| DOMINGO XVI DEL ORDINARIO. Ciclo C. 18 de julio de 2010 |
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Lecturas PRIMERAS IDEAS Las lecturas 1 y 3 nos traen resonancias de contemplación. Esa cosa tan alta y tan sencilla, pero que impone a muchos y dejamos a resguardado como para sólo unos privilegiados. Todas la religiones y todos los saberes o filosofías la tienen en alta estima y hasta nacen de ella. Contemplar, admirar y, de ahí, todo lo que venga con ello. Proceso algo distinto del aprender y profundizar para sólo más tarde descubrir si queda algo que contemplar. Acerquemos la contemplación a la vida de fe y a la vida ordinaria de los humanos. Perdiéndole el miedo. Se trata de una sencilla detención en las cosas que conduzca a descubrir lo descubierto. Ese alto leve, emocionado quizá, en las cosas nos coloca en contemplación. La tradición más oriental de los iconos trata, entre otras cosas, de acercar a la contemplación y aproximarnos al misterio. Hoy, la 1ª lec es el icono de la Trinidad de Rublev, ya tan conocido. (Hay excelentes estudios sobre esta obra.) Digo que la lectura es icono del cuadro, como el cuadro lo es de la lectura, porque las dos obras de arte buscan rastrear el inmenso misterio de Dios con colores y formas o con palabras. Otros lo harán con música. Y, siempre, esa suave emoción, como un domesticado respingo, de que un misterio que nos roza, de algo segundo detrás o en cima de eso primero y evidente, algo más que lo previsto y visto, todo “plus”. El himno del comienzo del Gn conduce al icono de Dios, a la única estatua del enorme templo de la creación, que no es otro que el humano -varón y mujer- allí colocado. Todas las demás imágenes, en bulto o sin él, quedan prohibidas. Ya hay icono, ya hay imagen entronizada, Cristo Jesús, (Col 1, 15) y en él y con él (incluso, sin él expresamente), todos los humanos. El más degradado de ellos nunca deja de ser el icono de Dios. Como esos pintores que nos hacen descubrir belleza en lo feo, en el más deteriorado de los humanos continúa el resplandor del icono de Dios, el único no prohibido. Las lecturas 1 y 3 nos traen resonancias de contemplación. Esa cosa tan alta y tan sencilla, pero que impone a muchos y dejamos a resguardado como para sólo unos privilegiados. Todas la religiones y todos los saberes o filosofías la tienen en alta estima y hasta nacen de ella. Contemplar, admirar y, de ahí, todo lo que venga con ello. Proceso algo distinto del aprender y profundizar para sólo más tarde descubrir si queda algo que contemplar. Acerquemos la contemplación a la vida de fe y a la vida ordinaria de los humanos. Perdiéndole el miedo. Se trata de una sencilla detención en las cosas que conduzca a descubrir lo descubierto. Ese alto leve, emocionado quizá, en las cosas nos coloca en contemplación. La tradición más oriental de los iconos trata, entre otras cosas, de acercar a la contemplación y aproximarnos al misterio. Hoy, la 1ª lec es el icono de la Trinidad de Rublev, ya tan conocido. (Hay excelentes estudios sobre esta obra.) Digo que la lectura es icono del cuadro, como el cuadro lo es de la lectura, porque las dos obras de arte buscan rastrear el inmenso misterio de Dios con colores y formas o con palabras. Otros lo harán con música. Y, siempre, esa suave emoción, como un domesticado respingo, de que un misterio que nos roza, de algo segundo detrás o en cima de eso primero y evidente, algo más que lo previsto y visto, todo “plus”. El himno del comienzo del Gn conduce al icono de Dios, a la única estatua del enorme templo de la creación, que no es otro que el humano -varón y mujer- allí colocado. Todas las demás imágenes, en bulto o sin él, quedan prohibidas. Ya hay icono, ya hay imagen entronizada, Cristo Jesús, (Col 1, 15) y en él y con él (incluso, sin él expresamente), todos los humanos. El más degradado de ellos nunca deja de ser el icono de Dios. Como esos pintores que nos hacen descubrir belleza en lo feo, en el más deteriorado de los humanos continúa el resplandor del icono de Dios, el único no prohibido. Un momentito en este verano para un “reparo”, un alto en el mirar sin ver, para descubrir cualquier otra cosa no normal, inesperada. Comenzaremos por sorprendernos de nosotros mismos y del artista mirador y descubridor que todos llevamos dentro, sin apercibirnos. “Una mirada reposada y amorosa sobre cuanto existe”, y ya estamos contemplando. Un ejercicio que puede resultar tentador para cualquiera. Lo contrario de este pietismo múltiple, sentimental y gremial de moda de nuevo en la Iglesia. “Sólo una cosa es necesaria” ¿Cuál? La que cada uno ha descubierto como tal para él. Afinar cada uno la mirada para descubrir lo realmente importante. No se trata de emprender muchas iniciativas y realizar varios proyectos, ni de conseguir varias reuniones en torno a qué cosa es necesaria. Fatigas y aburrimiento es lo que colectamos. Concentrar nuestra atención y actividad en eso que descubrimos como imprescindible. No serán ajenos a ese descubrimiento el tiempo y la paciencia. LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS El texto de la 1ª lec de hoy pertenece al ciclo de Abrahán del libro del Gn. Una lectura preciosa desde muchos puntos de vista, comenzando por el literario. Ha inspirado textos, personas y vidas, ha sido estudiada milimétricamente. Y conserva todo su esplendor y su poder de inspiración. Por eso es texto inspirado. El texto se presenta como antecedente del castigo de Dios sobre Sodoma y Gomorra. La insinuante confusión literaria entre uno y tres, la introducción de la figura de Isaac y el final tan desenfadado -y no recogido hoy- de la risa de Sara, convierten al texto en fundamental para la fe y la experiencia de muchos. Quizá Job mismo, que añora “aquellos días de mi otoño, cuando Dios era un íntimo en mi tienda” (Jb, 29, 3) La 2ª lec continúa el comienzo de la carta a los Colosenses. Tras el himno que escuchábamos el domingo pasado, Pablo presenta su propia misión. Sufre con y por el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y anuncia en ella el misterio de salvación en todas las circunstancias imaginables. Esa es su tarea desde el principio. El “misterio de salvación” queda resumido para los gentiles en algo que ya conocen los “santos” de la comunidad: Cristo es esperanza de la gloria. La 3ª lec concluye el cap 10, al que hemos dedicado varios domingos. Incluye la misión de los 72 y su alegría al retorno, el gozo de Jesús por la obra de revelación del Padre, la aclaración sobre el amor a Dios y al prójimo con la parábola del samaritano, y la conclusión hoy con un modelo de discípulo que toma para sí tan importantes enseñanzas. El texto ha sido “explotado” con frecuencia a favor de una visión dualista y forzada de vida contemplativa y vida activa. Curiosidades del texto: la casa es de Marta, una mujer (en los escritos de Lc, una cierta tensión entre “la casa” -la iglesia- y “el templo”), y otra mujer, contra toda norma social del tiempo, no cumple las maneras educadas de atender al huésped, pero la reprimenda de Jesús es para la que se preocupa de esas costumbres. Esta segunda, María, representa al modelo rabínico de discípulo, pero es una mujer y eso no lo aceptarían los rabinos. PARA UNA POSIBLE HOMILÍA Todos sentados ahora mismo a los pies de Jesús. Dispuestos a acoger todo cuanto nos ha dicho. Que quién puede habitar en tu casa, Señor, nos preguntaba el salmo. Pues cualquier persona honrada. Luego, se sienta y te escucha. Jesús ha roto los modelos de acogida y recepción de huéspedes para establecer los modelos de su acogimiento. Sólo hay que sentarse a sus pies y escuchar. No dejarse llevar de tareas tan urgentes ni así lleven nombre tan sagrado para los cristianos como “servicio”. Sentarse y escuchar. Sin multiplicarse para nada. Ni urge la nueva evangelización, tan pretérita, ni la de siempre. Urge sentarse, tranquilizarse y escuchar. Urge que nada sea tan urgente que nos prive de este rato de sentarnos a los pies del Maestro. Urge centrarnos en cualquier cosa con tal de no seguir dispersos, azorados, atolondrados de un sitio a otro. Con la escasez de trabajadores en la mies y la superabundancia de la misma, corremos y saltamos de un sitio a otro. Qué fatiga. Siempre por causas bien justas, siempre ciertos de que no llegamos a todo, siempre ansiosos de ver caer a Satanás desde el cielo, que de todo esto nos ha hablado el Señor estos días. Y quedan infinidad de hombres y mujeres tirados en el camino y malheridos. ¿Cómo no correr y estresarnos? Nos sentamos a la puerta de la tienda porque hace calor. Y miramos sin prisas. Unos personajes misteriosos se acercan. Llegan, y es Jesús, dispuesto a no pasar de largo. A dejar las prisas de su misión, que vaya si él la tiene. Se sienta con nosotros y le queremos agasajar, cantarle bien, prepararle un sitio acogedor y bonito, hacerle gracias para que siga un rato más largo con nosotros. En balde. Quiere que nos estemos quietos, nos paremos, nos sentemos y escuchemos. No tenemos mucha costumbre. Puede que la reunión litúrgica sea sentarse y escuchar. Con sosiego, con ganas y gusto. Luego, ya le diremos gracias. Tan preocupados de tantas cosas más que preocupantes, casi angustiosas, de casa -la iglesia- y del mundo entero. Con todo motivo. Pero hoy es día para sentarnos y escuchar. Descubriremos que ni llegamos a todo, ni está claro a dónde acudir primero. Escuchando a Jesús veremos y decidiremos. Centrarnos en una sola cosa, descubrir lo verdaderamente importante. Y lo importante es estar aquí, ahora, sentados, atentos a no perder nada de lo que dice Jesús. Habla del reino. No es cosa de salir lanzados a conquistarlo. Es cosa de continuar sentados y escuchándole. Con reposo, descubrimos que no habla del reino. Es que él es el reino. Y nos quedamos acogiendo y escuchando. “Señor, si hemos alcanzado tu favor, no pases de largo”. O con palabras más recientes: “Quédate con nosotros, Señor, que el día va de caída”. Y escuchamos embelesados. J. Javier Lizaur
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