HERRIA 2000 ELIZA. n. 207
Año 2007

"La fe cristiana como compromiso por los demás"
Génesis de unas vivencias

Mari Carmen Anaut Mendioroz.

Nace en Sansoain (Urraul Bajo, Nafarroa) donde permanece hasta la edad de 20 años. Durante ese tiempo tiene contacto con los movimientos de Acción Católica Rural (JARC). Traslada su residencia a Iruñea y, a partir de su nueva ubicación, se encuadra en la JOC. Sensibilizada con la problemática de la opresión social, orienta su compromiso hacia el Tercer Mundo. Ecuador, y en especial, las comunidades de pescadores pobres a orillas del Pacífico son el espacio en el que desarrolla su actividad sociopastoral. Tras permanecer en esa actividad durante cinco años (1972-1977), regresa a su Nafarroa natal.

Jesús Valencia.

Nace en Zirauki (Nafarroa). Mientras cursa estudios eclesiásticos en el Seminario de Pamplona, se integra en el Grupo Misionero Diocesano ‘Xabier’. En el año 1966 se traslada a Ecuador donde desarrolla su actividad sociopastoral hasta 1979, fecha en la que también regresa a Nafarroa. Durante catorce años, la cordillera andina y la populosa ciudad costera de Guayaquil son el escenario de sus actividades.

Tras haber regresado en diferentes fechas y por diferentes motivos, se reencuentran en Iruñea, forman pareja y, desde entonces, se implican en un proyecto de vida compartido. Su actividad la desarrollan en diferentes ámbitos: la construcción nacional, la lucha sindical, el internacionalismo, la propia euskaldunización, las comunidades cristianas populares, movimiento en defensa de los presos... Desde esta experiencia de vida realizan la presente reflexión.

La fe como militancia

Ambos nacimos y vivimos nuestros primeros años en un entorno rural muy impregnado de religiosidad y muy volcado en los cultos. Desde muy pequeños se nos fueron inculcando parecidas pautas de moralidad y, sobre todo, la exigencia de practicar la fe que nos inculcaban: "obras son amores". En aquellos años se estaba gestando en la Iglesia un fenómeno que nosotros conoceríamos más tarde: el rejuvenecimiento en la doctrina y en la práctica religiosa. Eran los años previos al Concilio Vaticano II.
Casi sin darnos cuenta, fuimos participando de esta corriente renovadora. Ser cristianos significaba estar abiertos a la realidad que nos rodeaba, escudriñarla atentamente e irnos implicando en su transformación, el clásico ver-juzgar-actuar. Para quienes nos movíamos en aquellos parámetros, la transformación tenía un significado muy preciso: combatir las desigualdades e instaurar unas relaciones humanas basadas en la justicia.

Aquel enfoque básico y dinamizador daba sentido a nuestras vidas jóvenes y a los compromisos que, poco a poco, íbamos asumiendo. Vivíamos con intensidad, descubríamos en nosotros nuevas capacidades y nos sentíamos dispuestos (¡infelices de nosotros!) a cambiar el mundo. Fuimos decubriendo las injusticias y desigualdades de aquí pero, todo aquello nos parecía poco. Queríamos sumergirnos en otros ambientes donde la injusticia fuera más aguda y la necesidad de transformaciones más apremiantes podía ser Latinoamérica, y así fue. En plena juventud cargamos nuestros respectivos petates de ilusiones y nos fuimos a "salvar Ecuador". ¿Qué significaba aquello?


La Teología de la Liberación como acicate

Llegamos con seis años de diferencia. Cada cual se ubicó en campos de trabajo diferentes y, sin conocernos, íbamos realizando itinerarios semejantes. No es de extrañar: llevábamos un bagaje parecido y parecida identidad. Nos sentíamos parte de una iglesia transformada y transformadora, empeñada en abrir puentes con el mundo, nos sentíamos llamados a renovar la liturgia, la cate-quesis. Eran nuestras grandes preocupaciones iniciales. Las visitas a los recintos y caseríos tenían como finalidad dar catequesis, celebrar eucaristías, preparar, descubrir líderes comunitarios... Nos sentíamos misioneros españoles y con un sentido de la misión profundamente sacramentalista.

Nuestra forma de entender la pastoral nos urgía a relacionarnos con la gente, preferentemente con la más humilde. Cuando llegamos a Ecuador no nos imaginábamos que aquella opción iba a revolucionar nuestra forma de entender la vida. Descubrimos la explotación casi en estado puro, el analfabetismo, el hambre, la desnutrición, las muertes prematuras y evitables... Y, como protagonistas de aquella tragedia, unas personas que habían encontrado una sorprendente forma de supervivencia: la abnegación personal, la disposición a compartir lo poco que tenían, el amor y la entrega a los suyos, la austeridad como estilo de vida... ¿Qué les íbamos a enseñar que ellos no supieran? ¿No eran aquellos los valores que nosotros intentábamos trasmitirles como la esencia del Evangelio? ¿Qué respuesta tenía nuestra fe a tanta explotación?

A nivel individual y familiar habían desarrollado grandes valores. A nivel social, organizativo, político aquellos valores no tenían ninguna plasmación. No habían elaborado una reflexión colectiva como pueblo y como clase. Y, como es natural, no se habían dotado de organizaciones y proyectos que abordasen la liberación socioeconómica. Nadie se planteaba la transformación de las estructuras injustas que estaban generando toda aquella opresión. Tenían las mimbres para un proyecto de sociedad diferente, pero no estaban tejiendo sus mimbres. Era imprescindible que ellos fueran descubriendo su realidad con una actitud crítica. Que fueran tomando conciencia de sus necesidades y, también, de sus posibilidades. Que fueran dando pasos en un modelo organizativo y popular con vista a unos objetivos completamente nuevos: convertirse en sujetos de su historia y transformar las estructuras que los oprimían.

Aquellas constataciones pusieron en cuestión nuestras certezas iniciales y nuestra visión excesivamente intraeclesial. Llegamos a la conclusión de que los oprimidos tenían que ser los verdaderos protagonistas de sus procesos liberadores. Nosotros, quienes habíamos desembarcado como misioneros españoles, no pintábamos nada si no actuábamos como humildes colaboradores en aquel proceso emancipatorio. Y esta certeza nos impulsó a ir cambiando nuestra praxis. Aprendimos con ellos, en sus sencillas reuniones, en sus desvencijadas casuchas una teología nueva: la teología de la liberación. Si antes habían sido los grupos de JOC los que nos habían ayudado a madurar, ahora eran las pequeñas y humildes comunidades nuestras escuelas de teología. Tuvimos también la oportunidad de compartir encuentros con personas referenciales y maestros admirables: Monseñor Proaño de Ecuador, Gustavo Gutiérrez de Perú, Leonardo Boff de Brasil... La teología de la liberación dio un enfoque completamente distinto a nuestro trabajo. La inmersión en el pueblo no era una opción sino una necesidad. Sólo así pudimos entender la realidad de los oprimidos, interpretarla desde el evangelio para escuchar los mensajes liberadores de la Palabra de Dios y participar en los esfuerzos organizativos de las clases populares.

Acosada por los poderes políticos y religiosos, la iglesia popular de Latinoamérica siguió su marcha. Nosotros dos, por problemas personales, seguimos la nuestra, pero en un escenario distinto: Nafarroa.

Euskalerria como reto.


¿A dónde habiamos regresado? En realidad no lo supimos hasta después de estar aquí. ¿Qué era Nafarroa? ¿El bastión español en el que habíamos creído? ¿Un apéndice de las Vascongadas expresado en aquel "Nafarroa, Euskadi da"? ¿Parte fundamental de un proyecto nacional vasco?... En nuestras vidas habíamos incorporado cambios de enfoques muy importantes, pero todavía nos faltaba un descubrimiento sustancial.

Regresábamos de Latinoamérica llenos de ilusiones, queriendo dar continuidad en nuestra tierra al compromiso que habíamos desarrollado en Ecuador. Nos reencontramos, nos quisimos y unimos nuestras vidas con la pretensión de desarrollar juntos lo que habían sido proyectos separados. Nos acercamos al incipiente movimiento de solidaridad con el Tercer Mundo que desarrollaba la también incipiente Coordinadora de Comités de Solidaridad de Euskadi. Vivíamos aquellos afanes como una prolongación de la etapa anterior: análisis político y compromiso solidario con los procesos emancipatorios de Latinoamérica. Al principio, aquella experiencia resolvía nuestras añoranzas y nos parecía oportuna. Pronto llegamos a la conclusión de que el planteamiento inicial era incorrecto.

Volvimos a echar mano del bagaje y herramientas que nos había aportado la experiencia popular latinoamericana. De nuevo teníamos que responder a preguntas claves: ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos ubicados? ¿Somos una sucursal de otros pueblos distantes o pertenecemos al nuestro? ¿Cuál es nuestra verdadera identidad? Con la ayuda del tiempo, del análisis permanente y de buenas amistades que nos acompañaron en el proceso de búsqueda, fuimos dando respuesta a todas estas preguntas.

Formábamos parte de un pueblo con una renta per cápita y unas condiciones de vida incomparablemente mejores que las que tenían los marginados de Latinoamérica. Pero el pueblo vasco -en el que descubrimos nuestras raíces identitarias- también arrastraba grandes carencias: pérdida de conciencia nacional generalizada, su lengua seriamente amenazada, la represión política muy extendida y permanente, pueblo dividido, enfrentado, acosado por fuera y por dentro, con mucha de su mejor gente encarcelada, sin más futuro que el que nos conceden los dos Estados que nos poseen... Fue así como descubrimos Euskal Herria y a nosotros como miembros de ese pueblo en permanente convulsión.
Habíamos encontrado la identidad y, con ella, una serie de retos que van dando sentido a nuestra vida:

• El internacionalismo era algo más que un espacio donde resolver nuestras añoranzas o apoyar a otros pueblos que luchan. Era el encuentro fraternal y solidario de pueblos que comparten esfuerzos contra un enemigo común: el imperialismo global. Más aún, se trataba de desarrollar uno de los rasgos definitorios de la Eukal Herria en la que nosotros creemos.

• La lucha obrera, un espacio donde desarrollar la conciencia de clase, hacer frente al modelo neoliberal que todo lo privatiza y reforzar la clase trabajadora vasca como agente de primer orden en la construcción de una Euskal Herria socialista.

• El euskara, la recuperación de nuestra alma, lo que más nos identifica como miembros del pueblo del euskara.

• La militancia en el campo del abertzalismo, como la concreción actual de nuestra exigencia de siempre. Una contribución, discreta pero activa, en la construcción de nuestro proyecto nacional: recuperación de la conciencia, de la identidad, de la independencia, del socialismo...

• El apoyo incondicional a los presos y sus familiares, una expresión de la solidaridad popular "hoy por ti, mañana por mi". Auzolan humanitario a favor de los vecinos que se encuentran en apuros. Y, en nuestro caso, también la dimensión política: aliento a quienes lo están dando todo para que nuestro pueblo culmine su proceso de liberación.

• Las comunidades cristianas populares, un espacio humilde donde reflexionar nuestra fe (no pasa por su mejores momentos), alumbrar desde ella nuestra realidad y donde animarnos en compromiso.

Y así seguimos, reafirmados en nuestras convicciones y urgidos por las incontables tareas que nuestro pueblo y nuestra sociedad nos plantean.


La revista HERRIA2000ELIZA pretende ser expresión de lo que reflexiona la iglesia popular vasca...

Hoy ofrecemos un testimonio que nos puede permitir asomarnos a un proceso de toma de conciencia de la dimensión social de la fe cristiana vivida con honestidad y con el compromiso que conlleva.

Mari Carmen y Jesús nos muestran su propia trayectoria de fidelidad, pero pueden ser testimonios que se repetirían en muchos otros miembros de las comunidades cristianas de Euskal Herria.