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Mi itinerario teológico: Un balance a los 65 años

ARREGI

Koinonía


 

Agradecemos muy cordialmente al autor su amable permiso para publicar esta síntesis, muy resumida (como al 50%) del texto original del mismo título publicado, en José Antonio BADIOLA (ed.), Esperamos porque confiamos. En el 50 aniversario de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz, Editorial Eset, Vitoria-Gasteiz, 2017, pp. 951-987.

A final del curso 2017-2018 me jubilaré. Por eso, cuando José Antonio Badiola, el Decano, me extendió la amable invitación para que escribiera una colaboración con ocasión de las Bodas de Oro de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz, pensé que se me ofrecía una oportunidad para hacer un balance de mi itinerario teológico, por pobre que sea.

Lo hago ante todo por mí mismo, por la necesidad que siento de mirar para atrás al camino recorrido, de entender más a fondo el rumbo seguido, de ser más libre de sus zonas –mis zonas– oscuras, de reconocer lo poco que he hecho para curar las enormes heridas de la humanidad y de la creación, de acoger más profundamente la gracia de mi pobreza. Lo hago también, para no dejar de mirar al futuro universal y a mi propio futuro con confianza, no dejar de caminar y de conversar por el camino, mantenerme abierto a todos los cambios –aún inimaginables– de esquemas y lenguajes que pudieran sobrevenir, y seguir diciendo una palabra de protesta y de aliento, de crítica rebelde y de consuelo, en un mundo más roto, injusto y amenazado que nunca. Escribo, pues, por mí mismo y para mí. Y por si a alguien pudiera llegar y ayudar el testimonio –un esbozo nada más– de esta humilde autobiografía teológica.

La Vida –mejor con mayúscula, pues en cada vida late el Todo– me ha traído a ser signo de contradicción para muchos, para mí mismo en primer lugar. Lo he elegido yo, pero ¿no tenemos la impresión de que no podemos sino elegir lo que somos y de que somos lo que se nos ofrece ser? Cada opción cada día es una encrucijada. Y de ningún modo pretendo que mi opción –vital, teológica– sea la mejor, la más verdadera, ni siquiera verdadera. Somos insignificantes formas o fragmentos vivientes. Llamo Verdad a la plena Comunión de todos los vivientes –un nombre de Dios–, más allá de todo esquema temporal (pasado, presente, futuro), más allá de toda idea y palabra, de toda voluntad posesiva. La Verdad es la Vida en la que vivimos, nos movemos y somos. A ella aspiramos. Y todas las religiones –cristianismo incluido– con todos sus dogmas, no pasan de ser, en el mejor de los casos, formas culturales y provisionales que adopta en nosotros, humanos, el Aliento sin forma. Todas las religiones con todas sus verdades son pasajeras. Es bueno que conversemos, debatamos, incluso con pasión, pero no merece la pena que nos condenemos. Eso jamás.

Estas páginas querrían ser una sincera e inconclusa expresión de mi de fe en el Espíritu de Dios que gime de dolor y de gozo en el corazón de los seres humanos y de todos los seres, de los átomos y de las galaxias, de la Tierra y del Cosmos.

 

1. De Olite a Arantzazu

Como franciscano que era, hice mi primer ciclo de estudios teológicos en el Teologado franciscano de Arantzazu, entre los años 1972 y 1976. Por cierto, la nuestra fue la última promoción que terminó los estudios de teología en Arantzazu; para el curso siguiente, los pocos estudiantes que quedaban se trasladaron a Bilbao y se matricularon en la Facultad de Teología de Deusto.

Pero el Teologado de Arantzazu no es la única casa que nos tocó cerrar. Con nosotros se cerró igualmente, en el año 1972, el Filosofado de Olite.  Cerramos también el Noviciado de Zarautz en 1969, y el antiguo Colegio de Forua (Bizkaia). Y el viejo seminario de Arantzazu se cerró un año después de que nuestra promoción saliera de él. Así pues, desde que entré al Seminario de Arantzazu en 1963 a los diez años, se habían ido cerrando una tras otra, como quien dice, todas las casas por donde fui pasando durante toda mi etapa de formación franciscana. Y te aseguro, lector/a, que yo no tuve nada que ver en ello. Es simplemente un signo del cambio de tiempo que me ha tocado, nos está tocando, vivir.  ¿Cómo alguien puede, pues, escandalizarse de que la teología cambie tanto? Lo extraño sería que no cambiara, y sería letal resistirse al cambio, como creo que está sucediendo… Hace siete años que dejé Arantzazu, el hábito franciscano y el sacerdocio clerical, y no me parece demasiado aventurado vaticinar que, si vivo veinte años más, conoceré la desaparición de la Provincia Franciscana de Arantzazu, y que desaparecerá también la Orden Franciscana –aunque esto yo ya no lo conoceré–, y que algún día también desaparecerá el modelo jerárquico y clerical de Iglesia y de ministerios que aún pervive, si es que la humanidad no da un giro cultural poco verosímil. Y la misma humanidad, al menos este Homo Sapiens que somos, ¿hasta cuándo pervivirá?… Pero me estoy adelantando, o tal vez yéndome demasiado lejos.

Volvamos a Arantzazu. A mis 19-20 años, en el primer curso, me costó enganchar con la teología. Había llegado de Olite bien preparado para un camino intelectual, psicológico y espiritual de ensanchamiento y liberación. En medio de aquel ambiente de pluralidad teológica efervescente, leyendo, años después, un libro de Rahner (Cambio estructural de la Iglesia), que se había publicado en castellano por entonces, me encontré –gratificante confirmación– con una frase que habla de “la imposibilidad de evitar por completo que muchos cristianos y católicos que viven en su Iglesia y le dan importancia a ese hecho, debido al pluralismo intelectual y al exceso de contenidos conscientes, tengan opiniones que objetivamente son herejías”. Agudo y exacto Rahner, como siempre, aunque este autor me ha resultado a menudo demasiado escolástico y, a la hora de la verdad, demasiado tímido para romper con muchos esquemas tradicionales que considero insostenibles. Pero su mérito es inestimable. Él no buscaba tanto razones para creer, sino un lenguaje para decir la fe en su tiempo, que tal vez ya no es el nuestro.

A pesar de todas las dificultades apuntadas, al cabo de dos años en Arantzazu fui tomando gusto a la teología, y poniendo en ella creciente interés. El drama del humanismo ateo de De Lubac y El problema de Dios en el hombre actual de Von Balthasar me seducían. Las “misiones” –nuestra Provincia franciscana tenía numerosos misioneros en Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Bolivia, Paraguay, Corea, Japón– nunca me atrajeron,  y cada vez más me sentía llamado a ser testigo de la fe en la sociedad moderna en el País Vasco. Y en euskera. Leer más….

 

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