ORAR ES FACIL
Cuando hoy se nos recomienda tanto y tanto la oración, ¿en qué pensamos y cómo nos imaginamos que debemos orar? Eso
de rezar, ¿es una ciencia esotérica, reservada para unos pocos? Por el
contrario, ¿es una cosa fácil, que puede hacer cualquiera? ¿Y cuál es la mejor manera de rezar?..
Si Jesús insiste tanto en el Evangelio sobre la oración, tenemos que decir que es una cosa demasiado importante. Y si es tan necesaria a todos, por fuerza Dios la ha hecho fácil y
al alcance de cualquiera.
Nosotros nos perdemos en nuestra relación con Dios porque complicamos las cosas.
Y la oración, como nos dijo de una manera inolvidable Teresa de Jesús, no es
más que tratar de amistad con Aquel que sabemos que nos ama.
¡De amistad! ¡Qué expresión tan bella!
Tratar a Dios como un amigo, ya que Dios se ha hecho en Jesús esto: un amigo
nuestro al hacerse como uno de nosotros.
Entonces, para hablar a Jesús, y en Jesús a Dios, no hay como acudir al Evangelio para saber cómo hemos de
hablar con Jesús. Con la misma naturalidad que todos usaban con Él y le
exponían sus necesidades. Cualquier situación nuestra tiene su exponente en el
Evangelio.
– ¡Señor, que vea!, le decía el ciego.
– ¡Dame de esa tu agua, para no tener más sed!, le pedía la Samaritana.
– ¡Señor, enséñanos a orar!, le decían los discípulos.
– ¡Sálvanos, Señor!, que perecemos!, le gritaron los apóstoles en la barca que
se hundía.
– ¡Señor, mándame ir a ti!, le pidió Pedro.
– ¡Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador!, murmuraba el publicano.
– ¡Señor, si quieres puedes limpiarme!, le suplicaba humilde el leproso.
– Mira que tu amigo, a quien tanto quieres, está enfermo, mandó a decirle Marta.
– ¡Auméntanos la fe!, le pidieron los discípulos.
– ¡Acuérdate de mí cuando estés en tu reino!, le suplicó el ladrón.
– ¡Señor, danos ese pan!, le pidieron los oyentes cuando prometió la Eucaristía.
– ¡Señor, tú sabes que yo te quiero!, le protestaba Pedro.
– ¡Mira, Jesús, que no tienen vino!, se limitó a decir María por los otros cuando los vio en apuros…
Así, así le hablaban a Jesús. Imposible mayor sencillez. Y Jesús no dejó de atender ningún deseo.
Si así son las cosas con Jesús, nos ponemos a pensar. ¿Nos damos cuenta de lo que ahora le deben gustar a Jesús estas mismas súplicas, cuando se las repetimos hoy nosotros? ¡Le traemos a su
mente unos recuerdos tan queridos!… ¿Por qué no le hablamos con las mismas
palabras que escuchó entonces y que le enternecían el corazón?…
Sería la oración más fabulosa y segura salida de nuestros labios.
Precisamente en el Evangelio aprendemos la insistencia con que Jesús nos recomendaba la oración. Podríamos decir que esa insistencia era hasta machacona. Cuando así lo hacía Jesús,
quiere decir que la oración es lo más importante de nuestra jornada y de la vida entera.
La Iglesia lo ha entendido siempre así, y en la oración oficial de la Iglesia –la que hacen
obligatoriamente los sacerdotes en nombre y por todo el Pueblo de Dios– tiene repartido de tal manera el día que en ninguna hora le falta a Dios la súplica
de toda la Iglesia. Y
para orar bien los sacerdotes como los fieles, no hay como acudir al
Evangelio.
Z U R I Ñ E
Z U R I N E