Arregi
1. Mira a Jesús crucificado (a modo de introducción)
Fue crucificado. Aquí ya no hay duda. Aquí ya no decimos “tal vez” ni “seguramente”. Aquí decimos breve y rotundamente: a Jesús le crucificaron. Ése fue el final duro, cruel, del bondadoso y valiente profeta de Galilea.
Sucedió en el año 30 d.C., en la mañana de un viernes de primavera. Jesús tenía 34 ó 36 años. Las autoridades religiosas y políticas no toleraron mucho tiempo la buena noticia y las buenas acciones de Jesús.
Fue crucificado. Estamos demasiado habituados a mencionar y a mirar la cruz de Jesús. No nos estremece. Hemos convertido la cruz en joya de oro o de plata o de piedras preciosas, en objeto decorativo de paredes y de muebles, en adorno colgado de cuellos y orejas, en pectoral y anillo sagrado de manos episcopales. No debiéramos olvidar que es uno de los más crueles instrumentos de tortura jamás inventados por el ser humano. Y nunca debiéramos olvidar que en él murió Jesús torturado, asfixiado, desangrado.
Fue crucificado. Y no sólo él. Otros dos crucificados lo acompañan, uno a la derecha y otro a la izquierda, e innumerables otros crucificados antes y después de él. Y el mismo Dios junto con todos ellos, antes que todos ellos. Confesamos a un Dios crucificado con Jesús.
Así pues, todos los demás crucificados no están solos: Jesús comparte su cruz, Dios mismo comparte su cruz. Mientras haya un solo crucificado, ¿dónde puede estar Dios sino en la cruz con los crucificados? Y si Dios es solidario de su cruz, pueden recuperar el aliento de la esperanza todos aquellos que no pueden respirar en la cruz.
2. ¿Esperaba Jesús la muerte?
Sigamos mirando a Jesús crucificado, paso a paso. En primer lugar nos preguntamos: ¿Era Jesús consciente del final violento y prematuro que le esperaba?Bultmann sostuvo que Jesús no esperaba que le fueran a matar y que, en consecuencia, no le dio ningún sentido a su muerte. Jesús fue a Jerusalén en la esperanza de allí había de inaugurarse el reinado de Dios, pero allí sufrió una gran decepción: fracasó su esperanza. Otros piensan, por el contrario, que Jesús no solamente previó su muerte, sino que incluso la entendió como expiación salvífica para judíos y paganos, y como tal la aceptó de antemano.
Ambas interpretaciones parecen exageradas: no puede afirmarse que Jesús haya entendido su muerte como expiación, ni tampoco se puede decir que Jesús no haya previsto de alguna forma su muerte y que no le haya dado ningún sentido. Nos plantearemos más adelante la cuestión de si Jesús le dio sentido a su muerte y qué sentido le dio. Preguntémonos ahora si previó su muerte.
Hay muchos textos que muestran que Jesús presintió de alguna forma su muerte cercana. Veamos algunos de estos textos
1) Dichos sobre la muerte de los profetas: la creencia de que todos los profetas habían sido asesinados estaba extendida en aquella época, aunque esa creencia no responde a la historia (no todos los profetas fueron perseguidos y muertos, ni mucho menos); Jesús compartía, sin embargo, esa opinión, sobre todo después de haber asistido a la muerte de su maestro Juan Bautista: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y lapidas a los enviados de Dios!” (Lc 13,34). “¡Ay de vosotros que construís mausoleos a los profetas asesinados por vuestros propios antepasados!…” (Lc 11,47-51). Estos dichos de Jesús son auténticos en lo esencial. A Jesús no le faltaban, pues, motivos para temer: hacía poco que habían ejecutado a Juan Bautista; pocos años antes habían lapidado igualmente a Honi, el carismático taumaturgo (hacedor de milagros) de Galilea.
2) La parábola del viñador homicida (Mc 12,1-9): también esta parábola es en su núcleo auténtica de Jesús; en ella se refiere al asesinato de los profetas y tal vez también indirectamente a su propia muerte violenta.
3) Las palabras de la última cena: Jesús presiente que su muerte es inminente y celebra una cena de despedida con sus discípul@s. “En verdad os digo: ya no beberé vino hasta que beba el vino nuevo del Reino de Dios” (Mc 14,25).
Aun sin tener una certeza absoluta, Jesús sabía que existían todas las probabilidades de que le mataran. Se comprende así que los evangelios, más tarde, nos lo presenten afrontando la muerte con plena conciencia (Mc 14,8.22.24), anunciando reiteradamente y con todo detalle su fin (Mc 8,31-32; 10,33-34), así como la traición de Judas (Mc 14,8) y la negación de Pedro (Mc 14,30). El evangelio de Juan le hace decir que nadie le quita la vida, sino que él la da libremente (Jn 10,17-18); y en el momento en que vienen a detenerle, él se adelanta diciéndoles “Soy yo” y pidiendo que dejen a sus disípul@s marchar libres (Jn 18,4-9). Jesús no se empeñó en evitar su muerte violenta, y eso es lo que subrayan los evangelios.
En la última semana que pasó en Jerusalén, el conflicto con las autoridades judías se agudizó más, y ello acentuó sin duda en Jesús la conciencia de su muerte próxima.
Para orar.
¡SEÑOR JESUS!
Mi fuerza y mi fracaso
eres Tú.
Mi herencia y mi pobreza.
Tú mi justicia,
Jesús.
Mi guera
y mi paz.
¡Mi libre libertad!
Mi muerte y vida,
Tú.
Palabra de mis gritos,
silencio de mi espera,
testigo de mis sueños,
¡cruz de mi cruz!
Causa de mi amargura,
perdón de mi egoísmo,
crimen de mi proceso,
juez de mi pobre llanto,
razón de mi esperanza,
¡Tú!Mi tierra prometidaeres
Tú…La pascua de mi pascua,
¡nuestra gloria
por siempre,
Señor Jesús!
(P. Casaldáliga)
LA MUERTE DE JESÚS (Parte 2)
La “última cena” antes de la muerte
Seguimos paso a paso la historia de la pasión de Jesús. Queremos acompañar más de cerca la historia de pasión de tod@s las personas que sufren, de todas las criaturas que sufren, nuestra propia historia de pasión.
Nos preguntábamos si Jesús pudo prever su muerte violenta más o menos inminente. Tenía los ojos abiertos y sabía leer los signos de la vida y de la muerte. Evidentemente, no sabía en qué momento y de qué manera concreta se iba a producir el desenlace, pero todo le hacía sospechar que no iba a tardar y que iba a ser doloroso. Los tiempos eran difíciles y tanto las autoridades políticas como religiosas estaban al acecho.
Ahora avanzamos un poco más y nos preguntamos: ¿Cómo afrontó Jesús su muerte presentida? ¿La asumió? ¿Cómo la asumió? ¿Dio algún “sentido” a su muerte, es decir, pensó que su muerte tenía algo que ver con la “misión” para la que se sentía enviado por Dios: el anuncio de la liberación universal que él llamaba “reino de Dios”? La cena de despedida que Jesús organizó y celebró nos ofrece la mejor pista para responder a estas preguntas.
1. ¿Fue una cena pascual?
Jesús viajó a Jerusalén una semana antes de la pascua, como solían hacer los judíos, a fin de llevar a cabo todos los ritos de purificación requeridos por la ley y prepararse espiritualmente para la pascua. Presintiendo que sus adversarios le iban la mano y que su muerte estaba muy cerca, Jesús organizó una cena de despedida con sus discípul@s más cercan@s. Al día siguiente fue crucificado.
Se puede asegurar que no fue una cena pascual. He aquí unas razones decisivas:
1) La cena pascual se celebraba en la víspera de la pascua, al atardecer. Aquel año, la pascua cayó en sábado y la cena pascual tuvo lugar al atardecer del viernes. Jesús no la pudo celebrar porque murió antes: justamente el viernes por la mañana, cuando los judíos estaban haciendo los “preparativos” de la cena; en ello coinciden los evangelios de Marcos (15,42) y de Juan (Jn 19,31).
2) Para que Jesús hubiese podido celebrar la cena pascual –que, como se acaba de decir, se celebraba en la víspera de la pascua– tendría que haber sido crucificado el día mismo de la pascua, lo cual cosa impensable. En efecto, no se puede imaginar que las autoridades judías –celosas en la observación de la ley del “descanso” festivo, máxime en aquel año en que coincidía el descanso pascual con el descanso sabático– se hayan entregado a la intensa actividad que la crucifixión de Jesús llevó consigo: la detención, el juicio, etc.
3) Toda una serie de datos evangélicos apuntan en el sentido de que Jesús murió en la víspera de la pascua y, por consiguiente, antes de la cena pascual: a) En Mc 14,1-2 las autoridades sacerdotales deciden no ejecutar a Jesús el día de fiesta, para evitar alborotos en el pueblo; b) Si a Barrabás le concedieron una amnistía (Mc 15,6) –escena que se sitúa en el contexto del juicio de Jesús–, se la concedieron justamente para que pudiera celebrar la pascua, incluida la cena pascual; c) Según Mc 15,21, Simón de Cirene viene del “campo” (de trabajar) y le obligan a llevar la cruz de Jesús, ambas cosas prohibidas en un día de pascua y en cualquier fiesta; d) Mc 15,42 y Jn 31,31 afirman que Jesús fue crucificado en el día de la preparación (quiere decir “el día de la preparación de la pascua” y no simplemente “preparación del sábado”; como se ha dicho, aquel año coincidió la pascua en sábado y Jesús murió el viernes, antes de la cena pascual); e) Por fin, según Mc 14,46, José de Arimatea compró una sábana para envolver el cuerpo de Jesús (en un día de pascua no hubiese podido encontrar quien le vendiera una sábada).
4) También el Evangelio de Pedro (apócrifo) y el Talmud confirman que Jesús murió en la víspera de la pascua.En consecuencia, Jesús no pudo celebrar la cena pascual. No obstante, a medida que fue pasando el tiempo, aquella “última cena” de Jesús fue considerada por los cristianos como cena pascual, y “cristianizaron” enteramente la pascua judía: convirtieron la pascua en memoria de la última cena de Jesús. Y mucho más: confesaron a Jesús mismo como cordero pascual (1 Cor 5,7), como liberador de todas las esclavitudes, fundamento de la alianza con Dios, alimento de la comida de fiesta, levadura nueva de la nueva vida, sostén de la esperanza de una tierra nueva. Así se entiende que la cena de despedida de Jesús haya acabado siendo presentada en los evangelios sinópticos como cena pascual.
2. Una cena de adiós y de esperanza
Jesús sabía tomar las cosas tal como le venían. Pero no con una mera resignación, sino con confianza y esperanza. Sabía asumir lo inevitable con libertad interior, pues creía profundamente que en todo momento, incluso en el más duro, estaba en los dulces brazos de Dios. No amaba la soledad, pero sabía aceptarla. No le gustaba sufrir, pero no rehuía el sufrimiento –especialmente el sufrimiento por los demás–. No quería morir, pero no le angustiaba en exceso el tener que morir, sobre todo si debía morir por aquello que creía y esperaba.
Presintiendo que era inminente su muerte violenta, no huye, ni pierde el ánimo. Claro que sentirá la angustia (en Getsemaní y en la cruz), cuando sienta a su alrededor el vacío y la oscuridad total, cuando no vea ninguna huella de Dios, ningún rayo de luz. Pero la muerte como tal no le asusta tanto. Cuando la ve cerca, le hace frente, y le da de antemano un cierto sentido. Piensa que la muerte no es el final. Piensa, por el contrario, que la muerte puede también hacer brotar la vida, y puede convertirse en camino para la llegada del reino de Dios. Barrunta un aliento de vida y un clima de fiesta más allá de la muerte
Con esa esperanza, Jesús organizó una hermosa cena de despedida con los discípulos y discípulas más próxim@s (es lógico pensar que eran más que los Doce, y que por supuesto había mujeres).
Vimos antes cómo Jesús hacía “acciones simbólicas” muy imaginativas (elección de los Doce, comensalía con pecadores y recaudadores de impuestos, la expulsión de los mercaderes del templo…). La última cena la celebra igualmente como una acción simbólica: como una figura y anticipo del alegre banquete que nos ha de reunir a tod@s en el reino de Dios (también los esenios celebraban una cena como anticipo de la gran cena de los últimos tiempos). En realidad, eso mismo fueron las frecuentes comidas que Jesús celebró con los pecadores y los pobres (cf. Mc 2,19; Lc 13,28-29; 14,15-24). Así pues, la “última cena” no es una comida totalmente distinta, sino la última de sus frecuente comidas simbólicas.
Ahora, cuando presiente que su muerte es inminente, su esperanza se renueva: la esperanza de que Dios no tardará, de que pronto intervendrá, tal vez con ocasión de su propia muerte; la esperanza de que tal vez Dios le vaya a librar de la muerte y de que la última gran cena esté ya próxima… Y previendo que ya no tendrá ocasión de celebrar muchas comidas, quiere prefigurar aquella gran última cena comiendo y bebiendo alegremente con sus discípul@s: “Os aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el reino de Dios” (Mc 14,25). Es una cena de despedida, pero en la esperanza de la magnífica cena del reino de Dios. Con esa esperanza, la despedida es menos dolorosa.
Más allá de todas las muertes y de todas las lágrimas, aunque borrosamente a través de las lágrimas, el creyente vislumbra la alegría de las bodas entre Dios y la humanidad entera, entre Dios y la creación entera.
3. ¿Qué sentido dio Jesús a su muerte?
Además de las palabras mencionadas, los evangelios ponen en labios de Jesús estas otras: “Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros” (Lc 22,19 y paralelos; “Esta copa es la nueva alianza, sellada por Dios con mi sangre” (Lc 22,20 y paralelos). Según estas declaraciones, Jesús se habría considerado a sí mismo como sustituto de las víctimas animales que se ofrecían en el templo, habría considerado su sangre como sustituto de la sangre de los sacrificios, habría entendido su muerte (“cuerpo entregado”, “sangre entregada”) como sacrificio que sella la nueva alianza con Dios, y habría convertido el pan y el vino en figura de su cuerpo y de su sangre (su vida entera).
Pero ¿habló realmente Jesús de esta manera? ¿Consideró el pan y el vino de la cena como imagen de su muerte próxima? ¿Entendió su muerte como sacrificio necesario para sellar la alianza nueva con Dios? Algunos piensan que sí (H. Schürmann…), pero la mayoría piensan que no. Me parece seguro que Jesús no pronunció esas palabras “sacrificiales” en la última cena.
¿Qué sentido dio, pues, Jesús a su muerte? No un sentido sacrificial o expiatorio, sino el mismo sentido que le dio a su vida: había vivido en la esperanza del reino/reinado de Dios y murió en esa misma esperanza, como se pone bien de manifiesto en la última cena. Había vivido al servicio del reino/reinado de Dios y murió en esa misma actitud de servicio. Jesús ve que su mensaje y su conducta le conducen a la muerte: ¿será ésta un mero fracaso de su mensaje y de su esperanza? No, a pesar de todos los fracasos, espera que Dios va a intervenir, y que tal vez va a servirse de esta muerte suya para realizar su reino…; la esperanza tiene la última palabra.
Todo eso lo expresa en la última cena: la esperanza cierta por encima del presentimiento de la muerte, la comunión alegre del reino por encima de la separación de la muerte. Acepta su muerte en la esperanza del reino y a su servicio. “Yo estoy entre vosotros como quien sirve” (Lc 22,27); “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10,45; “y a dar su vida en rescate por todos”, añade Marcos, pero esto último no lo dijo Jesús, en opinión de la mayoría de los especialistas).
El que vivió al servicio de los demás se encamina a la muerte en actitud de servicio a los demás. El que vivió en bien de los demás morirá en bien de los demás. El que vivió en solidaridad con todos los desgraciados morirá solidario de todos los desgraciados. Y lo de menos es que esa solidaridad se exprese o no con la vieja categoría del sacrificio. Esta categoría hoy nos parece desfasada e incorrecta. Esperanza, servicio, solidaridad, comunión… son categorías que expresan mucho mejor el sentido que Jesús dio a su muerte.
Para orar
¡Oh dulce y buen Maestro, te me hiciste visible,
y entonces reconocí que te tengo en mí conscientemente.
Desde entonces no te amé con el recuerdo de ti,
sino en la creencia de que te tenía en mí de verdad,
tú que eres amor dotado de existencia.
Pues tú eres, oh Dios, el verdadero amor.
Si yo te tengo, ¿qué más he de esperar?
Me inclino ante ti, Dios mío, y te suplico que me guardes.
Fortalece con tu poder el fruto de tu amor,
que injertaste en el árbol de mi esperanza.
Tú conoces mi debilidad, tú sabes de mi miseria
y de mi incapacidad para cualquier cosa.
No me abandones a mi voluntad,
tú que has hecho en mí cosas tan hermosas.
Asienta mi alma en tu amor
y haz enraizar sólidamente en ella tu amor,
a fin de que tú estés en mí y yo en ti,
y yo sea arropado por ese amor y yo o arrope
y lo guarde en mí y tú me mires,
Maestro, y yo merezca verte a través suyo,
ahora –como dijiste– como en un espejo y en enigma,
pero después en el amor absoluto,
a ti entero,que eres amor y que has merecido recibir este nombre.
(Simeón el nuevo teólogo)
LA MUERTE DE JESÚS (Parte 3)
¿Por qué murió Jesús?
1. Algunas ideas incorrectas
¿Por qué murió Jesús? A esta pregunta se le han dado –y se le siguen dando aún– muchas respuestas que hoy nos resultan incorrectas, o inaceptables, o cuando menos peligrosas. Señalo tres:
a) Jesús murió como expiación de nuestros pecados. Esta idea subyace a categorías como sacrificio, redención, expiación, víctima propiciatoria, víctima sustitutoria, satisfacción etc. Creo que hoy resulta incomprensible y absurdo decir que la muerte de Jesús es la expiación exigida por Dios a causa de nuestros pecados o la expiación exigida por nuestros pecados. Creo que esa manera de hablar desfigura gravemente la idea de pecado, la imagen de Dios y el sentido de la muerte de Jesús. Volveré a esta cuestión en el capítulo siguiente (en el próximo curso, si Dios quiere…).
b) Jesús murió por designio divino. También es un despropósito decir que la muerte de Jesús tuvo lugar para cumplir el designio eterno de Dios. Es aberrante afirmar que la muerte de Jesús (y cualquier muerte) es proyecto y voluntad de Dios. Dios no tiene otro proyecto y voluntad que la vida. Sabemos, eso sí, que en este mundo tal como es no es posible alcanzar la felicidad sino a través de luchas y de sufrimientos, y que no es posible engendrar vida sino a través de la muerte; pero es absurdo decir que las cosas son así porque Dios haya decidido y querido que sean así. Es mejor callar que dar este tipo de "explicaciones" al por qué del sufrimiento… Lo que afirma la fe es que, en los dolores y en la muerte de Jesús (y de toda criatura), Dios no está lejano y ajeno, sino que com-padece y comparte los dolores, para –desde la entraña misma del dolor y de la muerte– empujar y promover su proyecto de vida, su único proyecto. En la muerte de Jesús, mejor que en ninguna otra muerte, vemos los cristianos esa cercanía y solidaridad divina, y por eso miramos la muerte de Jesús como el gran signo de la victoria de la compasión sobre la injusticia y de la vida sobre la muerte.
c) Jesús murió porque el dolor y la muerte son valiosos en sí. Los cristianos hemos hecho a menudo una interpretación muy "dolorista" de la vida y de la historia, del sufrimiento y de la muerte: que si estamos en este mundo para sufrir, ya sea por voluntad eterna de Dios, ya sea en castigo de nuestros pecados; que si gracias al sufrimiento ganamos méritos ante Dios para nosotros mismos o para los demás; que si el sufrimiento y la muerte salvan; que si el sufrimiento y la muerte de Jesús son los que salvan; que si la cruz de Jesús es un mérito infinito… También esas ideas son irracionales. Lo precioso y valioso para Dios son la dicha y la vida, sobre todo la vida de los desdichados. El sufrimiento en sí no conlleva ningún mérito y, en cualquier caso, no nos salva el sufrimiento, y menos aún el mérito, sino el amor. Jesús nos ha manifestado a un Dios que ama la vida de los desdichados. Jesús murió precisamente porque amó la vida de los desdichados.
2. Jesús murió a consecuencia de su vida
¿Por qué murió Jesús? No murió por una fatalidad, ni por voluntad de Dios, ni por un error judicial. Jesús murió –mejor, le mataron– por la vida que llevó, por las opciones que hizo, por las cosas que enseñó. Murió a consecuencia de la vida. La vida de Jesús es lo que explica su muerte y su vida es donde se revela el sentido del término "salvación". Su vida es la que "salva". A juzgar por muchas teologías tradicionales (e incluso actuales), parecería que todo lo que hizo Jesús entre el nacimiento y la muerte carece de importancia, y que sólo son importantes su nacimiento y su muerte. Tampoco en el Credo se menciona absolutamente nada entre el nacimiento y la muerte…
Es en su vida donde nos revela a Dios. Y en su muerte, en la medida en que es consecuencia de su vida. Dios no envió a Jesús "para morir por nuestros pecados" ni "le hizo encarnarse para morir". A Jesús lo mataron, y lo mataron justamente por lo que hizo en su vida pública tan breve como apasionada. "La muerte de Jesús en cruz es la consecuencia de una vida en el servicio radical a la justicia y al amor; es secuela de su opción por los pobres y los desechados; de la opción por su pueblo, que sufría explotación y extorsión. En medio de un mundo malo, toda salida en favor de la justicia y del amor es arriesgar la vida" (E. Schillebeeckx).
Si Jesús se hubiera dedicado a contar cuentos bonitos del país de las maravillas, o si hubiera invitado a la gente únicamente a mirar a los lirios del campo, o si no hubiera sido más que un predicador romántico, dulce y manso, o si no hubiera hecho otra cosa sino enseñar bellas doctrinas acerca de Dios… ciertamente no lo hubieran matado. Pero Jesús tenía un talento especial para incitar y molestar, y resultó incómodo e intolerable para muchos: escribas, sacerdotes principales, saduceos ricos, autoridades romanas… Su mensaje y su conducta fueron absolutamente polémicos: fueron polémicas muchas de sus parábolas (la del padre misericordioso, la del buen samaritano, la del fariseo y el publicano…); fue polémica su enseñanza contra del dinero, su advertencia en contra de convertir a Dios en ganancia y la ganancia en Dios (“Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero": Mt 6,24); fue polémico frente a los ricos (“Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis tenido vuestra alegría!": Lc 6,24); fue polémico contra una religión que absolutiza el sábado, las normas de pureza, las tradiciones humanas y toda clase de doctrinas y normas (Mc 7,1-23); fue polémico frente a lo más sagrado de aquel sistema religioso: el templo.
En consecuencia, era inevitable el conflicto con los saduceos, los sacerdotes, los fariseos, los romanos, los familiares…Toda la vida de Jesús fue polémica. No es, pues, extraño que en los evangelios aparezca tantas veces discutiendo (Mc 2,1-3,6; Jn 7,11-36; 8). Y no es extraño que dijeran de él de todo, según consta en los evangelios: se dijo de él que estaba loco ( Mc 3,21; Jn 7,20), que era blasfemo (Mc 2,7; Jn 10,33), que era un hereje (Jn 8,48), que estaba poseído por Beelzebul (el jefe de los demonios) (Mc 3,22; Jn 8,48), que expulsaba los demonios por el poder de Beelzebul (Mt 9,34; 12,24; Lc 11,15), que era el mismísimo Beelzebul (Mt 10,25), que era comilón, borracho y amigo de pecadores (Mt 11,19), que era un embaucador (Mt 27,63-64; Jn 7,12.47), que era un sedicioso político (Lc 23,2.14).
Está muy claro: a Jesús lo detuvieron, juzgaron, condenaron y ejecutaron por su vida, sus enseñanzas y su conducta. Es decir, por razones históricas. Y hemos de mirar bien cuáles fueron esas razones históricas, para poder entender correctamente la afirmación de que murió "por nuestros pecados". Qué es el "pecado" aparece, en efecto, en esas razones históricas: el pecado no consiste en decir o hacer algo "contra Dios", sin relación con los asuntos históricos de este mundo; el pecado es siempre una realidad histórica; nunca se "peca" solamente o directamente "contra Dios": se "peca" contra Dios solamente cuando hacemos daño a la criatura, sea a nosotros mismos o sea a otr@s. En efecto, Dios no tiene otra causa ni otro honor que los de sus criaturas; no tiene más dolor ni dicha que los de sus criaturas.
Así pues, hemos de tener en cuenta esas razones históricas, para poder entender la muerte de Jesús teológicamente de una manera correcta. No vale aducir unas "razones teológicas" dejando de lado las razones históricas; pero tampoco vale dar razones teológicas "además" de razones históricas, como si fueran razones distintas. La historia y Dios no son realidades juxtapuestas, la una junto a la otra. Dios actúa en el corazón de la historia y del mundo, empujando desde dentro a la historia y al mundo hacia el reino. Es en la historia de Jesús donde se nos revela quién es Dios y cuál es su proyecto; es en las razones históricas de la muerte de Jesús donde se revela en qué consiste el pecado, y a qué conduce al mundo; y es en la historia y en la muerte de Jesús donde se nos revela que el proyecto de reino y la promesa de vida de Dios prevalecerán sobre todas las fuerzas contrarias.
Para orar
Cristo, el Resucitado,
contigo avanzamos de descubrimiento en descubrimiento.
Buscando lo que esperas de nosotros,
nuestra vida se abre al Espíritu Santo.
El hace que brote en nosotros
lo que ni siquiera nos atrevíamos a esperar.
Dios de paz,
tú no quieres para nosotros la tenaz inquietud,
sino un humilde arrepentimiento de corazón,
que es como un impulso de confianza
que nos permite depositar en ti nuestras faltas.
Y, poco a poco, descubrimos una paz del corazón en la luz interior del perdón.
Dios vivo, tú escondes nuestro pasado en el corazón de Cristo
y te ocuparás de nuestro futuro
(Taizé).
LA MUERTE DE JESÚS (Parte 4)
Jesús murió no murió por "razones teológicas" (designio de Dios, expiación de nuestros pecados, valor del sufrimiento…), sino por "razones históricas" claras: por la vida que llevó y por el mensaje que anunció. Y es en esas razones históricas donde habremos de ver la dimensión teológica de su muerte. De ahí la necesidad de determinar bien las razones históricas de Pilato, del Sanedrín, del pueblo… acompañados por una pregunta de fondo: ¿Dónde y cómo está Dios presente en esa oscura trama de razones que condujeron a Jesús –que siguen conduciendo a tantos– a la cruz cruel?
3. Las razones de Pilato
Confesamos en el Credo que Jesús "sufrió bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado y sepultado". ¿Qué pinta Poncio Pilato en el Credo? La mención de este nombre revela algo más que la época en la que murió Jesús; revela, sobre todo –para que no lo olvidemos nunca–, quién mató a Jesús y por qué lo hizo: lo mató el representante del imperio más grande de aquella época. Jesús había anunciado la liberación de Dios para los pequeños y los oprimidos, y de esta forma se había convertido en amenaza para el imperio. Y el imperio lo eliminó sin escrúpulo. Pero no, los cristianos no creemos que el imperio haya eliminado de este mundo a Jesús, que la lógica del imperio se haya impuesto al Dios defensor de los pequeños, que la fuerza del imperio pueda eliminar nunca la esperanza de los pobres.
El tribunal judío o Sanedrín tal vez llevó a cabo un primer interrogatorio a Jesús y presentó la acusación ante el tribunal romano, pero la responsabilidad directa de la muerte de Jesús carga sobre Pilato. Fue Pilato quien lo condenó a la cruz. Si lo hubieran condenado los judíos, no lo hubieran crucificado, sino lapidado. Pero, además, sabemos –y Jn 18,31 lo corrobora– que en aquella época el tribunal judío no poseía el "derecho de espada", es decir, la facultad de imponer o aplicar a nadie la pena de muerte [Aparentemente, hay dos excepciones: la muerte de Esteban por lapidación (Hch 7,54-60) y la ejecución de Santiago el hermano de Juan (Hch 12,2). Ahora bien, lo de Estaban fue un linchamiento sin juicio; en cuanto a Santiago, Herodes lo mató durante un vacío de poder romano, en un momento en que estaba vacante el puesto de prefecto (año 43-44 d.C.)].
Lo que ocurre es que en los evangelios –sobre todo en Mateo, Lucas y Juan– hay una evidente tendencia a exculpar a Pilato y a cargar toda la responsabilidad sobre el tribunal judío. Así, cuentan que la esposa de Pilato recibió una revelación para que librara a Jesús (Mt 27,19); Pilato afirma que ni él ni Herodes encuentran ninguna culpa en Jesús (Lc 23,4-16); Jesús mismo declara inocente a Pilato y culpa a los judíos (Jn 19,11); Pilato se limpia las manos (Mt 27,24-25). Sucede que en la época en que se redactan los evangelios, los cristianos están viviendo, por una parte, un grave enfrentamiento con los judíos, y por otra parte están extendiéndose en el imperio romano; en consecuencia, les interesa dejar en mal lugar a los judíos y ganarse la simpatía de los romanos (algunos escritos cristianos consideran mártir a Pilato, y la iglesia copta –de Egipto– llegó a declararle santo…).
Así pues, fue Pilato quien condenó a Jesús. ¿Y por qué? Evidentemente, por razones políticas. En la misma cruz solían clavar un rótulo en que se señalaba el delito por el que se condenaba al ajusticiado, y en el caso de Jesús el rótulo decía: "rey de los judíos". Según Lucas, presentaron contra él la siguiente acusación: "Hemos encontrado a este hombre alborotando a nuestra nación. Dice que no debemos pagar impuestos al César y afirma que él es el Mesías, el Rey" (Lc 23,2). Tales acusaciones no son verdaderas: es claro que Jesús no se presentó como mesías político. Pero es igualmente claro que Jesús suponía una amenaza real para el poder político. El reino de Dios que proclamaba Jesús no tenía nada que ver con el imperio romano; la paz que anunciaba Jesús no era de ningún modo la paz impuesta por el imperio por medio de la fuerza y del miedo; el Dios que anunciaba Jesús no podía aceptar el mundo construido por Roma, una sociedad dividida entre señores y siervos, una sociedad que vivía del sudor y de la sangre de los esclavos. Jesús hablaba una y otra vez de "reino/reinado", y esa palabra provocaba miedo e inmediatamente ponía alerta a las autoridades romanas (sucede a menudo que cuanto más poderoso se es, más miedo se tiene).
Los que lo acusan ante Pilato tienen, pues, razón en el fondo: "Todo el que se hace rey es enemigo del césar" (Jn 19,12); Jesús no se hizo rey, sino que anunció el reinado de Dios; ahora bien, el reinado de Dios que proclamaba era frontalmente opuesto al del emperador. Los romanos temían seguramente que Jesús organizara un movimiento revolucionario de pobres. No cabe duda de que suscitó en muchos sectores populares sueños de liberación (el relato de la "entrada en Jerusalén" en que una muchedumbre se reúne alrededor de Jesús con "vivas" y gritos tiene probablemente un fondo histórico: Mc 9,1-11). Los sueños de liberación de la población oprimida resultaron fatales para Jesús. En cualquier caso, Pilato no se equivocaba al considerar que Jesús era demasiado peligroso.
4. Las razones del Sanedrín
El Sanedrín era el tribunal judío compuesto de 70 miembros; estaba presidido por el Sumo Sacerdote y compuesto de sacerdotes principales, ancianos y escribas. No fue el Sanedrín el que condenó a Jesús, ni seguramente tampoco el que lo detuvo. Probablemente, ni siquiera se celebró un juicio propiamente dicho. Pero, sea como fuere, no cabe duda de que el Sanedrín tuvo parte: parece que fue suya la iniciativa de la detención de Jesús, que le hizo algún tipo de interrogatorio informal y que, al considerarlo culpable, lo entregaron a Pilato (todo esto concuerda con lo que escribe el historiador judío Flavio Josefo hacia el año 90 d.C.: "Cuando Pilato, después de que algunos de nuestros notables lo hubieran acusado, lo condenó a la cruz…").
¿Por qué procedió así el Sanedrín? No tanto por razones concretas, sino por razones más bien genéricas. No condenaron a Jesús porque éste hubiera cometido una blasfemia declarándose "hijo de Dios" o "ser divino" (Mc 14,61-64; Jn 19,7), pues Jesús nunca hizo tales declaraciones acerca de sí. Tampoco lo condenaron por el mero hecho de que Jesús se hubiera declarado mesías (Mc 14,61-62), pues eso no constituía delito. Tampoco lo condenaron simplemente por haber anunciado la destrucción del templo (Mc 15,57-58), pues la mayoría de los críticos del templo seguían vivos en Israel. Tampoco lo condenaron exactamente por ser "falso profeta" y "embaucador" (Jn 12,12.47; M7 27,63-64) (en el Talmud se dice que lo condenaron por ser mago y por haber engañado a Israel y haberlo empujado a la apostasía).
Todas esas razones intervinieron de alguna forma, pero no de manera formal y concreta. Así pues, ¿por qué lo condenaron? Lo condenaron por razones religiosas de tipo general de un lado, y por razones políticas de tipo pragmático de otro lado.
a) Razones religiosas de tipo general: Jesús frecuentaba malas compañías (especialmente en la mesa), mantenía una postura intolerable en relación con el sábado y las normas de pureza, manifestaba un "poder" y una autoridad provocadora (y se negaba a rendir cuentas a nadie; también ante el Sanedrín se callará: Mc 14,60-61), ofrecía el perdón de Dios a los pecadores, consideraba carentes de valor los sacrificios del templo y todo el sistema sacrificial, hacía frente a las autoridades religiosas y a los grupos religiosos principales… Ante todo eso, lo de menos son unas acciones o unas declaraciones concretas; eran su enseñanza y su comportamiento en general los que ponían en tela de juicio el sistema religioso por entero. Ésa era la principal "blasfemia". Y bastaba para tomar medidas, y había que hacerlo si se quería mantener en pie la religión tradicional.
b) Razones políticas de tipo pragmático: el equilibrio político entre judíos y romanos era muy frágil y, en caso de romperse, los judíos llevaban todas las de perder. Por ello, las autoridades judías de Jerusalén se empeñaban en mantener aquel difícil equilibrio con la autonomía política que conllevaba. Ahora bien, mucha gente había puesto en Jesús esperanzas mesiánicas, ambiciones de liberación –según Jn 6,14-15, le quisieron hacer rey–, y esto entrañaba un grave peligro político, como bien lo percibe y expresa el Sanedrín en el Evangelio de Juan: "Si le dejamos seguir así, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación" (Jn 11,48). También las autoridades judías ansiaban la independencia política, pero eran realistas: sabían que, en caso de producirse alguna revuelta o motín en la población, los romanos iban a intervenir para restringir la autonomía y los privilegios de que aún gozaban. Y tenían miedo (a decir verdad, en aquella situación a la clase judía más pudiente no le iban las cosas nada mal…). Más valía actuar antes de que fuera tarde.
Fue el gesto simbólico realizado por Jesús contra el templo el que ofreció seguramente al Sanedrín la excusa inmediata para tomar medidas contra él. El templo era para la clase judía alta (saduceos y sacerdotes principales) la fuente principal de riquezas y la base fundamental de privilegios. Y he aquí que Jesús expulsa a los vendedores del templo y habla de destrucción del templo… Ya no cabía esperar más.
5. Las razones del pueblo
Pero el templo no era únicamente el fundamento de los privilegios de la clase alta judía, sino que era también el soporte más importante de la autonomía del pueblo judío en general. Lo era sobre todo para la población de Jerusalén, pues casi todos sus habitantes vivían gracias a los peregrinos que acudían de todo el mundo al templo. Amenazar el templo era amenazar al pueblo. Es, pues, muy probable que buena parte del pueblo llano de Jerusalén se pusiera contra Jesús. Los evangelios exageran sin duda la hostilidad del pueblo, cuando lo presentan pidiendo la liberación de Barrabás (Mc 15,6-14), o gritando a una voz "¡Crucifícalo!" (Mc 15,13-14), con especial insistencia en el evangelio de Juan (Jn 19,6.15-16); en el Evangelio de Pedro es el pueblo el que se burla de Jesús, y no los romanos (7-9); y Mateo subraya con palabras muy duras la responsabilidad del pueblo: "¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte" (Mt 27,25). Evidentemente, todo el pueblo llano de Jerusalén no estaba contra Jesús (en Lucas se dice que grandes muchedumbres, muchas mujeres entre ellos, lamentaron su muerte: Lc 23,27). Entre las muchas barbaridades cometidas por los cristianos en estos dos mil años de historia, ocupan un lugar especial las cometidas contra los judíos: les hemos calificado como "deicidas", para así matarlos con conciencia limpia; los hemos considerados culpables de la cruz de Jesús, para así crucificarlos "justamente"; los hemos llamado "pérfidos judíos", para así perseguirlos más fácilmente. Y, para colmo, hemos enseñado que todas los males infligidos no eran más que el castigo que Dios les imponía por mano nuestra… Todo eso tiene mucho que ver con el odio secular contra los judíos, que desembocó en Auschwitz. Ha hecho bien la Iglesia en pedir perdón a los judíos, aunque lo haya hecho demasiado tarde (siempre es tarde y siempre es tiempo para pedir perdón). Por lo demás, no tiene sentido alguno endosar a los judíos posteriores la responsabilidad de la injusticia cometida contra Jesús (que, por cierto, era también judío); claro está, tampoco tiene sentido endosar a los cristianos de hoy las injusticias seculares cometidas por los cristianos contra los judíos; pero, en vistas a curar la memoria de los pueblos y de las instituciones, es bueno pedirse perdón unos a otros (y los cristianos tenemos mucho más de que pedir perdón a los judíos que los judíos a los cristianos).
De todos modos, no es sano andar a la búsqueda del culpable: ni en la historia, ni en el mundo, ni en nuestra propia conciencia. No hay que negar, silenciar o tapar las responsabilidades. Pero sin convertir la responsabilidad en "culpa". La culpa nos remite a un esquema jurídico; la responsabilidad constituye un esquema antropológico más rico (y más complejo). La culpa está ligada a individuos, mientras que la responsabilidad está ligada a una realidad compleja conformada inseparablemente por personas y estructuras. La culpa exige castigo, mientras la que responsabilidad pide transformación. Y eso es lo único que importa a Dios: que nos transformemos y transformemos el mundo, sin perder energías en forma de sentimiento de culpabilidad, procurando ser responsables de nosotros mismos y del mundo en paz y en confianza.
¿Fue culpa de Pilato? ¿Fue culpa del Sanedrín? ¿Fue culpa del pueblo llano? No tiene mucha importancia el determinar y delimitar exactamente las culpas y los culpables de la muerte de Jesús. Por otro lado, la responsabilidad de determinadas personas (o grupos) es inseparable de la situación histórica de aquella época. La muerte de Jesús fue consecuencia de las circunstancias y de las tensiones sociales, económicas, religiosas y políticas de aquel tiempo tanto como decisión de unas personas o de unos grupos concretos: Jesús "fue víctima de unos conflictos estructurales entre la ciudad y el campo, entre judíos y romanos, entre el pueblo y la aristocracia. Muchos sufrieron bajo esos conflictos" (G. Theissen).
6. Una nota sobre Judas
Aquí se puede situar también la traición de Judas. No cabe duda de que Judas, uno de los Doce, tuvo alguna intervención en la detención de Jesús, aunque no sean históricos todos los detalles (cf. Mc 14,10-13; 14,17-21; 14-43-45); que uno de los Doce entregó a Jesús no puede ser, básicamente, invención pospascual de los discípulos, pues es un hecho que los deja en muy mal lugar. Judas entregó tal vez a Jesús porque éste no respondía a las expectativas mesiánico-liberadoras que había puesto en él.
Las noticias sobre su muerte no son históricas; tenemos, por lo demás, dos relatos muy diferentes sobre su muerte: según Mt 27,3-10 se ahorcó; según Hch 1,16-20 "cayó luego de cabeza, y reventó y se le salieron las entrañas"(no parece tener ningún significado claro).
Los evangelios describen la figura de Judas con trazos muy sombríos, pero no justifican en absoluto las cosas que se han dicho sobre su "culpa" y su "condenación eterna". Los evangelios subrayan la responsabilidad histórica de Judas, no su "culpa jurídica", menos aun su "condena eterna". Y los creyentes afirmamos que la historia (lo mismo la de Judas que la de Pedro el traidor y la de los discípulos que huyen, así como la de todos nosotros que no somos mejores que ellos) está enteramente en manos de Dios y Dios la va haciendo, a pesar de todo, historia de salvación. Pero ¿y la historia de las autoridades judías y de Pilato y de todos los opresores y de todos los asesinos? También esa historia. Esperamos que Dios lo encaminará todo a su reino, aunque no sabemos cuándo ni cómo. Eso sí, lo hará a través de nosotros y a través de la propia creación. La libertad humana tan incipiente y frágil, y este mundo inacabado, Dios los va llevando poco a poco a su plenitud. Él no destina a nadie ni nada al cubo de basura, como no sea el miedo y sus frutos (codicia, cerrazón, egoísmo, desesperación…). Dios no tiene un cubo de basura para nada de lo que vive y es.
A esta perspectiva nos asoma un escrito cristiano muy antiguo (de comienzos del s. II), llamado Evangelio de Judas, descubierto en los años 70 y publicado por primera vez en el año 2006. Es un evangelio que pertenece a una de las corrientes cristianas gnósticas (el gnosticismo fue un movimiento muy vivo en la Iglesia desde comienzos del s. II). Algunas de sus ideas fundamentales:
1) Tenían una "teología de la salvación" muy diferente de la teología paulina de la expiación; la salvación es liberación interior a través del "conocimiento espiritual" o consciencia de la "esencia" divina que nos constituye;
2) No podían creer que el Dios que en la Biblia aparece con rasgos perversos (elige a unos y rechaza a otros, castiga, condena…) fuese el verdadero Dios;
3) Jesús es revelación del verdadero Dios universal y bueno…
El Evangelio de Judas ofrece una imagen de Judas antagónica a la imagen plasmada en los evangelios sinópticos y especialmente en Juan. Judas pasa a ser el predilecto de Jesús, el discípulo "espiritual" que conoce el verdadero ser de Jesús y le ayuda a liberarse definitivamente, más allá de esta vida mortal ilusoria. De ningún modo sugiero que se sustituya la lectura de los evangelios "canónicos" por los apócrifos: éstos (sobre todo los sinópticos) nos sitúan mucho más cerca del Jesús histórico que todos los apócrifos, aunque entre éstos hay enormes diferencias de antigüedad y contenido.
El Jesús de los pobres y de la esperanza del Reino no aparece en los apócrifos hoy conocidos. Pero éstos son prueba de la gran pluralidad cristiana de los primeros siglos y nos invitan, entre otras cosas, a relativizar algunos esquemas teológicos (por ejemplo, la expiación, la contraposición entre Dios-mundo…).
Para orar
UN DÍA ME MIRASTE
"El Señor se volvió y miró a Pedro"
Un día me mirastecomo
miraste a Pedro.
no te vieron mis ojos,
pero sentí que el cielo
bajaba hasta mis manos.
¡Qué lucha de silencios
libraron en la noche
tu amor y mi deseo!
Un día me miraste
y todavía siento la huella de ese llanto
que me abrasó por dentro.
Aún voy por los caminos
soñando aquel encuentro.
Un día me miraste
como miraste a Pedro
(Ernestina de Champourcín)
LA MUERTE DE JESÚS (Parte 5)
Del horror de la cruz nace la esperanza
Dedicaremos todo un capítulo –será ya en el próximo curso, allá por octubre…– a reflexionar sobre cómo nos "salva" la cruz. Pero al final de este capítulo presente, de enfoque más histórico, apunto el horizonte: en la horrible muerte de la cruz, donde la esperanza parece naufragar definitivamente, es precisamente donde la mirada creyente atisba una esperanza que es para todos y que no fallará.
1. La cruz, "la pena más cruel y terrible"
Pero no hemos de apresurarnos. Reconocer que la cruz es esperanza para todos no nos lleva a igualar a los crucificados y a los que crucifican. No debemos olvidar el horror de la cruz. Mirémoslo más de cerca.
La cruz era "la pena más cruel y terrible", según Cicerón; "la muerte más atroz", según Flavio Josefo. En primer lugar se azotaba al condenado (para escarmiento de la gente y debilitamiento del reo). Antes de ser crucificado, era despojado de todas sus ropas y clavado por las muñecas (no por las palmas de la mano) en el palo horizontal de la cruz; luego era izado sobre el poste vertical plantado en la tierra, y entonces le clavaban los dos pies al palo vertical con un solo clavo (como se ve en el esqueleto de un crucificado de aquella época que fue encontrado en 1968 cerca de Jerusalén). La agonía de los crucificados era larga y dolorosa. Los brazos abiertos, absolutamente impotente, gritando de dolor… Acababan muriendo de desangramiento y asfixia.
Así murió Jesús en la cruz. ¡Y tantos otros! (En el año 4 a.C., época en que nació Jesús, el capitán romano Quintilio Varro crucificó a 2.000, y fueron muchos los que corrieron las misma suerte después de Jesús; no así, al parecer, durante los años de su vida). No podemos olvidar la atrocidad de la muerte de Jesús. Sus gritos de dolor. La angustia de la soledad y de la asfixia.
2. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
Los tres evangelios sinópticos afirman que Jesús, al exhalar el último aliento, dio un gran grito (Mt 27,50; Mc 15,37; Lc 23,46). Ahora bien, en Lucas muere Jesús diciendo "Padre, en tus manos confío mi vida" (Lc 23, 46), y en Juan muere diciendo "Todo está cumplido" (Jn 19,30). En Mateo y en Marcos, sin embargo, pronuncia otras palabras muy distintas en el momento de su muerte: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). Son las palabras con las que comienza el Salmo 22. Palabras de angustia.
No importa que Jesús las haya pronunciado o no. Sin duda, profirió más de un grito de dolor y de angustia. El exegeta X. Léon-Dufour sostuvo, justamente, que las palabras angustiosas que Mateo y Marcos ponen en boca de Jesús son una explicitación e interpretación de un grito inarticulado de Jesús.
No hemos de suavizar excesivamente la carga de angustia de ese grito o de esas palabras. Es lo que hacen algunos sosteniendo que Jesús recitó enteramente el Salmo 22, que es un Salmo de confianza. Otros lo hacen sosteniendo que solamente la psicología humana de Jesús sintió la angustia, pero que la persona divina de Jesús estaba al mismo tiempo gozando de Dios… Ni los unos ni los otros toman en serio las palabras de angustia o el grito de angustia de Jesús. Y hay que tomarlas en serio.
Hay dos teólogos, entre otros, que interpretan estas palabras con radical seriedad teológica: J. Moltmann y H. U. von Balthasar. Moltmann las considera como expresión de que Jesús se siente absolutamente abandonado por Dios, y como expresión de la agonía de Dios mismo. Von Balthasar las comprende como expresión del infierno que el Hijo de Dios padece, el infierno destinado a los pecadores, el infierno de la total ausencia de Dios; el Hijo lo padece para que así ya no haya infierno para nadie más. Son maneras de decir que Jesús sufrió hasta el fin toda nuestra angustia, y que ahí se encarna la radical solidaridad de Dios con nuestro destino, y ésa es la razón última de nuestra esperanza. Jesús no murió sonriente como Buda, o sereno y dueño de sí como Sócrates, o triunfante como Mahoma. Murió solo y angustiado. En la duda angustiosa de si el Reino de Dios por él anunciado habrá fallado, de si todas las esperanzas habrán fracasado. Y lo más angustioso de todo: murió con la terrible sensación de que su querido Dios, a quien tiernamente llamaba Abbá, lo ha abandonado y olvidado. El que a tanta gente hizo sentir que el cielo estaba de nuevo abierto siente que el cielo se cierra, que Dios calla, que Dios no aparece… Pero ¿no será precisamente ésa la palabra y la revelación suprema de Jesús –y de Dios–? ¿No es precisamente ahí donde se nos revela que Dios nos acompaña en todas nuestras angustias y ansiedades, no pronunciando palabras fáciles, sino sufriendo en silencio nuestra angustia? La angustia de Jesús en la cruz ¿no puede ser mirada como expresión del amor poderoso de Dios y convertirse así en sostén de nuestra confianza?
3. "Descendió a los infiernos"
La afirmación más extraña del Credo es que "descendió a los infiernos". Al principio, el término infierno significaba sin más "morada de los muertos" (como sheol en hebreo y hades en griego), y se pensaba que dicha morada se encontraba en el interior de la tierra, "abajo". Así pues, decir que Jesús "descendió al infierno" equivaldría a decir simplemente que murió, que compartió la suerte de los muertos.
¿Simplemente eso? Significa más: significa la esperanza para los muertos. Que Jesús se hubiera convertido en "compañero" y solidario de los muertos era una buena noticia para los muertos, al igual que la solidaridad de Jesús con los crucificados se convirtió en buena noticia para los crucificados. La solidaridad de Jesús en la muerte se convierte para los cristianos en esperanza para los muertos: y lo expresarán diciendo que, al morir Jesús, "fue a anunciar la salvación a todos los que estaban prisioneros" (1 P 3,19).
Pero ¿"fue" a anunciar la salvación solamente a los muertos justos o a todos los muertos, también a los injustos? La carta de Pedro asegura que fue a anunciar la salvación a todos los muertos, también a los injustos: "a aquellos que en otro tiempo habían sido incrédulos" (1 P 3,20). Justamente, a partir de la Edad Media, la palabra infierno significa "lugar de los condenados", y no solamente "lugar de los muertos". Según eso, decir que Jesús "descendió a los infiernos" significaría que Jesús se convirtió en buena noticia de salvación para todos los condenados. Aun cuando el ser humano se aleje de Dios del todo, Dios sigue acompañándolo. Al injusto más injusto y al condenado más condenado, Dios lo toma de la mano con toda dulzura, y le dice de todo corazón: "Levántate, vive, yo no te condeno. No te condenaré jamás".
4. "Perdónales, porque no saben lo que hacen"
La cruz de Jesús, más que ninguna otra cosa, es, por consiguiente, la que nos mueve a esperar que Dios conducirá a todas sus criaturas a su reino de felicidad. Que a todos los que comparten la cruz de Jesús los llevará también a compartir su reino. Que también al "mal" ladrón de la izquierda le ablandará el corazón, para que diga a Jesús: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Y que Jesús le dirá también a él, como al "buen" ladrón: "En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,42-43). Y que al final no habrá separación entre crucificados buenos y crucificados malos…
¿Y los que crucifican? Jesús crucificado nos lleva a esperar que también para los que crucifican la última palabra será el perdón. Es lo que expresa Lucas poniendo en boca de Jesús crucificado aquellas hermosas palabras: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). El perdón, no el castigo, los hará buenos. Y al final de todo, por duro que esto nos parezca, tampoco existirá la separación que hoy se da (y debe darse) entre los crucificados y los que crucifican. Por fin, la cruz cruel y terrible de Jesús nos abre esa esperanza sin límite.
5. Hasta decir que
Así pues, aun siendo la cruz tan absurda y terrible, tan antidivina, la mirada del creyente descubre en ella el rayo de la esperanza. Más aún, es en ella donde descubre ante todo el rayo de la esperanza: que en el reino ya no habrá más cruz, ni crucificado ni quien crucifique. Por eso llega el creyente a llamar a la cruz de Jesús "gloriosa" y "salvadora". Es la cruz de Jesús la que, en último término, nos dice a los cristianos que la bondad de Dios vencerá y convertirá todas nuestras maldades, que la voluntad de vida de Dios se impondrá a nuestra loca pasión de matar, la justicia de Dios a nuestras injusticias, la dulce paz de Dios a nuestras luchas amargas.
Y por eso llegaron los cristianos a decir que la cruz de Jesús es "voluntad de Dios". Hay que entenderlo bien: la cruz es ciertamente lo más contrario a la voluntad de Dios, pero a la vez es en ella donde mejor se nos ha puesto de manifiesto el querer de Dios, la voluntad de Dios que es únicamente voluntad de vida y de felicidad, y la esperanza de que esa voluntad de Dios no será vencida por la cruz, sino que prevalece sobre ella.
Y por eso llegaron los cristianos a decir que no fueron solamente Pilato y el Sanedrín y Judas y Pedro los que entregaron a Jesús, sino que Jesús mismo "se entregó" por nosotros (Gal 2,20), más aun, que Dios mismo "entregó" a Jesús a la cruz (Rm 8,32). Son lenguajes equívocos y peligrosos, ligados a una ideología de la expiación que nosotros ya no podemos aceptar. ¿Cómo entender esas expresiones? Como maneras de decir algo que puede seguir teniendo pleno sentido para nosotros: que en la vida y –por lo tanto– en la cruz de Jesús, se nos ha dado Dios mismo, como solidaridad absoluta con todos nuestros sufrimientos y muertes, y como fundamento eterno de nuestras esperanzas.
Para orar. Una oración al Espíritu Santo
Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna.
Ven, tesoro innombrable.Ven, realidad inefable.
Ven, persona inconcebible.Ven, gozo perpetuo.
Ven,. luz sin ocaso.Ven, espera infalible de los que anhelan la salvación.
Ven, despertar de los que yacen.
Ven, resurrección los muertos.
Ven, oh poderoso que todo lo haces,
lo cambias y lo transformas siempre a tu voluntad.
Ven, oh invisible y totalmente intangible e impalpable.
Ven, tú que siempre permaneces inamovible
y en cada momento todo entero te mueves
y vienes a nosotros que yacemos en el infierno,
oh tú que estás más allá de todos los cielos.
Ven, oh Nombre amadísimo e invocado por todas partes,
del cual no podemos en absoluto expresar el ser o conocer la naturaleza.
Ven, gozo eterno. Ven, corona inmarcesible.
Ven, púrpura del gran Rey y Dios nuestro.
Ven, cintura cristalina y de piedras preciosas.
Ven, sandalia inaccesible. Ven, diestra real y purpúrea y soberana.
Ven, tú al que ha deseado y desea mi alma miserable.
Ven tú solo al que está solo, porque, como ves, solo estoy.
Ven, tú que me has separado de todo y me has creado solo sobre la tierra.
Ven, tú que te has convertido en mí en deseo y me has hecho desearte,
a ti que eres por completo inaccesible.
Ven, mi aliento y mi vida. Ven. consuelo de mi pobre alma.
Ven, mi gozo, mi gloria, mi delicia sin fin.
(Simeón el Nuevo Teólogo)