TRINIDAD (A) Fray Marcos

 

(Ex 34,4-9) Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

(2 Cor 13,11-13) tened un mismo sentir y el Dios de la paz estará con vosotros.

(Jn 3,16-18) Mandó su Hijo al mundo no para condenarlo sino para salvarlo.

Todo lo que podemos decir de Dios será siempre inadecuado. Dar valor absoluto a cualquier idea sobre Dios es idolatría.

Tampoco hoy celebramos una fiesta dedicada a Dios, celebramos que Dios es una fiesta todos los días, que es algo muy distinto. La fiesta es siempre alegría, relación, vida, amor. El creyente es aquel que se ha sentido invitado a esa fiesta y forma parte inextricable de la misma fiesta. La Trinidad, tiene que liberarnos del Dios Ser poderoso y empaparnos del Dios Ágape que nos identifica con Él. El Dios todopoderoso es lo contrario del Dios trino. Dios es amor y solo amor. Solo en la medida que amemos, podremos conocer a Dios.

Se nos dice que es el dogma más importante de nuestra fe católica, y sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos no pueden comprender lo que la teología quiere decir. La gran enseñanza de la Trinidad es que solo vivimos, si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que en todo momento reflejara el misterio de la Trinidad. Pero para llegar al Dios de Jesús, tenemos que superar el ídolo al que nos aferramos, el falso dios en quien todos hemos creído y en gran medida, seguimos creyendo los cristianos.

Debemos estar muy alerta, porque tanto en el AT como en el nuevo podemos encontrar retazos de este falso dios. Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. Muy pronto se olvidaron esos chispazos y el cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que le daba las seguridades que anhelaba.     

La Trinidad no es una verdad para creer sino la base de nuestra vivencia cristiana. Una profunda experiencia del mensaje cristiano será siempre una aproximación al misterio Trinitario. Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar lo que algunos consideraron errores en las formulaciones racionales, pero lo verdaderamente importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.

Lo más urgente en este momento para el cristianismo, no es explicar mejor el dogma de la Trinidad, y menos aún, una nueva doctrina sobre Dios Trino. Tal vez nunca ha estado el mundo cristiano mejor preparado para intentar una nueva manera de entender el Dios de Jesús, o mejor, una nueva espiritualidad que ponga en el centro al Espíritu-Dios, que impregna el cosmos, irrumpe como Vida, aflora decididamente en la conciencia de cada persona y se vive en comunidad. Sería, en definitiva, la búsqueda de un encuentro vivo con Dios. No se trata de explicar la esencia de la luz, sino de abrir los ojos para ver.

No debemos pensar en tres entidades haciendo y deshaciendo, separadas cada una de las otras dos. Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el UNO que nos une. Es urgente tomar conciencia de que cuando hablamos de cualquiera de las tres personas relacionándose con nosotros, estamos hablando de Dios. En teología, se llama “apropiación” (¿indebida?) esta manera impropia de asignar acciones distintas a las tres personas de la Trinidad. Ni el Padre solo ha creado la realidad ni el Hijo separado ha venido a salvarnos ni el Espíritu Santo actúa en cada uno por su cuenta. Todo es “obra” del Dios sin hacer nada.

Nada de lo que pensamos o decimos sobre Dios es adecuado. Cualquier definición o cualquier calificativo que atribuyamos a Dios es incorrecto. Lo que creemos saber racionalmente de Dios, es un estorbo para vivir su presencia vivificadora en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos por lo menos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.

Los creyentes no solemos ir más allá de unas ideas (ídolos) que hemos fabricado a nuestra medida. Callar sobre Dios, es siempre más exacto que hablar. Dicen los orientales: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Las primeras líneas del “Tao” rezan: El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao; el nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre. Teniendo esto en cuenta, podemos hablar de Dios sin ninguna limitación, pero con la conciencia que toda palabra es inadecuada.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios todo lo que hace lo es. Si ama, es amor. Pero al decir que es amor, nos equivocamos también, porque le aplicamos el concepto de amor humano que no se puede aplicar Dios. En Dios el AMOR, es algo completamente distinto.

Es un amor que no podemos comprender, aunque sí experimentar. Este experimentar que Dios es amor, sería lo esencial de nuestro acercamiento a Él. Los primeros cristianos emplearon siete palabras diferentes para hablar del amor. Al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En nosotros hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él y distinto a Él. En Dios el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros; no puede no amar, porque dejaría de ser.

Vivir la experiencia de Dios Trino, sería convivir. Sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se tiene que estar reflejando siempre la Trinidad. Empezar por descubrir a Dios en nosotros, identificado con nuestro propio ser. Descubrimos a Dios con nosotros en los demás. Descubrimos también a Dios que nos trasciende y en esa trascendencia completamos la imagen de Dios.

Hoy no tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios o dioses. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Lo que rechazan los ateos, es nuestra idea de Dios que no supera un teísmo interesado y miope. Después de darle muchas vueltas a tema, he llegado a la conclusión de que es más perjudicial para el ser humano el teísmo que el ateísmo.

La verdad es que no hemos mucho caso al Dios revelado por Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abba insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la verdadera salvación que tenemos que apropiarnos. Es también el fundamento de nuestra confianza en Dios. Confianza absoluta y total porque, aunque quisiera, no puede fallarnos. En esa confianza consiste la fe.

Meditación

El Dios amor no responde a nuestra idea del amor.

Dios es: El que ama, el amado y el amor. Los tres a la vez.

La creación no es más que la manifestación de ese Dios.

En toda criatura queda reflejada su manera de ser.

Descubrirlo sería la meta de toda nuestra vida.

Hirutasun Santua – A (Joan 3,16-18)

 

IREKI GEURE BIHOTZA JAINKOAREN MISTERIOARI

Mendeetan barna, teologoek ahalegin handia egin izan dute Jainkoaren misteriora hurbiltzeko, eta kontzeptu-eraikuntza desberdinak eratu dituzte Hirutasunaren baitan jainkozko hiru Pertsonek dituzten loturak eta aldeak azaltzeko. Ahalegin, egia esateko, bidezkoa, Jainkoaganako maitasunetik eta desiratik jaioa.

Jesusek, ordea, ez du jo bide horretatik. Jainkoaz duen bere esperientziatik, Jainko Aitarekin konfiantzazko harremanak izatera gonbidatu gaitu bere jarraitzaileok, eta beraren, haragi egin den Jainkoaren Semea baita, urratsei jarraitzera, eta Espiritu Santuak gida eta arnastu gaitzan uztera. Horrela, geure bihotza Jainkoaren misterio santura irekitzen irakatsi digu.

Beste ezer baino lehen, Jesusek bere jarraitzaileok Jainkoaren seme-alaba bezala bizitzera gonbidatu gaitu, hurbileko, onbera eta errukior den Jainkoaren seme-alaba bezala, alegia, guztiok Aita maite deitzen ahal diogularik. Aita honen berezitasunak ez dira beraren boterea eta indarra, baizik beraren ontasun eta erruki mugagabeak. Inor ez dago bakarrik. Guztiok dugu Jainko Aita bat, ulertzen gaituena, maite gaituena eta barkatzen diguna beste inork ez bezala.

Jesusek agertu digu Aita honek bihotzetik darion egitasmo bat duela: eraikitzea, bere seme-alaba guztiekin, mundu gizatiarrago eta anai-arreba artekoago bat, zuzenago eta solidarioago bat. Jesusek «Jainkoaren Erreinua» izena eman dio, eta guztiok gonbidatu gaitu Aitaren egitasmo horretan parte hartzera, guztiontzat bizitza zuzenago eta duinago bat bilatuz, beraren seme-alaba behartsuenak, babesgabeenak, premiadunenak lehenetsiz.

Aldi berean, Jesusek gonbidatu gaitu bere jarraitzaileok beragan ere konfiantza izatera: «Ez dadila nahasi zeuen bihotza. Jainkoagan sinesten duzue; sinetsi nigan ere». Jainkoaren Semea da bera, bere Aitaren irudi bizia. Beraren hitzek eta keinuek guztion Aitak nola maite gaituen agertu digute. Horregatik gonbidatu gaitu guztiok berari jarraitzera. Berak erakutsi digu konfiantzaz eta esaneko bizitzen, Aitaren egitasmoaren zerbitzuan.

Bere jarraitzaileen taldearekin, familia berri bat eratu nahi du Jesusek, guztiek «Aitaren gogoa nola beteko» arituko direlarik. Hau da lurrean utzi nahi izan duen ondarea: anai-arreben mugimendu bat, txikienen eta baztertuenen zerbitzura. Familia hori Aitak nahi duen mundu berriaren sinbolo eta kimu izango da.

Horretarako, Aita eta beronen Jesus Semea arnasten dituen Espiritua onartu beharra dugu: «zuen gainera etorriko den Espiritu Santuaren indarra hartuko duzue zuek, eta nire lekuko izango zarete horrela». Espiritu hau Aitaren maitasuna da, Aita eta beronen Jesus Semeak partekatzen duten arnasa, Jesusen jarraitzaileak beronen lekuko eta Hirutasun Santuaren egitasmo handiaren zerbitzura lankide bihurtu dituen indarra, bulkada eta bizi-energia.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Santísima Trinidad – A (Juan 3,16-18)

ABRIRNOS AL MISTERIO DE DIOS

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las Personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinitas. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios», e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos, empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí». Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.

Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen «cumplir la voluntad del Padre». Esta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta el Padre y a su Hijo Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y así seréis mis testigos». Este Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad Santa.

José Antonio Pagola

 

 

 

Domingo 7 de Junio, 9º de Pascua – A – Santísima Trinidad – Koinonía

 

Éxodo 34,4b-6.8-9: Dios es compasivo y misericordioso
Interleccional Dn 3: A ti gloria y alabanza por los siglos
2 Corintios 13,11-1: La gracia de Jesucristo esté con ustedes
Juan 3,16-18: Jesús vino para salvar al mundo

Éxodo 34,4b-6.8-9

Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él, proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»

Interleccional: Daniel 3

A ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, / bendito tu nombre santo y glorioso. R.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R.

Bendito eres sobre el trono de tu reino. R.

Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, / sondeas los abismos. R.

Bendito eres en la bóveda del cielo. R.

2Corintios 13,11-13

La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo

Hermanos: Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.

Evangelio.-Juan 3,16-18

Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

COMENTARIO LITÚRGICO

La Biblia nos revela en una palabra quién es Dios: Dios es amor (1 Jn 4,8). Amor personal (porque te ama a ti, como si sólo a ti te amase), amor total (sin medida, porque la medida del amor es dar sin medida), amor sacrificado (oblativo, entregado y paciente), amor universal (inclusivo, no excluyente), amor preferencial (se inclina más hacia el débil), y amor comunitario, amor que crea comunidad, porque en su origen mismo es comunidad. De las lecturas de hoy podemos obtener, de alguna manera, un perfil o rostro de Dios.

La lectura del Éxodo lo revela como un Dios «compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad» (34,6); y esto inmediatamente después del episodio de adoración al becerro de oro (Ex 32). Como queriendo contrastar la infidelidad del Pueblo y la fidelidad de Dios.

Es el Dios del éxodo, el Dios que acompaña a su pueblo en una historia de liberación, una historia de escape de la opresión. Esta voluntad de Dios de acompañar a su pueblo hacia la libertad, se convierte para los israelitas en Utopía, la Utopía que dios propone a la Israel, a los cristianos más tarde, y a través de ellos, a la Humanidad toda.

Significa esto que el Dios de Israel y el de Jesús, es un Dios de la historia. El antiguo y nuevo Pueblo de Dios no llegaron a la experiencia de Dios por la naturaleza (como ha sido tan frecuente y durante tanto tiempo toda la humanidad ha sentido la presencia de Dios en la naturaleza, en los largos tiempos del paleolítico), ni por la filosofía (la reflexión de la razón, como el caso de los filósofos, para a través de las causas segundas llegar a una primera causa: Dios); la religión israelita-cristiana, el judeocristianismo, se ha encontrado a sí mismo vibrando su sintonía con un Dios de la historia.

Lo podemos ver claramente en el hecho de que el credo de Israel y el de la Iglesia –sus textos oficiales de confesión de la fe– se definen como credos “históricos”; esos credos, efectivamente, son de hecho una historia, un relato, una narración de las acciones de Dios que su pueblo ha creído palpar en la historia. Dejar de lado la historia, equivocarse con Dios, sería cambiar de Dios. Y un Dios desentendido de la historia no sería el Dios de los cristianos.

De Pablo leemos hoy unos cortos versículos que, curiosamente semejan una concepción trinitaria, cuando sabemos que ésta fue una elaboración muy tardía, muy posterior a Pablo. Pero la intuición de Pablo adelante caminos. Es el saludo a la asamblea: «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con ustedes» 2 Cor 13,13.

El evangelio de hoy, tomado de Juan, es uno de esos textos-cumbre de la literatura bíblica: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo» (3,16). Aunque el conjunto de la perícopa es del estilo lapidario y extremadamente simbólico característico de Juan, que nunca podemos pensar que pudiera responder a palabras históricas directas de Jesús.

Lo importante de este fragmento evangélico es que también centra la “figura” de Dios en el amor. Dios es amor, hasta el punto de darlo todo. Y desde esta luz del evangelio hay que entender e interpretar la elaboración doctrinal trinitaria que sólo varios siglos más tarde, será estructurada y definida, en diálogo con una cultura filosófica griega que a todos nosotros nos queda muy lejos (sobre todo queda lejos de la cultura actual).

En tiempo de Jesús, la idea-imagen principal que captó la mente de las comunidades de discípulos que lo recordaron y que elaboraron los evangelios, fue la idea del mesianismo, la imagen de un Mesías que se esperaba ardientemente que fuera enviado por Dios… Tres siglos más tarde esa idea estaba ya muy débil, no captaba las mentes, y casi estaba olvidada. La idea-imagen que sin embargo sí captó la mente de los cristianos de fin del tercero y cuarto siglos fueron las ideas e imágenes de la cultura filosófica griega, la metafísica y todas sus nociones emparentadas: sustancia, esencia, hipóstasis… Estas ideas captaban poderosamente el imaginario de los cristianos de aquellos siglos, y así fue posible la elaboración de aquella visión cristológica y trinitaria que quedó luego escrita en piedra al quedar proclamada como oficial y dogmática por aquellos concilios.

Es decir: cada generación, cada época cultural, está dominada por unas ideas principales, hegemónicas, que captan la atención y el sentido profundo del lenguaje cultural que les expresa, y es en ese lenguaje en el que expresan también su forma de ‘concebir’ y de sentir a Dios. Toda la teología trinitaria tiene como base este lenguaje cultural propio de esos primeros siglos de la historia de la Iglesia. Cuando pasa el tiempo, y sobre todo, cuando cambia la cultura y cuando lo hace en profundidad, los símbolos, conceptos y expresiones de la época anterior pierden fuertemente relevancia, dejan de captar las mentes y los corazones, pierden significado, y llegan incluso a perder su inteligibilidad.

Es nuestro caso, en el ocaso de una civilización cristiana occidental, en el que muchos símbolos y conceptos medievales, y sobre todo metafísicos de raigambre filosófica griega están dejando de ser utilizables en esta nueva cultura post-metafísica. Y con ello, también los símbolos, credos, concepciones y dogmas religiosos elaborados en aquella cultura, corren la misma suerte de deterioro, de pérdida de plausibilidad y de inteligibilidad.

Es por eso que los cristianos –y la teología fundamentalmente– están llamados a recrear el lenguaje, a re-expresar su fe en la nueva cultura de la sociedad posmoderna y secular del siglo XXI. Teneos derecho y también obligación de expresar y vivir nuestra fe en la cultura de hoy. O perderemos el tren de la historia.

 

PENTECOSTÉS – (A) – Fray Marcos

 

(Hch 2,1-11) Se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas…

(Cor 12,3-13) Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del E.

(Jn 20,19-23) Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

.-Dios es Espíritu y lo inunda todo. No tiene que venir de ninguna parte ni puede abandonar nada. Está siempre identificado conmigo.

Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera. Ninguno se puede entender al pie de la letra. Es teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso. Las referencias al Espíritu, tanto en el AT (377 veces) como en el NT no podemos entenderlas de una manera unívoca. Apenas podremos encontrar dos pasajes en los que tengan el mismo significado. Algo está claro: en ningún caso en toda la Biblia podemos entenderlo como una entidad separada

Pablo aporta una idea genial al hablar de los distintos órganos. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que el cuerpo mantiene unidas a billones de células que vibran con su propia vida. Todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa en la vida biológica. El evangelio de Juan escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lucas. Esas distintas “venidas” indican que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad.

Pablo dijo: sin el Espíritu no podríamos decir: Jesús es el Señor (1 Cor 12,3)”. Ni decir: “Abba” (Gal 4,6). Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser lo que soy.

Cada uno de nosotros estamos impregnados de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió (dio) a los discípulos. Solo cada persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo viven los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Somos conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación “personal”; Se atreve a llamarlo, papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Toda su predicación y todas sus acciones estuvieron encaminadas en hacer ver a los que le seguían que tenían que vivir esa misma experiencia para que todos alcanzasen la plenitud de humanidad que le alcanzó.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, interese, miedos. El Espíritu es la energía integradora de cada persona y también la integradora de la comunidad.

A veces hemos pretendido que el Espíritu nos lleva en volandas desde fuera. Otras  veces,

hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuente que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán­dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto, esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, se trata de una moción que, en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando Él. Por el contrario, Jesús dijo que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. «El que quiera ser primero sea el servidor de todos.» O, «no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor.»

El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En el relato de los Hechos de los Apóstoles, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es una sola, la del amor, que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico del relato de los Hechos. Dios-Espíritu-amor hace de todos los pueblos uno, “destruyendo el muro que los separaba, el odio”. Durante los primeros siglos el Espíritu fue el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción y se dejaba guiar por él.

Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica. Cuando faltó la cohesión interna, hubo necesidad de buscar la fuerza de la ley para subsistir como comunidad.

“Obediencia” fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados, porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es nuestro verdadero ser.

Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto el superior como el inferior, tiene que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia de Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados o superiores con relación a los demás, anulará una verdadera escucha del Espíritu.

Meditación

Dios-Espíritu es la base de todo proceso espiritual.

El místico lo único que hace es descubrir y vivir esa presencia.

La experiencia mística es conciencia de unidad

porque mi yo se ha fundido en el YO.

No te esfuerces en encontrar a Dios ni fuera ni dentro.

Deja que Él te encuentre a ti y te transforme.

Mendekoste – A (Joan 20,19-23)

 

BUZTINA ESPIRITUAK ARNASTUA

Joanek asko zaindu nahi izan du Jesusek ikasleei gomendatutako misioa dakarren eszena. Garbi utzi nahi du zer den funtsezkoa. Jesus elkartearen erdian dago, denei bakea eta poza ematen. Baina ikasleei eginkizun bat dagokie, misio bat. Jesusek ez ditu deitu berarekin goza dezaten bakarrik, baizik eta bera munduan presente egin dezaten.

Jesusek «bidali egin ditu». Ez die esan zehazki norengana joan behar duten, zer egin behar duten edota nola jokatu behar duten: «Aitak ni bidali nauen bezala, hala bidaltzen zaituztet nik zuek». Beren egitekoa Jesusena bera dute. Ez dute besterik: Jesusek Aitagandik hartu duena bera. Bera izan dena izan behar dute berak munduan.

Ikusi dute norengana hurbildu izan den, nolako tratua eman izan dien ahulenei, nola eraman duen aurrera bizitza gizatiartzeko bere egitasmoa, nola erein izan dituen askapen eta barkazio-keinuak. Beraren eskuetako eta saihetseko zauriek bere guztizko buru-eskaintza dakarkiete gogora. Jesusek jendearen artean beraren presentzia «berregin» dezaten bidaltzen ditu orain.

Alabaina, badaki beraren ikasle horiek hauskor direla. Behin baino gehiagotan geratu izan da ahozabalik haien «fede koxkorra» ikustean. Beraren Espirituaren beharra dute beren misioa beteko badute. Horregatik, keinu berezi bat egitera doa beraiekin. Ez dizkie ezarriko bere eskuak, ez ditu bedeinkatuko, gaixoekin eta txikiekin egin ohi zuenez: «Bere arnasa ufatu die gainera, eta esan die: Har ezazue Espiritu Santua».

Jesusen keinu honek askotan ezin atzeman izaten dugun indarra du. Biblia-tradizioaren arabera, Jainkoak «buztinez» moldatu zuen Adam; ondoren, bere «bizi-arnasa» ufatu zuen haren gainera, eta buztinki hura «bizidun» bihurtu zen. Horixe da gizakia: buztin-puska bat Jesusen Espirituak arnastua.

Fededun hauskor eta fede koxkorreko: buztineko kristau, buztineko teologo, buztinezko apaiz eta gotzain, buztineko elkarte… Jesusen Espirituak bakarrik bihurtzen gaitu Eliza bizi. Haren Espiritua onartzen ez duten eremuak «hilik» geratzen dira. Guztioi egiten digute kalte, haren presentzia bizia gure artean eguneratzea eragozten baitigute.

Jende askok ezin atzeman ditu gugan Kristok eraberritutako bakea, poza eta bizitza. Ez dugu inor bataiatu behar urez bakarrik, baizik eta Jesusen Espiritua isuri behar diogu. Ez dugu egin behar maitasunez hitz egin bakarrik, baizik eta jendea maitatu egin behar dugu Jesusek bezala.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Pentecostés – A (Juan 20,19-23)

BARRO ANIMADO
POR EL ESPÍRITU

Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad, llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado solo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.

Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.

Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.

Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».

El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.

Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro… Solo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar su presencia viva entre nosotros. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.

José Antonio Pagola

Domingo 31 de Mayo, 8º de Pascua – A – Pentecostés-Koinonía

 

Hechos 2,1-11: Se llenaron del Espíritu
Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra
1 Corintios 12,3b-7.12-13: Fuimos bautizados en un mismo Espíritu
Juan 20,19-23: Reciban el Espíritu Santo

Hechos de los apóstoles 2,1-11

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Salmo responsorial: 103

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: / ¡Dios mío,qué grande eres! / Cuántas son tus obras, Señor; / la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran / y vuelven a ser polvo; / envías tu aliento, y los creas, / y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre, / goce el Señor con sus obras. / Que le sea agradable mi poema, / y yo me alegraré con el Señor. R.

1Corintios 12,3b-7.12-13

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Hermanos: Nadie puede decir «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todo hemos bebido de un solo Espíritu.

Evangelio.- Juan 20,19-23

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”

COMENTARIO LITÚRGICO

Cualquier gran ciudad de nuestro mundo rememora ya el ambiente de la torre de Babel: pluralidad de lenguas, pluralidad de culturas, de ideas, de estilos de vida y problemas inmensos de intolerancia e incomprensión entre los que la habitan. ¿Cómo convivir y entenderse quienes tienen tantas diferencias? La situación está volviéndose especialmente problemática en los países desarrollados, pero también en las grandes ciudades de todo el mundo. Inmigrantes del campo, del interior, de otras provincias o países que lo dejan todo para buscar un trabajo, un hogar, un lugar donde recibir sustento y calidad de vida. A la desesperada, son cada día más los que abandonan su país para tocar a la puerta de los países desarrollados, aunque para ello haya que surcar mares tenebrosos en barcas desamparadas. Llegar a la otra orilla es la ilusión… Y cuando llegan, si es que los dejan entrar, comienza un verdadero calvario hasta poder situarse un poco al nivel de los que allí viven…

Nuestro mundo se ha convertido ya en paradigma de la torre de Babel, palabra que significaba «puerta de los dioses». Así se denominaba la ciudad, símbolo de la humanidad, precursora de la cultura urbana. Una ciudad en torno a una torre, una lengua y un proyecto: escalar el cielo, invadir el área de lo divino. El ser humano quiso ser como Dios (ya antes lo había intentado en el paraíso a nivel de pareja, ahora a nivel político) y se unió (-se uniformó-) para lograrlo.

Pero el proyecto se frustró: Aquél Dios, celoso desde los comienzos del progreso humano, confundió (en hebreo, balal) las lenguas y acabó para siempre con la Puerta de los dioses (Babel). Tal vez nunca existió aquel mundo uniformado; quizá fue sólo una tentadora aspiración de poder humano. Después del castigo divino, las diferentes lenguas fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de ruptura humana. El autor de la narración babélica no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó el gesto divino como castigo. Pero hizo constar, ya desde el principio, que Dios estaba por el pluralismo, diferenciando a los habitantes del globo por la lengua y dispersándolos.

Diez siglos después de escribirse esta narración del libro del Génesis, leemos otra en el de los Hechos de los Apóstoles. Tuvo lugar el día de Pentecostés, fiesta de la siega en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí, «cincuenta días» (=Pentecostés) después de la salida de Egipto.

Estaban reunidos los discípulos, también cincuenta días después de la Resurrección (el éxodo de Jesús al Padre) e iban a recoger el fruto de la siembra del Maestro: la venida del Espíritu que se describe acompañada de sucesos, expresados como si se tratara de fenómenos sensibles: ruido como de viento huracanado, lenguas como de fuego que consume o acrisola, Espíritu (=ruah: aire, aliento vital, respiración) Santo (=hagios: no terreno, separado, divino). Es el modo que elige Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que les libraría del miedo y del temor y que les haría hablar con libertad para promulgar la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús.

Por esto, recibido el Espíritu, comienzan todos a hablar lenguas diferentes. Algunos han querido indicar con esta expresión que se trata de «ruidos extraños»; tal vez fuera así originariamente, al estilo de las reuniones de carismáticos. Pero Lucas dice «lenguas diferentes». Así como suena. Poco importa por lo demás averiguar en qué consistió aquel fenómeno para cuya explicación no contamos con más datos. Lo que sí importa es saber que el movimiento de Jesús nace abierto a todo el mundo y a todos, que Dios ya no quiere la uniformidad, sino la pluralidad; que no quiere la confrontación sino el diálogo; que ha comenzado una nueva era en la que hay que proclamar que todos pueden ser hermanos, no sólo a pesar de, sino gracias a las diferencias; que ya es posible entenderse superando todo tipo de barreras que impiden la comunicación.

Porque este Espíritu de Dios no es Espíritu de monotonía o de uniformidad: es políglota, polifónico. Espíritu de concertación (del latín «concertare»: debatir, discutir, componer, pactar, acordar). Espíritu que pone de acuerdo a gente que tiene puntos de vista distintos o modos de ser diferentes. El día de Pentecostés, a más lenguas, no vino, como en Babel, más confusión. «Cada uno los oía hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios». Dios hacía posible el milagro de entenderse. Se estrenó así la nueva Babel, la pretendida de Dios, lejos de uniformidades malsanas, un mundo plural, pero acorde. Ojalá que la reinventemos y no sigamos levantando muros ni barreras entre ricos y pobres, entre países desarrollados y en vías de desarrollo o ni siquiera eso.

Y la venida del Espíritu significó para aquel puñado de discípulos el fin del miedo y del temor. Las puertas de la comunidad se abrieron. Nació una comunidad humana, libre como viento, como fuego ardiente. No sin razón dice Pablo: «Donde hay Espíritu de Dios hay libertad», y donde hay libertad, autonomía (el ser humano -y su bien- se hacen ley), y donde hay autonomía, se fomenta la pluralidad y la individualidad, como camino de unidad, y resplandece la verdad, porque el Espíritu es veraz y nos guiará por el camino de la verdad, de la autenticidad, de la vida, como dice Juan en su evangelio. Que venga un nuevo Pentecostés sobre nuestro mundo –es nuestra oración- para acabar con esta ola de intolerancia e intransigencia que nos invade por doquier.

 

DOMINGO 7º DE PASCUA (A) (ASCENSIÓN) Fray Marcos

 

(Hch 1,1-11) Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, Judea…

(Efe 1,17-23) Que el Dios del Señor Jesucristo os dé espíritu de revelación.

(Mt 28,16-20) Haced discípulos de todos los pueblos, bautizándoles en nombre

Jesús está fuera de tiempo y espacio. Entendida espacio-temporalmente la fiesta no tiene ningún sentido y entenderla simbólicamente es complicado.

Si hemos vislumbrado en alguna medida lo que nos decía Juan los dos domingos pasados, se nos hará muy cuesta arriba entender la fiesta de hoy y la de los tres domingos siguientes. La subida de Jesús al cielo, la venida del Espíritu, la Trinidad, la Eucaristía están presentadas por los textos litúrgicos como realidades externas que se dieron en un determinado tiempo y lugar. Entendiendo literalmente los textos, desenfocamos su verdadero sentido. Estamos hablando de realidades que están fuera del tiempo y del espacio, de las que no podemos hablar en sentido estricto.

Además, el lenguaje que utilizan los textos es simbólico y no podemos entenderlo como si fuera científico y realista. No podemos seguir utilizando un lenguaje que responde a una visión mítica de la realidad. Cuando se creía que Dios estaba en lo más alto (cielo), que el hombre estaba en el medio (tierra) y que el demonio estaba en lo más bajo (infierno). El lenguaje utilizado se entendía perfectamente en aquella época. De Jesús se dice expresamente: Bajó del cielo, se hizo hombre, descendió a los infiernos y volvió a subir. Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado. Hoy no nos dice nada un cielo o un infierno como lugares de referencia.

Debemos entender la ascensión como parte del misterio pascual que es una única realidad. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu, son hechos reales separados. Se trata de una realidad única que está sucediendo en este mismo instante, porque está fuera del tiempo y del espacio. Decir de Jesús después de muerto: a los tres días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a la derecha de Dios, es absurdo literalmente.

Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es lo que está sujeto al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia. Esa realidad intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los cristianos, y eso sí se puede descubrir a través de los sentidos. Esa realidad no temporal, es la que hay que descubrir para que tenga también en nosotros la misma eficacia transformadora. Si seguimos creyendo que es un acontecimiento que sucedió hace veinte siglos en un lugar y un tiempo determi­nado, ¿Qué puede significar para nosotros hoy?

Las realidades espirituales, por ser atemporales, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. No han sucedido en el pasado, sino que están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando a nuestra propia vida aquí y ahora. Puedo vivirlas yo como las vivieron los apóstoles. Es más, el único objetivo del mensaje evangélico, es que todos lleguemos a vivirlas como las vivieron ellos.

La ascensión empezó en el pesebre y terminó en la cruz: ¡Todo está cumplido! Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer como criatura. Después de ese paso no existe el tiempo para él, por lo tanto, no puede suceder nada en él. Es como un chispazo que dura toda la eternidad. Él había llegado a la plenitud total en Dios. Por haberse despegado de todo lo que en él era transitorio y terreno, solo permaneció de él lo que había de Dios, y con Él se identificó absolutamente, totalmente, definitivamente. Este es el sentido profundo de la Ascensión.

¿De verdad queremos ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no puede haber otro camino. Si renuncio al don total de mí mismo, renuncio a alcanzar la meta. Como en Jesús, ese don total solo será posible cuando descubra que Dios Espíritu se me ha dado totalmente, y está en mí para llevar a cabo esa obra de amor.

Tal vez nos conformemos con quedarnos pasmados mirando al cielo y esperando que él vuelva. Esa es la mejor manera de hacer polvo todo el quehacer de Jesús en esta tierra. La idea de que Dios o Jesús o el Espíritu pueden hacer, en un momento determinado, algo por mí, ha desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo están haciendo todo por mí y lo siguen haciendo en todo instante. Yo soy el que tengo que hacer algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y vivirla.

El relato de Mt que acabamos de leer, es un prodigio de síntesis teológica. No hay en él ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Consta simplemente, de una localización dada, una proclamación de poder y tres ideas básicas. Situar la escena en un monte, es una indicación suficiente de que lo que le interesa no es el lugar, sino el simbolismo. El monte significa el ámbito de lo divino, donde está Dios y donde quiere situar también a Jesús. Que lo sitúe en Galilea, tiene un significado muy importante. Judea había rechazado a Jesús y no era ya el lugar donde encontrarse con Dios.

Jesús no pudo decir que se le ha dado todo poder, porque después del bautismo rechazó el poder como una tentación. Este doble lenguaje nos ha despistado. No hay un poder bueno y otro malo. Todos son perversos. Se trata de expresar que ha alcanzado la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí mismo. Debemos tener en cuenta que la primera interpretación del misterio pascual, está formulada en términos de glorificación; antes incluso de hablar de resurrección.

El envío a predicar. También tiene un carácter absoluto “todos los pueblos”. El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales. La primera comunidad intenta justificar lo que era ya práctica generalizada de los cristianos. Predicar el “Reino de Dios” no es un capricho de unos iluminados sino mandato expreso de Jesús. Todo cristiano tiene como primera obligación, llevar a los demás el mensaje de su Maestro.

Esto es muy importante, es la particularidad de la enseñanza. No se trata de enseñar doctrinas ni ritos ni normas morales sino de instar a una manera de proceder. Esto está muy de acuerdo con la insistencia de los evangelios en las obras como manifestación de la presencia de Dios en Jesús, y como consecuencia de la adhesión a Jesús. Si tenemos en cuenta que el núcleo del evangelio es el amor, comprenderemos que en la práctica, el amor es lo primero que tiene que manifestarse en un cristiano.

Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Fue el tema del evangelio de los dos domingos pasados. Ya habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre o que era el Espíritu el que actuaba en él. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a continuar la obra de salvación a través de sus seguidores. Recordar que Jesús habla de enviar al Espíritu, de quedarse él con nosotros, de que el Padre vendrá a cada uno. Esta manera de hablar puede hundirnos. Los tres “vendrán” a mi conciencia cuando me dé cuenta de que están ahí ya.

 

Meditación

No puede haber Vida si no trascendemos el tiempo y el espacio.

Nuestra Vida “divina” es la misma ahora y siempre.

Si está en nosotros, pero no la vivimos, no significa nada.

Contemplar, es salir del tiempo y del espacio.

Es identificarse con Dios que es eternidad.

Jaunaren Igokundea – A (Mateo 28,16-20)

 

EGIN JENDEA
JESUSEN IKASLE

Mateok Jesusen agurra indar-lerroak seinalatuz deskribatu du: horiek izan behar dituzte ikasleek beti orientagarri; horiek izan behar dute Jesusen Eliza markatuko dutenak, bere misioa bete ahal izateko.

Galilea da abiapuntua. Hor dei egin die Jesusek. Piztuerak ez ditu eraman behar Galilean berarekin bizi izan dutena ahaztera. Han entzun die Jainkoaz hitz egiten parabola hunkigarriz. Han ikusi dute sufrimendua arintzen, Jainkoaren barkazioa eskaintzen eta bazter utzienei harrera egiten. Hauxe dute, hain justu, eskualdatzen jarraitu behar dutena.

Jesus berpiztuaren inguruan diren ikasleen artean, badira «fededunak» eta badira «duda-mudan» direnak. Narratzailea errealista da. Ikasleak «ahuspeztu dira». Dudarik gabe, sinetsi egin nahi dute, baina batzuengan duda-muda nagusitu da eta loka. Izua dute agian, ezin atzeman dute gauza haiek guztiek esan nahi dutena. Mateok ezaguna du kristau-elkarteen fede hauskorra. Jesusez fidatuko ez balira, laster itzaliko litzateke.

Jesus «hurbildu zaie» eta harremanetan hasi da haiekin. Badu berak haiei falta zaien indarra eta ahalmena. Berpiztuak Aitagandik hartua du Jainkoaren Semearen aginpidea, «ahalmen osoa zeruan eta lurrean». Bera hartzen badute sostengu, ez dira loka izango, ez dira duda-mudan galduko.

Zehatz-mehatz adierazi die Jesusek zein izan behar duten beren misioa. Ez da propioki «doktrina irakastea», ez da «Berpiztua iragartzea» bakarrik. Inondik ere, askotariko alderdiak zaindu beharko dituzte Jesusen ikasleek: «Berpiztuaren testigantza egin», «ebanjelioa hots egin», «elkarteak eratu»…, baina bat izango da horien guztien xedea edo helburua: jendea «Jesusen ikasle egitea».

Hau dugu geure misioa: jendea Jesusen «jarraitzaile» egitea, beraren mezua ezagutuko duena, beraren egitasmoarekin bat egingo duena, bera bezala bizitzen ikasiko duena eta gaur munduan beraren presentzia berregingo duena. Jarduera oinarrizkoak, hala nola, bataioa, Jesusi atxikitzeko konpromisoa eta berak «agindutako guztia» irakastea, haren ikasle izaten ikasteko bide dira. Bere presentzia eta etengabeko laguntza promestu dizkie Jesusek. Ez dira egongo, ez bakarrik, ez babesgabe. Ezta gutxi badira ere. Ezta bizpahiru bakarrik badira ere.

Horrelakoa da kristau-elkartea. Berpiztuaren indarra du sostengu, beraren Espirituaz. Dena dago orientatua, Jesus bezala eta Jesusen bidez bizitzen ikastera eta irakastera. Bizirik jarraitzen du berak bere elkarteetan. Gurekin jarraitzen du eta gure artean, sendatuz, barkatuz, harrera eskainiz… salbatuz.

Ascensión del Señor – A (Mateo 28,16-20)

HACER DISCÍPULOS
DE JESÚS

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades» pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni, aunque sean pocos. Ni, aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.

José Antonio Pagola

 

 

 

Domingo 24 de Mayo, 7º de Pascua – A – Koinonía

 

Hechos 1,1-11: Lo vieron levantarse
Salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas
Efesios 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo
Mateo 28,16-20: Se me ha dado pleno poder

Hechos de los apóstoles 1,1-11

Lo vieron levantarse

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.»

Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Salmo responsorial: 46

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batid palmas, / aclamad a Dios con gritos de júbilo; / porque el Señor es sublime y terrible, / emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones; / el Señor, al son de trompetas; / tocad para Dios, tocad, / tocad para nuestro Rey, tocad. R.

Porque Dios es el rey del mundo; / tocad con maestría. / Dios reina sobre las naciones, / Dios se sienta en su trono sagrado. R.

Efesios 1,17-23

Lo sentó a su derecha en el cielo

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Evangelio.-Mateo 28,16-20

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

 

COMENTARIO LITÚRGICO

La primera lectura de la liturgia de hoy nos ofrece el relato de la Ascensión del Señor cuyo objetivo fundamental es trazar los rasgos específicos de la esperanza cristiana. Jesús, nuevo Elías, asciende a los cielos y este hecho no significa el fin de la historia deseado por los discípulos, según se refleja en su pregunta: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino para Israel?» (v. 6). Se trata, por el contrario, del tiempo del testimonio que prepara ese final. En el salmo interleccional se proclama la entronización de Dios como «emperador» y «rey» de toda la tierra, y la carta a los cristianos de Éfeso conecta el señorío del Mesías Jesús a la comprensión que deben tener los miembros de la comunidad eclesial sobre la esperanza a la que «abre su llamamiento» (1,18) .

El evangelio, final del relato de Mateo, vuelve a subrayar esa conexión. Comprende las circunstancias del último encuentro entre Jesús y sus discípulos (vv. 16-17) y las palabras finales del Señor a su comunidad (vv. 18-20).

Respecto a las circunstancias, el texto sitúa la escena en una montaña de la Galilea. Se produce en ella la teofanía del Resucitado que debe colocarse en relación con la montaña de la Tentación y con la montaña de la Transfiguración. Se anticipa, así el «Señorío» de Jesús, tema principal que se desprenden de las palabras que éste pronuncia. Por esto, es obvio que la elaboración del texto no corresponde a una sencilla narración histórica, lo que pasó, sino que tiene un objetivo teológico; no es imaginable que Jesús manifestara en ese «encuentro» preocupaciones por su propio «señorío».

Lejos del centro de la dirigencia religiosa, Jesús se encuentra con los Once. El número es el resultado de la sustracción de Judas de la cifra original de los Doce discípulos y significa la totalidad de los seguidores de Jesús que no defeccionaron. Todos ellos son beneficiarios de la experiencia del Resucitado.

Ante esa experiencia su actitud es una mezcla de adoración y de duda. Como Pedro ante el embate de las olas (cf Mt 14,23-33), la comunidad lleva en su seno estos dos sentimientos contradictorios. Ambos son los dos únicos textos de Mateo que combinan los verbos que se refieren a esos dos sentimientos.

Las palabras de Jesús se dirigen a fortalecer la fe comunitaria desde un encargo en que están implicados tres personajes: Jesús, el círculo de los discípulos y «todos los pueblos». Respecto a sí mismo, Jesús afirma que ha recibido «plena autoridad en el cielo y en la tierra» (v. 18). Para el evangelista, la autoridad ocupa un puesto importante en la presentación de Jesús. Éste, al inicio de su actividad, había rechazado la última propuesta del diablo en orden recibir «todos los reinos del mundo» (cf Mt 4,8-10), los discípulos habían visto actuante en Jesús el significado del poder divino, pero debían mantenerlo en secreto (cf Mt 16,28-17,9). Ahora es el momento de la proclamación de ese «señorío», recibido por Jesús del Padre. Es la visión/construcción de Mateo.

Los elementos que subrayan el universalismo son acumulados en este breve pasaje. Junto a «cielo y tierra» y la mención de los «pueblos» se da una significativa repetición del término «todo», «plena autoridad» (v. 18), «todos los pueblos» (v. 19), «todo lo que les mandé» (v. 19), «cada día» (v. 20). La obediencia al querer divino confiere a Jesús un señorío universal que se ejerce sobre toda realidad creada.

Este «relato de vocación» de la comunidad eclesial describe la transmisión que le hace Jesús de «todo su poder». Gracias a él pueden convocar a nuevos discípulos mediante el bautismo y la enseñanza. Por el bautismo, Jesús había iniciado el cumplimiento definitivo de la justicia del Reino (Mt 3,15), igualmente el bautismo cristiano injerta a cada bautizado en la misma dinámica. Junto al bautismo, el otro rasgo característico de la existencia cristiana es la «enseñanza». No se trata de una teoría que se deba proclamar, sino de la Buena Noticia del Reino frente a la cual todo creyente es un seguidor al que se le exige un comportamiento coherente. Se trata de «guardar todo lo que les mandé».

El mandato de Jesús compromete a toda la comunidad eclesial y la responsabiliza frente a todas las naciones. Aunque ya iniciado en el círculo de los discípulos, el señorío de Jesús no puede agotarse al interno de la vida de las comunidades cristianas. Para ello cuenta con la asistencia de su Señor: «Yo estaré con ustedes». Esta asistencia suministra el coraje necesario para superar todos los temores y tempestades y confiere un ámbito ilimitado para la actuación de la salvación.

Pero para ello, se exige de la Iglesia la misma obediencia de Jesús. Sólo en el rechazo del poder de dominio, en la obediencia filial al Padre, podrá realizar su tarea. Este «manifiesto» final del Señor Resucitado liga íntimamente la misión de la Iglesia al camino recorrido históricamente por Jesús de Nazaret, Hombre y Dios.

Para una luminosa explicación catequético-hermenéutica de la Ascensión ofrecemos este texto complementario, de Leonardo Boff, sobre la Ascensión, que sigue muy de cerca al exégeta católico Gerhard LOHFINK: http://servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Vale por sí mismo para construir toda una homilía, y se puede utilizar con mucho provecho para comentar/debatir en grupo de estudio, después de haberlo leído personalmente.

 

DOMINGO 6º DE PASCUA (A)- Fray Marcos

 

 

(Hch 8,5-17) Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

(1 Pe 3,15-18) Murió en la carne, pero volvió a la Vida por el Espíritu.

(Jn 14,15-21) Pero vosotros me veréis y viviréis porque yo sigo viviendo.

Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El amor es unidad. Lo que llamamos amor se queda en palabrería vacía.

Se habla de la presencia de Dios de Jesús y del Espíritu en la primera comunidad. Se trata de hacer ver a los cristianos de finales del s. I, que no estaban en inferioridad de condiciones con relación a los que habían conocido a Jesús; por eso es tan importante este tema, también para nosotros hoy. Nos pone ante la realidad de Jesús vivo que nos hace vivir a nosotros con la misma Vida que él tenía antes y después de su muerte; y que ahora se manifiesta de una manera nueva. Se trata de la misma Vida de Dios (Zoe). Esto explica que entre en juego un nuevo protagonista: el Espíritu.

No debemos dejarnos confundir por la manera de formular estas ideas sobre la relación de Jesús, Dios y el Espíritu por aquellos cristianos de finales del s. I. No se trata de una relación con alguna entidad exterior al ser humano. Tampoco se está hablando de tres realidades separadas, Dios, Jesús, Espíritu. Si uno se fija bien en el lenguaje, descubrirá que se habla de la misma realidad con nombres distintos. Una y otra vez insisten los textos en la identidad de los tres. Después de morir, el Jesús que vivió en Galilea, se identificó absolutamente con Dios que es Espíritu. Ahora los tres son indistinguibles.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Mandamientos que en el capítulo anterior quedaron reducidos a uno solo: amar. Quien no ama a los demás no puede amar a Jesús, ni a Dios. Los mandamientos son exigencia del amor. Las “exigencias” no son obligaciones impuestas desde fuera sino la exigencia que viene del interior y que se debe manifestar en cada circunstancia concreta. Para Jn, “el pecado del mundo” era la opresión, que se manifiesta en toda clase de injusticias. El “amor” es también único, que se despliega en toda clase de solidaridad y entrega a los demás.

Yo pediré al Padre que os mande otro defensor que esté con vosotros siempre. Cuando Jesús dice que el Padre mandará otro defensor, no está hablando de una realidad distinta de lo que él es o de lo que es Dios. Está hablando de una nueva manera de experimentar el amor, que será mucho más cercana y efectiva que su presencia física durante la vida terrena. Primero dice que mandará al Espíritu, después que él volverá para estar con ellos, y por fin que el Padre y él vendrán y se quedarán. Esto significa que se trata de una realidad múltiple y a la vez única, Dios.

“Defensor” (paraklêtos) = el que ayuda en cualquier circunstancia; abogado, defensor cuando se trata de un juicio. Se trata de una expresión metafórica. La defensa a la que se refiere, no va a venir de otra entidad, sino que será la fuerza de Dios-Espíritu que actuará desde dentro de cada uno. Tiene un doble papel: interpretar el mensaje de Jesús y dar seguridad y guiar a los discípulos. El Espíritu será otro valedor. Mientras estaba con ellos, era el mismo Jesús quien les defendía. Cuando él se vaya, será el Espíritu el único defensor, pero será mucho más eficaz, porque defenderá desde dentro. 

“El Espíritu de la verdad”. La ambivalencia del término griego (alêtheia) = verdad y lealtad, pone la verdad en conexión con la fidelidad, es decir con el amor. “De la verdad” es genitivo epexegético; quiere decir, El Espíritu que es la verdad. Jesús acaba de decir que él era la verdad. “El mundo” es aquí el orden injusto que profesa la mentira, la falsedad. El mundo propone como valor lo que merma o suprime la Vida del hombre. Lo contrario de Dios. Los discípulos tienen ya experiencia del Espíritu, pero será mucho mayor cuando esté en ellos como único principio dinámico interno.

 No os voy a dejar desamparados. En griego órfanoús=huérfanos se usa muchas veces en sentido figurado. En 13,33 había dicho Jesús: hijitos míos. En el AT el huérfano era prototipo de aquel con quien se pueden cometer impunemente toda clase de injusticias. Jesús no va a dejar a los suyos indefensos ante el poder del mal. Pero esa fuerza no se manifestará eliminando al enemigo sino fortaleciendo al que sufre la agresión, de tal forma que la supere sin que le afecte lo más mínimo.

El mundo dejará de verme; vosotros, en cambio, me veréis, porque yo tengo vida y también vosotros la tendréis. La profundidad del mensaje puede dejarnos en lo superficial de la letra. “Dejará de verme” y “me veréis”, no hace referencia a la visión física. No se trata de verlo resucitado, sino de descubrir que sigue dándoles Vida. Esta idea es clave para entender bien la resurrección. El mundo dejará de verlo, porque solo es capaz de verlo corporalmente. Ellos que durante la vida terrena lo habían visto como el mundo, externamente, ahora serán capaces de verlo de una manera nueva.

Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. Al participar de la misma Vida de Dios, de la que el mismo Jesús participa, experimentarán la unidad con Jesús y con Dios. Es el sentido más profundo del amor (agape). Ya no hay sujeto que ama ni objeto amado. Es una experiencia de unidad e identificación tan viva que nadie podrá arrancársela. Es una comunión de ser absoluta entre Dios y el hombre. Por eso, al amar ellos, es el mismo Dios quien ama. El amor-Dios se manifiesta en ellos como se manifestó en Jesús.

“El que acepta mis mandamientos y los guarda ese me ama; a quien me ama le amará mi Padre y le amaré yo y yo mismo me manifestaré a él”. Su mensaje es el del amor al hombre y no el del sometimiento. La presencia de Jesús y Dios se experimenta como una cercanía interior, no externa. En (14,2) Jesús iba a preparar sitio a los suyos en el “hogar”, familia del Padre. Aquí son el Padre y Jesús los que vienen a vivir con el discípulo. En el AT la presencia de Dios se localizaba en un lugar, la tienda del encuentro o el templo, ahora cada miembro de la comunidad será, morada de Dios. No será solo una experiencia interior; el amor manifestado hará visible esa presencia.

Un versículo después de lo que hemos leído dice: el que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y permaneceremos con él. Los discípulos tienen garantizada la presencia del Padre y la de Jesus. Esa presencia no será puntual, sino continuada. Dios no tiene que venir de ninguna parte porque está en nosotros antes de empezar a ser. Una vez más se utiliza el verbo “permanecer” que expresa una actitud decidida de Dios. También queda una vez más confirmada la identidad del Jesús con Dios, una vez que ha terminado su trayectoria terrena.

Jesús vivió una identificación con Dios que no podemos expresar con palabras. “Yo y el Padre somos uno.” A esa misma identificación estamos llamados nosotros. Hacernos una cosa con Dios, que es espíritu y que no está en nosotros como parte alícuota de un todo que soy yo, sino como fundamento de mi ser, sin el cual nada puede haber de mí. Se deja de ser dos, pero no se pierde la identidad de cada uno. Esa presencia de Dios en mí no altera para nada mi individualidad. Yo soy totalmente humano y totalmente divino. El vivir esta realidad es lo que constituye la plenitud del hombre.

 

Meditación

No nos empeñemos en meter en conceptos lo indecible.

Solo la vivencia puede saciar el ansia de conocer y amar.

Lo que te empeñas en buscar fuera, no existe más que dentro.

El ojo ya no existe, ni hay nada que mirar.

Vete al centro de ti y descubre tu esencia.

Ese descubrimiento colmará tus anhelos.