Como hemos marcado en otra parte, dos
hechos han sido resaltados en este año en nuestra tierra,
donde la provincial actual de Nafarroa es confundida e identificada con
el Reino de Pamplona o Navarra... en la obsesión enfermiza de unos
señores que practican la mentira sistemática para sacudirse
la amenaza de descubrir que existe un pueblo, llamado Euskal Herria, sin
lexo de unión, hihstoria, cultura, identidad y voluntad de ser un
nosotros histórico. El primero se ha reflejado en la celebración
del 500 centenario del nacimientos de Francisco de Xabier, conmemorado en
su propio castillo con abundancia de personajes españoles desfigurando
su historia para hacerlo un símbolo ajeno a su pueblo, y el segundo,
la "Edad del Reino", dónde nos obligan a contemplar a uno
de nuestros reyes sin su pueblo, centrada su vida en el eje de la construcción
de una nación española.
Nosotros ofrecemos en este lugar esta reflexión de Kepa Ezeolaza que no puede ayudar a reflexionar nuestra realidad. GRACIAS!
NOTICIAS
DE NAVARRA. 06.05.10
Los fantasmas del Baluarte
POR KEPA EZEOLAZA
NAVARRA necesita propuestas culturales y de todo orden integradoras y respetuosas de sus señas de identidad. Creo que no ha sucedido así en una exhibición artística recientemente clausurada. Efectivamente, el dos de mayo -para no pocos, fecha emblemática, donde las haya- ha concluido una exposición, que bajo el título La Edad de un Reyno -así, con y griega, como en los viejos pergaminos-, ha conmemorado en el Baluarte de la ciudad de Pamplona-Iruñea, con cierto retraso, todo hay que decirlo, el milenio del nacimiento de Sancho III el Grande (1004-1035), uno de los reyes mas importantes de la dinastía Jimena del antiguo reino vascón, perdón, "visigodo", según Isidro G. Bango Torviso y otros comisarios del espectáculo.
Mencionada la bicha , entro en materia. El título mismo anunciaba una copia cuasimimética de Las Edades del hombre , y así ha sido. Como todo indígena -¿vascón?, ¿godo?- que se precie, he cumplido con el rito de visitarla y he participado, a mi manera, en la conmemoración del evento. Como en el caso del centenario de Xabier, las lecturas que se pueden hacer de estos acontecimientos están marcadas por las opciones y sensibilidades de cada uno. Sensibilidades que indican, como dice un conocido personaje de nuestros dolores de parto, distancias que van "del cero a la nada". Basta leer cualquiera de las historias de nuestros recientes y rigurosos historiadores, pongo por caso la Historia de Navarra, el Estado Vasco de Mikel Sorauren. Comparando una reconstrucción y otra uno pensaría que está ante dos realidades distintas. Es inevitable pensar que alguien está cometiendo un monumental fraude. Ya es hora de que los navarros dejemos de tragar ruedas de molino y empecemos a pedir cuentas a tanto falsario.
Quien en el momento detenta el poder político, económico y simbólico, -que consiste en decidir qué es lo que hay que ver y exhibir, qué elementos se exaltan y cuáles se silencian- tiene en sus manos las cuarenta cartas de la baraja. Pero detrás está el pueblo que puede decir: ¡trampa! Como en tantas otras manifestaciones de la vida social, los silencios y las exclusiones son más elocuentes aún que lo hablado y exhibido. A este nivel se sitúa mi reflexión: ¿qué es lo que se exhibe?, ¿qué se silencia?
En cuanto a lo que se ha exhibido, desde el punto de vista artístico, la exposición ha sido un plato suculento, de una estética que ha rozado la perfección, llena de exquisiteces visuales, técnicas e históricas. Todo lo que se muestra y se dice está comprobado. Los procedimientos de los que hoy se puede disponer, elevan cualquier minucia a visualización esplendorosa. La técnica ofrece hoy medios logrados para mostrar, aumentar, subrayar, insinuar... y dejar boquiabiertos. La selección de cada pieza ha sido cuidada.
Pero nunca imaginé encontrarme con lo que he visto -o mejor, no he visto- en el revival del Baluarte. Este artículo es fruto del estado de shock en que me ha dejado la tal visión. Visión que se ha hecho onírica, y en que hasta los ojos se me han convertido en duendes.
En el pórtico del programa se dice que "la exposición ofrece al gran público una panorámica de uno de los periodos más importantes de la historia de Navarra". Y continua: "los antepasados (de esta historia de Navarra) habían hecho suya... la más genuina tradición isidoriana... Hasta entonces, una vieja cultura enraizada en la tradición, a partir de él (es decir, de Sancho) una sociedad que se abre a Europa". Se nos anuncia, pues, una suerte de corte epistemológico, y ya lo creo que se da. Las 250 piezas exhibidas están allá para demostrarnos que "el reino de Pamplona, luego de Navarra... busca legitimidad en la vieja Hispania, surgiendo una monarquía unida por lazos de sangre con el resto de monarcas hispanos que se proclama heredera del reino hispano-visigodo". O sea, que lo de "...et domuit vascones" se realizó finalmente. "A ello contribuyeron la Monarquía y la Iglesia".
Es patente que Navarra estuvo abierta a múltiples influencias, desde tiempos remotos: celtas, romanos, suevos, vándalos, alanos, godos, francos, árabes, y que de ello se originó un cierto mestizaje, y un mutuo enriquecimiento cultural, económico y religioso. Pero solapar las cinco notas que más genuinamente caracterizan a Nafarroa es cometer un fraude difícilmente explicable. Efectivamente, mucho más que las influencias francas, visigodas o castellanas, a Navarra la caracteriza el compartir una misma geografía con toda Euskal Herria, el tener en común una lengua que es su más glorioso y estupendo patrimonio vivo, el haber elaborado un derecho consuetudinario foral, defendido vigorosamente; el ser el mismo pueblo desde hace 40 mil años, según las investigaciones de Barandiarán, y el haber constituido, coextensivo a toda Euskal Herria, un estado unitario, que duró mientras se lo permitieron las ansias de conquista de otros estados limítrofes. Pues bien, de todo eso nada, o a lo sumo insignificantes ráfagas desparramadas y perdidas en el bosque de las 250 piezas exhibidas, traídas de la rosa de los vientos.
¿Dónde está el pueblo de Sancho III? ¿Como Juan sin Tierra, el nuestro es Sancho sin pueblo o con un pueblo fantasma?
Es inexplicable que el euskera, lengua hablada prácticamente única en tiempos del rey, y hoy derecho primario de todos los navarros y, en especial, de un sector importante de la población que la habla, se la elimine de la exposición: no aparece ni en los soportes gráficos, ni en los audiovisuales. ¿Qué se pretende con ello? ¿Dónde fundamenta la Administración el derecho a negárnoslo? Por lo visto, todavía, ni Cisneros ni Alba han recogido los pendones ni envainado las espadas.
Un primer fantasma dotado de poderes sobrehumanos la ha escamoteado. Lo que todos los lingüistas, etnólogos o sencillamente hombres de cultura consideran nuestro más imponente y maravilloso monumento vivo, para la muestra, no existe. Uno pensaría estar en Burgo de Osma, en Ávila, en Calatayud, en Medina de Rioseco o en Castroponce de Valderaduey -estupendas regiones y pueblos, por supuesto-. Pero la inconfundible silueta de Navarra, repetida en los paneles, nos recordaba una y otra vez que era la historia de nuestra tierra la que se quería representar, pero parcial, sesgada, deformada.
En mi estado onírico, el Baluarte se había convertido en una especie de Chernobil de la cultura, en una mastaba egipcia, llena de momias, con bandas y más bandas sin jeroglíficos, con laudas, mitras, alcorques, relicarios isidorianos y otros beatos , era un fantasmagórico castillo danés rebosante de fantasmas, que se pinzaban las narices, mientras gritaban a coro horrísono: "algo huele a podrido en Navarra", en fin, en una monumental calavera negra que se preguntaba angustiada: "¿soy o no soy?".
Pasando a un estado cataléptico, se me representaban los vascones de Ibañeta que, de sala en sala, huían despavoridos, estrangulado el grito de su libertad: "Ama Birjina Orreakoa-Virgen de Roncesvalles", y en el colmo de la fantasmada, hasta el mismo rey recordado arrastraba largas cadenas y un largo lamento, mientras, saltando de panel en panel, manifestaba su espanto repitiendo: "Es verdad, Navarra tiene cadenas, ¿quién la desencadenará?".
Salí fuera y los muros chapeados de granito de Zimbabwe con que está hecho el sarcófago se me antojaron almenas, baluartes, matacanes, caminos de ronda donde los vigilantes vigilaban. Todos llevaban mallas bicolores, unos testaban morriones, otros birretes, quien tiara, otros chisteras sanfermineras, llenas de plomo y gritaban al unísono: "Sant-Yago y cierra Navarra".
¡Ufff!
Escapé de la horrible visión y al recuperar el espacio libre
no pude menos de echar un vistazo por elevación hacia San Cristóbal,
donde hace 70 años enterraron la libertad, y otro por elongación
hacia Xabier donde habían hecho añicos la dignidad. Al pasar
junto a los chistus oí cómo un piadoso viento hinchaba el fuelle
para insuflarles un aire que ellos convirtieron en aurresku fúnebre,
como si dijeran: descansa en paz, Navarra-Nafarroa. Goian bego.