En una nueva corrección del más allá, Benedicto XVI sostiene que “no es un elemento de las entrañas de la Tierra, sino un fuego interno”. La teología llevaba tiempo reduciendo a mero cotilleo morboso la idea clásica del infierno, antes de que Juan Pablo II liquidase el asunto, en agosto de 1999, con la proclamación de que el infierno y el cielo católicos no son lugares físicos, sino meros.