(Publicado por Fernando Sebastián en una separata de ABC, dentro del boletin de la diocesis de Madrid Alfa y Omega y reproducido en la web del arzobispado de Iruñea sorprendentemente como 'documento pastoral)
El uso de la lengua vasca.
En
manos de las organizaciones nacionalistas más radicales, el vasco es
además un instrumento de difusión de sus ideas culturales y
políticas. No basta aprender y hablar vasco, hay que "vivir"
en vasco. Y vivir en vasco, para algunos, significa saber que uno no es español,
sino que es miembro de un pueblo oprimido y ocupado. Vivir en vasco, en esta
mentalidad, agresiva y proselitista, significa desarrollar la desconfianza
hacia los españoles y las instituciones opresoras, vincularse afectivamente
al movimiento y a las instituciones liberacionistas. Los padres que envían
a sus hijos a ciertas ikastolas y aun a algunos colegios públicos del
País vasco y de Navarra saben perfectamente lo que estoy diciendo.
Unos lo aceptan porque participan de las mismas ideas, y otros lo lamentan
a veces cuando ya no tiene remedio. Este es el principal instrumento de la
revolución vasca en el campo de la cultura, base y fundamento de todo
lo demás.
Esta manipulación del vasco como instrumento de la difusión de la mentalidad y actitudes independentistas, provoca en los no nacionalistas reacciones diferentes. Una de ellas es el rechazo de cuanto pueda significar una muestra de interés por la lengua vasca aunque no lleve aparejada ninguna intención ni la menor significación política. Yo mismo he tenido que sufrir críticas y protestas, a veces de algunas personas vascoparlantes, por celebrar la eucaristía en vasco allí donde desde siempre el pueblo habla ordinariamente en vasco y se celebran en vasco todos los cultos ordinarios desde tiempos inmemoriales. El vasco, que era una lengua pacífica y entrañable, es hoy, en ocasiones, por culpa de la manipulación política, un verdadero elemento de lucha y de discordia.
Es preciso saber sobreponerse a esta situación y seguir apreciando y protegiendo la lengua vasca como lo que es, un tesoro cultural, una seña de identidad de un pueblo y de unas personas, un instrumento de comunicación y una descripción de la realidad y de la vida. Los no nacionalistas no deben caer en la sospecha contra el vasco y contra lo vasco. Si los vascos son españoles hay que reconocer con agrado que la lengua vasca es también una lengua de algunos españoles, una lengua también española, que las instituciones públicas y los ciudadanos tenemos que mirar con aprecio y simpatía. Considerar al vasco como algo advenedizo y peligroso es dar la razón a los que dicen que los vascos no son españoles. El vasco es una realidad cultural muy anterior y muy superior a cualquier idea política, merece estima y protección como una creación cultural de primer orden.
Así lo entiende la Iglesia sin ningún reparo a obrar en consecuencia. La Iglesia usa la lengua vasca habitualmente allí donde los fieles la utilizan en su vida ordinaria. No solamente la utiliza sino que la cultiva, la cuida, la inculca con amor y respeto. Sin utilizarla nunca como un instrumento de presión, de imposición o proselitismo. La misión y la vida de la Iglesia incluye la comunicación y la expresión de los afectos más íntimos en la lengua familiar y espontánea del pueblo. Por eso en ella se produce constantemente el milagro de Pentecostés. El nombre y la palabra de Dios son anunciados en todas las lenguas del mundo, sin conflictos, sin divisiones, con la armonía de una sola fe, de un solo amor universal y de una misma esperanza que nos une y nos hermana a todos por encima de todas las diferencias posibles, pequeñas y grandes, verdaderas o ficticias. .
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Los vascos tienen una lengua antiquísima y venerable, ciertamente minoritaria,
que ellos aman extraordinariamente. Hoy la totalidad de los vasco parlantes
hablan también español. Hasta hace pocos años el vasco
estaba en un proceso de rápida disminución. La conciencia de
este riesgo de desaparición de su lengua fue sin duda un elemento activador
del nacionalismo.
En manos de las organizaciones nacionalistas más radicales, el vasco
es además un instrumento de difusión de sus ideas culturales
y políticas. No basta aprender y hablar vasco, hay que vivir en vasco.
Y vivir en vasco, para muchos, significa saber que uno no es español,
sino que es miembro de un pueblo oprimido y ocupado. Vivir en vasco, en esta
mentalidad, agresiva y proselitista, significa desarrollar la desconfianza
hacia los españoles. Yo mismo he tenido que sufrir críticas
y protestas, a veces de algunas personas vasco parlantes, por celebrar la
Eucaristía en vasco allí donde, desde siempre, el pueblo habla
ordinariamente en vasco y se celebran en vasco todos los cultos ordinarios
desde tiempos inmemoriales. El vasco, que era una lengua pacífica y
entrañable, es hoy, en ocasiones, por culpa de la manipulación
política, una fuente de tensiones y de discordias.
Si los vascos son españoles, hay que reconocer con agrado que la lengua
vasca es también una lengua de algunos españoles, una lengua
también española, que las instituciones públicas y los
ciudadanos tenemos que mirar con aprecio y simpatía. Considerar al
vasco como algo extraño y peligroso es dar la razón a los que
dicen que los vascos no son españoles. El vasco es una realidad cultural
muy anterior y muy superior a cualquier idea política. La Iglesia usa
la lengua vasca habitualmente allí donde los fieles la utilizan en
su vida ordinaria. No solamente la utiliza sino que la cultiva, la cuida,
la inculca con amor y respeto, sin utilizarla nunca como instrumento de presión,
de imposición o proselitismo.
Está claro que en Navarra, como en las demás entidades políticas
y territoriales, no es posible legitimar las situaciones actuales a partir
de épocas o situaciones pasadas. La paz y la prosperidad de los navarros
requieren que haya entre ellos algo más de comprensión y tolerancia,
que sean capaces de administrar sus asuntos y superar sus diferencias sin
dejarse influenciar por los intereses de unos partidos que no son navarros
ni buscan sinceramente el bien de los navarros."