Iosu Moracho, en nombre del Comité Cristiano de Solidaridad con América Latina
El 12 de enero, en Haití, la gente se levantó de madrugada, como todos los días, y se fue a la vida. Pero a media tarde, a las cinco menos diez -los colegios cierran a las cinco-, la tierra se estremeció con dolores de parto, y el terremoto despertó todos los gritos y todos los llantos.
La tierra en la que uno nace es una piel amada; cuando tiembla, esa piel se desgarra y esa ruptura llega hasta el corazón. Haití es hoy un corazón roto, un corazón desolado.
Sólo desde el silencio desgarrador de la vivencia de la intemperie se puede estremecer solidariamente nuestro corazón.
Ayer Haití no existía. Los invisibles nunca existen cuando el río no suena. Hoy, dicen, Haití ya no existe. Ya no… Y, sin embargo, Haití sí existe. Dolor y miseria. Dignidad. Humanidad a gritos. Latido profundo de la tierra que gime.
¡Ay de ti y de mí si Haití no existiera!
La escucha profunda del dolor nos ha permitido tocar la pobreza con la punta de los dedos. Haití: ¡corazón herido de muerte y de humanidad!
Entre las piedras, el latir de la vida, la inmediatez del otro, el hermano de lejos tocando el alma del hermano de cerca. El de lejos… ése que alumbra una piel negra que brilla bajo el sol.
Desde este primer mundo, en silencio, miramos a Haití. No podemos dejar de sentirnos responsables.
Para que otro Haití, distinto al que era y al que es, sea posible, este primer mundo necesita cambiar su corazón. Este primer mundo necesita cambiar sus estructuras y sus andamiajes. Desde la vieja Europa miramos por la ventana y soñamos. Nada hay más educativo que mirar desde las ventanas. Luego, bajamos a la calle para reconocernos en el día a día. Lejos, el tambor de la tierra tiembla. La tierra se abre. Sus entrañas se desgarran. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios en Haití? Y alguien señala. Está ahí, enterrado, bajo los escombros de esa escuela en la que ayer estudiaban trescientos niños que soñaban un mundo mejor y miraban la vida por las ventanas.
Haití sí existe. Haití sí existe… Es catástrofe de la naturaleza, catástrofe de la historia, escándalo de nuestra miseria y oportunidad de cambiar nuestro corazón de piedra por otro hecho de ternura y solidaridad.
Sólo echando raíces entre los pobres podremos sujetar la tierra para que no tiemble. El Dios de la vida no puede dejar de escuchar el lamento del mundo y el grito desolado de los haitianos…