LA ASUNCIÓN – 15 de agosto- Fray Marcos

(Lc 1,39-56)

En María descubrimos lo femenino de Dios. Dios solo padre está falsificado.

El cacao mental que tenemos sobre María, se debe a que no hemos sido capaces de distinguir en ella la mujer que vivió en un lugar y tiempo determinado y la figura simbólica, mitológica que hemos ido creando a través de los siglos. Las dos figuras han sido y siguen siendo muy importantes para nosotros, pero no debemos mezclarlas.

De María real, con garantías de historici­dad no podemos decir casi nada. La mujer no contaba para nada. Jesús tuvo una madre, de ella dependió totalmente su educación durante los once o doce primeros años de su vida. El padre los consideraba un estorbo. Solo a los 12 ó 13 años los tomaban por su cuenta para enseñarles a ser hombres.

De lo que el subconsciente colectivo ha proyectado sobre María, podíamos estar hablando semanas. Los mitos son maneras de expresar verdades a las que no podemos llegar por vía racional. Los mitos han sido utilizados en todos los tiempos, y son formas muy valiosas de aproximarse a las realidades más misteriosas y profundas.

En una sociedad machista, en la que Dios es signo de poder y autoridad, el subconsciente ha encontrado la manera de hablar de lo femenino de Dios a través de una figura humana, María. Hay aspectos de Dios, que solo a través de las categorías femeninas podemos expresar. Padre o Madre aplicable a Dios siguen siendo metáforas.

Se ha utilizado la idea de Dios Padre para identificar al varón con Dios y así justificar su poder. Esto sigue pasando hoy día a todos los niveles, y no tenemos más remedio que denunciarlo como una tergiversación de la idea de Dios y una devaluación de todo lo femenino, incluido la parte de feminidad que existe en cada ser humano masculino.

Que la Asunción sea una fiesta tan popular no garantiza que se haya entendido bien. Todo lo que se refiere a María tiene que ser tamizado por un poco de sentido común. La imagen mitología de María será positiva, mientras no distorsione su figura, alejándola tanto de la realidad que la convierta en inservible para acercarnos a Dios.

La Asunción de María fue durante muchos años una verdad de fe aceptada por el pueblo sencillo. Solo a mediados del siglo pasado, se proclamó como dogma de fe. Es curioso que, como todos los dogmas, se defina en momentos de dificultad para la Iglesia, intentando apuntalar los privilegios que la sociedad le estaba arrebatando.

Hay que tener en cuenta que una cosa es la verdad que se quiere definir y otra muy distinta la formulación en que se mete esa verdad. Ni Jesús ni María ni ninguno de los que vivieron en su tiempo, hubiera entendido nada de esa definición. Sencillamente porque está hecha desde una filosofía completamente ajena a su manera de pensar.

No podemos entender literalmente el dogma. Pensar que un ser físico, María, que se encuentra en un lugar, la tierra, es trasladado localmente a otro lugar, el cielo, no tiene ni pies ni cabeza. Hace unos años se le ocurrió decir al Papa Juan Pablo II que el cielo no era un lugar, sino un estado. Muchos cristianos se escandalizaron.

Cuando el dogma habla de “en cuerpo y alma”, no debemos entenderlo como lo material o biológico, por una parte y lo espiritual por otra. El hilemorfismo, mal entendido nos ha despistado. El dogma no afirma que el cuerpo de María está en alguna parte, sino que todo el ser de María ha llegado a identificarse con Dios.

El dogma quiere decir que la salvación de María fue absoluta y total. Esa plenitud solo puede consistir en una identificación con Dios. María ha terminado el ciclo de su vida terrena y ha llegado a su plenitud, no a base de añadidos externos sino por un proceso interno de identificación. En esa identificación con Dios no cabe más.

DOMINGO 20 (A) – Fray Marcos

(Mt 15,21-28)

Un diálogo que enriquece a Jesús y a la mujer. Jesús aprende de una mujer pagana.

Hoy las tres lecturas y el salmo van en la misma dirección: La salvación para todos. La apertura a los gentiles fue complicada. Muchos seguidores de Jesús pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunicad, conservando la fidelidad a la Ley. El problema no se solucionó hasta pasado un siglo de la muerte de Jesús.

Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por la oposición de los dirigentes. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le vigilaban. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: judío=creyente y extranjero=pagano o ateo.

Quiere dejar claro que, si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad, aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas. Insiste tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la urgencia de que lo paganos vinieran con una disposición adecuada de sinceridad y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena, es lo que más se aproxima a la idea de perro. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Tenía motivos para no hacerle caso; pero vemos un Jesús dispuesto a aprender.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: «A los extranje­ros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo». No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad del pueblo. En aquel tiempo, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Para Jesús la religión no era una programación por eso fue capaz de responder vivencialmente ante situacio­nes nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús no tuvo más remedio que aprender de la experiencia cotidiana.

Jesús toma en serio a la mujer, no como los discípulos. El “apoluson” griego significa también despedir, rechazar. La respuesta: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a la Cananea. La dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino que le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención a los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Los dos aprenden y produce el milagro del cambio en ambos. A pesar de su actitud, Jesús cambia y descubre lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen.

La Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía; otro valor femenino. Jesús hace suyos los valores femeninos que ve en mujer y acepta su «anima».

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas, impide delimitar donde empieza el problema de su hija, porque la madre es también parte del problema; primero dice: ten piedad de mí y más tarde: socórreme. La enfermedad de la hija se debe a la actitud inadecuada de la madre.

El diálogo tuvo que ser más largo. En él la actitud de la madre ha cambiado y Jesús descubre que ese cambio tendrá repercusiones positivas en la enfermedad de la hija. Viendo la nueva actitud de la madre, Jesús puede decir sin miedo a equivocarse: tu hija está curada.

Urteko 20. igandea – A – José A. Pagola

Grupos de Jesús
(Mateo 15,21-28)

EMAKUMEAREN OIHUA – EL GRITO DE LA MUJER

Lehen mendearen 80 urteetan, Mateok bere ebanjelioa idatzi zuenean, Elizak arazo larri hau begi aurrean zuen jadanik: zer egin behar dute Jesusen jarraitzaileek? Hesitu judu-herriaren esparruan ala ireki buru-belarri paganoengana ere?

Jesus Israel herriaren muga barnean bakarrik, kasik, jardun zen. Erromaren ordezkoak eta tenpluko agintariek laster asko garbitu zuten bera, eta ezin egin ahal izan zuen ezer gehiago. Halere, beraren bizitzan aztarrika eginez, ikasleek gauza oso argigarriak gogoratu zituzten. Lehenik, gai izan zen paganoen baitan fede handi bat aurkitzeko, bere jarraitzaileena baino handiagoa. Bigarren, Jesusek ez zuen mugatu bere errukia juduengana bakarrik. Gupidaren Jainkoa gizon-emakume guztiena da.

Pasadizoa hunkigarria da. Emakume bat bidera irten zaio Jesusi. Ez da herri hautatukoa. Paganoa da. Kanaandarren herri madarikatukoa da, israeldarren aurka borroka gogor eta asko egin duen herrikoa. Bera, emakume soil bat da, izenik gabea. Agian, ama ezkongabea da, alarguna edota bereek bertan behera utzia.

Mateok beraren fedea azpimarratu du, soilik. Beraren bizitza oihu batek laburbiltzen du, beraren zoritxar izugarria nabarmentzen du. Ikasleen ondoren dator «oihuka». Ez du etsitzen Jesusen isiltasunaren aurrean, ezta ikasleek agertu dioten haserrearen aurrean ere. Bere alabaren zoritxarra, «deabru oso gaizto batek hartua izatea», bere zoritxar bihurtu du: «Jauna, erruki zaitez nitaz».

Halako batean, emakumeak harrapatu du taldea, geldiarazi du Jesus, makurtu da beraren aurrean eta, belauniko, esan dio: «Jauna, lagundu nazazu». Ez du onartu Jesusen azalpenik, bere egitekoa Israelen duela esan dionean. Ez du onartu bazterketa etniko, politiko, erlijioso eta sexukorik, hainbat eta hainbat emakume bakardadea eta zokoratzea sufritzera behartzen duenik

Orduan da Jesus agertzen guztiz apal eta guztiz handi: «Emakumea, bai handia dela zure fedea, bete dadila opa duzuna». Arrazoia du emakumeak. Gainerako azalpen guztiak ez dira on ezertarako. Lehenengo gauza sufrimendua arintzea da. Beraren eskaria bat dator Jainkoak nahi duenarekin.

Zer ari gara egiten gaur egungo kristauok bakarrik, zokoraturik, tratu txarrak jasanez eta Elizak ahazturik bizi diren hainbat eta hainbat emakumeren garrasiekin? Alde batera uzten al ditugu, geure jokabide hori zuritzeko beste zeregin batzuen eskakizunak aipatuz? Jesusek ez zuen horrelakorik egin.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

20 Tiempo ordinario – A (Mateo 15,21-28)

Evangelio del 16 / Ago / 2026

EL GRITO DE LA MUJER

Cuando en los años ochenta del siglo I Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?

Jesús solo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado rápidamente por el representante de Roma y los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión solo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.

La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos, que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. Tal vez es madre soltera, viuda o ha sido abandonada por los suyos.

Mateo solo destaca su fe. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor, ten compasión de mí».

En un momento determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor, socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús, dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo soledad y marginación.

Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.

¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

José Antonio Pagola

20 DOMINGO T. O. – Koinonía

4.2.7

Isaías 56,1.6-7

A los extranjeros los traeré a mi monte santo

Así dice el Señor: «Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.»

Salmo responsorial: 66

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros; / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud / y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que le teman / hasta los confines del orbe. R.

Romanos 11,13-15.29-32

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Hermanos: Os digo a vosotros, los gentiles: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, erais rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.

Mateo 15,21-28

Mujer, qué grande es tu fe

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.» Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.» Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.» Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Hoy en el mundo se engorda una actitud xenofóbica perversa. La migración crece en todos los escenarios geográficos del planeta, por múltiples factores, haciendo que muchas personas y sociedades acrecienten el odio por los diferentes, en especial por los integrantes de otros pueblos. Es urgente frenar todo tipo de odio contra los integrantes de otras etnias generando experiencias más universales y fraternas, a fin de que las personas sean reconocidas en su dignidad y en su vocación de hijos e hijas de Dios. La Iglesia, como Madre y Maestra, está llamada a jugar un papel importante en esa mirada universal novedosa que tienen que hacer los seres humanos hoy. Es interesante que la liturgia de este domingo, presente textos bíblicos que inspiren a los creyentes a asumir, de manera responsable, el respeto fascinante por el diferente. Lo importante es que todo cuanto se realice lleve a la implementación de caminos novedosos en el que “los migrantes”, “los diferentes”, “los otros” sean vinculados a procesos de dignificación.

La propuesta de la salvación Dios la ofrece desde siempre, a todo hombre y mujer, sin distinción. Ya en el Antiguo Testamento, en la teología original de Israel, Dios abre sus brazos para acoger a los extranjeros y los acepta para que también entren por la propuesta de humanidad hecha a todo el género humano. La profecía de Isaías es clave para entender que la universalidad de la salvación, está en el horizonte genuino de la fe de Israel. En esa misma perspectiva el salmista lo deja claro en el himno/cántico que entona. Por ello el responsorio que la asamblea litúrgica proclama en este domingo, es contundente: “Oh Dios, que todos los pueblos te alaben”.

            San Pablo, en su carta a los romanos, ratifica que todas las personas y todos los pueblos gozan de la misericordia de Dios. Pablo será clave para que el amor de Dios alcance a pueblos y culturas, que se encontraban excluidos de la salvación. Pero todo este camino de apertura y de novedad hacia el extranjero queda ratificado y clarificado por Jesús de Nazaret, quien con su propuesta de Reino no excluye a nadie. Quien acepta a Jesús como Señor y quien le sigue en el discipulado está llamado a reconocer en toda persona la presencia de Dios y a acoger a todo ser humano como hermano. Por ello no es concebible que un cristiano tenga posturas xenófobas.

A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático, ni en una ilusión quimérica, sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio, sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «Mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea, del evangelio de hoy. Jesús se había retirado hacia la región extranjera vecina, no lejos de Galilea. Las presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no sólo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para poner fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús la respuesta típica de un predicador judío, para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Por fortuna, la mujer, dejando a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y le obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que, aunque «la misión comienza por casa», no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que «la letra del texto» del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, ya que hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo, ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el Reinado del Dios de la Vida y de la Justicia, o con un nombre más laico, la Utopía. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», es decir, lucha por la Utopía, por la Utopía del Dios de la Vida, por el «Buen Vivir» (la misma Utopía, pero percibida y expresada por los indígenas andinos), que desea Dios para sus hijos e hijas, un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 65 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Los perros extranjeros». El audio, su guión y un comentario bíblico-teológico, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/65-los-perros-extranjeros/.

 

Domingo 19 T.O. Ciclo A. José Luis Sicre

FE ADULTA

Jesús reza, los discípulos reman, pedro se hunde

¿Tienes la impresión de que la Iglesia, tu parroquia, tu comunidad religiosa, se va a pique? ¿Te apetece acercarte a Jesús, pero temes perder pie a mitad de camino? Estas experiencias las tuvieron los primeros cristianos. Mateo les dio respuesta en lo que hoy nos cuenta.

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

El segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo 14,22-33

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Pero, cuando la despide, no va en busca de sus discípulos, sube «solo» a rezar. Mateo acentúa que Jesús desea verse libre de todos para ponerse en contacto con el Padre. Esa oración será muy larga, desde el anochecer hasta la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 de la noche). Sin embargo, no sabemos qué dice, cómo reza. Lo importante para Mateo no es conocer el misterio sino proponernos un ejemplo que imitar. Mientras, los discípulos navegan con grandes dificultades durante todas esas horas hasta quedar «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). A nivel simbólico, se contraponen dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. En la cultura del Antiguo Oriente, donde el mar simboliza las fuerzas del caos (como el tsunami), caminar sobre el agua demuestra su poder sorprendente. Pero los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo cambia el texto por completo: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título se lo han aplicado ya el Padre durante el bautismo, el diablo en las tentaciones, y los endemoniados gadarenos (8,29). No podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca algo traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.

DOMINGO 19 (A) – Fray Marcos

(Mt 14, 22-33)

Para encontrar a Dios debo subir a lo alto. Si lo encuentro en otra parte es falso

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exegetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

El aparentemente episodio de tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

Urteko 19. igandea – A- José A. Pagola

(Mateo 14,22-33)

DUDA-MUDAN SINESTEN IKASTEA-APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

Ez da erraza egiati erantzutea Jesusen galderari, uretatik salbatu duen une berean Pedrori egin dionari: «Nolatan zure duda-muda hori?».

Batzuetan, konbentzimendurik sakonenak itzali egiten zaizkigu, eta arimako begiak nahastu, zergatik den zehazki jakin gabe. Ordu arte mugiezinekotzat eta irmotzat emandako burubide edo printzipioak koloka jartzen zaizkigu. Eta tentazioa sortzen zaigu dena bertan behera uzteko, ordeko ezer berririk eraiki gabe.

Beste batzuetan, Jainkoaren misterioa ikaragarri bihurtzen zaigu. Alde egiten dit neure biziaren azken hitzak, eta latz gertatzen zait neure burua misterioaren baitan uztea: nire arrazoiak bila jarraitzen du, aseezinik, argi garden eta apodiktiko baten bila, ezin aurkiturik eta ezin aurkituko dudalarik sekula.

Ez kasu gutxitan, geure eguneroko bizitzaren azalekotasunak eta arintasunak eta hainbat idolori eskainitako ezkutuko kultuak axola-ezaren eta barne eszeptizismoaren krisialdi luzeetan josirik uzten gaituzte, Jainkoa benetan galdu dugulako uste penagarrian.

Sarritan geure bekatua izaten da gure fedea hausten duena; izan ere, fedea beheititu eta ahuldu egiten da, Jainkoagandik urruntzen garenean. Egiazale bagara, aitortu beharra izango dugu egundoko distantzia dagoela garela esaten dugun fededunaren eta egiaz garen fededunaren artean. Zer egin geure baitan hain hauskorra eta duda-mudako fedea egiaztatua dugularik?

Lehenengo gauza, ez estea (ez etsitzea) eta ez izutzea da geugan dudak eta zalantzak ikustean. Jainkoaren bila ibiltzea, segurtasunik ezean, ilunpean eta arriskupean egiten da ia beti. Jainkoaren bila ibiltzea itsumustuka egin ohi da. Eta ez genuke ahaztu behar ezen askotan «zinezko fedea gainditutako duda bezala bakarrik ager daitekeela» (Ladislao Boros).

Inporta duena, Jainkoaren misterioa bihotz zabalik onartzea da. Gure fedea Jainkoarekin ditugun harremanen egiatasunen baitan dago. Eta ez dago zertan zain egon gure galdekizunak eta duda-mudak aska daitezen Aita horren aurrean egian bizitzeko.

Horregatik, garrantzizkoa da Pedrok bezala oihu egiten jakitea: «Jauna, salba nazazu». Garrantzizkoa da hutsik ditugun geure eskuak Jainkoaganantz goratzea, ez erregu-keinu bezala bakarrik, baita txikia dela, ezjakina dela eta salbazio-beharra duela dakien baten konfiantzazko eskaintza bezala ere. Ez dezagun ahaztu fedea «ur gainean ibiltzea» dela, baina hondoratzen hasten garenean salbatzaile dugun esku hori aurkitzeko aukera dugularik.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

19 Tiempo ordinario – A (Mateo 14,22-33)

APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

José Antonio Pagola

DOMINGO 19 T. O. CICLO A – Koinonía

1Reyes 19,9a.11-13a

Ponte de pie en el monte ante el Señor

En aquellos días, cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!» Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.

Salmo responsorial: 84

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor: / «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.» / La salvación está ya cerca de sus fieles, / y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, / la justicia y la paz se besan; / la fidelidad brota de la tierra, / y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará la lluvia, / y nuestra tierra dará su fruto. / La justicia marchará ante él, / la salvación seguirá sus pasos. R.

Romanos 9,1-5

Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos

Hermanos: Digo la verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

Mateo 14,22-33

Mándame ir hacia ti andando sobre el agua

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Entre los primeros profetas de Israel surgen dos figuras que brillan con luz propia: Samuel y Elías. La tradición bíblica les concedió un lugar destacado no sólo por el momento crítico en el que les tocó actuar, sino, sobre todo, por la radicalidad con la que asumieron la causa de Yavé. La teofanía del monte Horeb constituye el centro de lo que se ha llamado el “ciclo de Elías”, es decir, la colección de relatos que tienen como protagonista a este profeta (1R 17,1 – 2R 2,1-12).

En esa época había gran confusión y la fidelidad a Yavé y a sus leyes estaba en entredicho porque el rey había introducido cultos a dioses extranjeros (1R 16,31-32). Los nuevos dioses legitimaban la violencia, la intolerancia y la expropiación como medios para garantizar el poder. Elías levanta su voz en contra de estos atropellos y ve en la sequía que azota al país las consecuencias del castigo divino. Elías, entonces, en medio de persecuciones y amenazas comienza una campaña de purificación de la religión israelita. Sin embargo, sus iniciativas producen el efecto contrario y se agudiza la opresión, la violencia y la persecución.

Cansado y desanimado, Elías se dirige al Horeb donde descubre que Dios no se manifiesta en los elementos amenazantes –en la tormenta imponente o en el fuego abrazador–, sino en la brisa fresca y suave que le acaricia el rostro y lo invita a tomar otro camino para hacer realidad la voluntad del Señor.

Después de la «masacre» del monte Carmelo por parte de Elías (1R 18,20-40), sin abandonar la denuncia de las injusticias (1R 21,1-29) y aberraciones (2R 1,1-18), opta por animar a un grupo de discípulos para que continúen su misión (2R 2,1-12). Elías descubrió (¿?) así que por la vía de la violencia no se consigue nada, ni siquiera, aunque sea a favor de causas justas. La fuerza de la espada puede imponer una ideología, pero no puede garantizar la paz, el respeto y la justicia.

El evangelio nos muestra otra tentación en la que pueden caer los seguidores de Jesús cuando no están seguros de los fundamentos de su propia fe. La escena de la «tormenta calmada» nos evoca la imagen de una comunidad cristiana, representada por la barca, que se adentra en medio de la noche en un mar tormentoso. La barca no está en peligro de hundirse, pero los tripulantes se abandonan a los sentimientos de pánico. Tal estado de ánimo los lleva a ver a Jesús que se acerca en medio de la tormenta, como un fantasma salido de la imaginación. Es tan grande el desconcierto que no atinan a reconocer en él al maestro que los ha orientado en el camino a Jerusalén. La voz de Jesús calma los temores, pero Pedro, llevado por la temeridad, se lanza a experimentar el milagro. Pedro duda y se hunde, porque no cree que Jesús se pueda imponer a los «vientos contrarios», a las fuerzas adversas que se oponen a la misión de la comunidad.

Este episodio del evangelio nos muestra cómo la comunidad puede perder el horizonte cuando permite que sea el temor a los elementos adversos el que los motiva a tomar una decisión y no la fe en Jesús. La temeridad nos puede llevar a desafiar los elementos adversos, pero solamente la fe serena en el Señor nos da fuerzas para no hundirnos en nuestros temores e inseguridades. Al igual que Elías, la comunidad descubre el auténtico rostro de Jesús en medio de la calma, cuando el impetuoso viento contrario cede y se aparece una brisa suave que empuja las velas hacia la otra orilla.

Nuestras comunidades están expuestas a la permanente acción de vientos contrarios que amenazan con destruirlas; sin embargo, el peligro mayor no está fuera, sino dentro de la comunidad. Las decisiones tomadas por miedo o pánico ante las fuerzas adversas nos pueden llevar a ver amenazadores fantasmas en los que deberíamos reconocer la presencia victoriosa del resucitado. Únicamente la serenidad de una fe puesta completamente en el Señor resucitado nos permite colocar nuestro pie desnudo sobre el mar impetuoso. El evangelio nos invita a enfrentar todas aquellas realidades que amenazan la barca animados por una fe segura y exigente que nos empuja como suave brisa hacia la orilla del Reino.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 59 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El fantasma del lago». El audio, su guión, y un comentario bíblico-teológico, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/59-el-fantasma-del-lago/.

La serie «Otro Dios es posible» tiene un capítulo, la entrevista nº 20, titulada «¿Caminó sobre las aguas?», [https://radialistas.net/20-camino-sobre-las-aguas/] que puede dar pie a un debate muy interesante sobre el texto del evangelio de hoy.

Para la revisión de vida

La fe es capaz de mover montañas… y de hacernos caminar sobre el mar. ¿Cómo va mi fe? ¿Tengo confianza ciega en Dios? ¿Qué hago con mis dudas? ¿Me pasa como a Pedro, que me hundo en la vida… por dudar?

Para la reunión de grupo

La segunda lectura, del libro segundo de los Reyes, ha sido una lectura clásica para discernir la presencia de Dios (dentro del marco cultural teísta). Hagamos una aplicación alegórica de los símbolos que utiliza: el huracán, el terremoto, el rayo, la brisa…

Prolonguemos la misma reflexión aplicándola hacia categorías más modernas: el estrés, la angustia, la depresión, la tranquilidad de conciencia, la autoestima, la autosatisfacción por el trabajo realizado…

Este episodio de la vida de Elías ha sido utilizado casi siempre para ponderar la capacidad que la naturaleza de hacernos patente la presencia de Dios. Muchos elementos de decoración religiosa facilona se basan en ello: bellos amaneceres, montañas escarpadas nevadas, paisajes llenos de luz, horizontes infinitos… nos hemos acostumbrado a considerarlos símbolos de la presencia de Dios. Se trata de la imagen de un Dios connaturalmente presente en la «naturaleza», no en la «historia»: a la espiritualidad cristiana tradicional le cuesta mucho ver a Dios en un cuadro pictórico sobre la lucha de Espartaco y los esclavos, o de las luchas de las reivindicaciones obreras, como famoso cuadro El Cuarto Estado, de 1901, popularizado por la película Novecento, de Giuseppe Pellizza da Volpedo.

Comentar esto. Relacionarlo con aquel eslogan de la espiritualidad de la liberación, que habla de otro tipo de percepción de la presencia de Dios: «Contemplativus in Liberatione», ser «contemplativo en (el proceso de la) liberación»…

Es fácil ver que los conflictos de justicia entre pobres y ricos en el Primer (Antiguo) Testamento no son una peculiaridad de la historia de Israel… sino un elemento casi pudiéramos decir «esencial» lamentablemente infaltante en toda sociedad. Las apelaciones a un tipo u otro de (imagen de) Dios, no es quizá sino el reflejo de las luchas que en esa sociedad se dan entre las fuerzas utópicas profundas del subconsciente colectivo y los egoísmos humanos de grupos y de personas. Entonces –y también ahora- se batían estas fuerzas en el campo del imaginario y del discurso religioso, como era «natural» a ese tipo de sociedad. Estamos entrando en un tipo de sociedad en la que, por efecto de lo que Guiddens llama «destradicionalización», la dimensión religiosa institucional tradicional pierde fuerza, se hace menos plausible, y en las sociedades avanzadas (cercanas a lo que se llama técnicamente «sociedades del conocimiento») acaba perdiendo significado (insignificante) y se hace sencillamente ininteligible. ¿Cómo continuará históricamente la defensa de los pobres y de la justicia en las sociedades avanzadas (y en la nuestra –cualquiera que sea- en el futuro) cuando el discurso y el imaginario religioso no estén a la mano para llevar adelante esa lucha entre la utopía de justicia y los intereses egoístas?

Muchas de las narraciones de los evangelios sabemos que son simbólicas, teológicas, no históricas. No son una narración objetiva de lo que realmente pasó. Ni era ésa la intención del evangelista al incorporar ese texto al evangelio. Pero durante más de milenio y medio la cristiandad entendió aquellas narraciones al pie de la letra, como hechos reales. Todavía muchas personas las entienden así. ¿Es un problema, o ya no lo es? ¿En qué sentido sí y en qué sentido no? ¿Qué habría que hacer? ¿Desenvainar la espada argumental, o saber comprender la lenta marcha de las ideas en la historia…?

La crisis galilea – Miguel A Munárriz

Mt 14, 13-21

«Dadles vosotros de comer»

Decía Ruiz de Galarreta que «antes creíamos por los milagros, y ahora creemos a pesar de los milagros». A los creyentes del siglo XXI, los milagros nos desconciertan e incluso nos contrarían. Nos parece que introducen en los evangelios elementos mágicos que les quitan credibilidad, y en muchas ocasiones preferiríamos que no estuvieran allí. Sin embargo, están ahí, y si los quitamos hacemos otros evangelios y, por tanto, otro Jesús. Algo parece seguro; y es que en torno a Jesús ocurrían hechos asombrosos que sus contemporáneos, de forma generalizada, tomaban por milagros.

La multiplicación de los panes debió de ser algo muy sonado, pues está recogida en los cuatro evangelios. Pero nuestra mentalidad ilustrada nos impide aceptar la versión que ofrecen los evangelistas (alguno de ellos probablemente testigo del hecho), y hemos preferido elaborar otra versión, según la cual, lo que allí ocurrió es que Jesús quiso aprovechar la ocasión para dejar patente que cuando se comparte, hay para todos y encima sobra: “El Reino es la abundancia de compartir”… Y esta versión es muy atractiva, muy al estilo de Jesús, muy válida para cualquier cristiano… pero no es la que se desprende de los textos.

En cualquier caso, después de comer se desató la euforia. Habían comido bien y se sentían atendidos por Jesús como jamás habían sido atendidos por nadie. Ya no eran ovejas sin pastor sino un pueblo cohesionado en torno a su líder, y viendo la señal que Jesús acababa de realizar, se dijeron: «Éste verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo», y quisieron hacerlo rey.

Juan dice en su evangelio que «temiendo Jesús que iban a venir a apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo». Previamente, Jesús había alejado a sus discípulos en la barca (posiblemente por ser los cabecillas de aquel movimiento) y había despedido a la gente. Tras ello, se retiró al monte a orar toda la noche; quizá porque había sentido la tentación de afrontar la Misión desde el poder; es decir, de aceptar el mesianismo que le reclamaba la gente.

Juan dice también que «desde aquel momento muchos discípulos se volvieron atrás y dejaron de andar con él», lo que supuso un punto de inflexión en la etapa galilea de Jesús. Con su gesto había dejado claro que él no era el Mesías que esperaban, y esto provocó el abandono de muchos de sus seguidores que lo tenían por tal. Sabemos, además, que la desbandada debió ser importante, pues cuando Jesús se volvió a reunir con los doce les preguntó: «¿También vosotros queréis marcharos?» … a lo que Pedro contestó con una profesión de fe emocionante: «Nosotros creemos en ti»… y se acabó. Los demás tienen sabiduría, argumentos, sistemas filosóficos, razones históricas, poder. Nosotros creemos en ti; el hijo de José y María, el carpintero de Nazaret.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

 

DOMINGO 18 (A) – Fray Marcos

(Mt 14,13-21)

Si no me acerco al que me necesita, también me estaré alejando del Dios.

Seis veces se dice en los evangelios que Jesús da de comer a una multitud. Es seguro que algo muy parecido, pasó en realidad y probablemente más de una vez. Lo importante es lo que nos quieren decir al contarnos esta historia. Más allá del fácil recurso al milagro, descubramos el mensaje que nos invita a compartir lo que somos.

Entendido como un milagro, nos quedamos sin el verdadero mensaje. Podíamos decir que es una parábola en acción. También hace falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: “dadles vosotros de comer”. No entraba en los planes del grupo preocuparse de los demás.

Tampoco podemos utilizar el relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad que podía utilizar a capricho.

Aunque no se dice que los panes y peces se multiplicaran, realmente fue un verdadero “milagro” que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese tiempo.

Si estamos abiertos, en el mismo relato encontraremos claves para la interpretación. Los discípulos se dan cuenta de la situación y actúan con toda lógica: es su problema, ellos deben solucionárselo. Jesús da una solución menos sensata: “dadles vosotros de comer”. Soluciona el problema provocando la generosidad y el compartir en cada uno.

Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud. 5000 (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Son los elementos que permiten interpretar el relato, más allá de la letra.

Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal nos dice que el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas condiciones que el que lo retiene impone; el precio. Jesús librar el pan de ese acaparamiento injusto.

Hoy las lecturas son un buen punto de partida para la reflexión. La 1ª nos advierte que la comida material ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios se alimenta la verdadera Vida. La 2ª nos indica donde está lo más importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían. Ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No hay distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Al compartir lo que somos y tenemos, nos alimentándonos de verdad.

El relato no separa el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio. Personalmente creo que las comidas de Jesús con el pueblo, incluso con los pecadores, tuvo más que ver con la aparición de la eucaristía que la última cena.

La eucaristía comenzó como una comida en la que todo se compartía. Cada vez que se comparte el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. La eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que alimenta es el que se da.