Kepa Ezeolaza Villanueva
Reconciliación desde la verdad

Hay indicios, tenues, es verdad, de que la resolución del conflicto que empantana a Euskal Herria, desde hace muchos años, ha comenzado a dar sus primeros pasos. Desde mi condición de humano, de creyente y de euskaldun no puedo sino recibir la noticia con una inmensa alegría y animar a todos los protagonistas a continuar por el camino emprendido. «Eutsi eginari». Es decir, ¡que no cejen en su empeño! A decir verdad, protagonistas debemos ser todos porque a todos nos implica y afecta el conflicto.

No he escrito muchas cosas en mi vida, pero siempre me ha parecido necesario exigir al escritor una clara deontología profesional, o simplemente la honestidad del sentido común que consiste en decir desde el principio, desde dónde se escribe y cuáles son las opciones fundamentales del que lo hace. Aquí nadie es neutral, nadie «agonoteta», nadie árbitro imparcial, todos, en la medida en que el conflicto nos engloba, absolutamente todos, tenemos unas bases de pensamiento, por otra parte necesarias y legítimas y unas opciones preferenciales. En cuanto a mí, manifiesto mi convicción de que Euskal Herria existe, por la simple razón de que la hacen existir quienes se reconocen en ella, y es su perfecto derecho. Creo así mismo, que este pueblo tiene derecho, exclusivo suyo, a decidir su destino, y de hacerlo en el respeto de todas las reglas democráticas.

Establecido este preámbulo, quiero aterrizar en la materia que me he propuesto desarrollar en los límites de este artículo. Un fenómeno cualquiera de la vida, un hecho, un accidente, incluso la historia misma puede ser abordado desde muchos puntos de vista, y todos ellos con indudable peso en las posiciones que solemos adoptar.

- Una madre, la pérdida de su criatura la vive desde el desconsuelo.
- Una familia, el despeñe de su hijo en accidente de montaña, desde el desconcierto y la impotencia.
- Un asesinato, desde el horror.
- Un fracaso profesional, desde la decepción.
- La derrota de mi equipo de fútbol, desde el cabreo.
- La herida de las víctimas, desde la protesta, la reclamación de justicia e incluso desde la vindicta.
- El conflicto político, desde la dinámica de guerra o desde la voluntad de resolución por vías pacíficas.

Todos estos sentimientos, en un grado o en otro, suelen estar presentes en todos estos lances de la vida que he enumerado, pero ni uno sólo de ellos ni todos juntos son suficientes para resolver un conflicto de la envergadura del que estamos viviendo.

Hace algunos días pasó por Iruñea el sociólogo Javier Elzo, suficientemente conocido. El anfitrión era el Foro Gogoa, por muchos títulos ya benemérito entre nosotros, pero que en esta ocasión se dejó meter un gol. No estuve en la charla, pero por la virtud de esos duendes que son las cintas de grabación, pude escucharla íntegra, así como el coloquio subsiguiente. En una literatura ajustada y técnicamente impecable desarrolló el tema “Después de ETA”. Los análisis, apreciaciones, evaluaciones y juicios se siguieron en un encadenamiento riguroso y monocorde. Lo más llamativo de su charla fueron las ausencias, los silencios clamorosos, o, por emplear una palabra repetidamente pronunciada por el charlista, las amnesias. Me pareció escasa su lógica por lo extremadamente sesgada y unidimensional. De los componentes del conflicto se solapan, se obvian, quizás los más importantes. Así se proponen salidas a la carta pero no al conflicto. En la grabación se oyen afirmaciones, juicios, apreciaciones estremecedoras. Los victimarios y violentos son los de un lado.

Y las reiteradas amalgamas se extienden como una maldición bíblica. No soy politólogo, ni un artículo da para hacer un análisis completo de lo dicho y oído aquella tarde-noche. Pero lo que a uno le queda claro es que ése no es el camino. Un amigo presente me comentó: «Ha sido grave, no por lo que ha dicho, sino por lo que no ha dicho». Y así lo han reconocido otros muchos asistentes a la velada. Y, claro, sobre lo que no se dice no hay análisis posible.

Puede haber muchas clases de violencia. Y de hecho las hay. Por ejemplo, la violencia simbólica, como la llama otro sociólogo ya fallecido, Pierre Bordieu. La violencia de las palabras, de los análisis inexactos o insuficientes y sobre todo, como queda dicho anteriormente, los silencios, el estrabismo, el mirar a otro lado, la impunidad en que quedan tantas violencias reales. Estos mismos días volvíamos a ver a Unai Romano empuñando su libro, que reproduce en portada su cara tumefacta. Ante la decisión de la Audiencia Territorial de Madrid de archivar su caso, declaraba: «Reitero mi decla- ración al 100% y no daré marcha atrás». Estos mismos días los periódicos recordaban el 25 aniversario de la muerte de Joseba Arregi en la cárcel de Carabanchel, de resulta de las torturas inflingidas.

No se deben intentar salidas falsas, ni poner apósitos sobre heridas infectadas. Víctimas, sí, pero todas las víctimas; derechos, sí, pero todos los derechos; ¿palabra?, la de todos. Hoy mismo, ¿podemos olvidar que hay gente procesada por la participación en actividades y pertenencias a grupos delictivos, en los que los procesados nunca han militado? Se buscan culpabilidades por transferencia, por comunión de objetivos, por supuestas intencionalidades, cuya veracidad es imposible probar. ¿Dónde está la objetividad y la objetivación del derecho? ¿Y los presos, sobre quienes se pueden construir nuevas o repetidas imputaciones hasta el final de los siglos? ¿Y las torturas reiteradamente denunciadas por organismos internacionales? ¡Nos urge la paz, toda la paz! Pero una paz que sea fruto de la justicia y de la verdad. Este pueblo no puede sufrir otra huida hacia delante sin base en los pies.

En todos estos años, las víctimas, todas, han sido el eslabón más débil y sufriente. A ellas les son debidas la atención, la solidaridad y la siempre insuficiente compensación, porque el mal encajado, como la muerte de un familiar, no se compensa con nada. A decir verdad, de una forma u otra, en un grado u otro, todos hemos sido y somos víctimas.

A todos nos compete abrir caminos de reconciliación; a los creyentes, y a todo hombre y mujer de buena voluntad, aprestar el corazón al perdón mutuo, trabajar denodadamente por la verdad y la justicia, por el respeto al diferente, y por entender que, de una u otra manera, todos nos somos necesarios.

Reconciliación y verdad son términos utópicos, pero nos marcan la dirección. Utópica la reconciliación, porque las heridas pueden tardar mucho en curar. Utópica la verdad, porque nadie la tiene, y si dice que la tiene, miente. Para los creyentes, en plenitud sólo la tiene aquel que dijo «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Pero caminando se hace camino hacia ella.
En esta hora trascendental, los grupos de intermediadores como Elkarri, la Mesa para el Acuerdo Democrático de Base, la palabra animadora de los responsables religiosos y todo aquel que aporte propuestas positivas deben de tener de nuestra parte todo el apoyo.

Esta es la hora de los «mahai-kide», de los que tienen que sentarse a la misma mesa. La hora de la palabra, del diálogo. Y que callen para siempre las armas, el insulto, el dicterio, el odio. A todos nos corresponde blindar este proceso, por encima de presiones mediáticas, e intentos de torpedeo. Nos corresponde crear un clima vigilante para que no se malogre la posibilidad de alcanzar un arreglo justo y, por ende, la paz, y que el logro de ésta sea irreversible.

A nadie se le escapa que es extraordinariamente difícil caracterizar los elementos que intervienen en un conflicto, calificarlos, clasificarlos, especificarlos y evaluarlos. Los sentimientos, los apriorismos, las opciones políticas las de todas las visceralidades, por el dolor siguen gritando, pueden llevar a hacer lecturas sesgadas de la realidad, parciales y por tanto sectarias. Esa sería una mala contribución cara a la obtención de un arreglo satisfactorio.

Los interlocutores de la resolución tendrán que hacer trabajo de filigrana. Habrá que calibrar, ceder, proponer, pero siempre con miras altas y con paciencia histórica. Será el pueblo, serán los pueblos los que saldrán ganando.

El conflicto que nos atenaza es eminentemente de componente político, de derechos, de identidad, de Estado si se quiere. Como miles y miles de conflictos a través de la historia. Desgraciadamente en la conformación de los estados y las naciones, la guerra ha tenido casi siempre la última palabra. En esta coyuntura histórica la apuesta de todos es lograr que la última palabra la tenga la paz. -

 

Kepa Ezeolaza

Escritor, teólogo y sacerdote diocesano navarro, que ha trabajado muchos años pastoralmente, como sacerdote-obrero, en la misión de Francia. Euskaldun, euskalduntzale
y filólogo
por la Universidad del País Vasco.

Este artículo está tomado del periódico GARA del día 22 de feb. 2006.