-espíritu. Esa Vida es la capacidad de amar como ama Jesús. Les saca de la esfera de la opresión y les hace libres (quita el pecado del mundo).

     El Espíritu es el criterio para discernir las actitudes que se derivan de esa Vida. Debemos tener cuidado de no hacer decir a los textos lo que no dicen. El Espíritu, no es la tercera persona de la Trinidad. Se trata de la Fuerza que les capacita para la misión. Del mismo modo, deducir de aquí la institu­ción de la penitencia, es ir mucho más lejos de lo que permite el texto. El concepto de pecado que tenemos hoy no se elaboró hasta el s. VII. Lo que entendía entonces por pecado era algo muy distinto.

En la comunidad quedará patente el pecado de los que se niegan a dar su adhesión a Jesús. Para Juan el único pecado es la opresión, es decir la falta de amor. Ni Dios ni Jesús ni la comunidad condenan tienen que condenar a nadie. La sentencia se la da a sí mismo cada uno con su actitud. El Espíritu capacita a la comunidad para discernir la autenticidad de los seguidore de Jesús y salir del ámbito de la injusticia al del amor.

La referencia a «Los doce», designa la comunidad cristiana como heredera de las promesas de Israel. Tomás había seguido a Jesús, pero, como los demás, no le había comprendido del todo. No podían concebir una Vida definitiva que permanece más allá de la muerte. Separado de la comunidad, no tiene la experiencia de Jesús vivo. Una vez más se destaca la importancia de la experiencia compartida en comunidad.

Hemos visto al Señor. No se trata una visión ocular sino de la constatación de una presencia de Jesús que les ha trasformado porque les comunica Vida. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que brilla en la comunidad. El relato insiste, porque al tratarse de una vivencia, no puede ser demostrada. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. A pesar de todo, los testimonios no pueden suplir la experiencia; sin ella Tomás es incapaz de dar el paso.

A los ocho días… Cuando se escribe este texto, la comunidad ya seguía un ritmo semanal de celebraciones. Jesús se hace presente en la celebración comunitaria, cada ocho días. La nueva creación del hombre que Jesús ha realizado durante su vida, culmina en la cruz el día sexto. Estaban reunidos dentro, en comunidad, es decir, en el lugar donde Jesús se manifiesta, en la esfera de la Vida, opuesto a «fuera», el lugar de la muerte. Tomás, reintegrado a la comunidad, puede experimentar lo que no creyó.

La respuesta de Tomás es extrema, igual que su incredulidad. Al llamarle Señor, reconoce a Jesús y lo acepta dándole su adhesión. Al decir “mío” expresa su cercanía. Jesús ha cumplido el proyecto, amando como Dios ama. “Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros”. “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Dándoles su Espíritu, Jesús quiere que ese proyecto lo realicen también todos los suyos y lo manifiesten con el amor como él lo manifestó.

Tomás tiene ahora la misma experiencia de los demás: Ver a Jesús en persona. El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al Jesús presente, que es a la vez, el mismo y distinto. El marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo.

La experiencia de Tomás no puede ser modelo. El evangelista elabora una perfecta narración de apariciones y a continuación nos dice que no es esa presencia externa la que debe llevarnos a la fe. La demostración de que Jesús está vivo, tiene que ser el amor manifestado. La advertencia es para los de entonces y para todos nosotros. El mensaje queda abierto al futuro. Muchos seguirán creyendo, aunque no lo vean.

El mensaje para nosotros hoy es claro: Sin una experiencia personal de Vida, llevada a cabo en el seno de la comunidad, es imposible acceder a la nueva Vida que Jesús anunció antes de morir y ahora les está comunicando. Para nosotros se trata del paso, del Jesús aprendido, al Jesús experimentado y manifestado en la entrega a los demás. Sin ese cambio, no hay posibilidad de entrar en la dinámica de la Vida. Que Jesús siga vivo, no significará nada para mí, si yo no vivo su misma Vida.

Pazkoaldiko 2. igandea –B- José A. Pagola

B (Joan 20,19-31)

FEDERANTZ IBILBIDEA-RECORRIDO HACIA LA FE

Tomas falta dela, Jesusen ikasleek sekulako esperientzia bat izan dute. Tomas ikusi orduko, poz-pozik adierazi diote: «Jauna ikusi dugu». Tomasek eszeptiko entzun die. Zergatik sinetsi behar die hain gauza zoro hori? Nolatan esan dezakete Jesus ikusi dutela, hain bizia, gurutziltzaturik erail baitute? Izatekotan ere, beste bat izango da.

Ikasleek diotse bere eskuetako eta saihetseko zauriak erakutsi dizkiela Jesusek. Tomasek ezin onartu du inoren testigantzarik. Berak egiaztatu beharra du: «Beraren eskuetan iltzeen seinalea ikusten ez badut… eta eskua beraren saihetsean sartzen ez badut, ez dut sinetsiko». Soilik, bere esperientzia propioan sinetsiko du.

Ikasle honek, era inozentean sinesteari gogor egin dionak, geuk ere egin beharreko ibilbidea erakutsiko digu, Kristo berpiztuarekiko federa iristeko, Jesusen aurpegia ere ikusi ez dugunoi, beraren hitzak ere entzun ez ditugunoi, beraren besarkadaz ere gozatu ez dugunoi.

Handik zortzi egunera, berriro aurkeztu zaie Jesus. Berehala Tomasengana jo du. Ez dio kritikatu bere jarrera. Haren duda-mudek ez dute berarentzat ezer bidegabekorik edota eskandaluzkorik. Sinesteko bere gogortasunaz bere zintzotasuna agertu du Tomasek. Jesusek ulertu du eta bidera datorkio bere zauriak erakutsiz.

Jesusek bere eskakizunak asetzeko era eskaini nahi dio: «Ekar ezazu hatza, hona nire eskuak. Ekar ezazu eskua, hona nire saihetsa». Zauri horiek, zerbait egiaztatzeko «proba» baino gehiago, ez al dira heriotzaraino emana duen beraren maitasunaren «seinale»? Horregatik, bere duda-mudak baino harago sakontzera gonbidatu du Jesusek: «Ez zaitez izan sinesgabe, sinestedun baizik».

Tomasek uko egin dio ezer egiaztatzeari. Ez du jadanik proba-beharrik sentitzen. Soilik, Maisuaren presentzia bizi du, bera maite duenaren, erakartzen eta konfiantza izatera gonbidatzen duenaren, presentzia. Tomas, Jesusek topo egiteko beste inork baino ibilbide luzeago eta neketsuagoa egin duena, beste inor baino urrunago iritsi da fedearen sakontasunean: «Ene Jauna eta ene Jainkoa». Inork ez du aitortu Jesus horrela.

Ez dugu zertan izutu duda-mudak eta galderak sortzen zaizkigula sentitzean. Duda-mudek, era sanoan bizirik, konfiantza eta maitasuna bizi gabe, formulak errepikatzearekin konformatzen den azaleko fedetik aterarazten gaituzte. Duda-mudek zirikatu egiten gaituzte azkeneraino joatera geure konfiantzan, Jesusengan haragi egin den Jainkoaren Misterioari dagokionez.

Kristau-fedea hazi egiten da Jainkoak maite eta erakartzen gaituela sentitzean, Jainko horren beraren maitasun-musua suma baitezakegu ebanjelioek Jesusez egiten diguten kontakizunean. Orduan, beragan konfiantza izateko deiak indar handiagoa izan ohi du gure duda-mudek baino, «Zorionekoak ikusi gabe sinesten dutenak».

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 2 Pascua – B (Juan 20,19-31)

 RECORRIDO HACIA LA FE

Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia inaudita. En cuanto lo ven llegar se lo comunican llenos de alegría: «Hemos visto al Señor». Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto crucificado? En todo caso, será otro.

Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado. Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: «Si no veo en sus manos la señal de sus clavos… y no meto la mano en su costado, no lo creo». Solo creerá en su propia experiencia.

Este discípulo, que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado a los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos.

A los ocho días se presenta de nuevo Jesús. Inmediatamente se dirige a Tomás. No critica su planteamiento. Sus dudas no tienen para él nada de ilegítimo o escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a su encuentro mostrándole sus heridas.

Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado». Esas heridas, antes que «pruebas» para verificar algo, ¿no son «signos» de su amor entregado hasta la muerte? Por eso Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: «No seas incrédulo, sino creyente».

Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro, que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: «Señor mío y Dios mío». Nadie ha confesado así a Jesús.

No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos rescatan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús.

La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas. «Dichosos los que crean sin haber visto».

José Antonio Pagola

Domingo de la II semana de Pascua – B– Koinonía

Hechos 4,32-35: Todos vivían unidos
Salmo 117: Den gracias al Señor porque es eterna su misericordia
1Juan 5,1-6: El que ha nacido de Dios vence al mundo
Juan 20,19-31: A los ocho días, se apareció Jesús

Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles «los judíos», ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío)..

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 128, cuyo audio, y su guión –con un comentario bíblico-teológico incluido- puede ser recogido aquí (https://radialistas.net/128-lo-que-hemos-visto-y-oido/). Merece la pena dar un vistazo a este punto de la red (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/).

Pazkoa. Piztuera igandea – B – José A. Pagola

(Joan 20,1-9)

NON IBILI BIZI DENAREN BILA? – ¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

Jesusez, Aitak piztuaz, duten fedea ez da jaio ikasleen bihotzean berez eta bat-batean. Berarekin, biziaz blai denarekin, topo egin aurretik, ebanjelariek beraien nahasmendua aipatzen dute, haren bila hilobi inguruan ibili izana, beraien galderak eta ziurgabetasun-eza.

Maria Magdalakoa da, segur aski, guztiei gertatzen zaienaren adibiderik hobena. Joanen kontakizunaren arabera, ilunpean dabil Gurutziltzatuaren bila, ««artean ilun zela». Gauza naturala denez, «hilobira» joan da Jesusen bila. Artean ez daki heriotza garaitua izan dela. Horregatik, hilobia hutsik ikusteak nahasirik utzi du. Jesus gabe, galdurik sentitzen da.

Beste ebanjelariek beste tradizio bat deskribatu digute: emakumeen talde osoa dabil Jesusen bila. Ezin ahaztu dira ikasletzat hartu dituen Maisuaz: beren maitasunak hilobira eraman ditu. Ez dute, ordea, aurkitu Jesus han, baina entzun dute mezu bat, bila nora joan behar duten adierazi diena: «Zertan zabiltzate hildakoen artean bizi denaren bila? Ez dago hemen. Piztu da».

Kristo berpiztuarekiko fedea ez da jaiotzen gugan ere berez, ezta txikitatik katekistei eta predikariei entzun izan diegulako bakarrik ere. Jesusen piztueraren federa bihotza irekitzeko, nork bere ibilaldia egin behar du. Funtsezkoa da Jesusez ez ahaztea, bera irrikaz maitatzea, beraren bila geure indar guztiez ibiltzea, baina ez hildakoen munduan. Bizi denaren bila, bizia den lekuan ibili behar da.

Kristo berpiztuarekin, biziaz blai eta indar kreatzaileaz beterik denarekin, topo egin nahi badugu, beraren bila ibili behar dugu, ez hila den erlijio batean, legeak eta arauak gordetzera eta haiek azaletik betetzera mugatzen den batean, baizik eta Jesusen Espirituaren arabera bizi daitekeen lekuan: fedez, maitasunez eta beraren jarraitzaileekiko erantzukizunez onartua den lekuan.

Bila ibili behar dugu: ez kristau banatuen artean, borroka agorrez mokoka dabiltzanen, Jesusekiko maitasunik gabe eta ebanjelioarekiko irrikarik gabe dabiltzanen artean, baizik eta, Kristo erdian jarririk, elkarteak sortzen ari garen hartan, dakigulako «bi edo hiru lagun beraren izenean bildurik daudenean, han dagoela bera».

Bizi dena ezin aurkituko dugu fede zurrun eta errutinazko batez, mota guztietako topiko higatu eta esperientzia gabeko formuletan bildua den fedeaz; baizik eta berarekin bizi izandako harremanetan eta beraren egitasmoarekiko gure identifikazioan kalitate berria bilatzen duen fedeaz aurkituko dugu bizi dena. Jesus motel eta geldo bat, maitemintzen eta liluratzen ez duen bat, bihotza hunkitzen ez duen eta bere askatasuna kutsatzen ez duen bat, «Jesus hil» bat da. Ez da Kristo bizia, Aitak berpiztua. Ez da bizi dena eta biziarazten duena.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desconcierto, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María de Magdala es el mejor ejemplo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al Crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús se siente perdida.

Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».

La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, solo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.

Lo hemos de buscar no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro, porque saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está él».

Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un «Jesús muerto». No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

José Antonio Pagola

Domingo de Pascua- José Luis Sicre

TRES REACCIONES ANTE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Domingo de Pascua

Una elección extraña

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

  1. a) las dos mencionan los beneficiosde la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
  2. b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromisopara los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

José Luis Sicre

PASCUA (B) Fray Marcos

(Hch 10,14-43) “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver…”
(Col 3,1-4) “Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.
(Jn 20,1-9) “Entonces entró también el otro discípulo, y vio y creyó”.

La realidad pascual es la más difícil de meter en conceptos mentales. La palabra
Pascua tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero
también pueden enredarnos en un nivel puramente terreno. Lo mismo pasa con la
palabra resurrección, también ésta nos constriñe a una vida y muerte biológicas,
que nada tiene que ver con lo que pasó en Jesús y pasará en nosotros.
La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de
manera material. También la Pascua cristiana tiene el sentido de paso, pero en un
sentido distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos
con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica.
Juan lo explica en el diálogo de Nicodemo. “Hay que nacer de nuevo”. Y “De la carne
nace carne, del espíritu nace espíritu”. Sin este paso, nada puede tener sentido.
Cuando el grano de trigo cae en tierra desarrolla una vida que ya estaba en él en
germen. Cuando ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse que pasó
con el grano. La Vida que los discípulos descubrieron en Jesús, después de su
muerte, ya estaba en él antes de morir, pero velada. Solo cuando desapareció como
viviente, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida
comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.
Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección. En
realidad, no pasó nada. Su Vida Definitiva, no está sujeta al tiempo ni al espacio, por
lo tanto, no puede “pasar” nada; simplemente continúa. Su vida biológica, como
toda vida era contingente, limitada, finita, y no tenía más remedio que terminar.
Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos
qué pasó con su cuerpo. Un cadáver, no tiene nada que ver con la Vida verdadera.
Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Yo diría: Si nosotros no
resucitamos, nuestra fe es vacía. Aquí está el meollo de la resurrección. La Vida de
Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos
de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la
muerte biológica, porque no le afecta en nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu.
¡Nosotros empeñados en acudir al Espíritu, para que permanezca nuestra carne!
Los discípulos experimentaron como resurrección la presencia de Jesús después de
su muerte, porque para ellos había muerto. La muerte en la cruz significaba la
destrucción total de una persona. Los que le siguieron de cerca, vieron destrozada
su persona. Aquel en quien habían puesto sus esperanzas, había sido aniquilado. Por
eso la experiencia de que seguía vivo, fue una verdadera resurrección.
Nosotros Sabemos que la verdadera Vida de Jesús no puede ser afectada por la
muerte y, por lo tanto, no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la
muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de
Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural era la muerte. Nada
ni nadie puede detener ese proceso. Pero su verdadero ser era la Vida definitiva.

VIERNES  SANTO  (B) Fray Marcos

(Ex 12,1-14) Os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

(1Cor 11,23-26) Cada vez que comáis y bebáis… proclamáis la muerte del Seños.

(Jn 13,1-15) Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros.

Jesús es pan partido, repartido, compartido. Se trata de un signo extremo que dice lo mismo que el lavara los pies unos a otros.

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado, celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días manifestamos de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Juan debe hacernos pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan, Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino, tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estos interrogantes, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exegetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida, se le dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico no compromete a nada. Aquí está la razón por la que Juan se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

 Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor hasta el extremo, es decir, en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.

 Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cual debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto a cada persona.

 Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos como Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto, pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

 Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

 Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano, a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al que reciben.

 Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. La misma Vida de Dios, manifestada por el que acepta su mensaje.

JUEVES SANTO   (B) Fray Marcos

(Ex 12,1-14) Os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

(1Cor 11,23-26) Cada vez que comáis y bebáis… proclamáis la muerte del Seños.

(Jn 13,1-15) Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros.

Jesús es pan partido, repartido, compartido. Se trata de un signo extremo que dice lo mismo que el lavara los pies unos a otros.

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado, celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días manifestamos de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Juan debe hacernos pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan, Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino, tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estos interrogantes, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exegetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida, se le dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico no compromete a nada. Aquí está la razón por la que Juan se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

 Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor hasta el extremo, es decir, en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.

 Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cual debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto a cada persona.

 Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos como Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto, pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

 Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

 Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano, a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al que reciben.

 Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. La misma Vida de Dios, manifestada por el que acepta su mensaje.

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR

Ciclo B

Éxodo 12,1-8.11-14: Prescripciones sobre la Pascua

Salmo 115: El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo

1Corintios 11,23-26: Proclamarán la muerte del Señor

Juan 13,1-15: Los amó hasta el extremo

Todo el ministerio de Jesús fue una permanente entrega al pueblo pobre. Los enfermos, endemoniados y marginados recibieron de Jesús una mano amiga. Compartieron su mesa y fueron proclamados dichosos. Hasta el final de su existencia, Jesús entrega todo lo que es, todo lo que sabe, todo lo que tiene. Ahora, se prepara para entregar definitivamente su existencia. Jesús entrega todo, hasta el límite.

Jesús era visto como el símbolo de la humildad: un rey vestido de pobreza. Como conocía perfectamente la situación de su pueblo insistió constantemente en la urgencia de apoyar a quienes carecían de lo mínimo para vivir: «Pues tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; estuve sin ropa y ustedes me vistieron; enfermo y me visitaron» (Mt 25, 35-36). En cada ser humano empobrecido, sin techo, sin ropa y enfermo Jesús nos dejó su indeleble imagen. Porque Dios continúa crucificado en la cruz de la miseria. «Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron» (Mt 25, 40).

Jesús se impone a la dureza de lo inevitable. El conocía perfectamente la suerte de los profetas que le precedieron. Juan Bautista fue asesinado por veleidades de la reina en la corte de Herodes. Otros muchos murieron por reivindicaciones menores. La muerte que los gobernantes infligían a los profetas buscaba el escarnio del pueblo. Intentaban silenciar la voz de Dios. En medio de esa situación, Jesús encuentra el momento propicio para demostrar que la entrega por la causa del reino comienza y termina en los pequeños y cotidianos gestos de entrega, perdón y generosidad.

Jesús realiza con gusto y convicción una actividad reservada para los sirvientes: toma los pies encallecidos de sus discípulos y los lava y limpia uno a uno. Los callos de la incertidumbre que se formaron camino a Jerusalén son objeto de su caricia. La mano que sirve, la mano que acaricia, es la misma mano que esta dispuesta a dejarse traspasar por la injusticia para reclamar justicia. Jesús no comienza su testimonio extendiendo sus brazos en la cruz. Sus brazos y sus manos ya han anticipado la autenticidad de su testimonio. Su mano ya se ha extendido hacia el enfermo para rescatarlo de la postración; su mano ha auxiliado al indigente y lo ha ayudado a reencontrar su dignidad; su mano ha rescatado de la muerte y ha otorgado nuevamente la vida.

Pero el servicio, la ayuda desinteresada y la generosidad no son una respuesta fácil y evidente. Requieren un camino largo y decidido, forjado a partir de los gestos cotidianos.

A veces pensamos que es fácil dejarse ayudar por los otros, pero la realidad es diferente. La mayoría de nosotros no aceptamos que los demás nos sirvan, especialmente si pensamos que las personas que consideramos más importantes para nosotros se ponen a nuestro servicio. Esto parece contradictorio, pero así es la realidad humana. Lo mismo sucede con el perdón y la reconciliación. Estamos dispuestos, no sin esfuerzo, a perdonar a los que nos han ofendido. Este gesto nos parece lo máximo; sin embargo, no estamos dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos nuestros errores y mucho menos somos capaces de aceptar el perdón de Dios.

Esta es la historia de Pedro, uno de los apóstoles que queriendo hacer más, hizo menos. Estaba dispuesto a entregar su vida por Jesús y por el evangelio, sin embargo, no comprendía las intenciones de Jesús y no aceptaba su mensaje.

Para Pedro, el Maestro era el jefe y el discípulo un simple subalterno. Jesús, como siempre, los sorprende con una terrible novedad: el Maestro es el servidor de todos y el discípulo es digno de las mayores atenciones. La única manera de reinar es el servicio. De otro modo, el cristianismo lo único que hace es multiplicar al infinito la eterna desigualdad de cualquier institución. Lavarle los pies al compañero de jornada significa compartir sus dificultades, comprender sus limitaciones, aceptar su oferta. Lavar los pies a los amigos implica un contacto inmediato con una parte del cuerpo que está sumergida en el barro de la existencia cotidiana, en las sandalias que los acompañan al trabajo, en los callos y asperezas de la vida ordinaria. Este gesto tan singular y sorprendente no es fácil de entender ni es fácil de aceptar.

Lavar los pies significa inclinarse delante del otro, aceptar que el servicio es la única entrega. Los discípulos se habían preparado para predicar, para enseñar, para expulsar demonios; labores arduas y complicadas que exigían mucha preparación y dedicación. Sin embargo, no estaban preparados para asumir una tarea humilde, la misma que realizan los empleados de las casas más pudientes, porque esta tarea implicaba postrarse, entrar en contacto con la tierra, el barro y la suciedad. Sobre todo, los discípulos no estaban dispuestos a dejarse servir y ayudar de los otros, especialmente en los oficios humildes. Los discípulos deberán pasar por muchas dificultades y peripecias antes de comprender lo que significa prestar un servicio generoso y desinteresado sin hacer alarde de humildad, y de dejarse servir por los demás sin menospreciar el servicio ajeno.

Bueno sería hacer un reajuste crítico de algunos clichés que han sido creados por la tradición piadosa, pero que no honran la veracidad histórica de lo que hoy sí estamos en condiciones de asegurar:

-es seguro históricamente que el marco y el contexto de la celebración de la pascua de Jesús, en el Jueves Santo, dista mucho de lo que sugiere la estampa clásica, fundamentalmente acuñada en el cuadro de la “última cena” de Leonardo Da Vinci: ni una magnífica sala de bella arquitectura, ni lujosas vestiduras, ni una amplia mesa, ni suculentos manjares…

-es muy verosímil históricamente que la cena de Jesús fue la reunión clandestina de un grupo perseguido que ya está viviendo en el clímax de una tensión conflictiva con las fuerzas políticas y religiosas, como evidenciará el desenlace del día siguiente;

-se puede afirmar hoy casi con total seguridad que no es cierto el dato también puesto por la tradición de que sólo varones participaron en aquella cena; si era la cena pascual, fue la cena de Jesús y sus discípulos, sin discriminación. Lo más verosímil es que María, la madre de Jesús, y otras mujeres formaban parte de esa comunidad de discípulos participaran en la cena. (De aquí no se deben dar saltos gratuitos hacia conclusiones del sacerdocio de la mujer -cuyos argumentos podrían ser más serios-).

El Jueves santo, primer día del triduo sacro, marca una celebración capital dentro de todo el año litúrgico, celebración solemne y grandiosa, enmarcada en el contexto dramático de la proximidad de la pasión y muerte del Señor. Es el día cumbre de la despedida y del amor extremo hecho servicio humilde y generoso.

Muchas son las dimensiones que se suman en un día como éste. Veamos las principales.

–Día del amor fraterno. Hoy resuena en la comunidad el mandamiento nuevo, mandamiento del amor, del amor «como yo los he amado». «Los amó hasta el extremo», hasta lo inimaginable, hasta hacerse siervo y esclavo en un tipo de servicio considerado humillante y propio de esclavos (lavar los pies). «Les he dado ejemplo». «Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros». Se trata de una proclamación del mandamiento del amor hecha no con palabras sino con el signo práctico -que entra por los ojos- del servicio. Amar es servir. Ama quien sirve. Obras son amores.

–Institución de la Eucaristía. El lavatorio de los pies hace en el evangelio de Juan el papel que la «institución de la Eucaristía» cumple en los otros tres evangelios. Para Juan, en algún sentido, «es lo mismo». La Eucaristía expresa y constituye el sacramento del amor, también de una manera «visible» (como corresponde a todo sacramento, que es un «signo sensible»). Jesús «parte y reparte» el pan y el vino, y dice: «hagan esto en memoria mía», o sea; para recordarme (para guardar mi memoria) hagan esto; o también: partir y repartir su propia existencia será la forma de seguirme que mejor dé testimonio y haga memoria de mí. «Celebrar» la Eucaristía, la fracción del pan, será siempre mucho más que «oír misa»: «cada vez que comemos de este pan… anunciamos la muerte del Señor hasta que venga».

–Institución del sacerdocio. Tradicionalmente se ubica en este día. Es claro que Jesús no instituyó «sacerdotes». De hecho el Nuevo Testamento no utiliza esa palabra más que aplicada a Jesús y al Pueblo de Dios como conjunto, nunca la aplica a cristianos individuales; sólo a partir del siglo IV se introduciría esa palabra en el vocabulario cristiano. Lo que Jesús dejó fueron discípulos y apóstoles. El «clero», en cuanto tal, es decir, en cuanto casta o sector aparte diferenciado por un estatus superior privilegiado… es claramente ajeno (y hasta contrario) al Evangelio. Lo que se apoya en Jesús es un ministerio ordenado de servicio a la comunidad cristiana, que reproduce y da continuidad a su presencia en medio de la comunidad. (En todo caso, para un replanteamiento crítico del tema recomendamos vivamente el librito «¿Qué Iglesia quería Jesús?», de Herbert HAAG, Herder, Barcelona 1998, para no seguir abonando tópicos cuya base bíblica y neotestamentaria no está clara. Así mismo, del mismo autor, «Sobre la crisis actual del sacerdocio en la Iglesia católica», en la Revista Electrónica Latinoamericana de Teología, RELaT nº 2001, disponible en http://www.servicioskoinonia.org/relat/201.htm).

En la serie «Un tal Jesús» los capítulos 110 (La cena de Pascua, aquí: http://radialistas.net/article/11o-la-cena-de-pascua) y 111 (La nueva Alianza, aquí: http://radialistas.net/article/111-la-nueva-alianza) se refieren al Jueves Santo; ahí se puede leer su guión, escuchar su audio, y ver los comentarios bíblico-teológicos.

PASIÓN DE JESÚS, AYER. PASIÓN DEL MUNDO, HOY

FE ADULTA

Marcos 15, 1-39

María, una de las discípulas de Jesús, llora desconsoladamente. Fue a celebrar la Pascua a Jerusalén, y vuelve a Galilea rota de dolor, como si le hubieran quebrado los huesos. Va a visitar a la anciana Sara, a la que acude cuando su fe se tambalea o se siente perdida.

– Sara, vengo rota. En Jerusalén han matado a Jesús de Nazaret, nuestro maestro. Me he quedado huérfana. Creí que era un profeta y ha muerto como un malhechor, con el cuerpo destrozado, en una cruz y a las afueras de la ciudad.

– María, siéntate aquí, a mi lado. Vamos a hablar de tu dolor y de la muerte de Jesús. Ha muerto como un profeta, aunque las autoridades hayan utilizado la mentira para hacernos creer que era un malhechor más, de los muchos que crucifica Roma cada semana.

– ¡Si al menos le hubieran hecho un juicio justo! pero se han ensañado con él. Lo han llevado atado ante Pilato, como si fuera un animal y los sumos sacerdotes le han acusado de cosas falsas. Tenían envidia de Jesús porque cada día crecía el grupo de personas que le escuchábamos, le seguíamos y le considerábamos nuestro maestro.

– Y no olvides que las autoridades religiosas no han soportado que Jesús les llamara sepulcros blanqueados y nido de víboras. Decir la verdad puede conducir a la muerte.

– Sara, no entiendo por qué Pilato ha querido salvar a Barrabás, malhechor y asesino, y ha condenado a Jesús.

– Hija, con el tiempo irás viendo que el poder es como una capa de barro que se va haciendo más espesa. Al principio, es una capa fina, y con un buen lavado puede desaparecer. Pero, con el tiempo, se va transformando en arcilla seca y se convierte en una máscara que oculta nuestro rostro y nos impide ver y oír lo que ocurre a nuestro lado. Pilato está borracho de poder. El poder se alimenta del miedo y controla a base de miedo. Por eso, ¿cuánto valía para él la vida de un inocente, si al entregarlo a la muerte podía continuar siendo gobernador?

– ¡Qué asco! Pilato es un cobarde.

– María, hija mía, todos somos cobardes, no lo olvides. Cada día tenemos que librar pequeñas batallas contra la cobardía para ser valientes y libres. Por eso, solo un pequeño grupo de mujeres habéis sido valientes para permanecer al pie de la cruz, acompañando a Jesús. El resto del grupo ha huido o se ha escondido.

– Sara, no olvidaré nunca cómo rezaba Jesús el salmo del justo agonizante. Empezó a recitarlo con voz potente, como si gritara: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” Y luego, con la voz más serena, le oíamos decir: “… a ti fui confiado desde el seno, desde el vientre de mi madre eres mi Dios. No andes lejos, que vivo en angustia, ven junto a mí, pues nadie me socorre… Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una bandada de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos…”. Nosotras íbamos rezando el salmo con él, entre sollozos, sabiendo que la muerte estaba próxima. Poco después, expiró.

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Algo así pudo pasar. San Ignacio de Loyola recomendaba leer el evangelio, como si estuviésemos presentes. Y, al hacernos presentes y reescribirlo, oramos.

Al mismo tiempo, tomamos conciencia de que hoy la pasión del mundo tiene los mismos rasgos que la de Jesús: en casi todos los países hay detenciones arbitrarias, acusaciones falsas, escarnio y burlas hacia las personas detenidas, abuso de poder, etc.

Sigue habiendo multitud de polític@s que, por dar gusto a su gente, como Pilato, apuestan por la mentira, la violencia y las armas. Y consiguen fortunas, a costa de los derechos robados a su pueblo.

Y seguimos descubriendo los nidos de envidia que albergamos cada uno, cada una. Nidos que salen al exterior en forma de desprecio, comparaciones y humillaciones… Pilato, hoy, es un espejo en el que podemos vernos reflejad@s.

Estos días vamos a escuchar, orar y contemplar la pasión de Jesús de Nazaret. Quizá nos sabemos párrafos de memoria. Que el Espíritu Santo nos ayude a saber encarnarnos en la pasión del mundo, que nos espabile el oído, nos de lengua de inciad@s, nos libre de los miedos, y nos revista de fortaleza y valentía.

María, discípula amada.

Marifé Ramos