España, problema moral o, incluso, de fe
Por Jesús Lezaun
EL título puede resultar un tanto bizarro, pero no es mío, y trataré de explicarlo convenientemente.
Más de un obispo español, de lo más presuntuoso, aunque no de lo más pastoral, ni de lo más teológo, está constantemente lanzando la idea de que España y sus problemas de unidad son problemas morales. No se atreven a decir que sean problemas de fe, pero ambas cosas vendrían a ser a la postre lo mismo, la fe y las costumbres que se señalan como objetivo del magisterio de la Iglesia. Si el tema de la unidad de España fuese directamente, y sin más, un problema moral, acabaría siendo un problema moral (y de fe) el apartado de la Constitución española que señala que el ejército es el garante de la unidad de la patria (de su patria se entiende). ¿Y de la nuestra, cuál sería el paralelo? ¡Ardua pregunta, como se ve! ¡Aviados estaríamos con conceptos tan confusos!
Sí es cierto que en política nada es indiferente y neutro, y que todo puede encerrar a la postre problemas morales en una u otra dirección, no es menos cierto que la política y la moral (y la fe), estos últimos objeto de magisterio de la Iglesia, son en sí mismas esferas independientes y autónomas, con sus propias leyes y normas cada una y con sus propias y diferentes naturalezas, y desde luego con sus propias connotaciones y concomitancias más o menos morales, más o menos directa o indirectamente morales. Lo que no está señalado de antemano es en qué dirección van esas connotaciones y en qué y de qué manera afectan a cada cual, qué medios se pueden emplear en la política, tanto para imponer una cosa como para impedirla.
Por ejemplo, la unidad de España o el consiguiente derecho de autodeterminación de cada uno de los pueblos que actualmente la componen, reconocido por todos los demócratas del mundo.
La unidad de España o de cualquier otra nación y los problemas que el tema conlleva no son en sí mismos problemas morales sino meros problemas políticos, con su propia naturaleza política y con sus efectos y concomitantes también políticos, con sus propias normas y leyes políticas. De ser directamente de naturaleza moral o teológica, caerían bajo la jurisdicción de la Iglesia. Acaso son esas prerrogativas las que quisieran reclamar para sí los tales obispos. Si así fuera, retrocederíamos un montón en la historia, y esos obispos mostrarían ser pésimos pastores, despreciables teólogos, y acabados absolutistas y redomados fascistas que quisieran tener en sus manos todo el poder.
Aplicando todo esto
al llamado derecho de autodeterminación de los pueblos, el nuestro,
en concreto, que es para lo que tales obispos emplean su brillante discurso,
podríamos decir.
E
L derecho de autodeterminación de los pueblos es un derecho natural
autónomo. Eso lo admite hoy todo el mundo. El negarlo sería,
sí, inmoral y el usar medios violentos para impedirlo sería
también inmoral, como es inmoral toda guerra ofensiva, preventiva
o no. Todas esas cosas sí caen en el terreno de la moral, pero el
derecho de autodeterminación en sí, tratando de conseguirlo
por medios normales y democráticos no lo es. El derecho de autodeterminación
es un derecho exclusivo del pueblo que lo desea, para lo cual deberá
tener sus razones que él mismo habrá de apreciar. En último
término será su soberana libertad, a la que nadie deberá
oponerse. Oponerse será lo inmoral. Los efectos que se produzcan
para el Estado del que hipotéticamente se segrega es el mismo Estado
el que tendrá que subsanarlos. Para eso está. Lo mismo que
a los efectos negativos que se produzcan en el pueblo que ejerce ese derecho
tendrá que proveer ese pueblo. El cálculo prudencial de todo
eso lo tendrá que hacer el pueblo que desea ejercer su derecho de
autodeterminación. El Estado del que se quiera segregar no podrá
oponerse a él, ni menos ejercer represalias de cualquier tipo que
sean, y menos aún usar las armas para ello. Eso sí que sería
inmoral. Como es inmoral soliviantar de manera rupestre a las gentes del
Estado del que se quiere segregar el pueblo que desea poner y ejercer su
propia soberanía.
Todo esto resulta evidente, si es que haya de haber alguna migaja de claridad en la realidad que percibimos y en los conceptos con que la formulamos.
Cuando un obispo dice
por su cuenta, para rechazarlo, que el derecho de autodeterminación
es un problema moral no está expresando más que su propia
opción política particular y mostrando su talante autoritario
y absolutista. Habla como político, como algunos lo hacen tantas
veces. Entonces no tienen autoridad alguna. Ni Rouco, ni Sebastián,
ni Cañizares, por muy presidente y vicepresidente que sean de la
Conferencia Episcopal Española los primeros y Primado de las Españas
el tercero, no tienen autoridad episcopal alguna en la negación de
ese derecho para los pueblos y en concreto, para el nuestro, por muy encopetados
que se crean. Al parecer, tienen que hacer un gran esfuerzo para distinguir
lo que piensan como personas y lo que pretenden enseñar como obispos.
De lo contrario cometen un grave fraude y pervierten el pensar de las gentes.
Es este un grave problema de la autoridad eclesiástica a todos los
niveles, a no ser que actúen quia nominor leo. Una vez hablaba yo
con Sebastián, y eso no lo entendía de ninguna manera y hacía
para defenderse este argumento infantil: yo no he pedido ser obispo, venía
a decir. Lo soy, luego cuando actúo como pienso personalmente actúo
como obispo maestro de mi grey. ¡Qué fácil debe resultar
ser obispo! Esto sucede por la comprensión tan peregrina que tienen
de su función, y por la total exclusión que hacen en el ejercicio
de su autoridad de toda la demás Iglesia que presiden.
E
SPAÑA no es problema moral y de fe sino un problema político,
aunque en el ejercicio de la política puedan mezclarse muchos problemas
morales, entre otros, el de aquellos que dictaminan en ella sin tener autoridad
alguna. Tampoco es una acción directamente moral la actividad legislativa
de un órgano legitimado para dar leyes, aunque pueda haber luego
muchas leyes inmorales. Contra algunas ya claman los obispos, contra aquellas
que van contra sus obsesiones sexuales y sus intereses, mientras que contra
otras no dicen ni pío.
Tengamos las ideas claras, pera no hacer aún más difícil la vida y en concreto, la vida política.
Y ya que hablamos de obispos, me voy a atrever a decirles más cosas, por si acaso caen en la tentación de cumplirlas lealmente. Son importantes de verdad. Lo hago dentro del berenjenal en que se han metido en el último escrito, de su más puro estilo caciquil, en el tema, otra vez, de la sexualidad.
1) Bien estaría que ellos se dedicasen con ahinco y tesón a promover el diálogo y la negociación, única manera de arreglar racionalmente los conflictos humanos.
2) Bien estaría que rechazasen con toda su fuerza la tremenda represión que sufre el pueblo vasco y que ella, a lo que se ve, nada les duele, porque nada les afecta.
3) Que se preocupasen algo de los presos para aliviar su tremenda situación, siguiendo el perentorio mandato del Maestro. Quien eso no hace no es cristiano, aunque se vista de obispo o de cardenal.
4) Que trabajasen algo para mejorar la tremenda situación de corrupción política y de todo tipo que padecemos en esta desgraciada sociedad, que se ha convertido, que la han convertido los políticos, en una sentina de suciedad y de miseria moral.
5) Que se cuidasen de las leyes que afectan a otros, pues bien se revuelven si son dictadas contra ellos o contra sus ideas e intereses.
6) Que no se obsesionen tanto por los temas sexuales, que tan escaso lugar ocupan en la preocupación de Jesús y con lo que tanto hacen el ridículo y tanto hacen sufrir a los débiles.
7) Que no sintonicen tanto con el poder, como poder ellos, y que se alineen mucho más con los pobres y débiles, marginados y denigrados, como este pequeño pueblo vasco, etcétera, etcétera.
Callan sobre todo esto como perros mudos, como bien dice la Escritura contra los malos pastores. Así contribuirían a la paz y a superar esta situación contra la que nada hacen como no sea fustigar a los más débiles o abandonarlos a su suerte. Y ¡ojo! No se vayan ustedes a equivocar conmigo. Soy de los que deseo de todo corazón el fin de toda violencia, tanto y más que cualquiera, pues la sufro en mis propias carnes, más que Rouco, Sebastián y Cañizares, sin duda.
noticias de navarra. 04/02/16.
Jesús
Lezaun
es miembro fundador
de la coordinadora de sacerdotes de Euskal Herria (EHAK) y del movimiento
y la revista H2000E.
Sacerdote diocesano en la iglesia que vive en Navarra, doctor en Teología, Profesor de teologìa durante muchos años y Rector del Seminario de Iruñea después del concilio, articulista prolífico, etc.
Un cristiano a quien le duele Euskal Herria, su pueblo.
"El pueblo de Dios,movido
por la fe, procura discernir en los acontecimientos los signos verdaderos
de la presencia de Dios." (GS)