Félix
Placer - Profesor de la Facultad de Teología de Gasteiz
Teologías
de la guerra
Cuando miles
de víctimas inocentes están siendo masacradas en Irak por
una invasión bélica incapaz de detener su maquinaria de destrucción
y terror a pesar del clamor mundial, hablar de teología no deja de
parecer una evasiva reflexión. Cuando están muriendo trágicamente
personas hermanas nuestras y nos sentimos impotentes para parar esta guerra
imperialista, ¿no suena este discurso a rumor de ángeles?
Sin embargo toda guerra intenta legitimarse religiosamente. A todo gobernante
guerrero -sean Bush, Blair, Aznar u otros- les preocupa la objeción
de conciencia pública basada en razones morales o religiosas. Por
eso esgrimen cuanto antes sus argumento éticos -"luchamos por
la paz"- y religiosos -"Dios está con nosotros"- tratando
de poner de su parte lo humano y lo divino. No le faltaba razón a
José Saramago cuando acusaba al `factor dios´, de ser "terriblemente
igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual
sea la religión que profesen, de intoxicar el pensamiento y abrir
las puertas a las intolerancias más sórdidas".
Los imperios y las dictaduras siempre han funcionado con esquemas teológicos
que legitiman la guerra "en nombre de Dios". Sus argumentos tienen
un perverso objetivo. Se refieren a Dios para ponerlo de su parte. Más
todavía: su finalidad consiste en suplantar a Dios y en hacerse dioses.
Corrompen la teología haciéndola "idología"
para que todos les aplaudan y acepten como ídolos de salvación.
Hacen de sus seguidores políticos, apóstoles de su ideología;
de sus soldados, militantes de su cruzada y de sus muertos, mártires
de su imperio. Son las infernales teologías de la guerra. Diferentes
unas de otras, por supuesto. No es lo mismo la teología imperialista
de Bush, que la de los fundamentalismos musulmanes en pueblos oprimidos
o del dictador Sadam Husein. Sus objetivos también difieren. Cada
uno anuncia su "liberación". Unos desde su terrible poder
destructor masivo al servicio de una salvadora cruzada de paz: o ellos o
el apocalipsis. Otros, en guerra santa defensiva contra el occidente globalizador,
interpretan el terrorismo como acción de un ángel exterminador.
Desde Bush hasta Al Qaeda, desde la religión neoconservadora americana
hasta el fundamentalismo talibán, Dios o Alá es invocado como
legitimador, apoyo y razón última de sus intereses enfrentados.
Ante esta avalancha de teologías bélicas arrasadoras y envolventes
es preciso preguntarse una vez más sobre la legitimidad del discurso
religioso, siempre amalgamado con guerras, conquistas, sangre y violencias.
Como denunciaba H. Küng, "las religiones, en cuanto expresan y
conllevan una profunda carga bien étnica, bien cultural, bien política
o social, se han convertido hoy en las grandes perturbadoras de la paz mundial
y son un factor determinante -junto a otros- para la colisión o la
paz entre civilizaciones". Hace unos años el Parlamento de las
Religiones del Mundo reconocía que "en no pocos lugares de este
mundo, dirigentes y seguidores de religiones incitan una y otra vez a la
agresión, al fanatismo, al odio y la xenofobia, y llegan a inspirar
y justificar enfrentamientos violentos y sangrientos. Muchas veces la religión
se convierte en instrumento manipulador para conquistar el poder político
y se utiliza para encender la guerra. Algo que nos llena de una especial
repugnancia".
En definitiva, las formas religiosas y sus expresiones teológicas
nos conducen, al parecer, a un callejón sin salida donde cualquier
reacción agresiva se legitima. Es más, nos llevan en último
término, como decía Saramago, a un dios por cuya causa y nombre
"se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, lo más
horrendo y cruel". ¿Cómo se explica esa degradación
humana fundamentada en la religión? ¿Se puede razonablemente
seguir siendo creyente en Dios y hacer teología cuando se constatan
esas denigrantes contradicciones históricas y actuales? ¿Qué
es una religión que nos "religa" con un Dios en cuyo nombre
todo parece justificarse: una estrategia política, una factor sociológico,
una ilusión sin porvenir, el opio del pueblo, o simplemente la voluntad
de poder del hombre impotente?
Para ofrecer una respuesta sin apologías, es preciso comenzar por
reconocer honestamente esa cruel constatación humana e histórica;
aunque no sea toda la historia, ya que pueden aducirse otras constataciones
y logros positivos en nombre de las religiones. Pero cuando la religión
se politiza según la ideología de los poderosos, se alía
con el imperio y se convierte en cruzada. Es la teología de la guerra.
Tal religión y su teología no se refieren a Dios. Son simplemente
la manipulación interesada de un ídolo, instrumento legitimador
de todo tipo de atrocidades. Por eso es necesario diferenciar la relación
religiosa y su objeto, Dios; de la misma forma que distinguimos entre lo
que es una persona en sí misma y la relación que establecemos
con ella. La esclavitud, el maltrato, la explotación, la tortura
son formas de relación inhumana ¿pero la mujer maltratada,
el trabajador explotado, el emigrante despreciado, el detenido torturado,
las víctimas de la guerra acaso no siguen siendo un valor absoluto
que reclaman justicia desde su dignidad como personas? Es desde esta consideración
honrada y justa de la persona, hombre-mujer, desde donde debe establecerse
la auténtica relación humana.
Si a Dios se le ha utilizado "religiosa o teológicamente",
esto no lleva a la conclusión de que esa Realidad sea lo que se ha
pretendido hacer de ella. Pero entonces, ¿cómo comprender
a un Dios que permite tales abusos de su nombre por parte de poderes políticos
y hasta eclesiásticos?
La teología de la liberación ha expresado con profundidad
y compromiso la característica decisiva y distintiva de una religión
que encuentra en los pobres y en los pueblos expoliados del mundo, en la
solidaridad con ellos, en la disposición a "cargar y hacerse
cargo" de esas situaciones, la actitud honesta y el resultado calificador
de una auténtica relación con Dios. Por supuesto, esta forma
relacional no es exclusiva de la religión cristiana que deberá
renunciar a su complejo de superioridad para abrirse a un diálogo
mutuamente crítico y constructivo con otras religiones en favor de
la tarea más urgente hoy: la justicia y la paz entre los pueblos,
que no se conseguirán si las religiones no dejan de debatirse en
enfrentamientos mutuos, propagar fanatismos, servir a imperios y desatar
violencias.
La teología de las grandes religiones se opone directamente al ejercicio
de la violencia. "No hagas a los demás lo que no quieres que
te hagan a ti" es la máxima del confucianismo. Para el brahamanismo
y el budismo el núcleo de toda conducta errada es la "himsa"
(violencia) y propone la "a-himsa" como concepto central de la
ética brahámica. El Islam presenta a Alá como "ar-Rahman"
(compasivo y misericordioso) y sus raíces son no-violentas. En su
origen, la teología cristiana tiene como base el amor.
Pedro Casaldáliga, obispo en una de las regiones más pobres
del Brasil, luchador infatigable por la justicia, recordaba que "el
siglo XXI o será místico o no será humano" y añadía
"el siglo XXI optará por los pobres o no será cristiano".
Las religiones no van a desaparecer, pero pueden corromperse aún
mas si no aceptan en común su misión humanizadora desde los
más necesitados. Por eso la teología auténtica es la
que se basa en el principio de Jesús de Nazaret: "Anunciar la
buena noticia a los pobres, la libertad de los cautivos y de todos los oprimidos".
Desde esta teología liberadora de los excluidos sabemos con quienes
y a favor de quienes debemos posicionarnos y dar la vida.
Félix
Placer Ugarte,
es miembro de
la coordinadora de sacerdotes de Euskal Herria (EHAK) y del movimiento y
la revista H2000E, doctor y profesor de teología, pedagogo excelente,
autor de varios libros y de muchos artículos, asesor de comunidades
de base. Entre sus libros merece la pena dejan constancia de:
Signos de los tiempos, signos sacramentales, Edc.Paulinas, 1991.
y
CREER EN EUSKAL HERRIA, H2000E, 1998.
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"El pueblo de Dios,movido por la fe, procura discernir en los acontecimientos los signos verdaderos de la presencia de Dios." (GS)