Comunidades Cristianas de Base contra la guerra
Permanente de la Coordinadora de Comunidades Cristianas de Base.

La anunciada amenaza de una guerra inminente contra Irak nos llena de honda preocupación a todos nosotros, cristianas y cristianos miembros de Comunidades Cristianas de Base en Navarra. Sabemos que, en lo sustancial, la nuestra es una preocupación coincidente con la de la mayoría de ciudadanas y ciudadanos. Por eso venimos compartiendo codo con dodo sus múltiples esfuerzos y movilizaciones para impedir un enfrentamiento bélico y encarar el conflicto de otro modo. Así como participamos, en gran medida, de los análisis, supuestos y propuestas de salida que nutren y orientan la presente reacción popular y social. No es propósito nuestro aquí, en consecuencia, reiterarlos ni abundar en ellos.

Pero el oscuro horizonte al que nos enfrentamos no aviva tan sólo nuestra preocupación. Constituye una llamada inaplazable a la responsabilidad. En ello queremos incidir en estos momentos. No para derivar hacia un pacifismo ingenuo que no toma en consideración la complejidad de la realidad. Pero tampoco para caer en un pacifismo cínico, que pretende estar por la paz empujando a la guerra; ni en un equilibrismo tramposo, que, so pretexto de no perder de vista la ambigüedad de los factores que configuran la situación, abandona ésta a la postre a la presión y decisión de los más poderosos.

Por ello manifestamos lo siguiente:

1
. Denunciamos que, hoy, un ataque a Irak ni se atendría a los criterios clásicos del derecho internacional sobre la guerra, ni podría sustentarse tampoco en los principios éticos que, en último término, fundamentan tal derecho y permitirían considerar el recurso a la violencia como moralmente aceptable. En estos terrenos, clásicos como Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria, a pesar de la distancia temporal que de ellos nos separa, siguen siendo referencias aún vigentes. Pues bien, tal como se presenta el manipulado y confuso panorama prebélico actual, no hay ninguna garantía verdadera de que en la previsible confrontación que nos amenaza concurran, como condicionantes necesarios y legitimadores de la misma, ni causa justa (agresión), ni autoridad legítima, ni último recurso, ni proporcionalidad, ni razonable previsión de que el supuesto remedio no vaya a ser peor que el mal a atajar. En todo caso, ciertamente, la mayoría de los mencionados condicionantes no concurren.

2. Pero, por encima de lo dicho, hacemos nuestra la visión que sobre la guerra adoptó el Concilio Vaticano II (G.S. 79-82). Refiriéndose en particular a la guerra moderna los padres conciliadores no ahorraron en epítetos: crueldad intrínseca, barbarie, horror, maldad... No es de extrañar teniendo en cuenta sus inhumanos y devastadores efectos, así como el peligro real de ampliación del campo de los contendientes en un mundo cada vez más entrelazado por múltiples vínculos. Ya Juan XXIII, ante la percepción de un panorama semejante (Pacem in extremis, 111), había escrito: "apenas parece creíble que haya hombres que puedan atreverse a tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y asoladora destrucción que acarrearía la guerra". Y, ante idéntico panorama, el Vaticano II sentenció solemnemente que el mismo "nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva". En efecto, teniendo en cuenta la naturaleza y los efectos de la guerra moderna, aun reconocido el derecho a la legítima defensa, difícilmente puede ser considerada aquella como medio razonable para hacer justicia y restablecer la paz.

3. Por otra parte, además, nuestra fe cristiana nos llama a una solidaridad especial con las víctimas de este mundo, con todas aquellas personas expuestas por su situación a una vulnerabilidad mayor. Pues bien, a estas alturas, es un hecho sabido y verificado que, de modos diversos, las verdaderas víctimas de las guerras modernas son las poblaciones civiles, los pueblos desarmados, las mujeres, los niños, los ancianos, los enfermos... En una palabra, con harta frecuencia, aquellas y aquellos para quienes la vida es ya, injustamente, demasiado difícil y precaria en razón de debilidad de su situación o de su insignificancia económica, social y política son los mismos sobre quienes recaen más directamente los horrores y rigores de una confrontación bélica. Así pues, las víctimas inocentes de unas sociedades agudamente desiguales e injustas vienen a resultar doblemente víctimas una vez desatadas las hostilidades. Máxime si tenemos en cuenta que, por mucho que oficialmente se afirme lo contrario, la guerra actual ya no distingue entre objetivos militares y civiles.

4. Consideramos, finalmente, que la vida y el evangelio de nuestro señor Jesucristo, en el que creemos, no sólo nos orienta a la búsqueda denodada del bien supremo de la paz, sino también a aproximarnos a ella por medios no violentos, pacíficos y pacificadores. En esta dirección, la cruz de Jesús -la que cargaron sobre él los poderes de su tiempo- se alza para siempre como denuncia permanente de toda violencia y de su radical incapacidad humana para realizar la justicia, salvaguardar el orden y preservar la paz: bienes éstos supuestamente violados o puestos en peligro por el Nazareno y pretendidamente perseguidos con su ejemplar de crucifixión. Hemos de añadir, además, que la violencia difícilmente puede compaginarse con un evangelio que hasta del enemigo hace un hermano al que hay que tratar como hermano y que hecha por tierra el falaz e interesado maniqueísmo alimentador de tantos conflictos, pues nos invita a ver el mal no sólo en los otros, sino también en nosotras y en nosotros.