| DOMINGO XVIII DEL ORDINARIO. 1 de agosto de 2010 |
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Lecturas: PRIMERAS IDEAS Pocas veces en la liturgia (en domingo, esta exclusivamente) leemos el librito del Qohelet o Eclesiastés, el hombre de la asamblea, el predicador de oficio. Libro breve, pero incómodo y singular en el conjunto de las Escrituras. A penas habla de Dios, más bien lo cita, y mantiene posturas nada entusiastas sobre la vida y sus valores. Todo, en nombre de su propia experiencia. Literariamente, un libro trabajado y bello. Su tesis fundamental, que todo es “vanidad”. Y dice que lo ha investigado concienzudamente. Ya la misma palabra “vanidad” es inexacta. Sería también vacío, inconsistencia, sinsentido. Se atreve a hablar de riqueza, placer, longevidad, sabiduría, de la naturaleza y el mundo, del tiempo y su recurso, de sí mismo. El resumen siempre idéntico: carece de peso, no tiene consistencia, no merece la pena ni el esfuerzo. Terminan de igual forma el humano y el animal. Los sabios de Israel son en general optimistas y contemplan la creación con muy buenos ojos. De esta tradición se apartan Qohelet y el libro de Job. La fe cristiana y este escepticismo vital ¿pueden mantener buena relación? Por principio habrá que afirmarla, ya que el libro forma parte del conjunto de las Escrituras y tras sus textos decimos sin excepción “palabra de Dios”. Pero no es frecuente entre cristianos. El triunfo final, apocalíptico, de Dios tiñe las visiones cristianas de la historia con el tono luminoso de ese final. No tiene por qué ser así. Se pueden mantener posturas negativas sobre el pretendido orden de la naturaleza o sobre esa entelequia del progreso continuo -o discontinuo-, aceptar como falsa la vieja pretensión de la unión de causas y efectos para interpretar cuando sucede; creer que nuestras expectativas de conocimiento condicionan todo pensamiento; en una palabra, no encontrar sentido al conjunto de la creación -quizá sin negarlo- y mantener la confianza en Dios y su misterio inalcanzable. Para Qohelet (y para Job) lo que invalida toda pretensión de racionalidad en el discurso religioso será siempre la pertinaz experiencia de que los malos triunfan y los justos no. Desde ahí, intentar la concordia entre experiencia de Dios e historia será siempre un esfuerzo sobrehumano y estéril. Con Qohelet, palabra de Dios, en la mano, escépticos y pesimistas, junto con suspicaces a tanto profetismo (anuncio por causas y efectos), tienen pleno derecho a decirse creyentes en el Dios de Jesús, que resucita a los muertos o saca de las piedras hijos de Abrahán. Cualquiera de esas cosas no es predecible, ni se atiene a parámetros de racionalidad. Desde las palabras de Jesús del comienzo del evangelio, podemos replantear el viejo asunto de si los comportamientos cristianos se encuentran en el evangelio para su aplicación directa o han de ser deducidos de sus principios. Si se trata de una moral de normas o una de principios y horizontes de referencia. Parece claro que, desde esas palabras de hoy, la respuesta es la segunda, de horizontes, incluso utopías, desde las que buscar una concreción. TEXTOS Y CONTEXTOS 1ª lec, texto demasiado breve, espigado al principio del libro. El comienzo es la tesis fundamental del mismo. Lo aplica al trabajo, como en el resto del libro a otros temas. Pero la conclusión se mantiene siempre en los términos del inicio: vanidad con cansancio y sufrimiento. Forma parte de los libros sapienciales, pero cuestiona por completo la sabiduría tradicional. 2ª lec de la carta a los de Colosas. Tras explicar los peligros que acechan a la comunidad (Col 2), expone ahora el desarrollo de la vida cristiana. Parte del bautismo (por eso es texto bien conocido y con resonancias de la noche de Pascua), desarrolla la vida bautismal como combate entre el “hombre viejo” y el “hombre nuevo”, y concluye en la comunión de todos, sin diferencia alguna, en Dios. 3ª lec del evangelio de Lc. Un texto y parábola exclusivamente suyos, pero insertados en otros, conocidos del resto de sinópticos que exhortan a la confianza en Dios sin miedo y libres de ataduras. El evangelio de hoy es un intercalado en esos temas para amplificar el de pobreza y riqueza, tan cuidado por este evangelio. El mejor resumen, el del final: Necio, lo acumulado, ¿de quién será? Pues lo mismo el que acumula riquezas para sí y no es rico ante Dios. PARA UNA POSIBLE HOMILÍA Nuestro hombre del evangelio de hoy era sensato, calculador y ambicioso. Pero, o no conocía o, entre números y negocios, se le había olvidado, el libro del Qohelet: la muerte no tiene miramientos, es absolutamente imprevisible, nos iguala a todos, incluyendo a los animales. Nuestro hombre de la parábola ha trabajado con sabiduría y acierto, pero, sin sospecharlo, ha de dejar su porción a uno que no lo ha trabajado. Eso es vanidad y grave desgracia. No le ha servido la vida para nada, la ha perdido. Amigos y hermanos, ¿para qué vivimos? El de la parábola prosperó tanto, le fue todo tan bien, que no le cabían las cosechas y hubo de pensar en ampliación de naves y negocios. No sólo en eso, es que pensó también en el tiempo siguiente a la ampliación, y tuvo claro que viviría muy bien, con auténtica calidad de vida. Se le olvidaba que todo es vanidad y una muerte repentina, un accidente, un ictus de tantos, invalidaría toda la operación. ¿Con qué llenamos nuestros días, qué motivos nos impulsan a vivir? En la parábola, una constante de ayer y hoy y siempre: la riqueza, la acumulación que sobrepasa con mucho lo necesario. Nos excusamos arguyendo previsiones, seguridades y hasta herencias (para otros, diría Qo). Amontonamos más de lo que gastamos, incluso de lo que podríamos gastar. Es intrigante y nunca logra quedar explicada esa actitud. Pero no cede y es constante y universal. La riqueza proporciona fama y prestigio, honorabilidad, sensación de éxito, cosas todas deseables y legítimas. ¿Si todas esos acompañantes de la riqueza los pusiéramos en Dios? ¿Si prestigio, éxito, honor lo colocáramos en él? ¿Con qué ocupamos la vida, qué nos mueve e interesa en el vivir? S. Pablo nos propone otra cosa: vivir en la constante innovación, invención casi, de nosotros mismos. Ir marginando todo eso que nos hace tan antiguos e ir encontrando lo que nos hace nuevos y sorprendentes ante nosotros y Dios. Hacer la vida, despreocupados del dinero y de sus aliados, la fama y prestigio, la seguridad, la acumulación de todo. Vivir sin apetencias y ambiciones, en la conquista de una preciosa libertad, de ese ser lo mejor que nosotros mismos llevamos ya dentro. Vivir como seguidores de Jesús, atentos siempre al Espíritu que nos habita. La riqueza y la acumulación arrastran inseparablemente separaciones y distinciones. Ninguna riqueza, salvo en su proceso de destrucción, genera solidaridad y humanidad. Sólo alejados de la acumulación de los bienes, negándola expresamente, judíos y gentiles, paganos y creyentes, esclavos y libres, podremos comenzar a aproximarnos y unirnos de verdad. Vivimos bajo amenaza, según Qo y Lc. No lo podemos olvidar, sobre todo con el dinero entre las manos. Ni olvidados de la muerte ni obsesionados por ella. Conocemos que todo es limitado e incontrolable, que el vacío lo hemos de llenar nosotros en nuestro propio vivir. Nuestro atolondramiento no deja en ocasiones ni calcular, como el hombre de la parábola. Nuestras prisas obstruyen la reflexión sobre la propia vida. Lo cierto es que sólo destruimos el sinsentido, construyendo nosotros un sentido, el que vamos descubriendo y haciendo real día a día. No olvidemos la propuesta de hoy de sacar novedad y valor de lo viejo que acumulamos. Así nos hacemos ricos ante Dios. Contando con los pequeños placeres, con las desilusiones y la muerte, ¿cómo vivir bautizados? ¿Cómo hacerlo en el recuerdo de Jesús? Preguntas constantes y demasiado profundas y complejas. Las respondemos hasta sin darnos cuenta, pues el simple vivir de todos los días las responde. Ricos, ¿ante quién? Llenos, ¿para quién? La vida que vas viviendo, ¿para quién será? J. Javier Lizaur
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