Algunas orientaciones para nuestro descanso estival
Confío en que disfruteis del verano, con esta lectura del Centro Ellacuría, de julio de 2005:
El verano es tiempo de descanso, ocasión para cobrar distancia sobre lo vivido a lo largo del año y disfrutar de las personas, de la naturaleza, de Dios. Os proponemos en este breve artículo algunos ejes que puedan estructurar el sentido de nuestro descanso:
– Tiempo para dejar a las cosas que sean y gozar con ellas, para permitir también que lo humano nuestro se desvele y resplandezca. Un espacio para cultivar activamente la pasividad.
– Tiempo para los demás, para disfrutar de las relaciones humanas, para celebrar y acrecentar la unión fraterna, para saborear alegrías y tristezas ajenas.
– Tiempo para Dios, para asomarnos al misterio que late en lo profundo de la vida y rendirnos ante él, para descalzarnos ante lo sagrado y contemplar.
Cuidar de las cosas y cuidar de mí
“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré...”, Mt 11, 28.
“Muy de madrugada se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí estuvo rezando” Mc 1, 35.
Tal vez la contemplación del modo de descansar de Jesús nos ayude a orientar adecuadamente el nuestro:
– Puede ser efectivamente un tiempo para reparar nuestras fuerzas, para reposar y recuperar nuestro ritmo vital. Dormir, pasear, leer plácidamente, escuchar, dejar a las cosas que sean, practicar una saludable pasividad. Tal vez para ello necesitemos aprender a perder el tiempo en actividades no productivas, pero sobre las que se apoya todo biografía que valga la pena construir.
– Puede ser también un tiempo para contactar con nuestro propio cuerpo, para dejar que nos hable de sus tensiones, de sus miedos, de sus heridas y sufrimientos, de sus alegrías, de su armonía o de su ruptura interna... Cuidarlo como calladamente nos sugiere. Probablemente para ello necesitemos paciencia y silencio. ¿Descansar así no será hasta cierto punto un arte?
– Por último, como Jesús haría al final de su día, el descanso es un momento privilegiado para dejar posar los acontecimientos, para repasar rostros, encuentros, decisiones, actitudes... una ocasión para el agradecimiento de lo vivido, para la reconciliación con lo no deseado, pero que forma parte inseparable de mí, para recordar –volver a pasar por el corazón– lo vivido. Podemos recuperar la armonía y alcanzar una mayor profundidad en nuestra vida, una mayor sabiduría, pero para eso deberemos hacer como María, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.
En ese sentido, la dimensión de cuidado de uno mismo me ayudará a integrar más mi vida, a construir más historia personal, más sujeto, más itinerario. Retorno mejor instrumento. Esa es una de las mayores contribuciones que podemos hacer en el seguimiento. Cuando yo crezco, el Reino también lo hace.
Cuidar de los demás
“Jesús... fue a Betania, donde estaba Lázaro,... Allí le ofrecieron una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales...”, Jn 12, 1–8.
El tiempo de descanso, en relación a los otros, bien puede ser una ocasión para la subversión de valores:
– Frente al utilitarismo de las relaciones, un espacio para disfrutar con las personas, para reír, jugar e interesarme por ellas, sin mirar el reloj, sin temor de perder el tiempo, porque, vivido así, sólo es ganancia. Algo de esto que probablemente sabía bien hacer Jesús y que pondría en juego con sus amigos, en aquellos lugares como Betania a los que acudía.
– ¿No será también tiempo para estar más atento a las necesidades de los que me rodean, para preguntarme cómo se encuentran, para com-placerles, hacer que se sientan bien? En ese sentido, mi descanso puede ser también descanso para otros, una alegría para mí, pero también para los que me rodean. Si en lo laboral vivo primordialmente en función del trabajo, en lo vacacional puedo vivir en función de los demás. Tiempo para el servicio.
– Es también un momento para cultivar la sencillez, para hablar con todos sin los roles sociales que me constriñen en el ámbito profesional desde la humildad universal de lo humano. Tiempo para acercarme sin barreras, para caminar en zapatillas, como por casa, que es el mejor modo de que otros también se sientan así.
Así, el descanso puede ser comprendido como un momento en donde cultivo sin estridencias los valores de la gratuidad: el disfrute junto a otros de lo pequeño, el servicio mutuo y la natural sencillez, valores subversivos en el sentido más amplio de la palabra, pues sobre ellos pueden edificarse nuevos modos de relación, opuestos a los que priman en nuestra sociedad del individualismo, la competitividad y la búsqueda del éxito.
Cuidar de Dios y lo suyo. Dejarse querer por él
“¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros y no lo oyeron”, Lc 10, 24.
Tenemos necesidad en este tiempo de volver hacia Dios el rostro:
– Dedicándole tiempo, espacio, lugar en mi vida para estar gratuitamente con él, para disfrutar de su presencia en mi vida, para respirarlo y gozarlo. El descanso puede favorecer de modo especial el cultivo de la mirada profunda sobre la vida, que nos permite descubrir en ella sus aspectos esenciales, tantas veces ocultos, el tinte de amor que cobra la realidad cuando nos asomamos a ella en sintonía con lo divino.
– Descanso para celebrar con pasión lo sagrado de nuestra existencia: la amistad, la entrega y el sacrificio, los recuerdos alegres o tristes del pasado, los encuentros, el misterio de la vida al que nos acercamos desde los símbolos que convocamos en nuestras fiestas.
– Tiempo para contemplar la naturaleza, para dejarse deslumbrar por sus excesos, por su armonía y su suavidad, para permitir que su sabiduría y sus milagros nos invadan, para penetrar en el misterio de amor que encierra. Eso puede ser un bálsamo en medio de nuestras urbanizaciones tantas veces hedonistas, aislantes, autosuficientes, contaminadas e inaccesibles.
De este modo el descanso también puede constituir un tiempo privilegiado para tratar con el Señor, para alegrarme con su presencia, para hacerle hueco en una vida que muchas veces tiene demasiadas ocupaciones y a la que le falta reposo y quietud para gozar del sentido de las cosas y los acontecimientos.