VOLVER A LOS ORÍGENES DEL FEMINISMO

JUAN JOSÉ TAMAYO
FE ADULTA

Junto a Octavio Salazar Benítez, de la Universidad de Córdoba, Juan José Tamayo codirige el curso de verano de la UNIA Feminismo, género y cultura. El reconocido teólogo -profesor en la Carlos III de Madrid, donde dirige la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría- defiende la Teología de la Liberación y ofrece un enfoque crítico sobre la jerarquía de la Iglesia católica.

-¿Cree que el feminismo está devaluado? Leer más

Urteko 26. igandea – 26 Tiempo ordinario, José A. Pagola

C (Lukas 16,19-31)

Evangelio del 25/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

EZKUSIARENIK EZ SUFRITZEN ARI DENARI – NO IGNORAR AL QUE SUFRE

Parabolako protagonista bien arteko kontrastea tragikoa da. Aberatsa purpuraz eta lihoz jantzia da. Haren bizitza guztia da luxu eta nabarmenkeria. «Egunero oparo jan-edatea» du bere amets guztia. Aberats honek ez du izenik, ez nortasun-agiririk. Ez da inor. Errukiz huts den haren bizitza porrota da. Ezin bizi daiteke bat jan-edateko soilik.

Haren etxe-atarian, han datza eskale bat goseak, zauriz beterik. Inork ez dio laguntzen. Soilik, txakur batzuk hurbiltzen zaizkio bere zauriak miazkatzera. Ez du ezer bererik, baina badu izen bat, esperantza-eroalea. «Lazaro» edo «Eliezer» du izena, «Ene Jainkoa laguntza da» esan nahi du.

Haien zoria errotik kanbiatu da heriotza-orduan. Aberatsari lur eman diote, segur aski handikiro, baina «Hadesera» edo «hildakoen erreinura» eramango dute. Lazaro ere hil da. Ez da aipatzen ere hileta-konturik, baina «aingeruek Abrahamen altzora eramango dute». Bere garaiko irudi herrikoiz, Jesusek gogoratzen digu ezen Jainkoak duela azken hitza aberatsen eta behartsuen gain.

Aberatsa ez dute juzkatzen esplotatzaile bezala. Ez da esaten Elkargotik urrun bizi izan den fedegabea dela. Soilki, pobreari ezikusia eginez, aberastasunez gozatu duena da. Han berean zegoen behartsua, baina aberatsak ez du ikusi nahi izan. Haren etxe-atarian zegoen, baina ez zaio hurbildu. Bere bizitzatik at utzi du behartsua. Axolagabe izatea: horra haren bekatua.

Behatzaileen arabera, handituz doa gure gizartean apatia, hau da, besteen sufrimenarekiko sentiberatasun-falta. Mila moldez saihesten dugu sufritzen ari den jendearekin zuzeneko harremanak izatea. Apurka, gero eta ezgaiago bihurtzen ari gara besteen nahigabea ikusteko.

Haur eskale bat geure aurrean ikustea gogaikarri izan ohi dugu. Adiskide batekin, gaixotasun terminalak joa den batekin, topo egiteak larritu egiten gaitu. Ez dugu asmatzen zer egin, ez zer esan. Hobe izaten dugu tarte bat luzatzea. Geure zereginetara ahalik lasterren itzultzea. Ez uztea erasan diezagun.

Hobe sufrimena urrunean gertatzen bada. Gizakia, miseria edo gaixotasuna datu, zenbaki eta estatistika bihurtzen ikasi dugu: errealitateaz informatzen gaitu, bai, baina gure bihotza doi-doi ukitzen duela. Badakigu, orobat, sufrimen izugarriak telebistan ikusten; baina pantaila hutseko sufrimena ez da hain erreala, ezta hain izugarria ere. Sufrimenak gure hurbilagoko bat jotzen duenean, mila eraz baliatzen gara geure bihotza anestesiatzeko.

Jesusi jarraitzen diona, aldiz, gero eta sentiberago bihurtzen da bidean sufritzen aurkitzen duenaren aurrean. Hurbildu egiten zaio premian dagoenari eta, bere esku badu, haren egoera arintzen ahalegintzen da.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

26 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,19-31)

Evangelio del 25/Sept/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

NO IGNORAR AL QUE SUFRE

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Solo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir solo para banquetear.

Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Solo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».

Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.

Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.

Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.

La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.

Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.

Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

José Antonio Pagola

 

 

Domingo 25 de septiembre de 2016, 26º Ordinario

Servicios Koinonia

Lucas 16, 19-31

Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. «

Pero Abrahán le contestó: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.»

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.»

Abrahán le dice: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.»

El rico contestó: «No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.

Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.»»

Leemos hoy una parábola del evangelio de Lucas. Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreoel’azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, banqueteador.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban –después de la muerte de su hermano y de Lázaro– en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres, pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

La parábola no puede tener más actualidad en este año 2016, año en que las estadísticas dicen que va a producirse un fenómeno estadístico importante: el 1% más rico de la población del mundo va a superar su propio récord patrimonial, que estaba en el 49% de la riqueza del mundo, y va a pasar a ser el 50%; ya se han hecho con la riqueza de medio mundo. El actual sistema mundial privilegia la desigualdad. El mundo actual no es bueno para los muchos Lázaros.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 37 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/37-el-grito-de-lazaro Ahí puede ser escuchado, y de ahí puede tomarse el guión, el audio, y un comentario bíblico-teológico.

 

 

Bodas de oro sacerdotales

El 4 de septiembre de 1966 Jesús Mauleón Heredia (Arróniz, 1936) celebró sus primeras misas en la parroquia de Navaz, Unzu, Ollacarizqueta y Garciriain. Cincuenta años después, los actuales feligreses se reunieron para conmemorar el aniversario. El sacerdote celebró una Eucaristía de Acción de Gracias y los vecinos prepararon un homenaje con el que reconocieron su trayectoria y agradecieron su dedicación. No faltaron la bendición del Papa Francisco ni una carta de agradecimiento y felicitación del Mons. Francisco Pérez, en nombre de la Diócesis. La felicitación se hizo extensiva a sus feligreses.

 

La hambruna asola varias regiones ruandesas

Ruanda es víctima en estos momentos de una crisis alimentaria; aunque las autoridades hablan de una penuria limitada y aislada que afecta a algunas familias de las provincias del este y del norte, las asociaciones de la sociedad civil afirman que “Nzaramba” (nombre dado a la hambruna actual) causa estragos en todo el país y afecta a amplias capas de la población. Según numerosos observadores, determinadas opciones económicas y políticas estarían en el origen de esta hambruna, aunque las autoridades se defiendan de esta opinión y evoquen por su parte las condiciones climáticas para explicar una crisis alimentaria que tratan de minimizar como pueden.

 

Una santa que no creía en Dios

Leonardo Boff

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Dejemos a un lado, por un momento, las cuestiones políticas y ocupémonos de un tema de gran relevancia existencial y espiritual. Se trata de la noche oscura que la recién canonizada Madre Teresa de Calculta vivió y sufrió desde 1948 hasta su muerte en 1997. Tenemos los testimonios recogidos por el postulador de su causa, el canadiense Brian Kolodiejchuk en el libro Come Be My Light (Ven, sé mi luz). Como es sabido, la Madre Teresa vivía en Calcuta recogiendo moribundos de las calles para que muriesen humanamente dentro de una casa y rodeados de personas. Lo hacía con extremo cariño y completa abnegación. Todo indicaba que lo hacía a partir de una profunda experiencia de Dios. Leer más

¿Por qué no hay esa sensibilidad de esas causas en un México tan violento y agraviado?

Alejandro Solalinde, sacerdote y defensor de Derechos Humanos manifestó su oposición a la jerarquía católica tras las manifestaciones de ayer. Criticó que no se convoca a los feligreses «para protestar por la corrupción, por la impunidad, la visita de Donald Trump, ni signos desolidaridad con la gente dolida y más agraviada como son los desaparecidos, los secuestros, las mujeres asesinadas» y cuestionó «¿por qué no hay esa sensibilidad de esas causas en un México tan violento y agraviado?».

 

SI NO APRENDO A SER MÁS CON MENOS, EL HEDONISMO FRUSTRARÁ MIS ANHELOS, Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Lc 16, 1-13

El capítulo 16 de Lucas comienza indicando que la parábola de administrador infiel va dirigida a los discípulos; pero al final de la narración dice: “estaban oyendo esto los fariseos que son amates del dinero”. Esta frase nos indica la falta de precisión a la hora de determinar los destinatarios de esta parábola y la del rico Epulón que leeremos el domingo que viene. Debemos tener en cuenta que a las primeras comunidades cristianas solo pertenecieron pobres. Solamente a principios del s. II se empezaron a incorporar personas importantes de la sociedad. Si los evangelios se hubieran escrito unos años más tarde, seguramente se hubiera matizado mucho más el lenguaje sobre las riquezas.

Para entrar en la comprensión de la parábola solo hace falta un poco de sentido común. Jesús hablaba para que le entendiera la gente sencilla. Hay explicaciones que me parecen demasiado rebuscadas. Por ejemplo: Que el administrador, cambiando los recibos, no defrauda al amo, sino que renuncia a su propia comisión. No parece verosímil que el administrador se embolsara el 50% de los recibos de su señor. Otra explicación que me parece demasiado alambicada es que el administrador hizo lo que tenía que hacer, es decir, ceder sus bienes a los que no pueden pagar su deuda. Entonces resulta que hace lo que debía hacer por su cuenta el dueño. Por eso es alabado el administrador. En este caso perderían sentido las sentencias finales del relato.

Seguramente Lc ya modifica el relato original, añadiendo el adjetivo de “injusto”, tanto para el administrador, como para el dinero. Este añadido dificulta la interpretación de la parábola. En primer lugar porque no se entiende que se alabe a un injusto. En segundo lugar, porque podemos devaluar el mensaje al pensar que se trata de desautorizar solo la riqueza conseguida injustamente. La riqueza injusta se descalifica por sí misma. En el relato, se trata de la riqueza que, aunque sea “justa”, puede convertirse en dios (ídolo).

Debemos evitar toda demagogia barata. Pero tampoco podemos ignorar el mensaje evangélico. En este tema, ni siquiera la teoría está muy clara. Hoy, menos que nunca, podemos responder con recetas a las exigencias del evangelio. Cada uno tiene que encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para su falso yo sino para su verdadero ser. Si somos sinceros, descubriremos que en nuestra vida, confiamos demasiado en las cosas externas, y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios. Le llamamos Señor, pero el que manda de verdad es el dinero. Justo lo contrario de lo que nos pide Jesús.

Encontramos en los evangelios una diferencia notable con la tradición bíblica. Tanto en todo el AT como en tiempo de Jesús, las riquezas eran consideradas como un don de Dios. Solo los profetas arremeten contra la riqueza que se ha conseguido con injusticia. Este matiz desaparece en los evangelios y se considera la riqueza, sin más, contraria al Reino.

En las parábolas, no hay que tomar al pie de la letra cada uno de los detalles que se narran; hay que entrar en la intención del que la narra. Al contrario que la alegoría, en la parábola se trata de una sola enseñanza que hay que sacar del conjunto del relato. El relato nos obliga a sacar una moraleja que nos haga cambiar de actitud vital. Ésta en concreto, no está invitándome a ser injusto, sino a sentarme y echar cálculos, para elegir lo que de verdad sea mejor para mis auténticos intereses. El administrador calculador, trataba de conseguir ventajas materiales. A nosotros se nos invita a ser sagaces para sacar ventajas espirituales.

No hacen falta muchas cavilaciones para darse cuenta de que ponemos mucho más interés en los asuntos materiales que en los espirituales, no solo por el tiempo que les dedicamos, sino sobre todos por la intensidad de nuestra dedicación. Es lamentable que personas muy inteligentes y con varias carreras, tengan un nivel de conocimientos religiosos propios de un niño de primera comunión. En religión, lo único que se nos exigía era “creer”.

Los hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz. Esta frase explica el sentido de la parábola. No nos invita a imitar la injusticia que el administrador está cometiendo, sino a utilizar la astucia y prontitud con que actúa. Él fue sagaz, porque supo aprovecharse materialmente de la situación. A nosotros se nos pide ser sabios, para aprovecharnos de todo, en orden a una plenitud espiritual. Hoy la diferencia no está entre los hijos del mundo y los hijos de la luz. La diferencia está en la manera que todos los cristianos tenemos de tratar los asuntos mundanos y los asuntos religiosos.

No podéis servir a Dios y al dinero. No está bien traducido. El texto griego dice mamwna. Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. No podemos pensar que todo el que tiene unos millones en el banco o tiene una finca, está ya condenado. Servir al dinero significaría que toda mi existencia esta orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo de mi vida el hedonismo, es decir, buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida, el falso yo y buscar la potenciación y seguridades de ese yo; todo lo que me permita estar por encima del otro y utilizarlo en beneficio propio.

Podemos dar un paso más. A Dios no le servimos para nada. Si algo dejó claro Jesús fue que Dios no quiere siervos sino personas libres. No se trata de doblegarse con sumisión externa, a lo que mande desde fuera un señor poderoso. Se trata de ser fiel al creador, respondiendo a las exigencias de mi ser, desplegando todas las posibilidades de ser. Servir a un dios externo que puede premiarme o castigarme, es idolatría y, en el fondo, egoísmo. Hoy podemos decir que no debemos servir a ningún “dios”. Al verdadero Dios solo se le puede servir, sirviendo al hombre. Aquí está la originalidad del mensaje cristiano. Donde las religiones verdaderas o falsas ponen “Dios”, Jesús pone “hombre”.

Es curioso que ni siquiera cuestionemos que lo que es legal puede no ser justo. Puesto que lo que tengo lo he conseguido legalmente, nadie me podrá convencer de que no es exclusivamente mío. Además, el dinero es injusto, no solo por la manera de conseguirlo, sino por la manera de gastarlo. Las leyes que rigen la economía, están hechas por los ricos para defender sus intereses. No pueden ser consideradas justas por parte de aquellos que están excluidos de los beneficios del progreso. Unas leyes económicas que potencian la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos, mientras grandes sectores de la población viven en la miseria e incluso mueren de hambre, no podemos considerarla justa.

Lo que nos dice el evangelio es una cosa obvia. Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, solo podemos tener un “fin último”. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último (haceros amigos con el dinero injusto). No se trata de rechazar esos fines intermedios, sino de orientarlos todos a la última meta. La meta debe ser “Dios”. Entre comillas por lo que decíamos más arriba. La meta es la plenitud, que para el hombre solo puede estar en lo trascendente, en lo divino que hay en él.

Ganaros amigos con el dinero injusto. Es una invitación a poner todo lo que tenemos al servicio de lo que vale de veras, nuestro verdadero ser, también la riqueza material que nos pertenece.Utilizamos con sabiduría el dinero injusto, cuando compartimos con el que pasa necesidad. Lo empleamos sagazmente, pero en contra nuestra, cuando acumulamos riquezas a costa de los demás. Nunca podremos actuar como dueños absolutos de lo que poseemos. Somos simples administradores. Hace poco tiempo oí a De Lapierre decir: Lo único que se conserva es lo que se da. Lo que no se da, se pierde.

Meditación-contemplación

No podéis servir al Dios de Jesús y al dios dinero
Jesús no dice que no “debéis”, sino que no “podéis”…
Es inútil que sigamos intentándolo.
Lo que “tenemos” debemos subordinarlo a lo que “somos”.
……………………

Todo lo que no potencie el ser, es secundario.
Lo único esencial es nuestro verdadero ser.
Lo material, lo biológico, debe ser el soporte de nuestra Vida espiritual;
no debemos rechazarlo como malo, sino utilizarlo bien.
………………………

Si el valor supremo para mí es el dinero o el poder,
mi corazón estará pegado a esas seguridades.
Si he descubierto el “tesoro” escondido en lo hondo de mi ser,
el resto quedará iluminado por su brillo.
…………………

 

Fray Marcos

 

 

Domingo 18 de septiembre de 2016, 25º Ordinario, Koinonia

Servicios Koinonia

Lucas 16, 1-13

No podéis servir a Dios y al dinero

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.

Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.»

El administrador se puso a echar sus cálculos:

«¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. «

Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?»

Éste respondió: «Cien barriles de aceite.»

Él le dijo: «Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.»

Luego dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?»

Él contestó: «Cien fanegas de trigo.»

Le dijo: «Aquí está tu recibo, escribe ochenta.»

Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.

Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.

El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.

Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?

Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»

Esta parábola –no siempre bien interpretada– va dirigida a los fariseos que son amigos del dinero, su verdadero Dios. Representa, como tantas otras, un caso extremo: un hombre que está a punto de ser despedido de su trabajo y que necesita actuar urgentemente para garantizarse el futuro, antes de quedarse sin empleo. Para ello plantea una estrategia. Acusado de derrochar los bienes de su amo (16,1), causa por la que se va a quedar sin trabajo, decide rebajar la cantidad de la deuda de cada uno de los acreedores de su amo, renunciando a la comisión que le pertenece como administrador. Es sabido que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo con frecuencia intereses desorbitados a los acreedores. La actuación de administrador debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite había recibido prestados cincuenta nada más, los otros cincuenta eran la comisión correspondiente a la que el administrador renuncia con tal de granjearse amigos para el futuro. Renunciando a su comisión, el administrador no lesiona en nada los intereses de su amo. De ahí que el amo lo felicite por saber garantizarse el futuro dando el “injusto dinero” a sus acreedores.

El amo alaba la estrategia de aquel “administrador de lo injusto”, calificativo que se da en el evangelio de Lucas al dinero, pues, en cuanto acumulado, procede de injusticia o lleva a ella.

Para Lucas, todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa –desprendiéndose de él– para «ganarse amigos», hace una buena inversión no en términos bursátiles, ni bancarios, sino en términos humanos cristianos. El injusto dinero, como encarnación de la escala de valores de la sociedad civil, sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad del discípulo a poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados.

El “injusto dinero” es calificado en la conclusión de la parábola como «lo de nada» y «lo ajeno», en cuanto opuesto a «lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro”. Y “lo que vale de veras” no es el don del dinero, sino el del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (“cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden”, cf. Lc 11,13). Eso sí, para recibir el Espíritu (que es comunicación de la vida de Dios que potencia al hombre) se requiere el desprendimiento y la generosidad hacia los demás (11,34-36).

La parábola termina con esta frase lapidaria: “No pueden servir a Dios y al dinero”. La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar entre dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que compartir lo que poseen con los que no lo tienen, con los oprimidos y desposeídos, los desheredados de la tierra.

El afán de dinero es la frontera que divide el mundo en dos; es la barrera que nos separa de los otros y hace que el mundo esté organizado en clases antagónicas: ricos y pobres, opresores y oprimidos; el ansia de dinero es el enemigo número uno que imposibilita que el mundo sea una familia unida donde todos se sienten a la mesa de la vida. Por eso el discípulo, para garantizarse el futuro, debe estar dispuesto en el presente a renunciar al dinero que lleva a la injusticia y hace imposible la fraternidad.

El evangelio de hoy está recogido en el capítulo 84 de la serie «Un tal Jesús», «La astucia de un capataz» (https://radialistas.net/article/84-la-astucia-de-un-capataz). Allí puede recogerse tanto el guión, como el audio, como un comentario bíblico teológico.

 

 

Mensaje del XXXVI Congreso de Teología

Mensaje del XXXVI Congreso de Teología

Asociación de Teólogos/as Juan XXIII, 12-septiembre-2016

Del 8 al 11 de septiembre de 2016 hemos celebrado el 36 Congreso de Teología, que ha reunido a personas y colectivos procedentes de los diferentes continentes, pueblos, culturas y religiones para para reflexionar sobre el tema “Migrantes, refugiados y fronteras: de la exclusión a la hospitalidad”. En él han participado activistas sociales comprometidos en los campos de refugiados y en las zonas fronterizas, que han aportado sus experiencias. Leer más