DOMINGO 3º (A) Fray Marcos?

(Is 9,14) «El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande.»

(I Cor 1,10-17) «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro…»

(Mt 4,12-23) «Convertíos, porque esta cerca el Reinado de los Cielos.»

El Reino de Dios no es nada concreto, en una atmosfera que me empapa. Por eso los evangelios no pueden decirnos en qué consiste.

Es muy importante para Mateo dejar claro que Jesús comienza su actividad lejos de Jerusalén, del templo, de las autoridades religiosas, desligando la actividad de Jesús de toda conexión con la institución. Pero a la vez, quiere dejar claro que la predicación de Jesús es continuación de la de Juan, iniciando las dos con la misma frase: “Arrepentíos porque está cerca el Reino de los cielos”. Nos limitaremos a desgranar esta frase.

Arrepentíos. La primera palabra es ya una trampa difícil de superar. El primer significado del “metanoeo” griego no es arrepentirse ni hacer penitencia sino cambiar de opinión, rectificar, cambiar de mentalidad. Si cambias de mentalidad, cambiarás el rumbo de toda tu vida. Sería ir más allá de lo que ahora tienes en la mente. Al traducirlo por arrepentirse, damos por supuesto que la actitud anterior era pecaminosa. Pero también se puede y se debe cambiar de una opinión buena a otra mejor. Por no tener esto en cuenta, estamos convencidos que solo se tiene que convertir el “pecador”.

Todos tenemos que estar cambiando de mentalidad todos los días. Convertirse es rectificar la dirección que llevo, cuando me he dado cuenta de que la meta no está en la dirección que llevo. La meta será la plenitud de humanidad, que es mi tarea. Debemos tener en cuenta que muchas veces no es posible descubrir que una senda es equivocada, hasta que no la hemos recorrido. Por eso el rectificar es de sabios, como decían los antiguos. El mayor peligro es creer que no tengo nada que rectificar. Por muy clara que tengamos la meta, siempre podemos descubrir otra más ajustada.

Está cerca el Reino. Para ver la dificultad de esta idea basta recordar algún texto de los evangelios: no está aquí ni está allá, está dentro de vosotros; mi Reino no es de este mundo; Jesús nunca llama a Dios Rey sino mi Padre; habla del Reino de Dios y de su Reino. Me encanta reflexionar sobre las contradicciones del evangelio porque nos obligan a no tomar ninguna formulación como absoluta. Está aquí y no está. Los primeros cristianos decían: ya pero todavía ano. Esta aparente contradicción nos obliga a no dar por definitiva ninguna de las definiciones que podemos aplicarle.

Reino de los Cielos. Los demás evangelis­tas (también alguna vez Mateo) hablan de «el Reino de Dios». Las dos fórmulas expresan la misma realidad. A los judíos les resultaba violento emplear la palabra Dios y empleaban circunloquios para evitarla. Uno de ellos era la expresión “los Cielos”. Sería el ámbito de lo divino. En el NT, fuera de los evangelios, se habla del Reino de Cristo. Expresión muy peligrosa porque nos induce pensar que Jesús es la meta y olvidarnos que Jesús nunca se predicó a sí mismo.

Es imposible concretar lo que es el Reino de Dios porque no es nada concreto. Todo lenguaje sobre Dios es analógico, metafórico, simbólico. En el evangelio nunca se define, pero podemos asegurar que el núcleo de la predicación de Jesús fue «El Reinado», acentuando la presencia liberadora de Dios. Lo contrario del Reino de Dios no es el reino de Herodes sino el  “ego-ismo”. Si no reina el amor no hay Reino de Dios. La predicación de Jesús fue fruto de una profunda experiencia, que tuvo como punto de partida su religión, pero que la superó. Jesús fue la fiel manifestación del Reino que es Dios.

La palabra griega “basileia” se refiere en primer lugar, la prerrogativa del monarca, pero también significa reinado es decir el poder ejercido por el monarca. Puede significar por fin reino, es decir, el territorio o el conjunto de los súbditos. Aunque encontramos decenas de imágenes en los evangelios, nunca se explica su significado concreto. Seguramente se fue desvelando a través de su vida. Pudo partir del significado que tenía para los judíos de su tiempo y que se fuera enriqueciendo con su experiencia. También es probable que pensara en una llegada inmediata de ese Reino.      

Es imposible entender esta expresión si no salimos de la idea de un dios soberano, todopoderoso que desde su trono del cielo gobierna el universo. Mientras no superemos ese dios mítico no habrá manera de entender el mensaje de Jesús. Dios es Espíritu. Cuando decimos: Reina la paz, reina la oscuridad o reina el amor, no pensamos en entes que dominan alguna parte de la realidad sino en un ámbito, en el que se desarrolla algo.      

Reinado de Dios, quiere decir que el ser humano desarrolla lo que tiene de espiritual, de divino. Significa que el ámbito de lo divino está presente en él y constituye su esencia y su fundamento propio. El Reino es una atmósfera en que las relaciones profundamente humanas con uno mismo, con los demás y con las cosas se despliegan en total armonía. Juan Dijo: Él bautizará con Espíritu Santo. Siempre que el hombre se deja mover por el Espíritu y actúa desde él, está haciendo presente el Reino.

No se trata de que Dios, en un momento determinado de la historia, haya decidido establecer una relación nueva con los hombres. Con la venida de Jesús no ha cambiado nada por parte de Dios. Él ha estado siempre inundándolo todo. Lo que ha cambiado es la toma de conciencia por parte de Jesús de esa realidad. Entrar en el Reino es tomar conciencia de esa realidad de Dios en mí y actuar en consecuencia. La dinámica del Reino se despliega de dentro a fuera, no imponiendo unas normas obligatorias.

En el evangelio de hoy está muy clara esta dinámica. Primero Jesús hace su propuesta, pero termina diciendo que, eso que decía, lo practicaba. “Y recorría toda Galilea enseñando en la sinagogas y proclamando la buena noticia del Reino, curando todas las enfermedades”. Un cristianismo que no me empuje a darme a los demás, no tiene nada que ver con Jesús. El Reino lo manifiesta el que cura, no en el curado. Es Jesús al preocuparse del débil quien hace presente a Dios, no el ciego cuando dejan de serlo.

El Reinado de Dios, significa la radical fidelidad y entrega de Dios al hombre. La realidad primera de ese Reino la constituye Dios que se funde con cada ser humano. No es una realidad que hace referencia en primer lugar al hombre, sino a Dios. El hombre debe descubrirla y vivirla. Dios no hace un favor al hombre, sino que responde a su ser, que es amor. Esto sí que es una “buena noticia”. El Reino de Dios surge cuando despliego mi verdadero ser, que no es ni materia ni espíritu sino ambos cosas a la vez.

El hombre, para ser fiel a Dios no tiene que renunciar a sí mismo, al contrario, la única manera de ser él mismo, es descubrir lo que Dios es en él. Por eso no puede haber otra perspectiva para el ser humano. En cuanto pone su fin fuera de Dios (fuera de si mismo), el hombre falla estrepitosamente a su verdadero ser y no hay ya posibilidad de ser fiel ni a Dios ni a sí mismo. Solamente si soy fiel a mí mismo puedo ser fiel a Dios. La plenitud de humanidad, en Jesús y en nosotros, es lo divino que nos empapa.

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